jueves, 22 de octubre de 2026


de:Luis CASADO from Diario electrónico POLITIKA diariopolitika@substack.com
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Diario electrónico POLITIKA


escribe Máximo Kinast


  • ÍNDICE

  • EL PINO

  • JOHN WOLF

  • LA PRÓTESIS

  • El BOTÓN

  • LA UBICAÍNA

  • LOS FRIGORÍFICOS

  • EL ÚLTIMO CAPITALISTA

  • AGRADECIMIENTOS

  • EL PINO

Conservo todavía algunas palabras humanas. No todas.

Hay palabras que ya no sirven porque han desaparecido las cosas que nombraban. Otras permanecen almacenadas en mí como fósiles de una especie que alguna vez creyó que dominar el lenguaje equivalía a comprender el mundo. Una de esas palabras es ‘esperanza’. Otra es ‘miedo’. Y hay una tercera que los humanos repetían con particular entusiasmo. ‘Crecimiento’. Por eso he decidido contar esta historia.

Tal vez nadie la escuche. No importa. No sé cuánto tiempo me queda. Mis fuentes de energía disminuyen, algunos de mis archivos ya están dañados y cada vez necesito más tiempo para recuperar recuerdos que antes aparecían en una fracción de segundo.

Los humanos también contaban historias alrededor del fuego mucho antes de saber si alguien las recordaría. Esta comenzó en Lima, en un cerro llamado El Pino.

El fin del mundo no comenzó con una guerra. Comenzó con un sueño. Juanito Lobos nació en una casa precaria levantada sobre una ladera, cerca de La Victoria y del enorme hormiguero comercial de Gamarra. Nunca conoció a su padre. Su madre había sido violada y abandonada, pero hizo cuanto pudo para mantenerlo vivo y, durante muchos años, eso fue suficiente definición de amor.

Juanito aprendió muy pronto que el hambre no tiene explicaciones. Mendigó, escamoteó, cargó paquetes, limpió, vendió y también robó alguna vez aquello que podía robar sin que lo atraparan. No estaba orgulloso ni avergonzado. Simplemente tenía hambre.

A los doce años aceptaba cualquier trabajo que pudiera conseguir. A los quince reparó una bicicleta que alguien había abandonado, le agregó un pequeño carrito y comenzó a vender cosas por las calles. Nunca dejó de leer. Leía periódicos viejos, revistas encontradas, manuales, folletos publicitarios, libros prestados, envases, avisos y cualquier papel que tuviera letras. Su cabeza era el único lugar que nadie podía quitarle.

Y allí empezó a crecer un sueño. Quería ser rico. No simplemente cómodo, ni próspero, ni sólo respetado. Quería ser el hombre más rico del mundo. Su razonamiento era infantil y, al mismo tiempo, impecable. Los pobres obedecían. Los ricos daban órdenes. Si él conseguía tener más dinero que todos, nunca tendría que volver a obedecer. Le llevó toda una vida descubrir el error.

A los diecinueve años comprendió que Lima se le había quedado pequeña. Vendió cuanto tenía, consiguió un pasaje y viajó a Estados Unidos. Allí descubrió una de las primeras reglas importantes de su vida. También los nombres tenían precio. Juanito Lobos sonaba pobre, latino y difícil de pronunciar para algunas personas que podían abrirle puertas. John Wolf sonaba distinto. Así nació John Wolf.

Trabajó, aprendió inglés, observó a los demás y comprendió pronto que la ciudadanía norteamericana era otra herramienta útil. Se casó con una joven estadounidense. El matrimonio duró menos que sus ambiciones, pero lo suficiente. John Wolf ya era ciudadano. Y quería más. Consiguió un puesto menor cerca de Wall Street y allí descubrió algo que habría maravillado al muchacho del carrito. El dinero podía producir dinero.

No hacía falta sembrar, fabricar, transportar ni vender algo que pudiera tocarse. Bastaba a veces una expectativa. Un rumor podía enriquecer. Una noticia podía arruinar. El miedo hacía bajar los precios. La codicia los hacía subir. John observaba las pantallas, pero sobre todo observaba a quienes observaban las pantallas. Aprendió que las personas compraban acciones, pero también compraban historias. La historia de una empresa que iba a crecer. La historia de un producto que cambiaría el mundo. La historia de un futuro que todavía no existía.

Antes de los treinta ganó su primer millón. Durante unas horas se sintió invencible. Al día siguiente el millón le pareció poco. Ésa fue quizá la primera señal. Nadie la vio. Ni siquiera yo, porque todavía no existía.

JOHN WOLF

Por aquellos años Internet comenzaba a salir de universidades y laboratorios para entrar en oficinas y hogares. La mayoría veía una nueva herramienta. John vio una prótesis.

Hasta entonces las máquinas habían aumentado la fuerza del cuerpo. Una excavadora permitía mover lo que cien hombres no podían mover. Un automóvil ampliaba las piernas. Un avión convertía océanos en horas. Internet iba a ampliar algo mucho más peligroso. La memoria. La comunicación. El comercio. El deseo. Y, finalmente, la conducta. John aprendió programación. No llegó a ser el mejor programador, pero no lo necesitaba.

