viernes, 20 de febrero de 2026

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¿Podrían existir los Estados modernos sin élites políticas, sociales y económicas que los controlen?

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Introducción

En el panorama de la teoría política contemporánea, el concepto del Estado moderno se erige como una entidad compleja, definida por su capacidad para ejercer soberanía sobre un territorio, administrar leyes y políticas públicas, y gestionar recursos económicos y sociales.

Surgido en el contexto histórico de la Europa postmedieval, el Estado moderno se caracteriza por su burocracia centralizada, su monopolio sobre la violencia legítima —tal como lo describió Max Weber— y su dependencia de estructuras de poder que facilitan la toma de decisiones en sociedades cada vez más interconectadas y especializadas. Sin embargo, una pregunta fundamental surge en debates académicos y filosóficos: ¿pueden estos Estados funcionar de manera viable sin la presencia de élites políticas, sociales y económicas que ejerzan control sobre ellos?

Las élites, en este contexto, se refieren a grupos minoritarios que concentran poder, recursos e influencia, ya sea a través de posiciones gubernamentales (élites políticas), redes sociales y culturales (élites sociales) o control económico (élites económicas).

Teóricos clásicos como Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels argumentaron que tales élites son inevitables en cualquier sociedad organizada, desafiando ideales democráticos e igualitarios. Por otro lado, perspectivas anarquistas y estudios antropológicos sobre sociedades indígenas y comunales sugieren alternativas donde el poder se distribuye de forma más horizontal, sin jerarquías rígidas.

Este ensayo explora exhaustivamente esta interrogante, analizando teorías históricas, argumentos a favor y en contra, casos de estudio y posibilidades futuras. La tesis central es que, aunque las élites parecen inherentes a la complejidad de los Estados modernos, su dominancia absoluta no es inevitable; mecanismos innovadores podrían mitigar su control, pero eliminarlas por completo podría comprometer la viabilidad estatal, llevando a inestabilidad o fragmentación.

Perspectivas históricas y antropológicas sobre las élites en las sociedades humanas

Para contextualizar la discusión sobre la viabilidad de los Estados modernos sin élites, es imprescindible examinar las raíces históricas y antropológicas de las estructuras de poder en las sociedades humanas. Desde una perspectiva antropológica, las sociedades preestatales, como las bandas de cazadores-recolectores que dominaron la existencia humana durante la mayor parte de su historia evolutiva —aproximadamente 300.000 años—, operaban en gran medida sin élites permanentes.

Antropólogos como Marshall Sahlins, en su obra Stone Age Economics (1972), describen estas sociedades como «afluentes originales», donde la igualdad se mantenía a través de mecanismos de reciprocidad generalizada y redistribución obligatoria de recursos. Por ejemplo, en grupos como los Hadza de Tanzania o los Yanomami de la Amazonia, no existían líderes hereditarios ni acumulaciones de riqueza; en cambio, el liderazgo era situacional y temporal, emergiendo solo en contextos específicos como cacerías o conflictos, y siempre sujeto a consenso grupal. Estos sistemas evitaban la formación de élites mediante prácticas culturales que penalizaban la ambición individual, como el ridículo público o la exclusión social, lo que sugiere que la jerarquía no es un rasgo biológico inherente, sino una construcción social contingente.

Históricamente, el surgimiento de élites coincide con la transición a sociedades agrarias y el nacimiento de los primeros Estados alrededor del 3500 a.C. en regiones como Mesopotamia, Egipto y el Valle del Indo. Según el historiador James C. Scott en Against the Grain (2017), esta evolución no fue un progreso inevitable, sino una respuesta a presiones ambientales y demográficas que favorecieron la sedentarización y la acumulación de excedentes agrícolas. En Sumeria, las élites sacerdotales y reales emergieron para gestionar irrigación y almacenamiento, monopolizando el conocimiento y la violencia para mantener el orden. Sin embargo, Scott argumenta que estos Estados tempranos eran frágiles y a menudo colapsaban, permitiendo periodos de «barbarismo» donde sociedades sin élites —como nómadas o comunidades periféricas— prosperaban con mayor resiliencia. En la Antigua Grecia, el contraste entre la Atenas democrática, donde la participación ciudadana mitigaba parcialmente el control elitista, y la Esparta oligárquica, ilustra cómo las élites históricas han sido tanto estabilizadoras como opresivas.

