martes, 14 de abril de 2026


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La guerra en Irán y la militarización de los puntos de estrangulamiento: ¿hacia el “momento Suez” de EE. UU.?

Josefina L. Martínez

Matías Maiello

La reciente derrota de Trump y Netanyahu en la guerra de Irán marca un punto de inflexión en la política internacional con implicaciones profundas no solo para la región de Medio Oriente, sino para el orden global. EE. UU. inició el bloqueo naval al estrecho de Ormuz buscando mejorar su posición en la mesa de negociación y conseguir lo que no ha logrado con los bombardeos. ¿Cuáles son las perspectivas para la situación global?

La “weaponization” del estrecho de Ormuz y la sombra de una guerra de desgaste

En su reciente libro Chokepoints: How the Global Economy Became a Weapon of War, el analista internacional y ex-funcionario de la administración Obama, Edward Fishman, analiza la utilización como armas de las dependencias mutuas que creó la integración económica global. Los “puntos de estrangulamiento” –lugares, infraestructuras o nodos estratégicos dentro de las redes económicas globales cuyo control permite restringir o interrumpir el flujo de bienes, capital, tecnología o energía– hacen de herramienta para las nuevas formas de guerra económica. Según el autor, los principales que aún están controlados por EE. UU. son las finanzas y la tecnología, mientras que proliferan otros ejemplos: desde el procesamiento de tierras raras por parte de China, pasando por la utilización del gas ruso contra Europa, hasta la búsqueda de erosión del dólar por parte de las potencias competidoras de EE. UU. Esta “weaponization” –transformación en armas– de los “puntos de estrangulamiento”, con la guerra en Irán ha llegado –o ha vuelto, según se prefiera– en toda su magnitud hasta la geografía con el estrecho de Ormuz.

Después de casi 40 días de guerra, durante los cuales EE. UU. fracasó en abrir el estrecho, y tras el fracaso de las primeras negociaciones en Islamabad, Trump se abocó a un bloqueo naval, dirigido a barcos que toquen puertos iraníes. Es un nuevo intento de doblegar a Irán para tratar de arrancarle concesiones. El objetivo ahora es estrangular la economía iraní, golpeada después de años de sanciones y 6 semanas de guerra, para conseguir con esta operación de guerra naval y económica, lo que no obtuvo con los bombardeos desde el aire. Sin embargo, la apuesta es altamente arriesgada, ya que pone en alerta roja a la economía mundial. Esto puede transformarse en un búmeran, golpeando cada vez más fuerte no solo a competidores y aliados de EE. UU., sino a la propia economía estadounidense.

¿Está en curso una nueva guerra de desgaste en torno a Ormuz? El bloqueo naval es por naturaleza una estrategia de desgaste gradual, no de resultado inmediato. Su lógica es privar al adversario de recursos hasta que su capacidad de resistencia colapse. Es decir, requiere tiempo –variable según las reservas previas, capacidad de autosuficiencia, aliados capaces de horadar el cerco, etc. de quien es sometido al bloqueo–. ¿Quién aguantará más en este caso los impactos negativos del bloqueo, Irán o Trump? Las contradicciones para los mercados energéticos –y no solo para estos– son enormes, como lo muestra el hecho de que Trump haya levantado las sanciones al petróleo iraní hace unas semanas para evitar que el alza de los precios se descontrole. Ahora, toma la medida opuesta, incrementando la incertidumbre en los mercados globales.

El tiempo parecería estar a favor de Irán. El semanario The Economist lo presentaba de la siguiente manera: “Si se tiene en cuenta el riesgo de ataques iraníes sobre instalaciones, oleoductos y puertos de producción saudí, emiratí y otros países del Golfo –Irán ya ha amenazado con contraatacar si el bloqueo entra en vigor– así como la posibilidad de ataques a la navegación en el Mar Rojo por parte de los aliados hutíes de Irán en Yemen, parece poco probable que la medida sobreviva unas semanas sin provocar otro gran aumento de precios”. El bloqueo del estrecho ha sido cuestionado por China, Rusia y casi todos los países europeos, incluyendo a Reino Unido (histórico aliado de EE. UU. en la región). Es una medida que muestra más bien la debilidad estratégica de Trump para salir de esta guerra más que su fortaleza.

¿Trump está conduciendo a EE. UU. a su “momento Suez”?