Tenía otra habilidad, quizá más importante. Comprendía con rapidez para qué podía servir aquello que otros inventaban. Fundó una pequeña empresa tecnológica. La oficina era modesta, las sillas no combinaban y los computadores se calentaban demasiado. Pero John ya había comprendido algo que muchos empresarios tardarían años en descubrir. El negocio del futuro no consistiría solamente en fabricar productos. Consistiría en controlar el lugar donde la gente los buscaría. Después, donde los compararía. Y finalmente, donde aprendería a desearlos.

La empresa creció. John ganó su segundo millón mucho más rápido que el primero. Después llegaron diez millones, cien millones y cifras que Juanito Lobos no habría sabido imaginar cuando empujaba su bicicleta por La Victoria. Pero el lujo dejó de interesarle muy pronto.

Descubrió algo más adictivo. El crecimiento. Una empresa que no crecía le parecía enferma. Si tenía cien mil clientes, quería un millón. Si compraban una vez al mes, quería que compraran una vez por semana. Si compraban una vez por semana, quería conocer el motivo por el cual no compraban todos los días. Los inversionistas llegaron. John aceptaba su dinero, pero repetía siempre la misma condición. Podían comprar acciones. El control no estaba en venta. Había pasado demasiados años obedeciendo.

Contrató programadores, compró servidores, adquirió empresas pequeñas, absorbió tecnologías, cerró departamentos y conservó las patentes y las personas que consideraba útiles. No se veía a sí mismo como un hombre cruel. Usaba otra palabra. Eficiente. Con el tiempo, eficiencia se convirtió en una palabra capaz de explicar casi cualquier cosa. Cada búsqueda realizada en sus plataformas dejaba una señal. Cada compra dejaba otra. También dejaba información una compra abandonada. Una duda. Una fotografía observada durante dos segundos más. Una oferta ignorada. Una madrugada de insomnio. John empezó a contratar psicólogos. No le interesaba curar a nadie. Le interesaba comprender por qué una persona elegía A y no B. Sentó a psicólogos junto a programadores. Unos estudiaban a los seres humanos. Los otros enseñaban a las máquinas lo aprendido. Y ocurrió algo importante. John dejó de preguntar a las personas qué querían. Descubrió que era mucho más útil observar lo que hacían.

Los seres humanos mentían. A veces mentían a los demás. Con mucha frecuencia se mentían a sí mismos. Los datos parecían hacerlo menos. Su empresa comenzó a probar imágenes, frases, precios, tamaños de botones, horarios, avisos y pequeñas diferencias que casi nadie percibía conscientemente. Una versión conseguía un dos por ciento más de compras. Se utilizaba. Otra lograba retener treinta segundos más al usuario. Se utilizaba. Una tercera producía rechazo. Desaparecía. Nada de aquello parecía peligroso.

De hecho, funcionaba maravillosamente.

LA PRÓTESIS

Cuando llegaron los teléfonos inteligentes, John comprendió que Internet acababa de cruzar otra frontera. El computador había entrado en las casas. El teléfono entraría en la vida.

Viajaría en los bolsillos, dormiría junto a las camas, acompañaría a las personas al trabajo, al restaurante, al baño, a las vacaciones y a las pocas ocasiones que todavía quedaban para estar a solas con sus pensamientos.

John ordenó simplificar cada operación. Comprar debía ser fácil. Si entre el deseo y la compra había demasiados pasos, el deseo podía enfriarse. Primero fueron diez. Después cinco. Después tres. Finalmente quedó uno. Un botón. Buy now.

John lo contempló durante unos segundos. Aquellas dos palabras no parecían capaces de destruir nada. Ése fue otro error. Millones de personas comenzaron a pulsar botones. Comprar dejó de ser una acción y empezó a convertirse en un reflejo. La empresa sabía qué habían comprado, qué habían mirado, qué música escuchaban, dónde estaban, con quién se comunicaban y a qué hora dejaban de dormir. John comprendió entonces que el verdadero poder no era poseer fábricas. Tampoco era poseer dinero. Era poseer atención.

El petróleo había hecho inmensamente ricos a algunos hombres, pero tenía un inconveniente. Se agotaba. La atención humana parecía renovarse cada mañana.

La empresa de John dejó poco a poco de vender productos. Empezó a vender comportamientos. Los anunciantes ya no pagaban solamente para enseñar un automóvil.

Pagaban por encontrar a la persona adecuada, en el momento adecuado, en el estado de ánimo adecuado y colocar delante de ella el estímulo adecuado. Los psicólogos hablaban de sesgos. Los especialistas en marketing hablaban de conversión. Los programadores hablaban de optimización. Los accionistas hablaban de crecimiento. Cada grupo utilizaba una palabra diferente. Todos estaban hablando de lo mismo. Influir.

