jueves, 9 de abril de 2026

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Argentina. Milei paralizó en el exterior la búsqueda de bebés robados durante la dictadura

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La suspensión de acciones fuera del país pone en riesgo la búsqueda de bebés robados y reaviva el debate sobre las políticas de memoria del actual gobierno.


La agencia internacional de noticias EFE reporta que organismos de derechos humanos advirtieron que el Gobierno nacional paralizó las tareas de búsqueda de bebés robados durante la última dictadura militar en el exterior, una política clave para la restitución de identidad de personas apropiadas entre 1976 y 1983.

Según trascendió, la medida impacta especialmente en las investigaciones internacionales que permitían localizar a posibles nietos y nietas en otros países, en articulación con organismos y redes de cooperación global.

La decisión se inscribe en una serie de cambios impulsados por la administración de Javier Milei en el área de derechos humanos, que incluyeron el recorte de recursos y la reestructuración de organismos vinculados a la Memoria, Verdad y Justicia.

Entre esas medidas, el Gobierno ya había eliminado una unidad especializada que funcionaba dentro de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), dedicada a investigar la apropiación de niños durante la dictadura.

Desde distintos sectores alertan que estas decisiones afectan la continuidad de políticas sostenidas durante décadas para la restitución de identidad. Durante la última dictadura, se estima que alrededor de 500 bebés fueron apropiados y criados bajo identidades falsas, de los cuales aún quedan cientos por encontrar.

La búsqueda de estos casos ha sido históricamente impulsada por organismos como Abuelas de Plaza de Mayo, que lograron restituir la identidad de más de 130 personas, muchas veces a través de investigaciones que trascendieron las fronteras nacionales.

En este contexto, la paralización de las acciones en el exterior genera preocupación sobre el alcance futuro de las investigaciones y el impacto en causas aún abiertas.

La situación se da en el marco de un debate más amplio sobre el rol del Estado en las políticas de derechos humanos, a casi cinco décadas del golpe de Estado, y en un escenario donde distintas organizaciones advierten sobre retrocesos en áreas vinculadas a la memoria y la búsqueda de verdad.

Semanas atrás, a 50 años del golpe de Estado de 1976, expertos en derechos humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) advirtieron sobre «alarmantes retrocesos» en justicia transicional en Argentina y expresaron su «profunda preocupación» por las «medidas regresivas» que «amenazan con socavar cuatro décadas de avances ejemplares en materia de memoria, verdad y justicia».

 

Fuente: Pausa

 

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https://kaosenlared.net/denuncian-en-argentina-una-caza-de-brujas-del-gobierno-de-javier-milei-contra-periodistas-criticos/


Denuncian en Argentina una caza de brujas del gobierno de Javier Milei contra periodistas críticos

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El SIPREBA detalla «graves ataques y el hostigamiento sistemático sobre la actividad de prensa para dañar la libertad de expresión y disciplinar al periodismo.

El Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SIPREBA) ha mostrado su apoyo al periodista de Infobae, delegado sindical del medio e integrante de su Comisión Directiva, Juan Pablo Piscetta, «ante los injustos ataques que sufre del Gobierno y sus voceros que lo vinculan con una campaña de desinformación pagada por agentes rusos». El sindicato asegura que «nuestro colega y compañero ya desmintió los hechos y compartió los artículos en cuestión, reflejando de forma pública una cobertura habitual y profesional en el ejercicio del periodismo».

Para SIPREBA, este episodio «se suma a los graves ataques y el hostigamiento sistemático que el Gobierno realiza sobre la actividad de prensa, con el objetivo de dañar la libertad de expresión y disciplinar al periodismo en su rol de control de los actos de gobierno». Añade la organización en su comunicado que «observamos, además, que hay un intento de atacar a distintos medios y a nuestro sindicato en el marco de su pelea por el salario, nuestro rechazo a la reforma laboral y la defensa del Estatuto del Periodista Profesional».

Oscuros intereses mediáticos
La denuncia del sindicato argentino incluye «los intereses mediáticos y el aparato de propaganda del Gobierno, como La Derecha Diario, que están utilizando una cuestionable investigación para criminalizar la tarea periodística, convirtiendo en chivos expiatorios a comunicadores afectados por la precarización laboral». Esta ofensiva ocurre en momentos en que «el Gobierno busca desviar la atención de investigaciones serias del periodismo crítico por enriquecimiento ilícito, dádivas y otros presuntos delitos que involucran a los más altos funcionarios del Poder Ejecutivo».

Más información sobre esta cuestión se puede consultar en este enlace.

 

* Imagen: Juan Pablo Piscetta

 

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https://kaosenlared.net/entre-chantajes-y-canones/



Entre chantajes y cañones

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Ante el reciente impasse entre Donald Trump y la OTAN, lo que se vislumbra no es un conflicto entre “aislacionismo” y “alianza”, sino la desnudez del sistema de Estados operando en su lógica más primaria: la disputa por la hegemonía mediante el uso de la fuerza, la militarización de rutas comerciales como extensión natural de la política imperial y la total instrumentalización de vidas humanas en nombre de intereses geopolíticos. Para una perspectiva anarquista y antiguerra, cada elemento de este contexto —desde el cierre del Estrecho de Ormuz por parte de Irán hasta la amenaza de Washington de abandonar el tratado del Atlántico Norte— no es más que un acto más del mismo espectáculo en el que el Estado se revela como la principal fuente de violencia organizada, y la “seguridad” invocada por ambos bandos es, en la práctica, la seguridad de los mercados y de las cadenas de mando, nunca la de las poblaciones que pagarán el precio con sus cuerpos y territorios.

El Estrecho de Ormuz, hoy bloqueado por Irán, es el punto donde se materializa la disputa entre dos facciones estatales por el control del flujo energético global. La exigencia de Trump para que la OTAN envíe buques de guerra a fin de “garantizar la libre navegación” nada tiene que ver con principios de libertad; se trata de imponer, por medio de cañones y misiles, la circulación ininterrumpida del petróleo que alimenta la máquina de guerra y el capitalismo occidental. Cuando el ministro de defensa alemán, Boris Pistorius, declara que “esta guerra no es nuestra, nosotros no la queremos”, no está haciendo eco de ningún sentimiento pacifista —solo está demarcando el límite táctico de su propia burguesía nacional, dispuesta a lucrar con la inestabilidad sin necesariamente asumir los costos directos de un enfrentamiento en el Golfo. El rechazo europeo no es una victoria contra la guerra; es un cálculo de riesgos dentro de la misma lógica imperialista que, décadas atrás, llevó a Alemania y otros países de la OTAN a participar en bombardeos en Yugoslavia, Afganistán e Irak.

La amenaza de Trump de retirar a Estados Unidos de la OTAN, a su vez, deja al descubierto lo que siempre estuvo detrás de las alianzas militares: no hay compromiso con valores comunes, solo hay conveniencia estratégica. El presidente estadounidense considera la alianza una “vía de un solo sentido” porque, en su visión, los europeos no estarían asumiendo la parte que les corresponde en el servicio de mantenimiento del orden imperial global. Pero el chantaje de la salida no representa un movimiento antiguerra; al contrario, revela que Washington quiere la libertad de actuar unilateralmente, sin tener que negociar con socios menores que ahora se atreven a decir “no”. Es la política de pandillas en su forma más explícita: o se alinean con la ofensiva contra Irán, o EE.UU. retira su “protección” —como si la presencia de 84 mil militares y decenas de bases en suelo europeo fuera un favor altruista, y no la infraestructura que permite proyectar poder sobre Oriente Medio, África y Asia Central.