El pasado martes 7 de abril, después de amenazas que incluían la destrucción de una civilización entera, Trump terminó aceptando negociar, mencionando como base los 10 puntos presentados por Irán, que incluían, entre otros, el levantamiento de las sanciones y la soberanía iraní sobre el estrecho de Ormuz. Luego se retractó, pero el giro de Trump sirvió de escenificación y reconocimiento de una derrota estratégica que mostró los límites de los dos pilares sobre los que pretende sostener el dominio estadounidense por la fuerza frente al declive de su hegemonía: el pentágono y el dólar; su poder militar y su poder económico. En el ámbito militar no solo fue incapaz de lograr sus objetivos a pesar de todo el despliegue realizado, sino que consumió cantidades enormes de municiones de precisión avanzadas (Patriot, THAAD, Tomahawk y JASSM-ER) que podría tardar años en reponer; lo cual expuso debilidad en el marco de la competencia con China. En lo económico, Irán, a pesar de estar totalmente por fuera del ámbito del dólar por las sanciones norteamericanas, siguió vendiendo petróleo durante toda la guerra y hasta cobró peajes en criptomonedas.

En este contexto sobrevuela la pregunta de si EE. UU. está entrando en su momento “Suez”. Aquel conflicto por el canal de Suez en 1956, que tuvo lugar luego de que el presidente de Egipto Gamal Abdel Nasser lo nacionalizara, expuso, en su momento, la decadencia de otras dos grandes potencias como eran Gran Bretaña y Francia. La guerra en Irán hoy está exponiendo la propia decadencia del imperialismo norteamericano. Un día después de iniciado el bloqueo naval estadounidense en el estrecho de Ormuz, al menos tres buques ligados a intereses chinos e iraníes atravesaron el paso marítimo, mostrando que es muy difícil para EE. UU. garantizar un bloqueo completo sin una escalada mayor. Trump hizo declaraciones este martes en el sentido de que podrían retomarse las negociaciones “en los próximos días”.

El politólogo estadounidense Robert Pape subrayó que Estados Unidos había quedado atrapado en una “trampa de la escalada”. No solo fracasó en imponer sus objetivos sobre Irán, sino que el incremento de la fuerza militar resultó en disrupciones económicas globales, presión sobre sus aliados y crisis al interior de EE. UU. En contraste, Irán logró emerger del conflicto fortalecido, con un control efectivo sobre el estrecho de Ormuz, un punto estratégico de tránsito para el petróleo y las cadenas de suministro globales. Esta es una gran carta a su favor para cualquier negociación. Por su parte, Trump llegó a hacer amenazas tan descomunales que se infligió a sí mismo una mayor derrota al no poder cumplirlas.

En el mismo sentido, el analista John Mearsheimer señalaba que este fracaso se suma a un historial que incluye Vietnam, Afganistán e Irak, donde la intervención militar estadounidense no logró traducirse en victorias políticas. Estas derrotas no han pasado sin dejar huella, parte de sus efectos históricos se suman. El trauma de Vietnam obligó a EE. UU. a eliminar la conscripción obligatoria. Los fracasos en Afganistán e Irak llevaron a un rechazo cada vez mayor en la población a poner soldados en el terreno, incluso profesionales. Ahora la guerra de Irán resalta los límites de la tecnología del poder aéreo convencional frente a las capacidades dispersas de Irán, su red de aliados regionales, la importancia de su “posición estratégica” en el estrecho de Ormuz. Pero además, la situación de EE. UU. es peor que durante Vietnam. En aquel entonces pudo dejar de lado el patrón oro para financiarse, ahora tiene una deuda sideral de 35 billones de dólares. A su vez, Vietnam no era central en la economía mundial, mientras que el Irán de principios del siglo XXI controlando el estrecho de Ormuz, quedó demostrado que sí lo es.

A diferencia del viaje de Nixon a China en 1972, el que (en principio) hará este mes de mayo Trump a China es para verse con una potencia, que ya no es más esa potencial “selva virgen” que era en su momento, sino que es su principal competidor a nivel global. En las primeras semanas de guerra, China optó por un perfil bajo, permitiendo que Estados Unidos se desgaste en un conflicto que no podía ganar. Sin embargo, la continuidad de la guerra ponía en riesgo la economía mundial, lo que afecta también a China. Por eso presionó, a través de Pakistán, por un alto al fuego. Mientras muchos ven a China como una alternativa multilateral benévola frente al imperialismo estadounidense, lo que está detrás son sus propios intereses imperialistas.

Junto con el bloqueo del estrecho de Ormuz, el proyecto del “Gran Israel” de Netanyahu representa otro de los puntos calientes para que Trump pueda administrar su derrota. La guerra en Irán también ha implicado un serio golpe a las ambiciones colonialistas del Estado de Israel. Netanyahu no solo salió de la guerra sin lograr sus objetivos, sino que enfrenta una importante crisis interna en ciernes producto de su propia derrota. La ofensiva contra Hezbollah en Líbano mostró las vulnerabilidades del sistema de defensa israelí. A pesar de toda la destrucción y las matanzas previas, Israel había logrado debilitar muy poco a Hezbollah, que mostró mucha más coordinación entre cohetes y drones que la se esperaba y complicó la situación a las tropas israelíes. Mientras tanto, en Estados Unidos el rechazo hacia la alianza con Israel está en aumento.