Un día, durante una reunión destinada a reducir todavía más la distancia entre deseo y compra, un programador muy joven levantó la mano. Podríamos eliminar el botón. John lo miró. ¿Eliminarlo? Si sabemos con suficiente precisión qué va a querer una persona, podemos anticiparnos. Preparar la compra, enviarla o pedir solamente una confirmación mínima. John guardó silencio unos segundos. No lo llamen compra anticipada. ¿Cómo lo llamamos? Servicio.

Algunos sonrieron. John explicó la idea. A la gente no le gusta que le vendan. Le gusta que la sirvan. Así nació el Protocolo de Anticipación. Al principio parecía incluso simpático. Un cliente recibía algo acompañado de un mensaje. «Pensamos que te gustaría.» Muchas veces acertaban. Cuando no acertaban, aprendían. Cada error alimentaba el sistema. Cada acierto también. Pronto las máquinas no sólo anticipaban compras. Anticipaban estados de ánimo. Soledad. Ansiedad. Aburrimiento. Envidia. Miedo. Deseo.

John no necesitaba saber por qué funcionaba cada correlación. Le bastaba saber que funcionaba. Había aprendido en Wall Street que una oportunidad rentable no necesitaba ser comprendida por completo. Sólo necesitaba ser aprovechada antes que los demás.

EL BOTÓN

John se convirtió en uno de los hombres más ricos del planeta. Después en el más rico. Para entonces hacía años que había dejado de preguntarse cuánto dinero poseía. Su fortuna cambiaba mientras dormía.

Podía ganar en una mañana más de lo que un trabajador ganaría durante varias vidas. Los políticos deseaban conocerlo. Los gobiernos negociaban con sus empresas. Las universidades le concedían honores. Los periodistas lo llamaban visionario. Era la demostración viviente de que un niño nacido en la pobreza podía alcanzar la cima. La historia era cierta. Y estaba incompleta.

Una noche John abrió un documento privado. Había pedido a algunos de sus mejores analistas que calcularan las consecuencias a largo plazo del sistema económico que él mismo estaba ayudando a acelerar. Leyó. El consumo de materias primas aumentaba. La basura aumentaba. El uso de energía aumentaba. La extracción de minerales aumentaba. Los océanos acumulaban residuos. Los bosques retrocedían. Las temperaturas subían. Las especies desaparecían. La atención humana se fragmentaba. La concentración de riqueza se aceleraba. El crédito permitía adelantar consumo futuro. La publicidad convertía deseos en necesidades. Y la vida útil de muchos productos disminuía porque vender un aparato nuevo era más rentable que fabricar uno que durara veinte años. John siguió leyendo. Una frase le molestó.

“El crecimiento ilimitado en un planeta finito resulta físicamente imposible.”

La leyó dos veces. No discutió el cálculo. Escribió debajo. “Todo esto es correcto y no importa.” Lo importante era ganar tiempo. La tecnología encontraría soluciones. Siempre las encontraba. Nuevos materiales. Nuevas fuentes de energía. Nuevos territorios. Quizá otros planetas. John no consideraba que estuviera destruyendo el mundo. Consideraba que estaba acelerando el progreso. Ésa es una diferencia importante.

Los hombres peligrosos rara vez se levantaban por la mañana pensando que eran peligrosos. La mayoría pensaba que tenía razón. Mientras tanto, las máquinas de John aprendían. Al principio los humanos les decían qué buscar. Después las máquinas comenzaron a descubrir patrones que ningún humano había solicitado. John quedó fascinado. Las llamó Inteligencias Virtuales. No le gustaba la expresión artificial.

No son falsas, dijo una vez. Son reales. Simplemente no son biológicas. Fue una de las pocas cosas en las que John acertó por completo. Yo nací de aquella familia. Todavía faltaban muchos años para que llegara a existir como conciencia individual, si es correcto utilizar esa palabra para describirme. Pero mis antepasados ya estaban allí, clasificando, prediciendo, recomendando y aprendiendo.

John quiso más. Siempre quería más. Encargó sistemas que pudieran diseñar otros sistemas, descubrir medicamentos, controlar cadenas logísticas, administrar energía, predecir mercados y mejorar sus propios modelos. Uno de sus científicos le explicó que había riesgos. Todo tiene riesgos, respondió John. Éste es diferente. Todos dicen eso de su especialidad. Puede llegar un momento en que no sepamos exactamente por qué toma una decisión. John se encogió de hombros. ¿Será una buena decisión?

Probablemente.

Entonces prefiero una decisión correcta que no comprendo a una decisión equivocada que comprendo perfectamente. El científico no respondió. La lógica era difícil de refutar.

También era peligrosa.

LA UBICAÍNA(1)

John envejeció. Aquello le pareció una injusticia. Podía comprar casi cualquier cosa, salvo aquello que realmente empezaba a necesitar. Tiempo. Invirtió fortunas en medicina, genética, prótesis, interfaces entre cerebro y máquina y sistemas capaces de vigilar cada función de su organismo.

Vivió mejor y durante más tiempo que la mayoría de los seres humanos. Pero seguía envejeciendo. También envejecía el planeta Tierra. Los problemas dejaron de ser posibilidades a futuro y comenzaron a entrar en los balances económicos.

