miércoles, 8 de abril de 2026

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Desempleo en Chile. Cifras esconden un mercado laboral marcado por la precarización y la informalidad





Con un desempleo de 8,3% y una informalidad que alcanza al 26,8%, las cifras del INE dejan en evidencia el verdadero funcionamiento del mercado laboral chileno: un sistema que garantiza flexibilidad y bajos costos para los empresarios, a costa de empleo precario y sin derechos para millones.

Antonio Paez

Antonio PaezDelegado y expresidente del Sindicato Starbucks Coffe Chile

Jueves 2 de abril 01:40

as cifras del último boletín de la Encuesta Nacional de Empleo (ENE) del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) vuelven a ser utilizadas por el gobierno y el empresariado para instalar una falsa imagen de estabilidad. Pero los propios datos oficiales desmienten ese relato: la desocupación alcanza el 8,3% a nivel nacional, confirmando que el desempleo sigue instalado como un problema estructural.

Más aún, el mismo informe reconoce que la fuerza de trabajo crece más rápido que el empleo. Traducido: hay más personas obligadas a buscar trabajo que puestos disponibles. No se trata de una “recuperación”, sino de un mercado laboral incapaz de absorber a la población que necesita trabajar para sobrevivir.

Más empleo precario, menos derechos

El dato clave que el discurso oficial omite es la calidad del empleo. Porque no basta con contar ocupados: hay que mirar en qué condiciones trabajan.

Y ahí las cifras son contundentes. Según los propios datos del INE sobre informalidad laboral, cerca del 26,8% de los ocupados —más de 2,5 millones de personas— trabaja sin contrato, sin cotizaciones o sin acceso a derechos básicos.

Este no es un fenómeno marginal: es una parte constitutiva del mercado laboral chileno. El sistema no está generando empleo digno, sino expandiendo formas de sobrevivencia cada vez más inestables.

Los sectores donde se concentra la precariedad

El propio boletín ENE muestra que el empleo se concentra en sectores como comercio, servicios y construcción. Pero cuando se cruzan estos datos con las series estructurales del INE, el cuadro es aún más claro.

El comercio concentra cerca del 18%–20% del empleo, los servicios en torno al 30%–35% y la construcción entre un 7% y 9% del total de ocupados (revisar datos aqui)

No es casualidad que sean estos sectores los que lideran la ocupación: son también donde predominan los bajos salarios, la alta rotación y la informalidad. Es decir, el grueso del empleo en Chile se genera en las áreas más precarizadas de la economía.

Aquí no hay anomalía: hay una lógica. El modelo económico necesita trabajo barato, flexible y sin derechos para sostener sus niveles de ganancia.

Más personas buscando trabajo, menos oportunidades reales

El boletín también muestra un aumento sostenido de la fuerza de trabajo, impulsado por personas que ingresan o reingresan al mercado laboral. Esto no responde a una “dinámica positiva”, sino a la necesidad creciente de generar ingresos en un contexto de deterioro económico.

El resultado es evidente: aumentan tanto los ocupados como los desocupados, pero el empleo creado no alcanza ni en cantidad ni en calidad.

En paralelo, datos del propio INE indican que el trabajo por cuenta propia representa alrededor del 20%–23% del total de ocupados, una categoría fuertemente asociada a la informalidad y a ingresos inestables. En muchos casos, no se trata de emprendimiento, sino de expulsión del empleo asalariado.

El relato oficial: el problema es el desempleo y no las condiciones de trabajo

Todos los gobiernos intentan reducir el debate al porcentaje de desempleo lo que hace es ocultar lo esencial: el mercado laboral chileno funciona sobre la base de la precarización. Que millones trabajan sin derechos o en condiciones muy precarias. Y que incluso quienes tienen empleo estable lo hacen bajo condiciones de incertidumbre permanente.

Por eso hay que ser claros: no hay recuperación real del empleo, lo que hay es una recomposición precaria, basada en informalidad, subempleo y autoexplotación.

Una crisis estructural del modelo laboral

La coexistencia de un desempleo del 8,3% con niveles de informalidad cercanos al 27% no es un accidente. Es la expresión de un modelo económico que no puede garantizar condiciones mínimas de trabajo para amplios sectores de la población.

Se trata de una doble crisis: quienes no tienen empleo no logran insertarse, y quienes lo tienen lo hacen en condiciones cada vez más deterioradas con un aumento constante de empleos transitorios, empresas que aumentan sus dotaciones part-time o personas que solo encuentran trabajo en plataformas.

El resultado es una clase trabajadora fragmentada, precarizada y sometida a una inestabilidad constante.

Frente a este escenario, las cifras oficiales no dejan espacio para el autoengaño. Lo que muestran no es una recuperación, sino la consolidación de un mercado laboral basado en la precariedad.

Por eso, no basta con administrar esta crisis. Es necesario enfrentarla. Se vuelve urgente que las organizaciones sindicales, estudiantiles y sociales se pongan en la primera línea para resistir estas políticas que descargan el peso de la crisis sobre la clase trabajadora —nacional y migrante— y avanzar en una perspectiva que ponga en el centro las necesidades de quienes viven de su trabajo, y no las ganancias de los grandes grupos económicos.







 

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