
Vivir bajo la guerra en el Kurdistán iraquí
Renwar Najem
Desde principios de marzo, he estado recibiendo breves mensajes de un familiar en Sulaymaniyah: “Estamos bien”. El mensaje suele llegar antes que las noticias locales. Primero llega la tranquilidad; luego, los informes sobre otro dron, otro misil, otra larga noche de incertidumbre en la región del Kurdistán iraquí. Esta secuencia refleja algo esencial sobre cómo se vive este conflicto en el Kurdistán iraquí. Los efectos más importantes no son solo los que se miden en víctimas mortales o destrucción material, sino la progresiva integración de la guerra en la vida cotidiana.
En comparación con familias en lugares como Irán o Líbano, la mía aún puede considerarse afortunada. No han perdido su hogar. Aún pueden comunicarse. Aún pueden brindarse apoyo mutuo. Pero la guerra no necesita matarte para que tu vida comience a transformarse en torno al miedo. En la región del Kurdistán iraquí, especialmente en ciudades como Erbil y Sulaymaniyah, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no se ha quedado en una contienda geopolítica lejana. Se ha infiltrado en la vida cotidiana, el suministro de energía, los mercados, el sueño, las escuelas y el sistema nervioso de toda una población. Irak se ha visto cada vez más atrapado en el fuego cruzado de la guerra, y el territorio kurdo se ha convertido en uno de los lugares donde esa presión es ahora más visible.
La situación de seguridad inmediata es sumamente grave. En el primer mes de la guerra, se registraron 474 ataques con drones, misiles y cohetes contra la región del Kurdistán iraquí, que causaron la muerte de 14 personas y dejaron 93 heridos. Algunos ataques tuvieron como objetivo puntos vinculados a Estados Unidos o a grupos de oposición kurdos iraníes con base en la región. Otros alcanzaron bases de los Peshmerga kurdos, instalaciones de petróleo y gas, aeropuertos, torres de telecomunicaciones y zonas cercanas a la población civil. Incluso donde las bajas son limitadas en comparación con otras zonas de guerra regionales de mayor envergadura, el efecto acumulativo es considerable. Los repetidos ataques erosionan la confianza en la capacidad de protección del gobierno y refuerzan la percepción de que la región kurda de Irak está expuesta a amenazas que no puede contrarrestar eficazmente.
Esta exposición tiene consecuencias especialmente graves, ya que afecta a sectores clave para la resiliencia económica y política de la región. El yacimiento de gas de Khor Mor, fundamental para el suministro eléctrico de la región, se cerró como medida de precaución tras el inicio de la guerra y, según se informa, la infraestructura petrolera clave ha permanecido inactiva en los últimos días. El resultado no es simplemente un inconveniente temporal. La reducción del suministro eléctrico obliga a hogares y empresas a recurrir de nuevo a costosos generadores privados. Por otro lado, el aumento del precio del combustible (las bombonas de gas, esenciales para cocinar, han triplicado su precio) supone una presión adicional para una población que ya sufre retrasos en el pago de salarios, inflación e incertidumbre económica prolongada. En este sentido, el conflicto trasciende las zonas afectadas. Influye en los servicios públicos y en la ya frágil trayectoria de desarrollo de la región.
La carga para la población civil no es solo material, sino también psicológica. En Sulaymaniyah, que carece de sistemas de defensa comparables a la protección estadounidense en torno al aeropuerto de Erbil, la inseguridad se vive como una repetición más que como una catástrofe aislada: drones sobrevolando la zona, explosiones, rumores que se propagan rápidamente por los barrios y respuestas improvisadas de la población local con fusiles AK-47 para derribar drones, lo que no contribuye en absoluto a tranquilizarla. Estas condiciones generan algo más que miedo. Crean una persistente sensación de impotencia, sobre todo entre los niños, que aprenden rápidamente cuando los adultos y las instituciones no pueden protegerlos eficazmente de los acontecimientos que se desarrollan a su alrededor. Este es uno de los costes menos visibles, pero más duraderos, de una escalada regional prolongada.
