Una guerra que no reafirma el poder estadounidense, sino que revela sus límites y acelera la transición hacia un orden posthegemónico.
En varios artículos, hemos seguido paso a paso el desarrollo de la guerra. Hoy, cuando comienzan negociaciones –de resultado incierto– por un alto el fuego en Islamabad entre Estados Unidos e Irán, el objetivo es otro: ensayar un balance provisional de carácter estratégico. No se trata de reconstruir los episodios tácticos, sino de evaluar sus consecuencias estructurales.
Lejos de confirmar la omnipotencia de Washington, el conflicto con Irán está funcionando como un revelador brutal de sus límites. No se trata solo de errores de conducción o de decisiones discutibles: lo que emerge es una crisis más profunda, que combina agotamiento militar, desorientación estratégica y fragilidad interna.
La sobrestimación y los límites de la potencia militar norteamericana
La guerra ha demostrado hasta qué punto el poder militar estadounidense tiende a ser sobrestimado. En Washington –y en particular en el entorno de Donald Trump– persiste la idea de que la exhibición de fuerza basta para disciplinar adversarios e intimidar a potencias como China. El conflicto con Irán muestra los límites de esa premisa.
Lejos de una demostración de fortaleza, Estados Unidos se ha visto obligado a combatir con restricciones crecientes: mercados inestables, opinión pública volátil y una estructura política fragmentada que dificulta sostener conflictos prolongados con objetivos claros. Lo más significativo ha sido, precisamente, la débil adhesión interna a la guerra. No se trata de un fenómeno coyuntural. Pesa el legado de las “guerras eternas” posteriores al 11 de septiembre, que dejaron una desconfianza profunda hacia nuevas intervenciones, y también el impacto político y moral del genocidio en Gaza, que ha reabierto el debate sobre la alianza con Israel, especialmente entre jóvenes y sectores progresistas. El tradicional efecto de “cierre de filas” en tiempos de guerra aparece así erosionado.
A estos factores se suma un dato decisivo: el desgaste acelerado de sus capacidades materiales. El ritmo de consumo de armamento –misiles de precisión, sistemas de defensa, plataformas navales– revela una maquinaria militar diseñada para guerras cortas, no para conflictos prolongados contra adversarios resilientes. En el primer mes de combates, la Marina de EE. UU. habría lanzado más de 850 misiles Tomahawk, cerca de una cuarta parte de sus existencias. El uso de sistemas extremadamente costosos, como los Patriot, para interceptar drones baratos y fácilmente reproducibles expone una asimetría inversa que erosiona la ventaja tecnológica estadounidense.
Todo esto remite a un problema central: la ausencia de estrategia. Como señalaban asesores militares ucranianos, los estadounidenses están “disparando sin pensar”. La acumulación de poder de fuego no se traduce en victoria. Sin objetivos claros ni una teoría de la victoria, la superioridad militar se convierte en desgaste.
Más grave aún, la guerra intensifica un malestar creciente dentro de las propias FF.AA. Aunque el Pentágono niega problemas estructurales, distintas organizaciones reportan un aumento en las consultas de militares que buscan abandonar el servicio, incluso a través del estatus de objetor de conciencia. La desmoralización, las dudas éticas y la falta de claridad estratégica alimentan una crisis de cohesión que podría tener efectos duraderos sobre la institución militar.
Primera consecuencia: la crisis del imperio marítimo de Estados Unidos
Uno de los efectos más significativos de la guerra es la crisis del dominio marítimo estadounidense. Durante décadas, Washington se legitimó como garante de los “bienes comunes globales”: rutas comerciales, flujos energéticos y nodos estratégicos del comercio mundial. Ese rol, heredado del Imperio británico, constituía el núcleo de su hegemonía.
Hoy ese principio está en cuestión.
Irán ha demostrado que una potencia regional puede negar a una potencia global el acceso a su propia vecindad. El estrecho de Ormuz -punto crítico del sistema energético mundial- ha dejado de ser un espacio bajo control efectivo estadounidense.