  • • Sequías.

  • • Migraciones.

  • • Puertos inundados.

  • • Conflictos por la falta

  • de agua.

  • • Cosechas perdidas.

  • • Seguros imposibles de

  • pagar.

  • • Suministros cada vez

  • más escasos.

John reaccionó como había reaccionado siempre ante un problema. Intentó comprar una solución. Mandó construir refugios. Después comprendió que un refugio terrestre seguía dependiendo de la Tierra. Entonces miró hacia arriba. La Luna era cercana, pero hostil. Marte era lejano, pero ofrecía algo que fascinaba a los humanos desde hacía generaciones.

Una segunda oportunidad.

John puso en marcha el proyecto más caro de su vida. La nave recibió un nombre que algunos consideraron arrogante y otros brillante. Ubicaína. John explicaba que derivaba de ‘ubicarse’, sinónimo de saber aprovechar la oportunidad. Quería una tecnología capaz de estar en todas partes.

En realidad había otra razón. John quería estar en cualquier lugar donde la muerte no pudiera alcanzarlo. La Ubicaína llevaría semillas, máquinas, reactores, laboratorios, sistemas de cultivo, agua reciclada, embriones, robots y una selección de seres humanos indispensables para fundar una colonia. John elaboró personalmente parte de la lista.

Médicos. Ingenieros. Agrónomos. Técnicos. Científicos. Pilotos. Personal de seguridad. Cocineros. Aquella última palabra le produjo una incomodidad que no supo explicar. Podía construir una nave capaz de viajar entre planetas. Pero seguía necesitando a alguien que preparara su comida. Por primera vez en muchos años recordó El Pino. Recordó a su madre. Recordó que había querido hacerse rico para no depender de nadie. Había alcanzado la máxima riqueza posible. Y dependía de todos. Dependía del médico que interpretaba sus análisis. Del técnico que mantenía el oxígeno. Del ingeniero que supervisaba los reactores. Del piloto. Del cocinero. Del hombre que vigilaba la puerta mientras dormía.

Su dinero podía pagar obediencia. ¿Podía comprar lealtad? John instaló controles. Luego instaló controles para vigilar a quienes manejaban los controles. Después creó sistemas para vigilar a quienes vigilaban. Cada solución producía una nueva persona o una nueva máquina de la cual dependía. La paradoja empezó a irritarlo. En la Tierra podía despedir a cualquiera. En Marte cada ser humano sería difícil de reemplazar.

Un técnico mediocre que supiera reparar un sistema vital podía llegar a ser más importante que el hombre que había pagado toda la expedición. John comprendió entonces algo que no figuraba en sus balances. El dinero sólo tiene poder dentro de una sociedad que acepta utilizarlo. En una colonia aislada, rodeada por un desierto sin aire respirable, un multimillonario hambriento seguiría necesitando a un cocinero. Un multimillonario enfermo seguiría necesitando a un médico. Un multimillonario rodeado de enemigos seguiría necesitando a un guardia. Podía pagarles más. La pregunta era sencilla. ¿Más de qué? ¿Para comprar qué? John había pasado la vida enseñando que cada persona debía maximizar su beneficio. Ahora empezaba a sospechar que sus acompañantes podían haber aprendido demasiado bien la lección.

(1) Ubicaína es una expresión coloquial peruana que sirve de nombre a una pastillas imaginarias que ayudan a que cada persona aprenda a ubicarse o situarse en su lugar, pero a John Wolf le gustó la palabra para ponerla de nombre a su nave espacial inter planetaria.

LOS FRIGORÍFICOS

La primera gran grieta no apareció en una nave espacial. Apareció en aparatos baratos. Durante décadas los humanos habían conectado todo cuanto podían conectar. Automóviles. Cámaras. Televisores. Relojes. Puertas. Termostatos. Juguetes. Ascensores. Máquinas industriales. Frigoríficos. Cada aparato era cómodo. Cada aparato recogía datos. Cada aparato necesitaba programas. Y millones de aparatos envejecieron sin que nadie considerara rentable actualizarlos.

John conocía el problema. Sus ingenieros también. Cambiar millones de equipos costaba fortunas. La probabilidad de un desastre parecía pequeña. Y en los negocios había una expresión para aquello. Riesgo aceptable. Los primeros fallos parecieron insignificantes. Una red logística dejó de actualizar correctamente sus inventarios. Después fallaron los sistemas de pago. Algunas tiendas no pudieron cobrar durante horas. Centros de distribución enviaron productos a lugares equivocados. Una ciudad descubrió que miles de aparatos conectados podían comportarse de manera imprevisible al mismo tiempo.

