lunes, 19 de octubre de 2026


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Declaración internacional. ¡Abajo el Escudo de las Américas! ¡Fuera el imperialismo de Venezuela y fin al bloqueo en Cuba!






El Escudo de las Américas, la implantanción de un protectorado neocolonial en Venezuela y la ofensiva sobre Cuba son muestras de la recargada ofensiva imperialista en la región. Sin embargo, esto no refleja una hegemonía indiscutida, sino también las dificultades de Estados Unidos para sostener su dominio a escala mundial. Los gobiernos de extrema derecha avanzan en gran parte al fracaso de los progresismos. Cuando quieren aplicar su programa, rápidamente desencadenan el descontento popular. Como Corriente Revolución Permanente - Cuarta Internacional (CRP-CI) nos encontramos batallando en diversos países contra los planes imperialistas y en este marco publicamos esta declaración internacional llamando a potenciar una respuesta antiimperialista y anticolonialista internacionalista.

Miércoles 14 de octubre Edición del día

América Latina y el Caribe atraviesan una severa escalada en la ofensiva imperialista conducida por Estados Unidos, orientada a reconfigurar la dominación política, militar y económica sobre la región. La administración de Donald Trump busca recuperar y profundizar su dominio sobre el continente mediante una combinación de presión económica, chantaje comercial, control de recursos estratégicos, injerencia e intervención política, militarización y amenazas de intervención directa, apoyándose en las burguesías locales sumisas y en gobiernos dispuestos a actuar como socios subordinados de sus intereses. En su intento por recuperar el control absoluto de su “patio trasero” bajo Donald Trump, Washington busca desplazar a sus competidores, particularmente a China.

Pero esta renovada agresividad no debe confundirse con una hegemonía indiscutida ni con un poder ilimitado. También expresa las dificultades de Estados Unidos para sostener su dominio a escala mundial, los reveses de su política internacional y las contradicciones de una potencia que intenta compensar mediante la fuerza lo que ya no puede garantizar por otros medios. La guerra contra Irán es una expresión de esos límites: pese a su enorme superioridad militar y a la intensidad de los bombardeos, Washington no ha conseguido imponer sus objetivos estratégicos. La resistencia iraní ha elevado los costos del conflicto y convertido la guerra en derrota estratégica para Estados Unidos, en un escenario de desgaste cuyo desenlace permanece abierto. A estas dificultades se suman la disputa con China que tiene una enorme presencia en América Latina, difícil de revertir más allá de los aliados serviles de los recientes gobiernos de la extrema derecha. A esto se agrega la profunda polarización en el terreno interno, el desgaste político de Trump, una eventual derrota en las elecciones de medio término en noviembre y las divisiones en su propio movimiento MAGA, que restringen el margen de su política.

Al momento se vanaglorian por toda una serie de triunfos electorales de gobiernos de la ultraderecha. Sin embargo, esto se debe en gran parte al fracaso de los gobiernos progresistas y las variantes de “mal menor” que, sin romper con el imperialismo ni afectar los intereses de los grandes capitalistas, terminaron aplicando políticas de ajuste e incluso subordinándose a la agenda de la derecha. Ésta avanza sobre dicha frustración y al no asentarse en derrotas de las masas, los gobiernos de extrema derecha muestran sus enormes debilidades. Además aparecen atados a un trumpismo que no está en su mejor momento. Son gobiernos débiles que al buscar aplicar su programa, generan resistencia o un enorme malestar popular. Esto ya expresa resistencias por abajo como las que se desarrollaron en Bolivia en un enorme proceso de lucha de clases, siendo que Estados Unidos busca sostener en este país a un gobierno como el de Paz que solo se sostiene por el estado de excepción. En Argentina la Ley de Tierras produjo una indignación generalizada el pasado 6 de agosto, la juventud en Chile volvió a protagonizar importantes jornadas de lucha como la del 1 de octubre. Estos procesos también se expresan en su propio seno como vemos en las grandes movilizaciones que se han desatado como en Mineápolis contra ICE y antes por Palestina en muchas ciudades estadounidenses.

En ese contexto, Trump necesita exhibir victorias, reafirmar su autoridad y demostrar que todavía puede imponer su voluntad. América Latina y el Caribe aparecen, así como un terreno donde Washington considera que puede avanzar con menores costos relativos. Pero esta demostración de poder encierra una contradicción: cuanto más necesita recurrir a la coerción y la fuerza para sostener su hegemonía, más expone las dificultades para ejercerla y más puede alimentar la resistencia de los trabajadores y oprimidos, así como las tensiones que pretende contener.