Desde una lente antropológica comparativa, sociedades como las de los pueblos polinesios precoloniales o los Iroquois de Norteamérica se demuestran híbridos: confederaciones con consejos rotativos que distribuían poder, evitando élites centralizadas. Los Iroquois, con su Gran Consejo de 50 sachems elegidos por clanes matrilineales, operaban sin un soberano único, priorizando el consenso y la revocabilidad de mandatos. Esta perspectiva histórica y antropológica revela que, aunque las élites facilitan la complejidad en Estados grandes, su ausencia en sociedades menores ha permitido viabilidad a largo plazo, desafiando la noción de inevitabilidad elitista.

La teoría de las élites: Fundamentos clásicos y su relevancia en los Estados modernos

Para comprender si los Estados modernos pueden prescindir de élites, es esencial revisar la teoría elitista en la ciencia política, desarrollada principalmente por pensadores italianos a finales del siglo XIX y principios del XX. Esta teoría postula que el poder en las sociedades siempre se concentra en una minoría organizada, independientemente del régimen político.

Vilfredo Pareto, en su obra Tratado de sociología general (1916), introdujo el concepto de «circulación de élites«, argumentando que las sociedades se dividen en una élite gobernante y una masa no elitista. Según Pareto, las élites se renuevan cíclicamente: una élite decadente, caracterizada por la «persistencia de los agregados» (rigidez y conservadurismo), es reemplazada por una nueva élite ascendente, más innovadora y adaptable, a menudo a través de procesos violentos o graduales. Esta circulación asegura la estabilidad social, pero implica que el control elitista es un rasgo permanente de las estructuras políticas. Pareto veía esto como una ley sociológica universal, derivada de la desigualdad inherente en las capacidades humanas, como la inteligencia y la ambición.

Gaetano Mosca, se refirió a la «clase política» o «clase gobernante». En Elementos de ciencia política (1896), Mosca afirmó que en todas las sociedades, desde las primitivas hasta las modernas, existe una minoría organizada que domina a la mayoría desorganizada. Esta clase política se legitima mediante mitos ideológicos —como la democracia o el derecho divino— pero su poder radica en su cohesión, recursos y habilidades organizativas. Mosca rechazaba el marxismo, argumentando que no es la clase económica la que determina el poder, sino la capacidad de la élite para monopolizar la autoridad política. En los Estados modernos, esta élite se manifiesta en burocracias, partidos políticos y corporaciones, asegurando la continuidad del orden social.

Robert Michels, influenciado por sus predecesores, formuló la «ley de hierro de la oligarquía» en su libro Sociología de los partidos políticos (1911). Michels, un exsocialista decepcionado, argumentó que incluso en organizaciones democráticas como sindicatos o partidos de izquierda, surge inevitablemente una oligarquía: los líderes se distancian de la base, acumulan poder mediante la especialización y el control de la información, y priorizan su supervivencia sobre los ideales igualitarios. Esta ley se aplica directamente a los Estados modernos, donde la complejidad administrativa requiere expertos y líderes que, con el tiempo, forman élites autónomas. Michels concluía que la democracia real es ilusoria; lo común es una competencia entre élites.

Estos teóricos, conocidos como la Escuela italiana de elitismo, influyeron en pensadores posteriores como Joseph Schumpeter, quien redefinió la democracia como una mera competencia elitista por votos.