¿Podrá Trump administrar la derrota del imperialismo norteamericano o terminará profundizándola? Todavía están por verse todas las consecuencias a mediano plazo de esta demostración de debilidad del imperialismo para el orden internacional.

De la estrategia de castigo al “riesgo Vietnam”

En su libro Bombing to Win, Robert Pape señala que el bombardeo convencional (no nuclear) que no logra liquidar la capacidad de combatir del otro, sino que ataca a la población, a la infraestructura civil, etc., se ha demostrado históricamente que no lleva a ganar una guerra. A la inversa, este accionar –que Pape llama “estrategia de castigo”–, en general, aumenta la voluntad de resistencia. Según Pape, en la guerra de Vietnam, Estados Unidos bombardeó y destruyó aproximadamente el 80 % de la red logística de los vietnamitas. Sin embargo, ese 20 % restante fue suficiente para sostener la resistencia. En Irán también creció la voluntad de resistencia, a pesar incluso de que el régimen de los Ayatollah venía de reprimir brutalmente las protestas de principios de este año.

Cuando comenzó la guerra, Trump dijo que “la hora de la libertad” había llegado para los iraníes. Sectores proimperialistas de la oposición iraní veían con buenos ojos la operación militar. Pero durante 6 semanas, las bombas de EE. UU. e Israel destruyeron escuelas, centros de investigación, viviendas, puentes, plantas siderúrgicas y centrales eléctricas, asesinando a miles de personas, incluyendo cientos de niñas en una escuela y sitios culturales históricos. Cuando Trump amenazó con “destruir a una civilización entera” se incrementó el sentimiento de defensa nacional contra la guerra imperialista, algo que se vio en las cadenas humanas que rodearon las centrales de energía y los puentes. Esa “estrategia de castigo” que despliegan tanto Trump como Netanyahu, que combina brutalidad genocida con incapacidad de imponer militarmente sus objetivos políticos, proyecta consecuencias profundas.

El editor de The American Conservative, Scott McConnell, sostiene que la guerra contra Irán podría terminar teniendo consecuencias políticas y culturales en Estados Unidos más cercanas a las de la guerra de Vietnam que a las de la guerra de Irak. Plantea que la crisis en Medio Oriente está ligada en gran medida al monopolio nuclear de Israel, cuyo mantenimiento ha sido uno de los objetivos de la política estadounidense. A su vez, advierte que una futura nueva escalada bélica podría generar en Estados Unidos un proceso similar al que ocurrió durante Vietnam: el surgimiento de una oposición moral creciente a la guerra, alimentada por testimonios, intelectuales y periodistas que describan la vida de la población bajo los bombardeos y cuestionen la superioridad tecnológica y la legitimidad de la intervención. La tesis es que el conflicto podría provocar una creciente repulsión moral hacia la política exterior estadounidense y fortalecer el movimiento antibélico interno.

En una dirección similar, en una reciente entrevista en LID+, Emilio Albamonte retomaba, a partir de Carl Clausewitz, la idea de que la “fuerza moral” de los pueblos que luchan por sus propios intereses puede resultar tan decisiva como los medios materiales en el campo de batalla. A partir de ese marco, analizaba por qué Irán ha podido resistir la ofensiva imperialista: no solo por el desarrollo de capacidades militares específicas –misiles, drones y tácticas de guerra asimétrica– sino también por la consolidación de una moral de combate en parte alimentada por la propia brutalidad del imperialismo. Ensayando una interpretación más amplia de las implicancias estratégicas de la guerra de Irán para la situación internacional, señala que la debilidad o eventual derrota de EE. UU. en este escenario constituye una buena noticia para quienes luchan contra el imperialismo, en la medida en que puede abrir nuevas condiciones para el desarrollo de la lucha de clases y para los pueblos que enfrentan su dominación.

Estas hipótesis no parten de cero. Sería un salto en tendencias que ya se vienen esbozando y que se han expresado, por ejemplo, en el movimiento de solidaridad internacional con Palestina o en las dos huelgas generales en Italia a finales del año pasado por Gaza. Las movilizaciones “No Kings” de millones en Estados Unidos –aunque no están centradas en el antiimperialismo– y movilizaciones recientes en Reino Unido contra la extrema derecha, también son puntos de apoyo clave. El escenario global que se está configurando no es solo uno de confrontación entre grandes potencias, sino también entre las fuerzas imperialistas que buscan mantener su dominio y la clase trabajadora y los pueblos oprimidos del mundo que se proponen enfrentarlas. Es un momento clave en la historia y este enfrentamiento será central para definir el curso de los próximos años. La pelea por una perspectiva internacionalista, anticapitalista y socialista será indispensable para desarrollar esta lucha en todas sus consecuencias.


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