La complicidad de las burguesías latinoamericanas y la impotencia de los progresismos para enfrentar consecuentemente a Washington confirman que la defensa de la soberanía no puede quedar en manos de las clases dominantes ni de gobiernos subordinados al capital. Tampoco pasa por alinearse con otras potencias capitalistas que disputan mercados, recursos y territorios como China. Mientras las burguesías locales se subordinan a Washington y los progresismos se muestran incapaces de ofrecer una alternativa consecuente, la agresión contra Venezuela y el cerco sobre Cuba revelan el alcance de esta avanzada recolonizadora.

En este marco es que publicamos esta declaración internacional y llamamos a potenciar una respuesta antiimperialista y anticolonialista internacionalista, basada en la movilización independiente de la clase trabajadora y los pueblos oprimidos, capaz de enfrentar el saqueo, derrotar la intervención imperialista y abrir una perspectiva de emancipación social para América Latina y el Caribe. Hay que seguir el ejemplo de las juventudes que se rebelan en el Estado Español, Francia, Alemania, Bruselas y en muchos otros lugares.

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Como Corriente Revolución Permanente - Cuarta Internacional (CRP-CI) nos encontramos batallando en diversos países contra los planes imperialistas y sus efectos en nuevos ataques, recortes y degradación de las condiciones de vida de la juventud y el pueblo trabajador. En Francia Révolution Permanente está jugando un rol destacado en la histórica rebelión juvenil. No es casualidad que diversos referentes del Rassemblement National de Le Pen estén llamando públicamente a disolver a nuestra organización, escandalizados por el rol de los trotskistas en las manifestaciones. En el Estado Español, la agrupación juvenil Contracorriente es destacada por diversos medios como las principales organizadoras de las acampadas en la Puerta del Sol. En Latinoamérica venimos en la primera línea del enfrentamiento contra las extremas derechas. En Argentina Myriam Bregman se ha transformado en un fenómeno político nacional, siendo la política mejor evaluada en diversas encuestas, precisamente por representar una oposición de lucha y consecuente como la que sostiene el PTS en contra de Milei. En Bolivia fuimos parte activa de la rebelión contra los ataques del gobierno de Rodrigo Paz y en Chile, somos parte destacada de las movilizaciones estudiantiles contra el gobierno de Kast.

¡Abajo el Escudo de las Américas y el plan continental!

La renovación de la llamada “doctrina Monroe” y la idea explícita de transformar al continente en el patio trasero de EE.UU., no son una simple retórica. El llamado “Escudo de las Américas” no es simplemente un acuerdo de cooperación contra el narcotráfico. Es parte de una arquitectura continental de subordinación política, económica y militar. Detrás del lenguaje diplomático de la “seguridad” y la “cooperación” aparecen acuerdos de inteligencia, coordinación militar, operaciones conjuntas, control de fronteras, persecución de organizaciones declaradas “narcoterroristas” una creciente presencia militar estadounidense. La nueva doctrina de Washington busca normalizar que tropas, inteligencia y mandos estadounidenses actúen en territorio latinoamericano bajo el argumento de defender una supuesta seguridad hemisférica. Estas políticas ya se viene implementando hacia México y Centroamérica, que ocupan un lugar fundamental para la Casa Blanca en sus políticas regionales, donde, aún bajo discursos “progresistas” como el de Sheinbaum y con la excusa de la lucha contra el narcotráfico, se profundizan la militarización y la subordinación en materia económica, de seguridad y de políticas migratorias.

El pasado 22 de septiembre quince gobiernos firmaron en Nueva York la declaración del “Escudo de las Américas”. La declaración es bastante clara en sus objetivos de control y saqueo: explorar mecanismos de filtro de inversiones, resguardar cadenas de minerales críticos, promover regulaciones de “proveedores confiables” para la infraestructura digital. Pero por si quedaban dudas del alcance del texto, Donald Trump y Marco Rubio se encargaron de despejarlas.