La consecuencia es histórica: Estados Unidos ya no puede garantizar la seguridad de los principales cuellos de botella del comercio global. Lo que está en crisis no es solo una capacidad militar, sino el principio mismo sobre el que se construyó su hegemonía desde 1945.
El “imperio marítimo” estadounidense, basado en la proyección naval y el control de rutas, muestra signos evidentes de debilitamiento. La Marina, durante décadas símbolo de supremacía, aparece ahora incapaz de imponer orden en escenarios clave.
Segunda consecuencia: la erosión de la disuasión estadounidense
La guerra también socava la disuasión, es decir, el mecanismo central del poder estadounidense: la confianza de los aliados en su protección y el temor de los adversarios a desafiarlo.
Una guerra larga, costosa y sin resultados decisivos transmite el mensaje opuesto al buscado.
Para los aliados, implica incertidumbre: si Estados Unidos no puede garantizar la estabilidad en el Golfo, ¿hasta qué punto puede sostener sus compromisos en otras regiones? Para los adversarios, en cambio, abre una ventana de oportunidad: la potencia hegemónica ya no aparece como invulnerable, sino como un actor condicionado y expuesto.
En este contexto, se activan dinámicas potencialmente desestabilizadoras: carrera armamentística, diversificación energética y búsqueda de autonomía estratégica. El sistema internacional comienza así a reorganizarse no en torno a la hegemonía estadounidense, sino en función de su debilitamiento.
Lo más significativo es que Washington, lejos de actuar como estabilizador, comienza a operar como factor de desorden global, erosionando el fundamento mismo de su legitimidad internacional.
Una muestra contundente de este giro es la conversión del neoconservador Robert Kagan, eminente defensor de la supremacía estadounidense y otrora ferviente partidario de la guerra de Irak. En un artículo reciente para The Atlantic, sostiene que “America Is Now a Rogue Superpower” (“EE. UU ahora es un superpoder fallido”) y afirma:
Sea cual sea el momento y la forma en que termine la guerra de Estados Unidos con Irán, ésta ha puesto de manifiesto y agravado los peligros de nuestra nueva realidad, fracturada y multipolar, lo que ha profundizado las divisiones entre Estados Unidos y sus antiguos amigos y aliados; ha reforzado el poder de las grandes potencias expansionistas, Rusia y China; ha acelerado el caos político y económico mundial; y ha dejado a Estados Unidos más débil y aislado que en ningún otro momento desde la década de 1930.
Tercera consecuencia: Un salto en la fractura atlántica
La guerra contra Irán no solo erosionó la disuasión global de Estados Unidos: aceleró también la fractura interna de la alianza atlántica.
Por primera vez desde la posguerra, un conflicto impulsado por Washington encontró una negativa activa de sus principales aliados europeos. Es un salto mayor, de una calidad distinta respecto de las fuertes discrepancias en torno a Ucrania o las disputas comerciales bajo la segunda presidencia Trump. Países como España, Francia o Italia no se limitaron a tomar distancia: bloquearon el uso de bases, restringieron el espacio aéreo y rechazaron participar en operaciones. Incluso aliados tradicionales como Polonia establecieron límites explícitos a su compromiso.
No se trata de una discrepancia táctica, sino de una redefinición estratégica. A diferencia de Afganistán o incluso de Irak en 2003 –cuando solo se opusieron Francia y Alemania–, Europa ya no se percibe automáticamente como parte de las guerras estadounidenses.
Este desacople responde a múltiples factores: la percepción de una guerra unilateral, el temor a sus consecuencias económicas y energéticas, y el deterioro del vínculo político con Washington. El resultado es una alianza atravesada por una incertidumbre estructural, donde la automaticidad del compromiso mutuo —núcleo de su poder disuasivo— comienza a resquebrajarse.
