miércoles, 11 de febrero de 2026


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Más que un espectáculo. Bad Bunny, cultura latina y la contradicción del imperio








Mientras el Estado estadounidense refuerza políticas migratorias represivas, muros y deportaciones, millones corearon en español las canciones de Bad Bunny en el evento televisivo más visto del país. El show del Super Bowl expuso con claridad una contradicción de fondo: el imperialismo persigue a la clase trabajadora migrante, pero depende —y consume— la cultura que esa misma clase produce.

La noche del 8 de febrero de 2026 marcó un hito cultural sin precedentes en Estados Unidos: Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, llevó su música íntegramente en español al escenario central del Super Bowl LX, el evento televisivo más masivo del país. Ante cientos de millones de espectadores, el puertorriqueño no solo presentó un espectáculo de ritmo y energía, sino que —contra todo cálculo del poder— colocó al corazón del imperio frente a su propia contradicción: pretenden mostrar un país que persigue migrantes mientras consume y celebra la cultura que ellos producen.

Vestido de blanco, caminando sobre una escenografía inspirada en la vida puertorriqueña —agricultores con pavas, jugadores de dominó, escenas de barrio— Bad Bunny arrancó con temas como Tití Me Preguntó y llevó a millones a corear letras en español, sin concesiones. Invitados como Lady Gaga (que adaptó una de sus canciones a un ritmo salsero), Ricky Martin y el actor chileno Pedro Pascal subrayaron la dimensión transversal de este momento, pero lo central fue, precisamente, lo que no cedió: el protagonismo cultural latino en el centro del espectáculo estadounidense por excelencia.

Este impacto de la cultura latina en EEUU contrasta brutalmente con la realidad política que enfrenta la clase trabajadora migrante dentro del país. Mientras el espectáculo se llenaba de ritmo y celebración, el presidente Donald Trump —símbolo de una derecha supremacista y antiinmigrante— calificaba el show de “uno de los peores de la historia”.

Ese choque no es anecdótico. Se trata de la contradicción estructural del imperialismo decadente de Trump: por un lado, políticas migratorias represivas, deportaciones masivas, muros y centros de detención que criminalizan a quienes huyen de la violencia estructural que el propio imperialismo ha exportado; por otro, un sistema cultural y económico que extrae valor de esas mismas poblaciones y su cultura. Migrantes que construyen edificios, trabajan en el campo, servicios, gastronomía, en distribución y logística, alimentan el machine working class que hace posible el consumo masivo de entretenimiento —y una parte de ese entretenimiento hoy celebra a sus creadores en el evento más visto del país.

El espectáculo como síntoma de una realidad histórica

El show de Bad Bunny no es simplemente un éxito artístico. Es un síntoma de cómo la cultura latina ya no puede ser ignorada, blanqueada ni domesticada por la industria cultural estadounidense. Aunque el mercado intenta encapsularlo —extraer ganancia de cada hit, de cada gira, de cada campaña publicitaria— no puede cambiar de fondo quién hace la cultura ni de dónde viene. La lengua, las historias, las referencias, las identidades que resonaron sobre el escenario de Levi’s Stadium son el producto de siglos de migración, trabajo y resistencia.

Sin embargo, hay límites claros. La NFL y las grandes corporaciones que patrocinan un show global pueden celebrar al son del reggaetón y ritmos caribeños, pero hacen esto mientras quitan derechos o niegan condiciones dignas para quienes nacen de la misma matriz cultural de la que sacan provecho. La promesa neoliberal de diversidad fue durante años la narrativa dominante: celebramos la multiculturalidad. Pero esa multiculturalidad queda para campañas de marketing y playlists de Spotify porque por abajo se mantiene un sistema que expulsa, criminaliza y explota a aquellos que vienen del sur —los mismos que hoy llenan estadios, y forman comunidades enteras dentro de Estados Unidos.

Xenofobia como herramienta de división de clase

La crítica de Trump —y de sectores conservadores que impulsan alternativas culturales paralelas como el All-American Halftime Show, buscando “contraprogramar” una narrativa de supremacía blanca— no es sobre música: es sobre poder simbólico. Cuando se tergiversa el impacto cultural de Bad Bunny como una provocación antinacional, se intenta racializar y dividir a la clase trabajadora: hacer creer que los derechos de los migrantes compiten con los de los trabajadores nativos, que la cultura latina es una amenaza en vez de una parte constitutiva de la clase trabajadora estadounidense. Esa es la esencia de la xenofobia y del racismo como herramienta política —y siempre ha servido para fragmentar las luchas de la clase trabajadora.

Pero la cultura latina como la que Bad Bunny encarna —con raíces en luchas populares, resistencias y comunidades migrantes— no se reduce a espectáculos. Representa una expresión colectiva de millones que día a día construyen sociedad y mueven la economía, mientras enfrentan precarización, exclusión y violencia institucional. Celebrar ese espectáculo sin criticar las políticas que marginan a su pueblo sería caer en la trampa del multiculturalismo liberal.

Hacia una respuesta de clase internacionalista

La reciente resistencia a la persecución del ICE con masivas movilizaciones en Minsesota muetra un camino, de unidad entre trabajadores, sin importar nacionalidades. La verdadera batalla contra el racismo y la xenofobia no es solo cultural o simbólica. Es material. Requiere organizar en los lugares de trabajo, en sindicatos, en barrios, en comunidades educativas y de vivienda para romper con la división que impone la burguesía de Democratas, las burocracias sindicales o de las ONGs. Defender los derechos plenos para todos los migrantes, sin importar su estatus legal, es también defender mejores condiciones para todos los trabajadores. Porque la explotación y la precariedad no distinguen frontera alguna.

El show de Bad Bunny en el Super Bowl LX —y la masiva ovación que recibió— debería servir como una llamada de atención: la cultura popular no se puede borrar, ni con muros ni con discursos de odio. Pero la lucha por derechos, dignidad y justicia social —esa sí requiere organización política e independencia de clase para vencer al capitalismo y su aparato estatal represivo.



 

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