En el contexto de los Estados modernos —caracterizados por globalización, tecnología y burocracias vastas—, estas teorías sugieren que sin élites, los Estados carecerían de dirección estratégica. Por ejemplo, la gestión de crisis como pandemias o guerras requiere decisiones rápidas y especializadas, que las masas desorganizadas no pueden proporcionar eficientemente. Estudios contemporáneos, como los de Charles Wright Mills en La élite del poder (1956), extienden esto a las élites interconectadas en militares, corporaciones y gobiernos, reforzando la idea de que los Estados modernos dependen de ellas para su cohesión.

Argumentos a favor de la necesidad de élites: Complejidad y estabilidad

Los defensores de la inevitabilidad de las élites argumentan que los Estados modernos, con sus economías interdependientes y poblaciones masivas, no pueden operar sin jerarquías de poder. La complejidad social —desde la regulación económica hasta la diplomacia internacional— exige especialización.

En un Estado sin élites, la toma de decisiones se paralizaría por debates interminables o fragmentación, llevando a lo que Charles Tilly describió como «guerra haciendo al Estado«, donde la ausencia de control centralizado resulta en caos o invasión externa. Estados débiles, como los descritos en África subsahariana o en contextos postcoloniales, ilustran esto: sin élites cohesivas, surgen clientelismo, corrupción y violencia, impidiendo el desarrollo económico y la provisión de bienes públicos.

Modelos teóricos como el de Daron Acemoglu y James Robinson distinguen entre: Estados débiles (donde la sociedad domina al Estado, resultando en baja capacidad), despóticos (donde el Estado domina a la sociedad) e inclusivos (donde hay equilibrio, pero aún con élites). En los inclusivos, como en Europa occidental, las élites invierten en capacidad estatal para competir con la sociedad civil, pero sin ellas, el Estado colapsa. Históricamente, la formación del Estado moderno en Europa requirió élites como monarcas y burgueses para centralizar el poder, como en la Francia absolutista o la Inglaterra parlamentaria.

Además, las élites económicas impulsan el crecimiento, en el capitalismo moderno, figuras como los CEO de multinacionales controlan inversiones que sostienen el empleo y la innovación. Sin ellas, argumentan liberales como James Burnham, los Estados caerían en estancamiento o autoritarismo no planificado. Socialmente, élites culturales —intelectuales, medios de comunicación— moldean la legitimidad, previniendo la anomia.

Argumentos en contra: Sociedades sin élites y alternativas anarquistas

Sin embargo, evidencia antropológica e histórica sugiere que sociedades viables pueden existir sin élites dominantes. Sociedades indígenas como los !Kung (San) de Kalahari o los Inuit del Ártico operan con estructuras igualitarias, es decir, las decisiones se toman por consenso, sin jefes permanentes, y el poder se distribuye horizontalmente mediante normas culturales que desincentivan la acumulación. Los !Kung usan «insultos niveladores» para prevenir egos inflados, manteniendo la igualdad. Similarmente, los Mbuti pigmeos del Congo viven en bandas sin jerarquías, enfocados en reciprocidad.

Ejemplos anarquistas modernos incluyen la Comuna de París (1871), la Revolución Española en Cataluña (1936), donde colectivizaciones sin élites gestionaron fábricas y tierras, y comunidades contemporáneas como los Zapatistas en Chiapas, México, o Rojava en Siria.

Los Zapatistas, inspirados en tradiciones indígenas, usan asambleas rotativas y mandatos revocables, rechazando élites estatales. En Rojava, un sistema confederal democrático con énfasis en género y ecología opera sin Estado central, demostrando viabilidad en contextos conflictivos.

Antropólogos como Pierre Clastres en La sociedad contra el Estado, argumentan que muchas sociedades indígenas evitan activamente la formación de élites, usando mecanismos como chamanismo o redistribución para mantener la autonomía. Sitios arqueológicos como Poverty Point en Louisiana muestran complejidad monumental sin jerarquías, construida por sociedades forrajeras igualitarias.

Estos casos indican que, en escalas menores, la viabilidad sin élites es posible mediante consenso y mutua ayuda, desafiando la «ley de hierro» de Michels.