Frente a esta realidad, las distintas burguesías y gobiernos europeos se sienten huérfanos estratégicamente, privados del principal factor de la seguridad y estabilidad europea después de los dramas bélicos de principios del siglo XX, que tuvo a Europa como epicentro, lo que aumenta su sensación de desamparo.
Cuarta consecuencia: las ventajas de China
En este escenario, China emerge como la gran beneficiaria estructural del conflicto. Mientras Washington consume recursos, tensiona alianzas y erosiona su legitimidad, Pekín avanza con una estrategia de largo plazo basada en expansión económica, control de cadenas de suministro y acumulación de capacidades industriales.
Su lógica es clara: mantener a las fuerzas estadounidenses alejadas de su perímetro estratégico, evitar una confrontación directa y, al mismo tiempo, capitalizar el desgaste del adversario. En términos clásicos, se trata de “ganar sin luchar”: convertir la sobreextensión estadounidense en un recurso estratégico propio. En palabras del ex ministro de Asuntos Exteriores de la India, S. Jaishankar, en 2020: “Durante los últimos 20 años, Estados Unidos ha estado luchando pero sin ganar en Oriente Medio, y China ha estado ganando pero sin luchar en Oriente Medio”. La actual guerra ha sido el ejemplo máximo de este patrón.
China domina hoy sectores clave para la transición energética y tecnológica –energías renovables, baterías, tierras raras, componentes electrónicos– lo que le otorga una posición privilegiada en un contexto donde la guerra acelera la demanda de recursos críticos. Esta centralidad productiva no solo refuerza su peso económico, sino también su capacidad de influencia global.
Al mismo tiempo, el conflicto refuerza su narrativa internacional. Frente a una Estados Unidos percibida como potencia desestabilizadora, Pekín se presenta como un actor prudente, orientado a la estabilidad y al desarrollo.
El relativo retroceso estratégico de Washington también le permite a China ganar margen para oncentrarse en sus propios desafíos internos –económicos, sociales y militares– sin la presión inmediata de una confrontación directa. Para Xi Jinping resulta clave la necesidad de consolidar el “renacimiento de la nación china” de cara al Congreso del Partido Comunista en 2027 que podría determinar su reelección al frente de la República Popular, y luego las elecciones en Taiwán en 2028, paso potencialmente decisivo para la unificación, según sus planes.
Quinta consecuencia: una inspiración para el “Sur Global”
La guerra redefine también los imaginarios estratégicos en el llamado “Sur Global” y reposiciona a Irán como referencia.
Lejos de aparecer debilitado, Irán emerge como un ejemplo de resistencia eficaz frente a una superpotencia. Su capacidad para sostener una guerra prolongada, absorber golpes y mantener operativa su estructura estatal demuestra que es posible desafiar a un adversario superior.
Su estrategia combina tecnologías accesibles –drones, misiles de bajo costo– con una doctrina de guerra asimétrica orientada al desgaste. El resultado es una inversión de la relación de fuerzas: obliga a Estados Unidos a consumir recursos desproporcionados para neutralizar amenazas relativamente baratas.
Esta capacidad militar se apoya en una base económica construida durante décadas: una “economía de resistencia” orientada a soportar sanciones, sustituir importaciones y sostener una relativa autonomía productiva. Paradójicamente, lejos de colapsar, décadas de embargo han dado lugar, a una de las economías más diversificadas e industrializadas de la región. La economía iraní, a pesar de sus limitaciones estructurales, ha atesorado el impulso modernizador de los años sesenta y setenta, reapropiándose de la base industrial erigida por la monarquía Pahlavi al servicio del nuevo régimen. Este entramado productivo permite explicar su resiliencia estratégica.
En varios aspectos, la guerra ha legitimado este modelo. La tecnología iraní, probada en combate, se vuelve atractiva para países con recursos limitados, pero aspiraciones de autonomía. Más que un alineamiento con Teherán, lo que emerge es una nueva referencia: la posibilidad de resistir, negociar y reposicionarse en un orden más fragmentado.
