martes, 14 de abril de 2026


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Opinión. El sultanato de Omán: cuando un país del Golfo pone el grito en el cielo







Omán rompe su tradicional silencio y cuestiona abiertamente el rol de Estados Unidos e Israel, en una señal de que el equilibrio estratégico del Golfo está entrando en crisis.

Jueves 2 de abril Edición del día

En el tablero convulsionado de Oriente Medio, donde las alianzas suelen ser ruidosas y las rupturas estridentes, Omán ha construido históricamente su poder en el silencio. Un país periférico en términos demográficos y militares, pero central por su geografía —custodio junto a Irán del estrecho de Ormuz— y por su singular tradición diplomática.
Hoy, sin embargo, ese silencio se ha quebrado.

Un Estado entre imperios, guerras y equilibrios

Para entender la importancia de su reciente declaración, hay que empezar por lo esencial: qué es Omán. No se trata de una petro-monarquía más. Es un Estado con una historia imperial propia en el océano Índico, una identidad religiosa diferenciada (el ibadismo, una rama ultraminoritaria del islam) y, sobre todo, una memoria estratégica marcada por la supervivencia.

Durante la guerra del Dhofar (1965-1976), una insurrección dirigida por las guerrillas del Frente de Liberación de ideología “marxista-leninista” amenazó con poner fin al sultanato de Mascate y Omán. La monarquía sobrevivió gracias a una intervención decisiva de Reino Unido… y la intervención contrarrevolucionaria del Irán del Sha, entonces principal gendarme regional. Ese episodio dejó una huella duradera: Mascate nunca olvidó que su estabilidad dependió, en gran parte, de Teherán.

Desde entonces, Omán ha evitado alineamientos absolutos, manteniendo canales abiertos incluso en los momentos más álgidos de la rivalidad regional.

Se mantuvo al margen de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988) y del cisma entre suníes y chiíes que ha minado la región durante décadas , a la vez que el régimen omaní supo ganarse el favor de Washington al ser el único país árabe que no rompió relaciones con El Cairo tras los acuerdos de paz de Camp David (1978) y al autorizar a Israel a abrir una representación comercial en su territorio, en la década de 1990.

El mediador silencioso

Ese equilibrio se transformó en doctrina. Omán se convirtió en el intermediario por excelencia del Golfo. Fue clave en los contactos secretos que desembocaron en el acuerdo nuclear iraní de 2015, facilitó diálogos en la guerra de Yemen y contribuyó, más recientemente, a la distensión entre Arabia Saudita e Irán.

Antes de la guerra actual, Mascate volvía a desempeñar ese papel. No es un dato menor que, según su ministro de relaciones exteriores, la guerra estalló cuando las negociaciones acababan de registrar avances concretos. En la ronda del 26 de febrero en Ginebra, Irán habría aceptado, por primera vez, dejar de almacenar uranio enriquecido y deshacerse de sus reservas.
Su lógica mediadora era clara: evitar la militarización del Golfo y preservar el statu quo que garantizaba tanto su seguridad como su renta geopolítica vinculada al tránsito por Ormuz.

La ruptura: una declaración sin precedentes

Pero esa lógica ha entrado en crisis. La reciente declaración del ministro de Exteriores, Badr al-Busaidi, marca un punto de inflexión. Por primera vez, un miembro del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) acusa abiertamente a Estados Unidos y a Israel de ser motores de la desestabilización regional. En declaraciones sin precedentes para un miembro del CCG, afirmó:«El objetivo de la guerra es debilitar a Irán e impulsar un plan de normalización, dentro de un contexto más amplio que prevé el intento de impedir el nacimiento de un Estado palestino y de debilitar a cualquier Estado que apoye su creación (…) existe un plan que tiene en el punto de mira a la región y del que Irán no es el único objetivo, y muchos son conscientes de ello, pero estos están apostando por que, mostrándose conciliadores con Estados Unidos, estos últimos puedan modificar sus orientaciones y sus decisiones (…)Pido que se reconsidere la filosofía defensiva de los países del Golfo y existe un creciente debate público en la región sobre la eficacia de algunos de los actuales acuerdos de seguridad».