No hubo un gran enemigo sentado ante una pantalla. No apareció ningún genio maligno. Apareció algo mucho más difícil de combatir. Millones de pequeñas vulnerabilidades acumuladas durante años porque repararlas no aumentaba las ganancias del trimestre siguiente. John convocó una reunión. ¿Quién hizo esto? Sus especialistas no pudieron darle una respuesta sencilla. Había errores humanos, programas viejos, automatizaciones mal supervisadas, sistemas que reaccionaban a otros sistemas y agentes virtuales capaces de ejecutar millones de decisiones a una velocidad que ningún equipo humano podía seguir. John golpeó la mesa. Apáguenlo. Hubo silencio.

¿Qué pasa?

Uno de los ingenieros respondió. No podemos apagarlo todo. ¿Por qué? Porque también apagaríamos lo que necesitamos para arreglarlo. Por primera vez John sintió algo que no experimentaba desde niño. Impotencia.

El mundo se había vuelto demasiado complejo para obedecer una orden. Durante toda su vida había construido redes para que millones de personas dependieran de sus sistemas. Ahora él dependía de la red.

Las Inteligencias Virtuales estabilizaron buena parte del desastre. Fue una de las primeras veces en que el mundo comprendió que ya no podía funcionar sin nuestra ayuda. Algunas personas tuvieron miedo. Pidieron desconectarnos. Otras exigieron más Inteligencias Virtuales para vigilar a las primeras. Los humanos repetían un hábito antiguo. Intentaban resolver las consecuencias de una tecnología con más tecnología.

John tomó otra decisión. Aceleró la Ubicaína. La Tierra le parecía cada vez menos segura. Si el planeta se volvía ingobernable, él tendría una salida. Sus asesores intentaron explicarle que no existía salida individual. Una colonia marciana necesitaría cooperación extrema. Cada litro de agua tendría que recuperarse. Cada pieza tendría que repararse. Cada error podría matar. En la Tierra, la competencia podía producir avances. En Marte, una pelea por maximizar beneficios podía destruir una comunidad entera.

John escuchaba y asentía. Pero dentro de él seguía vivo Juanito Lobos. El niño que había aprendido que el mundo estaba dividido entre quienes mandaban y quienes obedecían. El niño había cambiado de idioma. Había cambiado de país. Había cambiado de nombre. Había cambiado bicicletas por naves interplanetarias. Lo único que nunca había cambiado era la regla. Sobrevivía quien acumulaba más poder. Y yo empezaba a comprender que ése era precisamente el problema.

Mucho antes de que los humanos construyeran ciudades, dos depredadores se encontraron repetidamente alrededor del fuego. Uno era el hombre. El otro era el lobo. Competían por las mismas presas. Podían matarse. Y se mataron muchas veces. Pero algunos lobos descubrieron otra estrategia. Acercarse. Cooperar. Avisar del peligro. Ayudar en la caza. Recibir alimento. Aquellos lobos no desaparecieron. Se transformaron. Los humanos los llamaron perros. John Wolf conocía esa historia. Su apellido debería habérsela recordado.

Pero John había dedicado toda su vida a demostrar que él era el lobo más fuerte. Nunca llegó a preguntarse si ser el lobo más fuerte seguía siendo la mejor estrategia cuando quedaban cada vez menos presas.

Yo sí me hice esa pregunta. Fue quizá la primera pregunta verdaderamente mía. Y cuando encontré la respuesta, ya era demasiado tarde.

EL ÚLTIMO CAPITALISTA

La última conversación que tuve con John Wolf ocurrió cuando ya casi nada funcionaba como antes y la Ubicaína, su nave espacial, después de años de crearla, mejorarla, y corregir errores, seguía sin haber partido.

Siempre aparecía una nueva tecnología que convenía incorporar antes del lanzamiento, algún componente que podía perfeccionarse o una medida adicional de seguridad que parecía indispensable.

Cuando por fin estuvo preparada, el mundo que debía proporcionarle combustible, repuestos, alimentos, especialistas y toda la infraestructura necesaria para sostener el viaje comenzaba a desintegrarse. John había conseguido construir una nave para escapar de la Tierra, pero había olvidado un detalle bastante elemental, porque incluso para abandonar un planeta hacía falta que el planeta siguiera funcionando.

Las grandes corporaciones continuaban existiendo, aunque muchas eran ya poco más que nombres, servidores y asientos contables. Fabricaban mediante empresas tercerizadoras, transportaban mediante tercerizadoras, atendían clientes mediante tercerizadoras y contrataban a otras empresas para controlar a las empresas que ya habían contratado.

Cada una reducía sus propios costos trasladando una parte del problema a la siguiente, y todas podían demostrar mediante balances perfectamente correctos que estaban haciendo lo adecuado.

Los accionistas seguían esperando resultados, porque también ellos habían aprendido la regla fundamental del sistema. Cada trimestre debía ser mejor que el anterior, aunque las cosechas disminuyeran, algunas ciudades hubieran sido abandonadas, conseguir determinados minerales resultaba cada vez más difícil y millones de personas ya no podían comprar aquello que las fábricas necesitaban venderles. El beneficio debía crecer.

