martes, 14 de abril de 2026



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Guerra imperialista. Trump le da a China la oportunidad de ganar sin luchar en Oriente Medio








China demostró ser decisiva para lograr el alto el fuego en Irán, al igual que lo fue para asegurar los esfuerzos de Teherán por cerrar el estrecho de Ormuz. ¿Qué relación existe entre estos dos episodios de la estrategia china?

André Barbieri

André Barbieri@AcierAndy

Jueves 9 de abril Edición del día

Este artículo fue publicado originalmente en Esquerda Diário, parte de la Red Internacional La Izquierda Diario.

Existe un paralelismo entre la conducta de China y la máxima atribuida a Napoleón Bonaparte, cuando observó a los austriacos abandonar una posición ventajosa en Austerlitz: " Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error ".
China tomó con agrado esta sabia lección política. Observó cómo Donald Trump cometía errores y agravaba el declive estratégico de Estados Unidos en medio de la agresión imperialista contra Irán. Como señala The Economist :“No todas las guerras tienen un vencedor. Pero toda guerra tiene al menos un perdedor, y si el alto el fuego marca el fin de la guerra en Irán, el mayor perdedor será Donald Trump”.

Dejando a un lado los inconvenientes, hasta el momento, China es la mayor beneficiaria de la guerra. Más allá del daño temporal a su suministro energético, lo que le importa a Xi Jinping es que Estados Unidos salga mal parado del conflicto. Es lo que está ocurriendo en este momento. Trump llegó al frágil acuerdo de alto el fuego en desventaja negociadora, incapaz de alcanzar los objetivos políticos establecidos, demostrando los límites de la coerción militar estadounidense y como mero espectador del control militar de Irán sobre el estratégico estrecho de Ormuz.

Pero China también fue indispensable para la conclusión del acuerdo de alto el fuego, influyendo decisivamente en la mediación de Pakistán. ¿Por qué? Cada etapa de la guerra tiene su propia lógica. China no observó pasivamente los errores de Trump, ni deseaba que esta caída en picada alcanzara sus consecuencias finales en una región donde tiene un gran interés estratégico.

China quiere un Oriente Medio libre para los negocios

Una cosa es ver a su mayor rival hundirse en territorio iraní; otra muy distinta es permitir que esta autodegradación estratégica afecte los serios intereses económicos de China en Oriente Medio. En este contexto, Pekín complementó su política: presionar a Irán para que aceptara un acuerdo que, en las condiciones actuales, sería necesariamente desventajoso para Estados Unidos y que podría evitar una mayor escalada. Más aún, el cese de la guerra ofrece al capitalismo chino la oportunidad de cosechar los frutos de otro capítulo de desmoralización imperialista en Oriente Medio.

Tras el fracaso de los bombardeos iniciales para lograr un cambio de régimen y la reapertura del flujo energético del Golfo, el control estratégico pasó a manos de Teherán. China aprovechó la oportunidad y contribuyó discretamente a los esfuerzos de Teherán, tal como lo había hecho con Rusia contra Ucrania. Bajo el pretexto de la neutralidad, Pekín se convirtió en un proveedor clave de percloratos, esenciales para la producción de propulsores sólidos para misiles, así como de microelectrónica y módulos del satélite BeiDou 3 (el sistema GPS chino para ataques de precisión), lo que permitió a Irán alcanzar objetivos estadounidenses y de sus aliados regionales. En efecto, China ayudó a Irán a cerrar el estrecho de Ormuz.

La situación cambió drásticamente para China cuando Trump amenazó con destruir la infraestructura eléctrica de Irán si no se llegaba a un acuerdo. Las consecuencias de destruir las fuentes de energía que alimentan el sistema de extracción y refinación de petróleo y gas natural (como la central térmica de Damavand o la central nuclear de Bushehr) acarrearían enormes problemas para China. Una represalia contra toda la infraestructura energética de Oriente Medio —la Ciudad Industrial de Ras Laffan en Qatar, el mayor centro mundial de producción y exportación de gas natural, o el yacimiento petrolífero de Ghawar en Arabia Saudita— alteraría el equilibrio económico mundial por tiempo indefinido.

La amenaza de escalada representa un problema para China. En primer lugar, porque podría garantizar a Estados Unidos algo que no ha podido conseguir hasta ahora: el precedente de la apertura forzosa del estrecho de Ormuz. El máximo responsable de la política exterior china, Wang Yi, realizó una serie de llamadas a sus homólogos de la región, haciendo hincapié en la necesidad de un alto el fuego y en que los países no deberían recurrir a la fuerza para reabrir el estrecho. China, junto con Rusia, vetó una resolución permisiva de este tipo en la ONU. Este suceso podría alentar amenazas extremistas similares por parte de Estados Unidos en futuros escenarios bélicos, como en la región de Asia-Pacífico.