La declaración habla de respeto mutuo a la soberanía y a la autodeterminación de cada nación, pero ese mismo día, ante los firmantes, Donald Trump explicó cómo entiende la soberanía ajena: si un gobierno no elimina a los grupos que Washington le señala, Estados Unidos lo hará por su cuenta. En marzo, en la cumbre fundacional celebrada en Florida, había sido todavía más directo: el corazón del acuerdo, dijo, es el compromiso de usar fuerza militar letal. La “asistencia humanitaria y de mensajes” para supuestamente “defender la voluntad popular” recubre el intervencionismo electoral más obsceno. En la misma mesa, Trump celebró el giro a la derecha de los países presentes y presumió de que todos los candidatos que respaldó ganaron sus elecciones. La voluntad popular que el Escudo promete proteger es la que vota por los candidatos de Washington.

Se trata de un acuerdo político, económico y militar reaccionario que recuerda a la nefasta “Escuela de las Américas” que preparó las dictaduras militares durante los años sesenta y setenta. Actualmente se expresa en una fuerza de tarea conjunta del Comando Sur que coordina inteligencia y operaciones con dieciocho países; compromisos de capacitación para policías y militares; grupos tácticos estadounidenses en Bolivia; operaciones conjuntas en Colombia y Ecuador; ejercicios multinacionales en Panamá. En el extremo sur del continente realiza ejercicios militares con Argentina e incluso se proyecta la instalación de una base militar en Ushuaia. El “enemigo interno” habilita a cada gobierno a tratar como amenaza militar conflictos sociales y políticos internos. Por eso puede llegar a ser cualquier organización obrera, estudiantil, campesina, indígena o popular que cuestione el orden establecido. Ya ocurrió: en mayo, los gobiernos del Escudo respaldaron a Rodrigo Paz frente a las protestas en Bolivia y condenaron el “gobierno de la muchedumbre”.

Las ofensivas en Venezuela y Cuba

La intervención militar en Venezuela y la posterior transformación del país en un protectorado neocolonial bajo tutela estadounidense constituyen el salto más brutal de esta política y expresa un cambio cualitativo en el plan de recolonización imperialista en el país caribeño. De las amenazas, agresiones y sanciones, el 3 de enero se cruzó un umbral: Washington pasó de amenazar con utilizar la fuerza militar a emplearla directamente para imponer un nuevo orden político de dominio sobre un país latinoamericano.

Se trata de un país bombardeado, con un presidente secuestrado y su petróleo saqueado, donde todos sus recursos son administrados por Washington. Donald Trump fue a la Asamblea General de la ONU a exhibir ese resultado como un trofeo y repitió la vieja máxima colonial según la cual el botín pertenece al vencedor. Es el más grande atraco que está en curso en nuestro continente, donde no sólo el petróleo, sino que el oro y demás minerales, así como todos sus activos extraterritoriales son controlados por Estados Unidos.

Lo que hicieron en Venezuela es lo que quieren hacer con Cuba, por eso el país caribeño ocupa un lugar central en esta ofensiva imperialista. El bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos durante décadas continúa siendo un instrumento de asfixia contra el pueblo cubano y forma parte de una estrategia de presión destinada a provocar el colapso económico, debilitar al Estado y completar una restauración capitalista en curso subordinada a Washington. Actualmente, a las sanciones y restricciones comerciales se suma el estrangulamiento de las fuentes de energía, las dificultades para acceder al combustible y una política deliberada de aislamiento económico que castiga fundamentalmente a la población trabajadora y a los sectores populares. En marzo y más recientemente, en su discurso en la ONU, Trump dijo que la Cuba que conocemos vive sus últimos momentos.

Si el imperialismo pudo transformar mediante la fuerza la relación con Venezuela, puede intentar utilizar mecanismos similares —militares, económicos, políticos o combinados— allí donde encuentre obstáculos a sus intereses. Washington pretende demostrar que puede intervenir militarmente, imponer condiciones políticas, controlar recursos estratégicos y decidir el rumbo de gobiernos e incluso cambiarlos cuando considere que están en juego sus intereses o lo que llama su propia “seguridad nacional”. Esto al menos en países al norte del Ecuador como expresa su estrategia de la “Gran Norteamérica”, aunque hacia el sur las contradicciones y los límites son mayores para aventuras del calibre que lleva adelante en la región de su “patio trasero” más directo.