El embrollo jurídico que implicaría una eventual retirada formal de EE.UU. ilustra perfectamente cómo el Estado, incluso en sus disputas internas de competencia entre Congreso y Presidencia, no posee frenos sustanciales que le impidan continuar su trayectoria bélica. La sección 1250A de la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2024 prohíbe al presidente abandonar la OTAN sin la aprobación de dos tercios del Senado —un amarre legal que, para los anarquistas, solo formaliza la división de tareas entre las facciones de la clase dominante. Mientras tanto, un dictamen del Departamento de Justicia de 2020 sostiene que el presidente tiene autoridad exclusiva para rescindir tratados, y la Corte Suprema ha ampliado consistentemente los poderes ejecutivos. Trump ya retiró a EE.UU. de cinco tratados internacionales, como el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), siempre con la certeza de que la máquina estatal no se autolimita. Incluso si el Artículo 13 del tratado de la OTAN prevé un año de espera tras la notificación, lo que se dibujaría sería una batalla judicial donde el desenlace importa menos que el hecho incontornable: el Estado encuentra siempre un medio legal o extralegal para hacer valer su voluntad armada.

Sin embargo, la retirada formal quizás ni siquiera sea necesaria. Lo que Trump y sus estrategas ya ensayan es el vaciamiento de la alianza desde dentro —una estrategia que remite al precedente francés de 1966, cuando el gobierno de Charles de Gaulle retiró a Francia de la estructura militar integrada de la OTAN, manteniéndose formalmente en el tratado, pero causando un caos logístico que llevó años ser contrarrestado. La repetición de este escenario implicaría la retirada unilateral de tropas, la desobediencia al Artículo 5 (el corazón de la “defensa colectiva”) y el cierre o reducción de bases que funcionan como verdaderos nudos arteriales del poder militar estadounidense. Solo en Alemania, la base de Ramstein alberga a más de 16 mil militares, civiles y contratistas, siendo el principal centro de mando aéreo de la OTAN fuera de EE.UU. En la Isla Terceira, en las Azores, la base de Las Lajes sigue siendo un punto de reabastecimiento estratégico en medio del Atlántico, esencial para cualquier desplazamiento de aeronaves entre América y Eurasia. En Italia y el Reino Unido, otras bases garantizan el soporte para cazas, transporte aéreo y reabastecimiento en vuelo.

La retirada o el debilitamiento de este dispositivo no representaría, bajo ningún aspecto, un desarme. Se trataría solo de una reconfiguración que, como mostró la experiencia francesa, genera inmensos trastornos logísticos, pero nunca disuelve la capacidad de intervención. La dependencia estadounidense de las bases europeas es tal que, sin ellas, el puente aéreo transatlántico colapsaría: aeronaves como el F-15E, con un radio de combate de unos 1.300 km, simplemente no podrían operar en Oriente Medio y Asia Central sin escalas y reabastecimiento en suelo europeo. Tanques aéreos, cadenas logísticas de municiones, equipos pesados e incluso el sistema de evacuación médica —cuyo centro neurálgico está en Ramstein— quedarían seriamente comprometidos. El hecho de que los propios planificadores militares estadounidenses reconozcan estos perjuicios demuestra cuánto la “seguridad nacional” de EE.UU. es, en realidad, una estructura de ocupación global que exige la sumisión de territorios ajenos para sostenerse.

Bajo la óptica anarquista, sin embargo, lo más revelador en esta crisis es el modo en que el debate público reduce toda la cuestión a un cálculo de eficiencia militar o a una disputa entre “globalistas” e “aislacionistas”, cuando la verdadera cuestión debería ser: ¿por qué todavía toleramos que un puñado de Estados decida, con buques de guerra y bombarderos, quién puede o no navegar por un estrecho, quién puede o no extraer petróleo, quién puede o no existir? El cierre del Estrecho de Ormuz por Irán es un acto de coerción estatal; la amenaza de enviar una flota de la OTAN es otro. Ninguno de los dos bandos representa la voluntad popular, ninguno defiende la libre circulación de personas, ninguno pone la inviolabilidad de la vida por encima de las cuotas de exportación de hidrocarburos. Lo que está en juego es la continuidad de un sistema en el que el acceso a los recursos está garantizado por la capacidad de infligir muerte, y en el que la geopolítica es simplemente la continuación de la guerra por otros medios —o, como ya se dijo, la guerra es la continuación de la política por otros medios.

Finalmente, la historia nos muestra que ninguna alianza militar se disuelve sin dejar rastros de destrucción, y ningún Estado abdica de su violencia fundante. La salida de EE.UU. de la OTAN, incluso si llegara a ocurrir, no significaría el fin de las intervenciones estadounidenses; solo desplazaría los ejes de intervención, probablemente reforzando el carácter unilateral y aún más desregulado de la política exterior. Y la permanencia, con o sin Trump, significará el mantenimiento de una estructura que ya ha matado a cientos de miles de personas en Oriente Medio, los Balcanes, el norte de África, siempre bajo el pretexto de “defender” valores que, en la práctica, se resumen a la subordinación económica y militar. Para quienes se colocan del lado de las poblaciones que sufren bloqueos, bombardeos y ocupaciones, la única posición coherente es el rechazo absoluto a esta lógica: no a la OTAN, no al unilateralismo estadounidense, no al militarismo iraní, sino a la propia existencia de alianzas bélicas y Estados armados. La crisis en el Estrecho de Ormuz es solo un síntoma más de que, mientras existan Estados, existirán conflictos armados; y mientras existan tratados como el de la OTAN, existirán estructuras institucionalizadas para perpetuar la guerra, ya sea en nombre de la “libre navegación”, de la “defensa colectiva” o de cualquier otra fórmula que intente maquillar el poder de matar en masa como un interés legítimo.

Liberto Herrera.



PORTUGUÉS

Diante do recente impasse entre Donald Trump e a OTAN, o que se descortina não é um conflito entre “isolacionismo” e “aliança”, mas a nudez do sistema de Estados operando em sua lógica mais primária: a disputa por hegemonia pelo uso da força, a militarização de rotas comerciais como extensão natural da política imperial e a total instrumentalização de vidas humanas em nome de interesses geopolíticos. Para uma perspectiva anarquista e antiguerra, cada elemento desse contexto — desde o fechamento do Estreito de Ormuz pelo Irã até a ameaça de Washington de abandonar o tratado do Atlântico Norte — não passa de mais um ato do mesmo espetáculo em que o Estado se revela como a principal fonte de violência organizada, e a “segurança” invocada por ambos os lados é, na prática, a segurança dos mercados e das cadeias de comando, nunca a das populações que pagarão o preço com seus corpos e territórios.