En un contexto internacional donde las alianzas incondicionales con Estados Unidos ya no garantizan los beneficios que prometían durante la fase unipolar, la experiencia iraní sugiere que existen márgenes para estrategias más autónomas. En este sentido, el resultado de la guerra es así un desafío directo a gobiernos como el de Milei y otros gobiernos de extrema derecha que han apostado estratégicamente a Trump.
Queda abierta, sin embargo, una cuestión de mayor alcance histórico. ¿Estamos ante el inicio de un nuevo ciclo de nacionalismos en el Sur Global, impulsados por el debilitamiento relativo de la hegemonía estadounidense? A diferencia de etapas anteriores, este eventual proceso estaría atravesado por sociedades mucho más urbanizadas y por la presencia masiva de clases trabajadoras, lo que introduce tensiones y límites de nuevo tipo.
En el mismo Irán, el fracaso estratégico de la operación norteamericano-israelí, probablemente haya concedido a la teocracia iraní una nueva oportunidad de sobrevivir. Sin embargo, no debemos olvidar que la revolución iraní de 1979, a diferencia de los precedentes históricos del siglo XX en donde el debilitamiento del Estado –generalmente producto de una derrota militar o una invasión extranjera– había sido la condición previa, el ejército del Sha no había sido derrotado, sino que era un gendarme regional exitoso que contó con el respaldo de Estados Unidos hasta el final. Estos elementos son a tomar en cuenta, en el marco del impacto que han tenido los ataques al interior de Irán. Según algunos observadores de izquierda, la agresión imperialista no fortaleció una adhesión pasiva al régimen, sino que impulsó un alto grado de autoorganización social, visible tanto en las grandes ciudades como en las zonas rurales, donde amplios sectores -con un rol destacado de las mujeres- actuaron de manera autónoma. Aparentemente más que un pueblo alineado con el poder, lo que emergió fue un régimen obligado a apoyarse en esa movilización desde abajo, cuyo sostenimiento en el tiempo se vuelve ahora uno de los principales desafíos de consolidarse una tregua tras las hostilidades.
Conclusión: ¿la primera guerra posthegemónica?
El balance provisional de la guerra señala una tendencia clara: Estados Unidos enfrenta no solo límites externos, sino una crisis más profunda de su propia condición de superpotencia.
El agotamiento militar, la falta de estrategia y la fragmentación interna no son fallas coyunturales, sino síntomas de un problema estructural. La guerra contra Irán no crea esta crisis, pero la acelera y la expone. A pesar de las piruetas verbales de Trump, a ojos de aliados y adversarios, y también para las masas del mundo entero, el resultado es sin lugar a dudas una humillación para EEUU.
Al mismo tiempo, revela algo más inquietante para Washington: mientras su modelo de poder muestra signos de agotamiento, otros comienzan a ganar legitimidad. Irán no ha derrotado a Estados Unidos en términos clásicos. Pero ha demostrado algo estratégicamente más relevante: que es posible resistirlo, desgastarlo y limitar su capacidad de acción.
En ese sentido, la guerra no inaugura un nuevo orden, pero sí acelera el fin del anterior. La cuestión de fondo ya no es si otras potencias reemplazarán a Estados Unidos, sino si este puede sostener las bases materiales y estratégicas de su primacía. Obsesionados en Washington por cuándo y cómo China sustituirá a la hegemonía global de Estados Unidos, la verdadera cuestión es otra. Como dice Anatol Lieven: “Lo que el establishment estadounidense de política exterior y seguridad debería preguntarse no es si China pretende arrebatarle la primacía a EE. UU., sino si EE. UU. merece conservarla”. En ese sentido, la guerra de Irán podría inaugurar la era de la posthegemonía norteamericana. No marca el fin del poder estadounidense. Pero sí expone algo más decisivo: que su supremacía ya no puede imponerse sin costo, sin resistencia y, sobre todo, sin chocar con límites cada vez más evidentes y difíciles de revertir.
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