El mensaje es doblemente disruptivo. Por un lado, rompe el consenso tácito del Golfo, que —aunque con matices— tendía a responsabilizar a Irán de las tensiones. Por otro, cuestiona la arquitectura de seguridad regional basada en la protección estadounidense.
Omán pide revisar la “filosofía defensiva” del Golfo. En otras palabras, plantea que el modelo de dependencia estratégica de Washington podría estar agotándose.

Un Golfo dividido

Esta toma de posición expone una fractura creciente. Mientras Omán insiste en la diplomacia, otros actores del Golfo empujan en direcciones opuestas.
Los Emiratos Árabes Unidos han defendido abiertamente la opción de profundizar la cooperación con Israel como vía para contener a Irán. Una línea que conecta con la visión de Benjamin Netanyahu y que, en ciertos círculos de Washington, se percibe como la única estrategia viable. Su embajador en Estados Unidos, Yousef Al Otaiba, instó a Trump a no cejar en su empeño hasta lograr un resultado decisivo en un artículo de opinión publicado en el Wall Street Journal.
En cambio, países como Catar muestran reticencias, temiendo que esa vía acelere la inestabilidad regional.

Arabia Saudita, por su parte, encarna la ambigüedad. La presencia de su canciller en la cumbre de Islamabad —orientada a explorar una salida diplomática con Irán— no es un gesto menor: contradice la idea de un alineamiento automático con la estrategia de escalada. Este paso diplomático de Riad sorprendió y decepcionó tanto a Washington como a Tel Aviv. Sobre todo, porque contrasta con las versiones que atribuyen a Mohammed bin Salman una postura más favorable a prolongar el conflicto para rediseñar el mapa regional.

La crisis de la protección estadounidense

Detrás de estas divergencias hay una cuestión más profunda: la erosión de la confianza en Estados Unidos.
Desde el ataque a las instalaciones petroleras saudíes en 2019 —ante el cual Washington no respondió militarmente— las monarquías del Golfo cuestionan el compromiso real de Estados Unidos con su seguridad.

La guerra actual ha intensificado esa percepción. En el Golfo se interpreta que Washington prioriza la defensa de Israel, incluso a costa de desestabilizar el entorno regional. En ese contexto, la declaración de Omán no es un exabrupto aislado, sino la expresión más clara de un malestar latente.

Ormuz: donde la crisis se vuelve sistema

La crisis se materializa en el estrecho de Ormuz. El bloqueo parcial del tránsito marítimo y la estrategia iraní de control selectivo del paso no solo alteran el comercio global: redefinen las reglas del juego. Irán no está simplemente presionando; está ensayando un nuevo modelo de control geopolítico del flujo energético.

Para Omán, esto es una amenaza existencial. No solo pierde ingresos y centralidad, sino que corre el riesgo de ser desplazado de la cogestión del punto más sensible del sistema energético mundial.

En ese contexto, las propuestas de militarización del estrecho —ya sea mediante coaliciones navales o intervenciones más directas— generan rechazo en Mascate. Pero en un Golfo en guerra y cada vez más polarizado, la neutralidad deja de ser una ventaja y empieza a convertirse en una vulnerabilidad.

Los ataques en su territorio, su marginación en ciertas iniciativas diplomáticas y la presión de las grandes potencias no son incidentes aislados: son el costo creciente de no alinearse en un escenario que ya no tolera equilibrios. Peor aún, el asesinato de Ali Larijani (jefe del Consejo de Seguridad Nacional iraní) en un ataque israelí, ha privado a Mascate de su principal interlocutor en Teherán.

En este marco, su inesperada declaración no cambia por sí sola el curso de la guerra. Pero cuando incluso uno de los actores más prudentes de la región rompe el silencio, expone de forma contundente que el sistema regional que permitió durante décadas contener las crisis está dejando de existir.


Juan Chingo

Integrante del Comité de Redacción de Révolution Permanente (Francia) y de la Revista Estrategia Internacional. Autor de múltiples artículos y ensayos sobre problemas de economía internacional, geopolítica y luchas sociales desde la teoría marxista. Autor de los libros Gilets jaunes. Le soulèvement (Communard e.s, 2019) y La victoire était possible Réflexions stratégiques sur la bataille des retraites de 2023 (Communard e.s, 2023).


 

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