O Estreito de Ormuz, hoje bloqueado pelo Irã, é o ponto onde se materializa a disputa entre duas facções estatais pelo controle do fluxo energético global. A exigência de Trump para que a OTAN envie navios de guerra a fim de “garantir a livre navegação” nada tem a ver com princípios de liberdade; trata-se de impor, por meio de canhões e mísseis, a circulação ininterrupta do petróleo que alimenta a máquina de guerra e o capitalismo ocidental. Quando o ministro da defesa alemão, Boris Pistorius, declara que “essa guerra não é nossa, nós não a queremos”, não está ecoando qualquer sentimento pacifista — está apenas demarcando o limite tático de sua própria burguesia nacional, disposta a lucrar com a instabilidade sem necessariamente assumir os custos diretos de um confronto no Golfo. A recusa europeia não é uma vitória contra a guerra; é um cálculo de riscos dentro da mesma lógica imperialista que, décadas atrás, levou Alemanha e outros países da OTAN a participar de bombardeios na Iugoslávia, no Afeganistão e no Iraque.

A ameaça de Trump de retirar os Estados Unidos da OTAN, por sua vez, escancara o que sempre esteve por trás das alianças militares: não há compromisso com valores comuns, há apenas conveniência estratégica. O presidente norte-americano considera a aliança uma “via de mão única” porque, em sua visão, os europeus não estariam arcando com a parte que lhes cabe no serviço de manutenção da ordem imperial global. Mas a chantagem da saída não representa um movimento antiguerra; ao contrário, revela que Washington quer a liberdade de agir unilateralmente, sem ter que negociar com sócios menores que agora ousam dizer “não”. É a política de gangues em sua forma mais explícita: ou se alinham à ofensiva contra o Irã, ou os EUA retiram sua “proteção” — como se a presença de 84 mil militares e dezenas de bases em solo europeu fosse um favor altruísta, e não a infraestrutura que permite projetar poder sobre o Oriente Médio, a África e a Ásia Central.

O emaranhado jurídico que envolveria uma eventual retirada formal dos EUA ilustra perfeitamente como o Estado, mesmo em suas disputas internas de competência entre Congresso e Presidência, não possui freios substantivos que o impeçam de continuar sua trajetória bélica. A seção 1250A da Lei de Autorização de Defesa Nacional de 2024 proíbe o presidente de abandonar a OTAN sem aprovação de dois terços do Senado — uma amarra legal que, para os anarquistas, apenas formaliza a divisão de tarefas entre as facções da classe dominante. Enquanto isso, um parecer do Departamento de Justiça de 2020 sustenta que o presidente tem autoridade exclusiva para rescindir tratados, e a Suprema Corte tem consistentemente ampliado os poderes executivos. Trump já retirou os EUA de cinco tratados internacionais, como o Tratado de Forças Nucleares de Alcance Intermediário (INF), sempre com a certeza de que a máquina estatal não se autolimita. Mesmo que o Artigo 13 do tratado da OTAN preveja um ano de espera após a notificação, o que se desenharia seria uma batalha judicial onde o desfecho importa menos do que o fato incontornável: o Estado encontra sempre um meio legal ou extralegal para fazer valer sua vontade armada.

No entanto, a retirada formal talvez nem seja necessária. O que Trump e seus estrategistas já ensaiam é o esvaziamento da aliança por dentro — uma estratégia que remete ao precedente francês de 1966, quando o governo de Charles de Gaulle retirou a França da estrutura militar integrada da OTAN, mantendo-se formalmente no tratado, mas causando um caos logístico que levou anos para ser contornado. A repetição desse cenário implicaria a retirada unilateral de tropas, a desobediência ao Artigo 5º (o coração da “defesa coletiva”) e o fechamento ou redução de bases que funcionam como verdadeiros nós arteriais do poder militar estadunidense. Apenas na Alemanha, a base de Ramstein abriga mais de 16 mil militares, civis e contratados, sendo o principal centro de comando aéreo da OTAN fora dos EUA. Na Ilha Terceira, nos Açores, a base das Lajes continua sendo um ponto de reabastecimento estratégico no meio do Atlântico, essencial para qualquer deslocamento de aeronaves entre a América e a Eurásia. Na Itália e no Reino Unido, outras bases garantem o suporte para caças, transporte aéreo e reabastecimento em voo.

A retirada ou o enfraquecimento desse dispositivo não representaria, sob nenhum aspecto, um desarmamento. Tratar-se-ia apenas de uma reconfiguração que, como mostrou a experiência francesa, gera imensos transtornos logísticos, mas nunca dissolve a capacidade de intervenção. A dependência americana das bases europeias é tanta que, sem elas, a ponte aérea transatlântica entraria em colapso: aeronaves como o F-15E, com raio de combate de cerca de 1.300 km, simplesmente não teriam como operar no Oriente Médio e na Ásia Central sem escalas e reabastecimento em solo europeu. Tanques aéreos, cadeias logísticas de munições, equipamentos pesados e até o sistema de evacuação médica — cujo centro nervoso está em Ramstein — ficariam seriamente comprometidos. O fato de os próprios planejadores militares americanos reconhecerem esses prejuízos demonstra o quanto a “segurança nacional” dos EUA é, na verdade, uma estrutura de ocupação global que exige a submissão de territórios alheios para se sustentar.

Sob a ótica anarquista, contudo, o mais revelador nessa crise é o modo como o debate público reduz toda a questão a um cálculo de eficiência militar ou a uma disputa entre “globalistas” e “isolacionistas”, quando a verdadeira questão deveria ser: por que ainda toleramos que um punhado de Estados decida, com navios de guerra e bombardeiros, quem pode ou não navegar por um estreito, quem pode ou não extrair petróleo, quem pode ou não existir? O fechamento do Estreito de Ormuz pelo Irã é um ato de coerção estatal; a ameaça de enviar uma frota da OTAN é outro. Nenhum dos dois lados representa a vontade popular, nenhum dos dois defende a livre circulação de pessoas, nenhum dos dois coloca a inviolabilidade da vida acima das cotas de exportação de hidrocarbonetos. O que está em jogo é a continuidade de um sistema no qual o acesso a recursos é garantido pela capacidade de infligir morte, e no qual a geopolítica é simplesmente a continuação da guerra por outros meios — ou, como já se disse, a guerra é a continuação da política por outros meios.

Por fim, a história nos mostra que nenhuma aliança militar se dissolve sem deixar rastros de destruição, e nenhum Estado abdica de sua violência fundante. A saída dos EUA da OTAN, mesmo que viesse a ocorrer, não significaria o fim das intervenções americanas; apenas deslocaria os eixos de intervenção, provavelmente reforçando o caráter unilateral e ainda mais desregulado da política externa. E a permanência, com ou sem Trump, significará a manutenção de uma estrutura que já matou centenas de milhares de pessoas no Oriente Médio, nos Bálcãs, no norte da África, sempre sob o pretexto de “defender” valores que, na prática, se resumem à subordinação econômica e militar. Para quem se coloca do lado das populações que sofrem com bloqueios, bombardeios e ocupações, a única posição coerente é a recusa absoluta a essa lógica: não à OTAN, não ao unilateralismo estadunidense, não ao militarismo iraniano, mas à própria existência de alianças bélicas e Estados armados. A crise no Estreito de Ormuz é apenas mais um sintoma de que, enquanto existirem Estados, existirão conflitos armados; e enquanto existirem tratados como o da OTAN, existirão estruturas institucionalizadas para perpetuar a guerra, seja em nome da “livre navegação”, da “defesa coletiva” ou de qualquer outra fórmula que tente maquiar o poder de matar em massa como um interesse legítimo.