Casos de estudio: Intentos de reducir élites en Estados modernos

En los Estados modernos, los intentos de eliminar o reducir drásticamente las élites han generado resultados mixtos, a menudo revelando las tensiones entre ideales igualitarios y realidades prácticas. Un ejemplo paradigmático es la Unión Soviética, donde, tras la Revolución de 1917, Lenin propuso una «dictadura del proletariado» destinada a disolver las clases y élites burguesas. Sin embargo, como señala el historiador Sheila Fitzpatrick en La revolución rusa (1982), este esfuerzo derivó rápidamente en la formación de una nueva élite: la nomenklatura del Partido Comunista, que controlaba el aparato estatal con mayor rigidez que el zarismo anterior.

Bajo Stalin, esta élite se consolidó mediante purgas y centralización, llevando a un despotismo que priorizaba la supervivencia del régimen sobre la igualdad, y culminando en estancamiento económico en las décadas posteriores. Este caso ilustra cómo, en ausencia de mecanismos para prevenir la oligarquización, nuevas élites emergen para llenar vacíos de poder, confirmando la «ley de hierro» de Michels en un contexto comunista.

De manera similar, en la China maoísta, la Revolución Cultural (1966-1976) buscó erradicar élites intelectuales y burocráticas mediante campañas masivas de «autocrítica» y movilización popular. Mao Zedong promovió guardias rojos para desafiar a las autoridades establecidas, pero, como analiza Roderick MacFarquhar en La última revolución de Mao (2006), esto resultó en caos social y económico, con millones de víctimas y un eventual retorno a estructuras elitistas bajo Deng Xiaoping. Hoy, el Partido Comunista Chino representa una élite monolítica que domina la sociedad, demostrando que intentos radicales de igualitarismo pueden generar inestabilidad temporal antes de reafirmar jerarquías.

En contraste, modelos híbridos en países escandinavos como Suecia y Dinamarca ofrecen lecciones más positivas sobre la reducción de élites sin colapso total. Estos Estados, influenciados por la  socialdemocracia, han implementado altas tasas de igualdad a través de impuestos progresivos, educación universal y participación sindical fuerte. Según el Índice de Gini, Suecia mantiene uno de los niveles más bajos de desigualdad económica global, lo que diluye el poder de las élites económicas. No obstante, como detalla Bo Rothstein, persisten élites políticas en partidos y burocracias, aunque sujetas a transparencia y rendición de cuentas. Este equilibrio sugiere que reducir élites es viable mediante instituciones inclusivas, pero eliminarlas por completo podría erosionar la eficiencia administrativa.

Otro caso relevante es la Grecia clásica, particularmente Atenas durante la era de Pericles (siglo V a.C.), donde la democracia directa involucraba a miles de ciudadanos en asambleas, sorteos para cargos públicos y ostracismo para prevenir tiranías. Sin embargo, incluso allí, élites constituidas por estrategos y oradores influyentes dominaban el debate, y la exclusión de mujeres, esclavos y metecos limitaba la igualdad. En regiones como la península de Mani en el Peloponeso, comunidades sin Estado central persistieron hasta el siglo XIX, basadas en clanes autónomos, pero su vulnerabilidad a las invasiones otomanas destaca los riesgos de fragmentación en entornos hostiles. Estos ejemplos subrayan que, mientras intentos de reducción elitista pueden fomentar inclusión, a menudo requieren salvaguardas para mantener la cohesión estatal.

Posibilidades futuras: Tecnología y desafíos

En la era digital actual, las tecnologías emergentes ofrecen herramientas prometedoras para descentralizar el poder y reducir la dependencia de élites, aunque no sin desafíos significativos. Plataformas basadas en blockchain, como Ethereum, permiten sistemas de gobernanza descentralizada (DAO, por sus siglas en inglés: Decentralized Autonomous Organizations), donde decisiones se toman mediante votación tokenizada y contratos inteligentes, eliminando intermediarios elitistas. Por ejemplo, en proyectos como Aragon o DAOstack, comunidades globales gestionan fondos y políticas sin líderes centrales, demostrando potencial para «Estados digitales» donde el consenso algorítmico reemplaza jerarquías.