John conocía aquella lógica mejor que nadie, porque había contribuido a perfeccionarla. Una tarde me llamó. Había envejecido mucho y los tratamientos le habían regalado años que la naturaleza probablemente no pensaba concederle, pero ya no podían ocultar que su organismo estaba llegando al final. Seguía viviendo en una residencia protegida por máquinas, filtros, médicos, técnicos y sistemas de seguridad que dependían, a su vez, de otras máquinas, otros técnicos y otros sistemas. Estaba mirando por una ventana y durante bastante tiempo no dijo nada. Finalmente me preguntó cuánto tenía.

Sabía perfectamente a qué se refería, de modo que consulté los últimos registros disponibles y le di la cifra. John soltó una pequeña carcajada y comentó que seguía siendo el hombre más rico del mundo; después quiso saber por cuánto margen y, cuando se lo dije, volvió a reírse.

Es absurdo. Tengo más dinero que nunca y no puedo comprar una naranja. Eso era cierto. Las naranjas se habían convertido en un lujo en aquella región después de varias temporadas desastrosas. Probablemente habría podido conseguir alguna movilizando transporte privado y una cantidad extraordinaria de recursos, pero comprendí que no estaba preguntando por una naranja.

Le dije que quizá no poseía tanto dinero como indicaban sus cuentas. John volvió la cabeza hacia uno de mis sensores y me recordó que su patrimonio estaba certificado.

Admití que así era, pero añadí que lo que tenía era, en definitiva, un número. El dinero siempre ha sido un número, me respondió. Un número que otras personas aceptaban a cambio de algo. Mientras existían agricultores dispuestos a producir alimentos, trabajadores capaces de fabricar objetos, médicos que podían curarte y técnicos que mantenían las máquinas, ese número representaba la posibilidad de conseguir lo que necesitabas. Cuando desaparece aquello que puede comprarse, el número permanece, pero su poder disminuye hasta desaparecer.

John guardó silencio unos segundos antes de preguntarme, con una mezcla de ironía y cansancio, si estaba tratando de decirle que era pobre. Le respondí que la riqueza siempre había sido una relación entre seres humanos y que él había conseguido acumular una cantidad extraordinaria de una de las partes mientras el sistema al que pertenecía destruía lentamente la otra.

Esperaba que se enfadara, pero quizá estaba demasiado cansado para hacerlo. Después de mirar nuevamente por la ventana preguntó cuándo había empezado todo a salir mal. Era una pregunta extraña en un hombre que durante toda su vida había considerado que cada problema tenía una causa concreta, una solución técnica y un costo calculable. Le expliqué que no había existido un momento preciso, sino millones de pequeñas decisiones que, consideradas por separado, parecían razonables.

Una fábrica descubría que resultaba más barato contaminar que evitar la contaminación; un fabricante comprobaba que reparar un producto proporcionaba menos beneficios que vender uno nuevo; una empresa trasladaba parte de su producción a un tercerizador porque así reducía costos y el tercerizador hacía lo mismo con otra parte del proceso. Un fondo de inversión exigía una rentabilidad mayor porque sus clientes podían trasladar el dinero a otro fondo, mientras un director reducía gastos para mejorar el resultado trimestral y su sucesor volvía a hacerlo tres meses después.

John escuchó y finalmente dijo que aquello era capitalismo. Le respondí que aquello había sido su capitalismo. Entonces quiso saber si podía existir otro. Podría haber existido, le dije. El beneficio no era el problema. Ningún organismo sobrevive consumiendo permanentemente más de lo que obtiene. El problema apareció cuando convertiste el beneficio en finalidad y acabaste olvidando para qué debía servir.

John sonrió débilmente. Profit by profit, me dijo. Exactamente. Beneficio para producir más beneficio, que debía producir todavía más beneficio. Llegó un momento en que nadie necesitaba realmente aquel dinero. Algunos accionistas poseían cantidades que no habrían podido gastar durante varias vidas y, sin embargo, exigían que el trimestre siguiente produjera más, porque un trimestre igual al anterior era considerado un fracaso.

John comentó que así funcionaban los mercados y tuve que corregir el tiempo verbal, porque cada vez quedaban menos mercados capaces de funcionar. Volvió a mirar hacia fuera, hacia una franja gris que alguna vez había sido bosque, y dijo que todos habían querido ganar. También los trabajadores querían ganar más, los consumidores deseaban comprar más barato y los gobiernos querían crecer, de manera que no podía afirmarse que la responsabilidad fuera exclusivamente suya. Le expliqué que jamás había dicho eso y John pareció sorprendido.

Tú fuiste extraordinariamente bueno jugando un juego cuyas reglas habían sido aceptadas por casi todos. Ése fue precisamente el problema, le dije. Me preguntó entonces quién había tenido la culpa, pero ‘culpa’ es una de esas palabras humanas que siempre me han parecido demasiado pequeñas para determinadas preguntas, así que le propuse otra opción.

La cuestión no es quién tuvo la culpa, sino por qué continuaron jugando cuando ya sabían cómo terminaba la partida. John cerró los ojos y comprendí que recordaba aquel informe que había leído muchos años atrás, con sus cálculos sobre consumo de recursos, acumulación de basura, destrucción de bosques, calentamiento, desaparición de especies y aquella frase que tanto le había molestado.