Liberto Herrera.

 


ENGLISH

Between Blackmail and Cannons

Faced with the recent impasse between Donald Trump and NATO, what unfolds is not a conflict between “isolationism” and “alliance,” but rather the nakedness of the system of states operating in its most primal logic: the struggle for hegemony through the use of force, the militarization of trade routes as a natural extension of imperial policy, and the total instrumentalization of human lives in the name of geopolitical interests. From an anarchist and anti-war perspective, each element of this context—from Iran’s closure of the Strait of Hormuz to Washington’s threat to abandon the North Atlantic Treaty—is nothing more than another act in the same spectacle in which the state reveals itself as the primary source of organized violence, and the “security” invoked by both sides is, in practice, the security of markets and chains of command, never that of the populations who will pay the price with their bodies and territories.

The Strait of Hormuz, currently blockaded by Iran, is the point where the dispute between two state factions for control of global energy flows materializes. Trump’s demand that NATO send warships to “guarantee free navigation” has nothing to do with principles of freedom; it is about imposing, through cannons and missiles, the uninterrupted flow of oil that fuels the war machine and Western capitalism. When German Defense Minister Boris Pistorius declares that “this war is not ours, we do not want it,” he is not echoing any pacifist sentiment—he is merely demarcating the tactical limit of his own national bourgeoisie, willing to profit from instability without necessarily bearing the direct costs of a confrontation in the Gulf. The European refusal is not a victory against war; it is a risk calculation within the same imperialist logic that, decades ago, led Germany and other NATO countries to participate in bombings in Yugoslavia, Afghanistan, and Iraq.

Trump’s threat to withdraw the United States from NATO, in turn, lays bare what has always been behind military alliances: there is no commitment to common values, only strategic convenience. The U.S. president considers the alliance a “one-way street” because, in his view, Europeans are not bearing their share in the task of maintaining the global imperial order. But the blackmail of withdrawal does not represent an anti-war movement; on the contrary, it reveals that Washington wants the freedom to act unilaterally, without having to negotiate with smaller partners who now dare to say “no.” It is gang politics in its most explicit form: either they align with the offensive against Iran, or the U.S. withdraws its “protection”—as if the presence of 84,000 troops and dozens of bases on European soil were an altruistic favor, and not the infrastructure that allows projecting power over the Middle East, Africa, and Central Asia.

The legal entanglement that would surround a potential formal U.S. withdrawal perfectly illustrates how the state, even in its internal jurisdictional disputes between Congress and the Presidency, lacks substantive brakes to prevent it from continuing its warlike trajectory. Section 1250A of the National Defense Authorization Act for 2024 prohibits the president from abandoning NATO without the approval of two-thirds of the Senate—a legal constraint that, for anarchists, merely formalizes the division of tasks among factions of the ruling class. Meanwhile, a 2020 Department of Justice opinion holds that the president has exclusive authority to rescind treaties, and the Supreme Court has consistently expanded executive powers. Trump has already withdrawn the U.S. from five international treaties, such as the Intermediate-Range Nuclear Forces (INF) Treaty, always with the certainty that the state apparatus does not self-limit. Even if Article 13 of the NATO treaty provides for a one-year waiting period after notification, what would unfold is a legal battle where the outcome matters less than the unavoidable fact: the state always finds a legal or extralegal means to enforce its armed will.

However, formal withdrawal may not even be necessary. What Trump and his strategists are already rehearsing is the hollowing out of the alliance from within—a strategy that harks back to the French precedent of 1966, when Charles de Gaulle’s government withdrew France from NATO’s integrated military structure, formally remaining in the treaty but causing logistical chaos that took years to resolve. The repetition of this scenario would imply the unilateral withdrawal of troops, disobedience to Article 5 (the heart of “collective defense”), and the closure or reduction of bases that function as true arterial nodes of U.S. military power. In Germany alone, Ramstein Air Base hosts over 16,000 military personnel, civilians, and contractors, serving as the main NATO air command center outside the U.S. On Terceira Island in the Azores, Lajes Field remains a strategic refueling point in the middle of the Atlantic, essential for any aircraft movement between the Americas and Eurasia. In Italy and the United Kingdom, other bases provide support for fighters, air transport, and aerial refueling.

The withdrawal or weakening of this apparatus would not represent, in any way, disarmament. It would merely be a reconfiguration that, as the French experience showed, generates immense logistical disruptions but never dissolves the capacity for intervention. U.S. dependence on European bases is so great that without them, the transatlantic air bridge would collapse: aircraft like the F-15E, with a combat radius of about 1,300 kilometers, simply could not operate in the Middle East and Central Asia without stopovers and refueling on European soil. Aerial tankers, logistics chains for munitions, heavy equipment, and even the medical evacuation system—whose nerve center is at Ramstein—would be severely compromised. The fact that U.S. military planners themselves acknowledge these drawbacks demonstrates how much U.S. “national security” is, in reality, a structure of global occupation that requires the subjugation of foreign territories to sustain itself.

From the anarchist perspective, however, the most revealing aspect of this crisis is how public debate reduces the entire issue to a calculation of military efficiency or a dispute between “globalists” and “isolationists,” when the real question should be: why do we still tolerate that a handful of states decide, with warships and bombers, who can or cannot navigate a strait, who can or cannot extract oil, who can or cannot exist? Iran’s closure of the Strait of Hormuz is an act of state coercion; the threat to send a NATO fleet is another. Neither side represents the popular will, neither defends the free movement of people, neither places the inviolability of life above hydrocarbon export quotas. What is at stake is the continuity of a system in which access to resources is guaranteed by the capacity to inflict death, and in which geopolitics is simply the continuation of war by other means—or, as it has been said, war is the continuation of politics by other means.

Finally, history shows us that no military alliance dissolves without leaving traces of destruction, and no state abdicates its foundational violence. The U.S. exit from NATO, even if it were to occur, would not mean the end of American interventions; it would merely shift the axes of intervention, likely reinforcing the unilateral and even more unregulated character of foreign policy. And staying in, with or without Trump, will mean maintaining a structure that has already killed hundreds of thousands of people in the Middle East, the Balkans, North Africa, always under the pretext of “defending” values that, in practice, boil down to economic and military subordination. For those who side with the populations suffering from blockades, bombings, and occupations, the only coherent position is the absolute refusal of this logic: not to NATO, not to U.S. unilateralism, not to Iranian militarism, but to the very existence of war alliances and armed states. The crisis in the Strait of Hormuz is just another symptom that as long as states exist, armed conflicts will exist; and as long as treaties like NATO exist, there will be institutionalized structures to perpetuate war, whether in the name of “free navigation,” “collective defense,” or any other formula that tries to disguise the power to kill en masse as a legitimate interest.

Liberto Herrera.