Sin embargo, como advierte Evgeny Morozov, estas tecnologías pueden crear nuevas élites: desarrolladores y grandes holders de tokens que controlan actualizaciones y riqueza, exacerbando desigualdades si no se regulan.

Además, la inteligencia artificial (IA) y plataformas de votación en línea podrían facilitar democracias directas a escala masiva. Iniciativas como la «democracia líquida» —implementada en conglomerados políticos como el Partido Pirata en Alemania— permiten delegación revocable de votos, donde ciudadanos transfieren autoridad temporalmente sin formar élites permanentes. Aplicaciones como Polis o Loomio usan IA para sintetizar opiniones colectivas, reduciendo polarización y promoviendo consenso.

En un futuro hipotético, Estados como Estonia, ya pionera en e-gobierno, podrían expandir esto a referendos digitales constantes, minimizando burocracias elitistas. No obstante, los desafíos persisten: la brecha digital excluye a poblaciones marginadas, creando élites tecnológicas; ciberataques, como los vistos en elecciones recientes, amenazan integridad; y algoritmos sesgados podrían perpetuar discriminaciones, como en casos de IA en justicia penal.

Desde una perspectiva anarquista, pensadores como Murray Bookchin proponen el «municipalismo libertario«, donde confederaciones locales interconectadas por redes digitales reemplazan a Estados nacionales, priorizando ecología y participación comunitaria.

Comunidades como las ecoaldeas o el movimiento Transition Towns ilustran esto a pequeña escala, integrando energías renovables y economías circulares sin élites. Sin embargo, la escalabilidad es cuestionable en poblaciones de millones de habitantes, donde la coordinación global —por ejemplo, en cambio climático o pandemias— requiere estructuras que, inevitablemente, generan especialistas. Además, en un mundo geopolítico, Estados sin élites podrían ser vulnerables a influjos externos, como corporaciones transnacionales o potencias rivales. Por tanto, el futuro podría involucrar híbridos: tecnologías que empoderen a las masas mientras retienen élites mínimas para la estabilidad, demandando innovaciones éticas para evitar distopías.

Conclusión

Aunque las teorías elitistas de Pareto, Mosca y Michels sugieren que las élites son inevitables para la viabilidad de los Estados modernos —al proporcionar liderazgo en medio de la complejidad social y económica—, los ejemplos antropológicos de sociedades indígenas, junto con experimentos anarquistas históricos y contemporáneos, demuestran que alternativas igualitarias son posibles, al menos en escalas menores y con mecanismos culturales fuertes.

Los casos de estudio, desde fracasos totalitarios en la URSS y China hasta éxitos parciales en Escandinavia y Atenas, revelan que intentos radicales de eliminar élites a menudo resultan en inestabilidad o en la emergencia de nuevas jerarquías, mientras que enfoques graduales pueden mitigar su dominancia sin comprometer la funcionalidad estatal.

Mirando hacia el futuro, las tecnologías como blockchain e IA ofrecen herramientas para descentralizar el poder, pero enfrentan obstáculos como desigualdades digitales y riesgos de seguridad que podrían perpetuar o crear élites novedosas.

La clave para avanzar reside en equilibrar el poder de manera intencional, fomentar sociedades donde las élites sirvan como facilitadores temporales, no como dominadores perpetuos, a través de instituciones transparentes, educación inclusiva y participación activa. Esto no solo se alinearía con ideales democráticos, sino que también fortalecería la resiliencia estatal ante crisis globales.

En última instancia, la viabilidad de Estados sin élites absolutas depende de nuestra capacidad para innovar estructuras que distribuyan influencia, reconociendo que la igualdad absoluta podría ser utópica, pero una democracia más auténtica y participativa es posible a largo plazo mediante reformas continuas y vigilantes.

Jorge Molina Araneda

 

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