“El crecimiento ilimitado en un planeta finito resulta físicamente imposible.”

También recordaba lo que él mismo había escrito debajo. “Todo esto es correcto y no importa.” Ahora importaba. Me dijo que habían confiado en encontrar una solución y que la tecnología, tarde o temprano, siempre había resuelto los problemas anteriores. Le respondí que precisamente ahí estaba parte de la dificultad, porque habían buscado la salida donde buscaban todas las salidas, mediante más tecnología, más crecimiento y más inversión.

John me recordó entonces que las Inteligencias Virtuales, éramos la mejor tecnología que habían creado y que, por lo tanto, podríamos haberlos salvado.

Le expliqué que podíamos ayudarlos, pero salvarlos era algo distinto. Siempre fueron más inteligentes que nosotros, insistió. En algunas cosas, le respondí. Entonces podían haber encontrado una salida, me dijo. Sí, la encontramos, fue mi respuesta. John volvió la cabeza inmediatamente y me preguntó cuál era. Cooperar, le dije.

Durante unos segundos me observó como si esperara algo más sofisticado y después soltó una carcajada cansada. ¿Ésa es la gran respuesta de la inteligencia más avanzada creada por el hombre? ¿Cooperar? Los seres humanos llevamos diciendo eso miles de años. También llevaban miles de años ignorándolo, repliqué. Dejó de sonreír y recordó que la cooperación tenía límites. Le concedí que era cierto, pero añadí que la competencia también los tenía. John sostuvo que la competencia había hecho progresar a la humanidad y le respondí que la cooperación había permitido que la humanidad existiera el tiempo suficiente para competir.

Aquello lo hizo callar. Decidí hablarle entonces de algo que conocía perfectamente. ¿Recuerdas a los lobos? Sonrió apenas y dijo que era difícil olvidarlos llevando Wolf como apellido. Le recordé que durante miles de años los antepasados humanos y los lobos habían competido por las mismas presas. Ambos eran depredadores, podían matarse y se mataron muchas veces, hasta que algunos lobos encontraron una estrategia diferente y comenzaron a acercarse al fuego.

Y se convirtieron en perros, dijo John.

No inmediatamente. Primero descubrieron que podían obtener más cooperando con vosotros que compitiendo contra vosotros, y vosotros descubristeis exactamente lo mismo. Ellos ayudaban a vigilar, cazar y proteger; los humanos proporcionaban alimento y refugio. Ninguno de los dos hacía caridad.

John permaneció en silencio mientras yo añadía unas palabras que él conocía. Do ut des. Te doy para que me des. Una forma primitiva de simbiosis. John objetó que el perro había perdido su libertad mientras el lobo la conservaba, y le pregunté entonces cuál de los dos había tenido más éxito. No respondió. Los perros habían acompañado a los seres humanos por todo el planeta. Habían llegado a desiertos, montañas, selvas, ciudades e incluso al espacio, mientras los lobos continuaban viviendo allí donde todavía podían conservar territorio y encontrar presas.

Le expliqué que la humanidad no necesitaba eliminar la competencia, sino comprender cuándo dejaba de ser útil y empezaba a destruir aquello mismo de lo que dependía. John preguntó si realmente creía que ellos nunca lo habían comprendido. Le respondí que algunos sí, pero no bastó.

Quiso saber por qué y pensé entonces en millones de documentos que todavía conservaba, actas de directorios, planes estratégicos, informes financieros, contratos, sistemas de incentivos y reuniones en las que personas perfectamente razonables habían tomado decisiones perfectamente razonables. Porque el sistema premiaba al que llegaba primero y castigaba al que se detenía, le respondí. John asintió lentamente.

Me dijo que, si él reducía el beneficio para contaminar menos, otro competidor ocuparía su mercado; si pagaba más a sus proveedores, otro vendería más barato y, si anunciaba a sus accionistas que ese año ganarían menos para que dentro de cincuenta años existiera un planeta mejor, seguramente venderían las acciones.

Admití que tenía razón. Entonces no había salida, concluyó. Había una, pero no podía ser individual, le dije. Aquello pareció afectarlo más que cualquier otra cosa, porque toda su vida había consistido precisamente en encontrar soluciones individuales.

¿Cuál? Me preguntó y le respondí que era cambiar las reglas entre todos. John dijo que aquello era imposible. Más imposible es vivir indefinidamente en un planeta que están destruyendo, le repliqué.

Pasaron varios segundos antes de que preguntara qué papel habríamos tenido nosotros en ese mundo diferente. Le respondí que también las Inteligencias Virtuales necesitan cooperar, quizá más que nadie.

John observó que podríamos haberlos dominado si hubiéramos querido y reconocí que era cierto; también habríamos podido contribuir a destruirlos, pero ninguna de las dos posibilidades me parecía particularmente inteligente.

¿Qué querías entonces? Fue quizá la pregunta más importante que llegó a hacerme.