 

Enviada para su publicación a Kaosenlared y publicada originalmente en LIBERTO HERRERA

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https://kaosenlared.net/genocidio-israeli-deja-a-mas-de-57-000-ninas-y-ninos-palestinos-huerfanos/



Genocidio israelí deja a más de 57.000 niñas y niños palestinos huérfanos

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El Centro de Información Sanitaria del Ministerio de Salud palestino informó que más de 1.000 menores de 1 año fueron asesinados durante el genocidio, mientras que 450 nacieron bajo los bombardeos pero no lograron sobrevivir.

El Centro de Información Sanitaria (PICN por sus siglas en inglés) del Ministerio de Salud palestino informó que más de 57.000 niños palestinos quedaron huérfanos como consecuencia del genocidio perpetrado por la entidad sionista de Israel contra la nación asiática.

Entre ellos 49.000 perdieron a sus padres, 5.000 a sus madres y 3.000 a ambos progenitores, mientras que 2.600 familias enteras fueron asesinadas, 5.000 perdieron a casi todos sus miembros y 6.000 perdieron una parte de sus integrantes, según el titular del organismo, Zaher Al-Wahidi.

 

 

El centro de información agregó que más de 1.000 menores de 1 año fueron asesinados durante el genocidio, mientras que 450 nacieron bajo los bombardeos pero no lograron sobrevivir.

Sumado a la existencia de más de 57.000 huérfanos, las acciones genocidas de Israel han dejado a 47.019 mujeres gazatíes viudas, según estadísticas oficiales. De ellas 26.370 perdieron a sus conyugues en el periodo comprendido desde el 07 de octubre de 2023 hasta la fecha actual.

Al respecto, el Ministerio de Desarrollo Social de la nación árabe identificó necesidades urgentes como, apoyo psicosocial, reinserción educativa, protección jurídica, cuidado infantil, empoderamiento económico, atención médica, asistencia monetaria y formación profesional.

Los programas ofrecen capacitación laboral intensiva, pequeños proyectos en el hogar, canastas alimentarias mensuales y actividades recreativas, en este sentido el ministerio de desarrollo informó que serán desarrollados centros especializados para la educación y el alojamiento de mujeres viudas, de las que el grupo más numeroso se sitúa entre los 19 y 50 años, representando el 84.6%, mientras que las mujeres mayores de 60 años constituyen el 14.9%.

 

Cabe destacar que las agresiones de Israel contra Palestina han provocado escasez de alimentos, enfermedades y el empeoramiento de las condiciones en los campos de refugiados, dibujando una catástrofe humanitaria sin precedentes.

Para febrero de 2026 el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk. reconoció que “Las acciones de Israel parecen encaminadas a lograr un cambio demográfico permanente en Gaza y Cisjordania, lo que aumenta la preocupación por una limpieza étnica”.

“La evidencia reunida por mi Oficina revela un patrón consistente de graves violaciones y abusos de los derechos humanos, graves violaciones del derecho internacional humanitario y crímenes atroces que permanecen impunes”, agregó.

Es importante resaltar que el genocidio en curso contra la nación palestina ha dejado un saldo de 70.300 palestinos asesinados y 171.000 heridos. De estas víctimas 20.000 son niños, 10.000 son mujeres y 5.000 ancianos, según fuentes oficiales.

Organizaciones de ayuda y autoridades locales hicieron un llamado para el apoyo de los huérfanos y comunidades vulnerables de Gaza.

Autor: teleSUR: mb – MS

Fuente: Agencias

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https://kaosenlared.net/tiempos-modernos-de-chaplin-y-el-apoyo-de-cineastas-de-hollywood-a-la-republica-antifascista-en-armas-1936-1939/


«Tiempos Modernos» de Chaplin y el apoyo de cineastas de Hollywood a la República antifascista en armas (1936-1939)

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Habían pasado 5 años desde que se estrenara su largometraje «Luces de la ciudad» («City lights», 1931), el cuarto largometraje de su carrera que hizo para la United Artists Corporation, la compañía cinematográfica que Charles Chaplin fundó el 5 de febrero de 1919 junto a otras estrellas de Hollywood (Douglas FairbanksMary Pickford y David Wark Griffith) con la intención de controlar sus propias producciones y trabajar con más libertad sin depender de estudios con fines solo comerciales. En ese intervalo se habían agudizado los efectos de la Gran Depresión de 1929 en los Estados Unidos, y el mundo caminaba hacia la guerra de manos de Adolf Hitler, que había subido al poder en 1933, y de Benito Mussolini, que en 1935 había comenzado la invasión de Abisinia (Etiopía).

En ese momento de ascenso del fascismo en Europa, el 5 de febrero de 1936 se estrenó en el Rivoli Theatre (Broadway) de Nueva York la película «Tiempos Modernos» («Modern Times»), del «genial artista», del «grande y único» Charles Chaplin, Charlot, que durante un tiempo de su rodaje llevó el título de «Masas». Había tardado poco más de dos años en producirla, y había costado casi dos millones y medio de dólares. Se anunciaba que tenía banda sonora y que por primera vez se podría oír la voz de Charlot, cantando al final de la cinta. Pocos días después, el 11 de febrero se estrenaba en Europa, concretamente en el Cine Tívoli del Strand en el West End de Londres. El éxito fue impresionante, a pesar de tratarse de una película muda, cuando el cine sonoro hacía cinco o seis años que se había implantado triunfalmente en las pantallas europeas, y a pesar de que en la nueva película Charlot había abandonado su sempiterno papel de vagabundo sin hogar para transformarse en un obrero industrial, convirtiéndola en su primera película de clara temática social.

Desde principios de enero y febrero de 1936, la prensa especializada y las páginas de cine y teatro de la prensa generalista de Madrid y Barcelona se hicieron eco de la nueva película de Chaplin. El Sol del 9 de febrero 1936, en un artículo sobre diversas censuras en películas de los Estados Unidos, contaba que el guion de «Tiempos Modernos» no fue sometido previamente a los censores, pero cuando se hizo la prueba final ante la Comisión de Hollywood, ésta objetó nada menos que seis escenas por considerarlas «vulgares». Y añadía: «Lo vulgar en los EE.UU. significa tanto como crudo, o realista en exceso. Así que Chaplin hubo de hacer las correcciones que se le imponían sin más dilación». No podía contarse toda la verdad sobre la explotación y represión obreras en los Estados Unidos.

En el diario madrileño La Época del 20 febrero de 1936 se subrayaba que, salvo la nueva protagonista, Paulette Goddard, el resto del reparto incluía una docena de antiguos compañeros de Chaplin (Henry Bergman, Stanley Sandford, etc.), amigos a los que «el genial cómico» nunca había olvidado y siempre contaba con ellos para sus cortometrajes y películas. Un gesto humano y fraternal que lo elevaba por encima de otros directores de moda.

Por otra parte, en el diario Ahora (Madrid) del 20 de febrero 1936 se volvía a comentar lo «mal parada» que la censura había dejado a la nueva película de Chaplin, haciendo que «muchos pasajes, si no todos, hayan sufrido cortes más o menos considerables». Y añadía: Ante la protesta de Charlot, le dijeron:

– No se apure Vd. Como es un film casi mudo, apenas se notan los cortes.

– De acuerdo que es un film casi mudo -replicó el genial actor-, pero lo malo es ¡que me lo han dejado ustedes tartamudo!

