miércoles, 8 de abril de 2026

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SEMANARIO

Trump e Irán: la guerra que desnuda la fragilidad de la hegemonía estadounidense

Juan Chingo

La guerra en Irán revela los límites del poder militar estadounidense y acelera una crisis más profunda: la erosión de su capacidad para sostener el orden global.

La guerra contra Irán ha colocado a Donald Trump en una situación inédita: por primera vez, no enfrenta una operación rápida, limitada y fácilmente vendible como victoria, sino una campaña prolongada, incierta y sin una salida estratégica clara. Lo que debía ser una demostración de fuerza se ha transformado en una trampa en la que no solo está en juego el destino de la operación militar, sino algo más fundamental: la credibilidad misma de la hegemonía estadounidense.

La guerra que Trump no sabe cómo terminar

El problema central no es táctico, sino político. Ni Trump ni Pete Hegseth han logrado explicar cómo termina esta guerra. Más aún: han evitado deliberadamente fijar objetivos claros, confiando en una lógica peligrosa —la de declarar la victoria cuando resulte conveniente.

Ese enfoque funcionó en operaciones puntuales. Pero frente a un Estado que no colapsa, se convierte en un callejón sin salida. Irán no cayó “en tres días”, y al no hacerlo, la guerra pasó a ser todo lo que Trump detesta: larga y sin una forma clara de traducirse en victoria.

La escalada, como en un casino, genera su propia lógica. Cuanto más se invierte, más difícil es retirarse sin pérdidas. El resultado es una dinámica en la que la lógica estratégica queda subordinada a la necesidad política inmediata de no aparecer derrotado.

La repetición de los errores que se prometieron evitar

Trump llegó al poder prometiendo no repetir Irak y Afganistán. Sin Nation building, sin guerras interminables, sin objetivos difusos. El ejército estadounidense, liberado de las “estúpidas reglas de combate”, emplearía una fuerza abrumadora —según la visión de Pete Hegseth— para obtener resultados rápidos y decisivos.

Pero el núcleo real de ese enfoque era la deliberada ambigüedad de los objetivos. Trump se reservaba la capacidad de redefinirlos sobre la marcha, de modo tal que la victoria no dependiera de una transformación concreta del terreno, sino de una decisión política.

El enfoque de Trump funcionó en la Operación Midnight Hammer, la campaña del verano pasado para atacar las instalaciones nucleares de Irán. Produjo resultados rápidos en lo que Trump describió como la incursión «perfectamente ejecutada» para capturar al presidente Nicolás Maduro de Venezuela.

Sin embargo, la guerra en Irán ha expuesto el defecto estructural de ese esquema. Cuando lo que está en juego es la supervivencia de un régimen, el adversario no se rinde: resiste, se adapta y escala. La lógica de la guerra cambia. Ya no se trata de infligir daño, sino de quebrar voluntades —y eso es precisamente lo que la superioridad militar por sí sola no puede garantizar.

De hecho, cuanto más se presiona a un Estado hasta un punto existencial, más se refuerza su incentivo a intensificar el conflicto. La consecuencia es conocida: una deriva progresiva de la misión, en la que cada escalada genera nuevas justificaciones para continuar. Lo que iba a ser una guerra sin atolladeros empieza a parecerse, cada vez más, a los mismos conflictos de los que Estados Unidos juró haber aprendido a salir.

El mito tecnológico se estrecha frente a la guerra asimétrica

Uno de los pilares de la confianza estadounidense era su superioridad tecnológica: inteligencia artificial, armas de precisión, capacidad de “decapitación” de mandos enemigos. Una abrumadora superioridad técnico-militar concebida para producir victorias rápidas.

Pero esa premisa está siendo erosionada. Como explica el analista independiente Hamidreza Azizi, desde el comienzo de la guerra, Irán “ya no se limita a intentar absorber la presión y tomar represalias de la misma forma. En su lugar, está tratando de redefinir los términos del conflicto ampliando el campo de batalla, apuntando a la infraestructura que sustenta las operaciones estadounidenses e israelíes… El resultado es una estrategia en evolución que busca convertir la asimetría militar en una ventaja estratégica”. Este nuevo patrón va acompañado de “una redefinición de cómo percibe la victoria estratégica. En otras palabras, el éxito ya no se mide únicamente por los resultados en el campo de batalla, sino por si la guerra produce una nueva ecuación estratégica en la que se ha elevado el umbral de costes para atacar a Irán”.

Esta estrategia no es producto de la improvisación bélica, como ocurrió en Ucrania durante las primeras fases de la invasión rusa. A diferencia de esta, tras la guerra con Irak en la década de 1980, Teherán puso en marcha un proyecto a largo plazo de autonomía tecnológica. Antes de esta guerra, ya exportaba cerca de 1.000 millones de dólares anuales en drones. La enorme capacidad de producción industrial de drones y misiles iraníes ha llevado al ex comisario europeo, Thierry Breton a afirmar que “En la ’guerra de las reservas’, Irán aguanta a largo plazo”. En esta “primera guerra mundial asimétrica”, como él denomina al actual enfrentamiento: “el sistema occidental sabe golpear fuerte, pero no necesariamente durante mucho tiempo —o al menos no al ritmo actual—, mientras que Irán, con vectores más baratos y una doctrina de saturación, puede mantener una presión sostenida durante varios meses”. En este marco, el derribo de un F-15E —símbolo de la supremacía aérea— no es solo un hecho militar. Es el síntoma de que la superioridad técnica ya no garantiza la victoria.