La principal preocupación, sin embargo, es económica. A pesar de ser un importante productor, China importa más del 70% del petróleo que consume (11 millones de barriles diarios), y el 40% de estas importaciones provienen de Oriente Medio a través del estrecho de Ormuz. China es el mayor comprador de petróleo iraní (el 13% de sus importaciones marítimas provienen de Irán a través de Ormuz), así como de fertilizantes e insumos estratégicos como el helio, un subproducto de la producción de gas natural, fundamental para la fabricación de semiconductores y tecnologías de inteligencia artificial. Un conflicto prolongado no solo podría comprometer las rutas comerciales y aumentar los costos de importación, sino también generar problemas de suministro para la industria de alta tecnología china. Al presionar por un alto el fuego, Pekín protegió no solo su relación estratégica con Teherán, sino también su seguridad energética.

Además, la decisión de actuar refleja una estrategia política más amplia: evitar que Oriente Medio se sumerja en la inestabilidad, proteger sus intereses económicos y consolidar su imagen como contrapeso a la hegemonía estadounidense. Las inversiones económicas de China en Oriente Medio son vastas y multifacéticas, abarcando energía, infraestructura, tecnología y finanzas, y constituyen un pilar fundamental de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. En Arabia Saudita, China ha invertido miles de millones en proyectos petroquímicos y de energías renovables, alineándose con la Visión 2030 de Riad y asegurando el suministro de petróleo a largo plazo. En los Emiratos Árabes Unidos, las inversiones chinas abarcan la producción de vehículos eléctricos, la aviación y la tecnología digital. En Qatar, los acuerdos de suministro de gas natural implican la propiedad de yacimientos de extracción, como el Campo Norte Este y el Campo Norte Sur.

El interés por asegurar el suministro de materias primas de Irán, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar e Israel —China se ha convertido en el mayor exportador de bienes a Tel Aviv y cuenta con inversiones en puertos y ferrocarriles de alta velocidad dentro de este enclave colonial genocida— sitúa a Oriente Medio como la segunda zona de influencia más importante para Pekín, junto con África. A Pekín no le conviene presenciar, durante muchos años, la destrucción de una infraestructura de la que se beneficia cada vez más.

No menos importante es la posibilidad de impulsar el intercambio de yuanes en transacciones energéticas. Algunos ya se refieren a este fenómeno como el petroyuan . Sin haber logrado aún desplazar la hegemonía del dólar, China está aprovechando el caos generado por Estados Unidos para promover el uso de su moneda. El Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos de China (CIPS) registró recientemente un volumen de transacciones diarias de 1,22 billones de yuanes (178.500 millones de dólares) , procedentes en gran parte de Oriente Medio. Irán es uno de los países convencidos de utilizar el yuan como forma de mitigar el efecto de las sanciones impuestas por Washington.

Como afirma Federico Fubini en Le Grand Continent , “El dólar se mantiene firme por razones estructurales muy reales, pero estas no son razones para confiar, ya que no hay alternativa. Esta resistencia, debida a la falta de alternativas, es frágil, pues se basa más en el coste de salida que en la confianza en la solidez del emisor. Sin embargo, este coste no es fijo. Disminuye a medida que las alternativas se fortalecen, aunque lentamente. Cada contrato petrolero firmado en yuanes, cada reserva central parcialmente reconstituida en oro, cada acuerdo bilateral denominado en renminbi reduce imperceptiblemente este coste. El proceso es lento, invisible en los mercados cotidianos.”
Las dificultades de China quedan eclipsadas por los errores no forzados de Trump. En medio de los preparativos para un alto el fuego, Xi Jinping exigió que los comandantes militares chinos lideraran la "restauración y promoción de las buenas tradiciones del Partido y del Ejército", abandonando las "posturas ambiguas" y manteniéndose fieles a la identidad nacional. El problema de Zhang Youxia parece haber quedado en segundo plano. Sin embargo, la formación de generales leales y la ausencia de especialistas y personal militar de carrera en la Comisión Militar Central parecen ser problemas irresolubles para un país con ambiciones expansionistas en la región de Asia-Pacífico y sobre Taiwán.

Quizás más que la máxima de Napoleón, China sigue una máxima clásica de Sun Tzu: derrotar al enemigo en cien batallas no es la excelencia suprema; la excelencia suprema consiste en derrotarlo sin tener que luchar. Logra esta hazaña gracias a Trump. Los próximos episodios mostrarán el grado de avance que el capitalismo chino reaccionario alcanzará sobre las posiciones tradicionales del imperialismo estadounidense en Oriente Medio.


André Barbieri

Nacido en 1988. Licenciado en Ciencia Política (Unicamp), actualmente cursa una maestría en Ciencias Sociales en la Universidad Federal de Río Grande el Norte. Integrante del Movimiento de Trabajadores Revolucionario de Brasil, escribe sobre problemas de política internacional y teoría marxista.




 

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