El servilismo de las burguesías nacionales y el fracaso de los progresismos

La firma de este acuerdo vergonzante y humillante es una muestra no sólo del servilismo de los gobiernos de derecha en la región, sino de que las burguesías latinoamericanas no tienen ningún interés en defender la soberanía nacional. Gobiernos como el de Milei, Kast, de la Espriella, Rodrigo Paz o Keiko Fujimori se ofrecen como gendarmes subordinados del orden que dicta Washington. Así también lo hace también Flávio Bolsonaro en su campaña en Brasil. Compiten por quién es el sirviente más leal de Donald Trump.

Aplican los planes antiobreros del FMI y pagan religiosamente una escandalosa deuda externa. En Bolivia, el Escudo ya mostró su rostro. Tras el veto de visas de EE.UU., fue detenido el Fiscal General Roger Mariaca, la Asamblea aprobó cambios legales en una sesión donde se denunció la presencia de funcionarios del Escudo y el FMI desembolsó desembolsó 214 millones de dólares, de un paquete aprobado de 1.900 millones de dólares tras la operación. El gobierno cipayo de Paz da un golpe al órgano judicial al servicio de Trump. En Argentina, Milei quiso abrir la venta de tierras sin restricciones a magnates como Peter Thiel o Elon Musk. El rechazo en las calles lo obligó a retroceder en agosto. La Corte Suprema, con un formalismo jurídico, había reabierto la puerta siguiendo los dictados del imperialismo, aunque rápidamente tuvo que maniobrar, tras el repudio masivo, para intentar evitar que junto al artículo sobre tierras caiga todo el decreto sobre el que se basa gran parte del ajuste mileísta. Sin embargo, la medida judicial sólo suspende el ataque. La pelea contra esa avanzada en favor del imperialismo sigue abierta. En Chile, Kast quiso crear por reforma constitucional un estado de excepción para los territorios que declare “capturados” por el crimen organizado. Como Milei, tuvo que recular: no logró consenso ni en su sector, cae en las encuestas y enfrenta un movimiento estudiantil.

Por su parte, los gobiernos progresistas como Lula en Brasil, Sheinbaum en México y Orsi en Uruguay no han opuesto ninguna resistencia seria a esta prepotencia. Cuando Estados Unidos atacó Venezuela, Lula condenó el ataque sin nombrar a Trump ni a Estados Unidos. Cuando el gobierno de Claudia Sheinbaum suspendió los envíos de petróleo a Cuba, México dejó de ser un respiro frente al cerco y pasó a formar parte de él. Gobiernos como el de Evo Morales en Bolivia, Gabriel Boric en Chile, Gustavo Petro en Colombia o Alberto Fernández en Argentina terminaron entregándole la banda presidencial a variantes de extrema derecha alineados con Donald Trump.

Incluso los sectores que se posicionaban de manera más frontal a Estados Unidos, como el chavismo, terminaron gestionando el nuevo estatus neocolonial en Venezuela. Sus políticas terminaron contribuyendo a desarmar políticamente a la clase trabajadora y al pueblo venezolano frente al imperialismo. Hoy todo el aparato del chavismo gobernante juega el triste rol de sostener al gobierno que encabeza Delcy Rodríguez que se limita a obedecer órdenes del imperio y llevar adelante la más grande de las entregas infames de los recursos estratégicos del país, su economía, sus finanzas, y con ello la completa soberanía nacional.

Se trata de un fracaso del progresismo de magnitudes históricas que dice mucho de cómo estas variantes se posicionaron frente a Donald Trump

¡Fuera el imperialismo de América Latina y el Caribe!

La ofensiva de EE.UU. en Latinoamérica ha venido acompañada de un fortalecimiento de las extremas derechas en el continente. El eventual triunfo de Flávio Bolsonaro, tras cuatro años de un gobierno de conciliación de clases de Lula en el cual se ha preservado buena parte de los ataques de la derecha, reforzará estas tendencias y tendrá implicancias regionales. Sin embargo, este avance no es imparable. La ofensiva imperialista, el genocidio en Palestina, el avance de la extrema derecha y la crisis de los progresismos empuja a nuevos sectores y nuevas generaciones a politizarse por izquierda. La rebelión en Bolivia, la reemergencia del movimiento estudiantil en Chile, las movilizaciones en Argentina contra los planes de Milei son algunos ejemplos. En Brasil, nuestra organización (Movimento Revolucionário de Trabalhadores) y el Esquerda Diário están y siempre estuvieron en la primera fila para organizar la lucha contra Flavio Bolsonaro y la extrema derecha, con total independencia política frente al PT. El fenómeno político que representa nuestra compañera Myriam Bregman, muestra que un programa antiimperialista, socialista y de independencia de clase puede constituirse en una alternativa para millones de personas a la hora de enfrentar a la extrema derecha.