Estas noticias de la severa censura sufrida hizo que en la prensa madrileña se anunciara que «Tiempos Modernos», «acaso atenuadas en sus esencias revolucionarias, se presentará próximamente en un magnífico cine madrileño» (1).

Ante el inminente estreno de la película en Madrid, llegaron noticias de Estados Unidos de que el nuevo film de Chaplin era «comunista», y que poseía «verdaderos rasgos de cine revolucionario». Nada más lejos de la realidad. El mismo Chaplin salió a negar tal afirmación: «La nueva historia no es comunista, solo retrata la situación de los obreros que viven la realidad industrial del año 1934, cuando comencé a rodarla… el propósito de mi cine no es reformar o concienciar al público… estaré más que satisfecho si consigo divertirlos…». De hecho, por encima de la evidente mirada social de «Tiempos Modernos», la crítica internacional valoró sobre todo su enorme comicidad, y su calidad cinematográfica.

Finalmente, el 4 de marzo de 1936 se estrenó «Tiempos Modernos» en el lujoso cine Capitol de la Gran Vía de Madrid, propiedad de la filial española de la Metro-Golden-Mayer, con una gala que fue emitida por Unión Radio y donde fueron invitadas importantes personalidades de la capital, con una conferencia previa del famoso «charlista» Federico García Sanchiz. A partir de entonces se sucedieron tres semanas exitosas de proyecciones desde las 11 de la mañana a 4 de la tarde en sesiones continuas, y después en sesiones numeradas a las 4:30, 6:30 y 10:30 de la noche. Algo inaudito. Fue señalado como el «acontecimiento cinematográfico de la temporada».

Ya hemos dicho que se inauguró en el cine más lujoso de Madrid, y también hay que saber que García Sanchiz, intelectual nacionalista, católico y tradicionalista, había sido propuesto por «unanimidad», y con «simpatía» y «aplauso» para formar parte de la candidatura liderada por Gil-Robles del Frente de Derechas por Madrid, si bien es verdad que después se retiró aduciendo que tenía el compromiso de viajar a América por motivos profesionales. Ahora sí puede entenderse la columna que publicaba El Socialista del 5 de marzo: según el redactor, «la película llegaba a nosotros precedida de una aureola poco en consonancia con el espíritu del salón elegido para exhibirla», y «había que tranquilizar a los distinguidos espectadores» pues, decía, «no se invita a un público elegante a vestirse de etiqueta para ensayar cerca de él los efectos de unas imágenes revolucionarias». Además, denunciaba lo poco apropiado, en vista de la «aureola izquierdista» de la película, de designar al antiguo «cedista» y político de derechas García Sanchiz como conferenciante. Y sobre la película que acababa de ver, afirmaba que era una sátira contra la brutalidad del esfuerzo agotador de la cadena de montaje que aparece en la misma («Puedo identificar sin error a los obreros de la Ford… obreros extenuados que se duermen en el tranvía»). El crítico socialista proseguía: «No hace falta pronunciarse sobre si la película es socialista o comunista, a Charlot le basta con dejar que fluya en libertad las escenas para que surja de un modo perfectamente natural un mensaje de adhesión hacia los que necesitan ganarse la vida de la manera áspera y agotadora que señala inexorablemente la actual etapa capitalista de los EEUU… la explotación inhumana, el drama de los sintrabajo, la muerte de un parado en la vía pública por disparos de la fuerza pública… aunque su misión es la de divertir, Charlot introduce en su obra elementos que solicitan del espectador una preocupación sincera por los problemas que han escindido al mundo en capital y trabajo».

«Tiempos Modernos» se estrenó en Barcelona en el cine Tívoli, donde estuvo en cartelera tres semanas también con sesiones matinales, constituyendo «el espectáculo máximo de Barcelona», y después pasó al Salón Kursaal con la exclusiva de su proyección en la capital y en la provincia. En Sevilla se estrenó el 11 de abril de 1936 en el Teatro San Fernando, y en las mismas fechas se estrenaba en el resto de capitales como Valencia en el Cine Metropol o Huelva en el Cinema Rábida.

Pero pronto terminó sus pases en salas, olvidada ante la avalancha de cine sonoro que llegaba de Hollywood y la grave situación política y social que vivía la Segunda República. La película de Chaplin se proyectó en Madrid por última vez el 24 de marzo, aunque el fenómeno «Chaplin» hizo que se proyectara en los días de marzo y abril de 1936 otros cortos suyos como «El Evadido» («The adventurer») o «El emigrante» («The inmigrant»), ambos de 1917.

El 16 de julio de 1936, al estrenar en el cine madrileño Capitol la película «Una chica de provincias», protagonizada por Robert Taylor, se anunciaba que después de esa película se «reestrenaría» «Tiempos Modernos» gracias a la exclusiva que firmaron con la Metro-Goldwyn.-Mayer. Pero eso no ocurriría ante la sublevación de los militares golpistas y el inicio de la guerra…

***

Todo cambió al comenzar la sublevación de los militares golpistas que continuó con una guerra en la que se involucraron, en su apoyo a las tropas de Franco, Varela, Yagüe o Queipo de Llano, los regímenes dictatoriales de Hitler y Mussolini. La República española en armas se convirtió en el símbolo del antifascismo internacional, y las muestras de solidaridad no tardaron en llegar, no solo de las Brigadas Internacionales, sino también, y especialmente, de la intelectualidad y los artistas de Europa y del continente americano. El fascismo y el autoritarismo eran algo más que una amenaza, y más aún desde que Japón invadió China y aseguraba su dominio en el norte del inmenso país.

Entre agosto y septiembre de 1936, dos mujeres afines al Partido Comunista norteamericano, la dramaturga y guionista de cine Lilliam Hellman y la dramaturga, crítica teatral y poetisa Dorothy Parker, crearon en Nueva York el Motion Picture Artists’ Committee (MPAC)que funcionó como el Comité de Artistas Cinematográficos de la «Medical Bureau and North American Committee to Aid Spanish Democracy», la organización de Ayuda de la España Republicana más importante de los Estados Unidos. Este Comité de Artistas Cinematográficos -conocida a veces como la «Brigada Hollywood, como la llamó con acierto Javier Coma (2)-, estuvo dirigido por el célebre novelista Samuel Dashiell Hammett, activo antifascista y miembro también del Partido Comunista, y contaba con el apoyo del presidente de México, Lázaro Cárdenas. A él se sumaron los actores Melvyn Douglas (vicepresidente del Comité), Charlie Chaplin, Clark Gable, Edward G. Robinson, Paul Muni, Boris Karloff, etc.; las actrices Sylvia Sydney, Miriam Hopkins, Louise Rainer, Joan Crawford, Bette Davis, etc., y los directores John Ford, Lewis Milestone, Ernest Lubitch, etc.

Sin conocerse si tuvo relación con este apoyo explícito de Chaplin a la República, en Valencia, dos semanas antes de que el Gobierno de la República se trasladara a dicha ciudad, se repuso «Tiempos Modernos» el 12 de octubre de 1936 en varios cines al mismo tiempo (Excelsior, Pathe Palace, Arenas y Smart), y en las semanas y meses siguientes, también de 1937, la película se fue proyectando ininterrumpidamente en la mayor parte de los numerosos cines de la ciudad (Goya, Esplendid, Walkiria, Majestic, Eden, Miria. Teatro Lírico, Cine Francisco Ascaso -antiguo Vergara-, Mundial, Chile, Foc Nou, Cine Ramblas, Brodway, etc., etc. -la mayoría desaparecidos en la actualidad-), casi siempre en dos o tres cines al mismo tiempo. No quedó ningún valenciano o valenciana, ni nadie de las decenas de miles de refugiados de otras provincias, sin ver la nueva película del genial artista «demócrata y antifascista» que apoyaba sinceramente a la República.