La posición política de la región del Kurdistán iraquí agrava estas vulnerabilidades. La región se encuentra en la encrucijada de varias relaciones que no eligió libremente y de las que no puede escapar fácilmente. Su supervivencia tras 1991 y su posición dentro de Irak luego de 2003 están estrechamente ligadas al poder estadounidense. Al mismo tiempo, está profundamente interconectada con Irán por motivos geográficos, comerciales, sociales y económicos. Esto crea un dilema estructural. La región del Kurdistán iraquí no puede alinearse abiertamente con una campaña estadounidense o israelí contra Irán, pero tampoco puede aislarse por completo de las consecuencias de la presencia militar estadounidense y la competencia estratégica en territorio iraquí. Su margen de maniobra es estrecho, y aún más cuando la escalada se acelera.
Este es el contexto en el que deben entenderse los recientes ataques contra la infraestructura. No se trata simplemente de incidentes tácticos. Indican que los activos económicos del Kurdistán iraquí podrían ser utilizados cada vez más como instrumentos de coerción. En toda la región, las instalaciones energéticas se están integrando a la lógica operativa de la guerra. Para el Kurdistán iraquí, esto es particularmente peligroso. Los yacimientos de gas, las instalaciones petroleras y las redes eléctricas de la región constituyen algunos de los pocos pilares de su viabilidad fiscal y autonomía política. Los daños a estos activos tendrían repercusiones que trascenderían el ámbito militar inmediato. Debilitarían la confianza de los inversores, reducirían la capacidad del Estado, agravarían la frustración pública y limitarían aún más la capacidad del Kurdistán iraquí para preservar su autonomía dentro de Irak.
Sin embargo, la situación no es de total indefensión. La región del Kurdistán iraquí conserva algunas ventajas que la distinguen de otras zonas expuestas. Se beneficia de cierta visibilidad internacional, capacidad de seguridad interna, relevancia económica transfronteriza y el limitado efecto disuasorio de la presencia estadounidense en torno a Erbil. Estos factores son importantes, ya que pueden reducir la probabilidad de que la región se convierta en el principal escenario de una guerra de mayor envergadura. No obstante, solo ofrecen una protección parcial. La región del Kurdistán iraquí no cuenta con una defensa aérea robusta ni con las reservas financieras de los Estados del Golfo que permiten reparar rápidamente la infraestructura dañada y absorber interrupciones prolongadas. Su vulnerabilidad sigue siendo significativa.
Por ello, el objetivo político más realista para la región del Kurdistán iraquí no es la victoria ni la ventaja estratégica, sino la contención. Se trata de evitar convertirse en un campo de batalla principal, preservar la infraestructura esencial y mantener la estabilidad interna suficiente para impedir que la escalada regional se traduzca en daños institucionales a largo plazo. En los ministerios de Asuntos Exteriores y los cuarteles generales militares, esta guerra se analiza en términos de disuasión, señalización y gestión de la escalada. En lugares como Sulaymaniyah se vive de forma más directa: a través de la interrupción de los servicios, el insomnio, el aumento de los precios y la necesidad constante de asegurar a los familiares que, al menos una noche más, están a salvo.
Y, sin embargo, a pesar de todo, la vida continúa. Las familias celebraron el Eid al Fitr, los estadios están repletos de espectadores, las tiendas siguen abiertas y las redes sociales están llenas de chistes y memes sobre la guerra. En la región del Kurdistán iraquí, como en el resto del país, el miedo y la rutina suelen coexistir. Esto no se debe a que la gente sea ajena a lo que sucede, sino a que seguir adelante se ha convertido en una de sus formas de afrontarlo. En una parte del mundo donde la guerra, la crisis y la incertidumbre son recurrentes, la vida cotidiana se convierte en una forma de resistencia.
*Publicado en Fundación Rosa Luxemburgo / Traducción y edición: Kurdistán América Latina
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