Ormuz y el corazón de la hegemonía

El punto más crítico no está en el campo de batalla, sino en el mar. El cierre selectivo del estrecho de Ormuz pone en cuestión el núcleo del poder estadounidense: el control de los flujos globales. La hegemonía de Washington no se basa solo en su poder militar, sino en su capacidad de controlar los mares a través de los istmos y los estrechos; el propio entramado de la globalización. Mucho más que el resto, el cuestionamiento del control sobre Ormuz socava la hegemonía estadounidense.

Como señaló Stephen Wertheim, investigador principal del Carnegie Endowment for International Peace: "¿Cuál es el sentido de toda la presencia militar estadounidense en Oriente Medio? Si tiene algún sentido, debería ser el de evitar algo como el cierre del estrecho de Ormuz. Sin embargo, la acción militar estadounidense solo ha provocado precisamente el problema que se supone que debe evitar".

El Estrecho de Ormuz se convierte en el centro de gravedad de la guerra. La nueva doctrina de guerra iraní convierte esta vía de paso de una amenaza latente en un instrumento activo. La guerra ya no se limita al campo de batalla: se filtra en los mercados energéticos, en las rutas comerciales y en la estabilidad de los aliados regionales. En ese contexto, la lógica de la coerción rápida empieza a invertirse.

Estados Unidos como potencia disruptiva y un avanzado desgaste imperial

Pero el actual conflicto no solo muestra una crisis militar, sino una transformación del rol global de Estados Unidos. Aquí emerge el giro más profundo. Washington deja de ser el eje del orden que ella misma fundó y se convierte —como ya reconocen incluso sus aliados— en un factor de desestabilización global. Como afirma Vivian Balakrishnan, ministro de Asuntos Exteriores de Singapur, en una entrevista reciente: "El garante de este orden mundial se ha convertido ahora en una potencia revisionista, y algunos dirían incluso que en un disruptor". Una variable descontrolada que corre el riesgo de destruirse a sí misma y de precipitar al caos al resto del planeta. Estados Unidos deja de ser un garante fiable, lo que empuja a sus aliados a replantear su dependencia, entre dos alternativas: autonomía estratégica o la subordinación a otra potencia. Es en el Golfo Pérsico donde este dilema se plantea con mayor intensidad. Tal vez aún sea demasiado pronto para evaluar el alcance del daño causado al poderío estadounidense. Pero podemos estar seguros de que esta nueva Guerra del Golfo intensificará la carrera armamentística mundial, especialmente entre los aliados de Estados Unidos, cuya confianza empieza a erosionarse de forma sostenida.

Peor aún, la propia capacidad de Estados Unidos para ejercer su voluntad como hegemón supremo está en entredicho. Según Rosemary Kelanic, directora del programa de Oriente Medio de Defense Priorities, un think tank de Washington, la creencia errónea de Trump de que la campaña contra Irán podría llevarse a cabo de forma rápida y limpia, “demuestra que Estados Unidos no tiene las ventajas estratégicas y el poder que creía tener, y que quizá antes sí poseía”.

En este marco, Estados Unidos enfrenta una dinámica de sobreextensión imperial cada vez más evidente: comprometido en múltiples frentes, consumiendo recursos a un ritmo difícil de sostener y erosionando el capital político que durante décadas sostuvo su liderazgo global. Como advirtió el editor internacional de Der Spiegel, la guerra en Irán no solo agota capacidades materiales —como un arsenal de misiles que llevará años reponer—, sino que desvía a Washington de sus prioridades estratégicas mientras lo empantana, otra vez, en Oriente Medio. En sus palabras: “Mientras Estados Unidos está atado en Ucrania y, en realidad, quería centrarse en el Pacífico, está agotando a sus fuerzas armadas precisamente en Oriente Medio, la misma región a la que Trump afirmó que nunca volvería a enviar tropas. La guerra con Irán es una catástrofe estratégica para Estados Unidos”.

¿Un hegemón sin salida?

La imagen final es inquietante. Trump aparece como un líder atrapado en su propia estrategia: incapaz de escalar sin riesgo, pero también de retirarse sin costo. Un jugador que ya no controla la partida. Aunque la guerra aun no ha terminado, se avizora una perspectiva inquietante para la única (¿superpotencia?) existente. Es que, si Estados Unidos ya no puede asegurar los mares, ni imponer resultados, ni ofrecer estabilidad, entonces su hegemonía —más que desafiada— comienza a vaciarse desde adentro, como ocurrió con otros imperios antes de caer.


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