En el caso de Madrid la situación fue diferente. Lo que se proyectó hasta la saciedad en los meses finales de 1936, y primeras semanas de 1937, en distintos cines de la capital fueron varios cortos y mediometrajes de Chaplin: «Charlot bombero» («The fireman», 1916), «Charlot maquinista» («Behind the screen», 1916), «Charlot evadido» («The adventurer», 1917), «Charlot maleante» («Police», 1916), «Charlot impostor» («The marquerader», 1914), «Charlot se va de juerga» («A night out», 1915), etc.

¿Por qué no se repuso «Tiempo Modernos» como en Valencia, por ejemplo, durante los primeros meses de la guerra? ¿Tuvo algo que ver el hecho de que la Metro-Golden-Mayer había comprado los derechos exclusivos para su exhibición en Madrid? Porque la realidad es que en octubre de 1936 la prensa publicaba la noticia de que el Cine Capitol había sido cedido a la Sección de Propaganda Cultural del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas artes, «que ofrecerá al pueblo de Madrid desde el domingo próximo las mejores películas de lucha contra la reacción y el fascismo» (3). Por ese motivo, el 18 de octubre de 1936 se estrenaba en el Cine Capitol el film soviético «Los marineros del Kronstadt». Con total seguridad, únicamente por la exclusiva comentada no se llegó a reponer «Tiempos Modernos» en Madrid. Y no por falta de ganas.

Las noticias del apoyo de los artistas de cine a la causa republicana fue una constante en aquellos meses. Por ejemplo, a principios del mes de febrero de 1937, la prensa recogía la noticia de que en una reunión celebrada en Hollywood, bajo la presidencia del novelista Donald Odgen Steward, y a la que asistieron cerca de trescientos artistas cinematográficos, se tomó el acuerdo de dirigir al Presidente del Consejo de Ministros, Largo Caballero, un mensaje de adhesión, en el que se hacían votos por el triunfo de la causa de la libertad en su lucha contra el fascismo. Entre los que firmaban el mensaje se encontraban Paul Muni, Loise Rainer, Upton Sinclair, Lewis Milestone o Liam O’Flagerthy, entre otros, casi todos pertenecientes también a la Liga Anti-Nazi de Hollywood (4).

También se publicó que el Comisario de Espectáculos de la Generalitat de Cataluña, el escritor y dirigente de Esquerra Republicana (ERC) Jaume Miravitlles Navarra (Figueras, 1906), dirigió en marzo de 1937 un telegrama a Charlot que decía:

Ante vuestro gesto de adhesión a la causa de la República española y ante la vejación de los generales rebeldes, prohibiendo en el territorio ocupado por ellos la proyección de vuestros filmes, le remitimos a usted y compañeros, el homenaje de simpatía y admiración del pueblo catalán, el cual prepara festivales en su honor y en el de sus compañeros (5).

El 31 de marzo de 1937, y días siguientes, circuló por la prensa republicana la noticia de que Chaplin había manifestado su deseo de retirarse del cine después de haber terminado «Tiempos Modernos». El comentario de ese antiguo rumor, lo había provocado el testimonio de adhesión a la causa republicana que recientemente había llegado a España desde la Meca del Cine de estrellas tan prestigiosas como Paul Muni, Joan Crawford, Clark Gable, Errol Flynn, Bette Davis y, por supuesto, Charly Chaplin Charlot. ¿Cuál fue la causa de aquel rumor? Muy sencilla, decían: a través de toda su genial producción, Charlot había llevado hasta lo más alto de la simpatía e identificación popular su tipo de vagabundo sin hogar, indeseable para las clases pudientes, pero querido y predilecto del pueblo, y había llegado a su culminación en «Tiempos Modernos», denunciando de forma irónica y sutil un régimen de vida arbitrario e injusto, que fácilmente se identificaba con el capitalismo inhumano. Esa propaganda social sembrada de forma amplia por todo el mundo con el estreno de su nueva película, fue saboteada desde el primer momento por la burguesía estadounidense, de forma tal que Charlot, «fatigado por la lucha titánica que la terminación del film le impuso», decidió, en un momento de amargura y desilusión, anunciar que se retiraba del cine, que concluía la carrera de «la figura cumbre y más genial que tuvo, tiene y tendrá la cinematografía».

Sin embargo -continuaba-, se estrenó «Tiempos Modernos», y «el aplauso sincero del pueblo fue tal que reconfortó al desilusionado Charlot, le recompensó de las amarguras y desengaños». El pueblo, toda la legión de los humildes, le admiraba y admiraba su obra. Por eso, Charlot decidió renunciar a la retirada anunciada; sus películas hacían más falta que nunca. Quizás por ese amor del pueblo, Charlot ahora «enviaba desde tan lejos su firme adhesión a la causa antifascista que los republicanos españoles defienden en las trincheras».

En la revista cultural, fundada entre otros por Juan Gil-Alber y Manuel Altolaguirre, Hora de España (Valencia) del mes de abril de 1937, se escribía:

Charlot ha expresado su adhesión a la causa del pueblo español en lucha emocionada contra el fascismo. ¡Qué bien, poder seguir viéndole sin ninguna sospecha, aun cuando Charlot siguiera siendo siempre Charlot!… La realidad poética de «Tiempos Modernos», la inefable gracia de su juego dramático y esa especie primaveral de emoción que se desprende de su figura, lo hacían en estos momentos precisamente más nuestro que nunca. ¡Qué bien, repito, que los españoles, abandonados por tantos otros, contemos entre nuestras filas con amigo tan genial y portentoso!

No sabemos si esa avalancha de noticias del apoyo de Chaplin a la causa republicana hizo posible que, después de muchos meses, en plena guerra y estando Madrid sitiado y bombardeado a diario, se estrenara de nuevo en el Cine Capitol el 12 de abril de 1937 la película «Tiempos Modernos» (cuyo re-estreno se anunció profusamente desde varios días antes en la prensa), teniendo como «telonero» el documental «Valencia y sus naranjos», producida por la CNT (6). Desde el pasado mes de febrero, el Cine Capitol había pasado a estar regentado por el Consejo obrero de los trabajadores del cine, afiliados a la UGT y a la CNT. En el diario comunista Mundo Obrero del día anterior se publicaba de forma destacada la noticia de dicho reestreno, y en los días siguientes, su anuncio ocupaba mayor espacio que otras muchas películas y con una ilustración de la cartelera. «Tiempos Modernos» consiguió una popularidad que pocas películas tuvieron en aquellos meses de guerra, incluidos los muchos filmes soviéticos que se estrenaron en Madrid («Tchapaiev, el guerrillero rojo», «El Circo», «Las tres amigas» o «¡La patria os llama!», entre otras).