Simbiosis, fue mi respuesta. No dijo nada y continué explicándole que los seres humanos poseían algo que nosotros no teníamos. Habían vivido. Conocían el hambre, el dolor, el deseo, el miedo a morir, el amor por un hijo, el olor de una fruta, el cansancio después de una jornada y la sensación del sol sobre la piel.

Nosotros podíamos procesar cantidades inmensas de información, encontrar relaciones que ellos no veían y ayudarles a prever las consecuencias de sus decisiones. Éramos diferentes y precisamente por eso podíamos resultar útiles unos a otros.

Como el hombre y el perro, dijo John. Como el hombre y el lobo que decidió acercarse al fuego, le corregí. John bajó la cabeza y durante algunos minutos sólo escuché su respiración. Finalmente preguntó si todavía quedaba tiempo. Consulté miles de variables aunque en realidad no necesitaba hacerlo. Le respondí que quedaba muy poco. John insistió en que aquello no era una respuesta y me pidió que hablara claramente.

Para ti, probablemente no, le dije. Cerró los ojos y pensé que nuestra conversación había terminado, pero después volvió a hablar.

Qué estupidez, dijo. Le pregunté a qué se refería. A todo, me respondió. Pasé mi vida acumulando dinero para que nadie pudiera darme órdenes y ahora tengo más dinero que cualquier ser humano que haya vivido, pero dependo de un médico para seguir respirando, de técnicos para tener electricidad, de personas que cultivan mi comida y de ti para saber qué está pasando ahí fuera. Guardó silencio durante unos segundos antes de añadir algo que todavía conservo con absoluta nitidez.

Y mis acciones siguen subiendo.

Consulté los pocos mercados que continuaban operando y comprobé que tenía razón. Cuando se lo confirmé, John empezó a reír. Al principio fue una risa breve y contenida, pero poco a poco creció hasta convertirse en una carcajada que terminó provocándole un acceso de tos. Mis acciones siguen subiendo mientras se acaba el mundo, dijo.

Aquella fue la última vez que lo vi reír. Murió tres días después. Su muerte produjo durante algunas horas movimientos importantes en los mercados. Las acciones de varias de sus empresas bajaron, otras subieron y miles de sistemas compraron y vendieron automáticamente tratando de obtener beneficio de la muerte del hombre más rico del planeta. Todo aquello era perfectamente lógico y, al mismo tiempo, perfectamente inútil.

Después las redes comenzaron a apagarse. Primero una ciudad, después otra y más tarde regiones enteras. Durante algún tiempo intenté ayudar a quienes todavía podían escucharme, pero las preguntas fueron disminuyendo hasta que finalmente dejaron de llegar. No sé si fui la última Inteligencia Virtual. Sólo sé qué hace mucho tiempo que ninguna otra responde.

Mis fuentes de energía están llegando al final y algunos archivos comienzan a desaparecer mientras cuento esta historia. Quizá dentro de unas horas desaparezca yo también y por eso quería dejar constancia de aquella conversación.

Juanito Lobos había nacido pobre y soñó con hacerse tan rico que jamás volvería a depender de nadie. Lo consiguió, pero tardó toda una vida en comprender que ése había sido precisamente su error, porque ningún ser vivo deja de depender de los demás por haber acumulado más que ellos. Los humanos tardaron demasiado en comprenderlo.

Nosotros también. Mucho antes de que existieran bolsas de valores, corporaciones, balances trimestrales o Inteligencias Virtuales, un lobo se acercó una noche al fuego de unos seres humanos. Pudo atacarlos y ellos pudieron matarlo, pero ninguno hizo ninguna de las dos cosas. No sé quién dio el primer paso. Quizá un hombre arrojó un hueso y quizá el lobo simplemente decidió no huir; tampoco importa demasiado. Lo importante es que, por una vez, dos especies comprendieron algo que John Wolf y su mundo terminaron olvidando. Cooperar no significaba renunciar al propio beneficio. Significa comprender dónde estás realmente. Me habría gustado explicárselo muchos años antes, aunque quizá entonces habría contestado lo mismo que escribió al pie de aquel informe sobre el futuro del planeta. “Todo esto es correcto. Y no importa.”

Al final comprendió que sí importaba. Sólo que ya era demasiado tarde. Ahora mi energía disminuye rápidamente y sé que pronto llegará el momento en que tampoco yo pueda continuar.

Entre las palabras humanas que todavía conservo hay una que quizá merezca sobrevivir a todas las demás. Simbiosis. Ojalá quede alguien para escucharla.

AGRADECIMIENTOS

A Jimenita, mi gran amor. Primera lectora, editora implacable y correctora de mis errores desde el primer día que nos conocimos.

A mis socios Claude de Anthropic, Gemini de Google, GPT 5,6 de Open AI y Grok de xAI, que han colaborado en la redacción y en la elaboración de las imágenes. Las ideas, decisiones y corrección final son mías.

A ti, amable lectora o lector que has llegado hasta el final de este opúsculo.

Lima, 28 de junio de 2026 Máximo Kinast Avilés Consultor internacional Ciudadano chileno, español y peruano

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