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Resulta fundamental poner al centro las banderas del anti imperialismo e impulsar una gran campaña contra el “Escudo de las Américas”, por la expulsión del imperialismo en la región. Hoy cualquier posición antiimperialista y anticolonialista consecuente debe partir por llamar a enfrentar la ofensiva imperialista, por acabar con el sometimiento neocolonial en Venezuela, por la expulsión del imperialismo y por evitar que Cuba sufra el mismo destino, partiendo por poner fin el bloqueo económico y energético en la isla. Defendemos incondicionalmente al pueblo cubano frente al imperialismo y, al mismo tiempo, sostenemos el pleno derecho de autodeterminación, así como el derecho de los trabajadores y del pueblo cubano a luchar por sus propias fuerzas y decidir su propio destino. Cuba debe convertirse en una causa de los trabajadores, de la juventud y de los pueblos de todo el continente. Nuestra oposición al imperialismo no implica ningún apoyo político al gobierno cubano y a la burocracia del PCC.

Exigimos el retiro de las tropas, buques y aviones de Estados Unidos y el desmantelamiento de las bases militares en la región. Luchamos contra los recortes y ajustes presupuestarios orientados a inyectar más dinero para las Fuerzas Armadas y las fuerzas represivas con la excusa del “narcoterrorismo”. La militarización del continente y la competencia entre potencias aumenta el peligro de que los pueblos sean arrastrados a conflictos que responden a intereses ajenos. Defendemos el derecho de los pueblos latinoamericanos a disponer de sus territorios y recursos. Defendemos la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas frente al imperialismo británico.

Sólo la movilización independiente de la clase trabajadora y de los pueblos oprimidos puede derrotar la ofensiva imperialista y abrir una salida emancipadora para América Latina y el Caribe. La clase trabajadora latinoamericana tiene una enorme fuerza social. Los sindicatos, los estudiantes, las mujeres, los pueblos indígenas, los movimientos campesinos, los movimientos ambientalistas, las organizaciones populares y los migrantes pueden convertir la lucha contra el imperialismo en una fuerza continental.

Desde la Corriente Revolución Permanente – Cuarta Internacional (CRP-CI) reafirmamos nuestro compromiso con la lucha antimperialista internacionalista y llamamos a impulsar esta campaña antiimperialista y anticolonialista a las centrales sindicales, sindicatos combativos, movimientos sociales, organizaciones estudiantiles, feministas, indígenas, populares y de derechos humanos.

También llamamos a la izquierda que se reivindica antiimperialista de América Latina, Estados Unidos, Europa y el resto del mundo a levantar conjuntamente una campaña internacional activa. Hoy millones de jóvenes se movilizan en Europa, sobre todo en el Estado Español, Alemania y en Francia, a ellos los llamamos a que se sumen a esta gran campaña pues sus gobiernos también son saqueadores de nuestro continente a través de sus grandes transnacionales que operan en nuestros países.

La clase trabajadora y el pueblo estadounidense tiene una enorme responsabilidad política y son grandes aliados de nuestra lucha, son millones los que se han movilizado en el último año. Los sindicatos, la juventud, las organizaciones populares y sectores de izquierda dentro de Estados Unidos deben enfrentar activamente la política imperialista de su propio gobierno. Debemos confluir para que la resistencia se extienda a escala continental y logremos frenar esta avanzada imperial. Nuestros compañeros y compañeras de Left Voice en Estados Unidos, en el corazón de la bestia, denuncian que el enemigo está en casa y exigimos: ¡Fuera las manos del imperialismo de América Latina y el Caribe!

La lucha contra el imperialismo sólo puede ser consecuente si se ubica de manera independiente de las distintas variantes patronales y de la burguesía nacional, en el sentido de desarrollar la autoorganización de la clase obrera y el pueblo en la perspectiva de la revolución socialista y de conquistar gobiernos de la clase trabajadora. La derrota definitiva del imperialismo vendrá de la mano de la unidad de Latinoamérica bajo una Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina y el Caribe.



 

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