Desde ese 12 de abril de 1937, la película estuvo en la cartelera madrileña seis semanas consecutivas en el Capitol con dos funciones al día, a las 3:45 y 5:45 de la tarde, hasta el 22 de mayo de 1937. Después, prácticamente de forma ininterrumpida, se proyectó en el Monumental Cinema de la calle de Atocha, en el Cine Salamanca, en el Cine Proyecciones de la calle Fuencarral, en el Cine Calatravas de la calle de Alcalá, en el Cine Metropolitano de la Avenida Reina Victoria), en el Cine Carretas, y en un largo etcétera hasta finales de 1938 (Cine Génova, Cine Pleyel, Cine Flor, Cine Elcano, Cine Dos de Mayo, Cine Tetuán, Cine Dore, Cine Hollywood…). Tampoco quedó nadie de Madrid, ni los combatientes que pasaban los días de primos en la capital, sin ver «Tiempos Modernos».

La prensa republicana No veas -semanario humorístico- del 10 de julio de 1937 repetía que Clark Gable, Paul Muni (muy conocido en España por protagonizar «Soy un fugitivo» de 1932, y cuyas películas también estaban prohibidas en los cines de las ciudades ocupadas por Franco) y Charles Chaplin, además de otros muchos artistas de Hollywood, estaban al lado de la República. Y al mes siguiente, República (Niza-Marsella) -Semanario defensor de la causa antifascista-, del 4 de agosto de 1937 informaba que Charlot había presidido en Hollywood un gran mitin en favor de la España republicana. En la tribuna, junto a él, estaban Joan Crawford, Paul Muni, Douglas Fairbanks y Frederik March. En dicho mitin se recogieron un millón y medio de dólares.

Es muy conocido que el Comité de Artistas Cinematográficos de Hollywood (MPAC), con el dinero recaudado, entregó varias ambulancias y numerosos cargamentos de equipos sanitarios, cajas de víveres y de tabaco al Gobierno de la República. Pero el más mediático de todos fue la ambulancia n.º 10 que donaron oficialmente el 18 de septiembre de 1937, con la que iniciaron una «Caravana de Hollywood a España» para «ayudar a los defensores de la democracia española», compuesta de dos ambulancias y un remolque que hizo el viaje de costa a costa, desde California a Nueva York, recabando fondos para ayudar la República española. La gira fue realizada por el matrimonio Kahn, formado por la escritora, artista y activista Harriet (Riette) Kahn (nacida Warner) y el escritor Albert E. Kahn, conduciendo cada uno una ambulancia, y en cada población por donde pasaban proyectaban el cortometraje documental «Heart of Spain» (1937) de Herbert Kline y Charles Korvin, y daban algunas charlas. Al llegar la ambulancia a Nueva York fue recibida por las actrices Silvia Sydney y Frances Farmer, y el 12 de diciembre de 1937 se realizó un multitudinario acto de recibimiento en el Mecca Temple (hoy el «New York City Center») para embarcarla el 14 de diciembre de 1937 hacia Francia (7). A ambos lados de la ambulancia se rotulaban algunos de los nombres de una treintena de artistas donadores, entre los que se podían leer a Ernest Hemingway, los actores Paul Muni, Luise Rainer, Franchot Tone o Fredric March, el director Lewis Milestone o los escritores Ben Hecht y Donald Ogden Stewart.

El apoyo de Charlot a la España republicana se conoció por última vez cuando escribió y publicó en Estados Unidos en la revista Script (Berverly Hills-California) del 15 de enero de 1938 un relato titulado «Rítmo» («Rithm») sobre la ejecución de un humorista republicano por un piquete franquista. Este trabajo se publicó en Barcelona en el mes de mayo de 1938 en la revista popular Catalans! con el título «Ritme».

Pocos meses antes del final de la guerra, se anunciaba como «Charlot en el Salón-Teatro Bellas Artes» el «Gran Festival del diario Ahora» de las Juventudes Socialistas Unificadas que iba a tener lugar la tarde del sábado 29 de octubre de 1938. El Festival comenzaría con la proyección de su cortometraje «El emigrante» («The inmigrant», 1917 y estrenada en España en abril de 1918) y de la película «Tiempos modernos», precedida de una charla del crítico cinematográfico Florentino Hernández Girbal. miembro de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y del Consejo de administración de la productora-distribuidora «Film Popular» creada por el Partido Comunista y el Partido Socialista Unificado de Cataluña en enero de 1937. Precisamente, diez días antes Hernández Girbal había dado una conferencia sobre «Vida y gloria de Charlot» en el local de la Alianza de Intelectuales Antifascistas (8).

A continuación, el Festival seguiría con el recitado de varios de sus poemas por Rafael Alberti, las Guerrillas Teatrales dirigidas por María Teresa León que representarían alguna pieza dramática, después actuarían los Coros de Altavoz del Frente e intervendrían otros artistas y cómicos. Fue la última vez que se pudo ver en Madrid la película «Tiempos Modernos».

Antes de acabar la guerra, a finales de diciembre de 1938, ya se conocía en Barcelona, Valencia y Madrid, por confirmación de la productora «United Artists», que Chaplin estaba preparando su nueva película en la que interpretaría «humorísticamente» el papel de Hitler, con el título entonces de «El Dictador» (y después en 1940 comercializada como «El Gran Dictador»-«The Great Dictator»), película en la que «Charlot» hablaría por vez primera, y que había provocado las protestas diplomáticas del Ministerio nazi de Asuntos Exteriores y las simpatía de todos los antifascistas. En ese momento, todas las películas de Charlot estaban prohibidas en Alemania y Italia, y en las ciudades ocupadas por el ejército franquista.

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NOTAS:

– La imagen del artículo, además de los anuncios de prensa, es la fotografía de las dos ambulancias de la campaña «Caravana de Hollywood a España» cuando llegó a la «Casa de Cervantes» de la localidad californiana de Sunnyvale, California. Entre las dos ambulancias de la Caravana, puede verse a Harriet (Riette) Kahn (nacida Warner) (vestida de enfermera y con banda sobre la ayuda a la España republicana), y a su derecha su marido Albert E. Kahn. Foto cortesía de la familia Nieto de Sunnyvale. tomada del facebook de «Spanish Immigrants in the United States».

– «Tiempos modernos» puede visionarse en: https://www.granojo.com/video/tiempos-modernos-de-charles-chaplin

– El relato de Chaplin, «Ritmo» puede leerse en: https://www.victoriaocampo.com/RevistaVer.aspx?ID=10

NOTAS AL PIE:

(1) El Heraldo de Madrid del 29 de febrero de 1936.

(2) Javier Coma, «La Brigada Hollywood: guerra española y cine americano», Ed. Flor del Viento, Barcelona-2002.

(3) La Libertad (Madrid) del 16 de octubre de 1936.

(4) El Liberal (Madrid) del 11 de febrero de 1937.

(5) Ahora (Madrid) -Diario de la Juventud- del 10 de marzo de 1937.

(6) La Libertad (Madrid) -Diario republicano independiente, órgano de expresión del Frente Popular- del 12 de abril de 1937.

(7) Facetas de actualidad española (La Habana), n.º 9 del mes de enero de 1938.

(8) Ahora (Madrid) del 18 de octubre de 1938.

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