La muerte de un activista vinculado a grupos neofascistas y antisemitas en Lyon ha desatado una ofensiva de extrema derecha, con eco en las más altas esferas del gobierno. Lamentar esta muerte no debería impedir que el movimiento obrero y la izquierda denuncien la continua manipulación política y se mantengan firmes contra la ofensiva autoritaria de línea dura que se está preparando.
El presente artículo fue publicado originalmente en francés en el sitio Révolution Permanente, parte de la Red Internacional La Izquierda Diario en Francia.
El sábado, la Fiscalía de Lyon anunció la muerte de Quentin, activista de extrema derecha de 23 años, y confirmó la apertura de una investigación por "violencia intencional", que posteriormente se ha ampliado para incluir "homicidio involuntario con agravantes". Según informes, Quentin se encontraba cerca de la facultad de Ciencias Políticas (Sciences Po) de Lyon el jueves, participando en una acción racista organizada por activistas de extrema derecha del grupo Némésis. Protestaban contra una conferencia de la diputada europea de origen palestino, Rima Hassan, mostrando una pancarta que decía: "Fuera los izquierdistas islamistas de nuestras universidades". Según Mediapart, se desató una pelea y Quentin sufrió una conmoción cerebral, por la que fue atendido por los bomberos ese mismo día.
Desde el viernes, han proliferado los comunicados de los grupos neofascistas más radicales, rindiendo homenaje a la memoria de un "camarada". Desde Action Française Lyon, donde el joven militaba, hasta Audace Lyon , una escisión de la violenta organización Lyon Populaire, disuelta en 2025, honran a un "activista de base". Luminis, una organización abiertamente antisemita, incluso concluye su comunicado explicando: "Las últimas palabras de Quentin fueron: ’Hagámoslo de nuevo, chicos’. Como él, la lucha a muerte nos alegra".
Mientras los medios hablan de un "linchamiento", las pruebas disponibles parecen corroborar la hipótesis de una muerte accidental durante uno de los frecuentes altercados entre la extrema derecha violenta, profundamente arraigada en Lyon, y activistas antifascistas.
Los líderes políticos nacionales reaccionaron rápidamente. Marine Le Pen habló de "milicias de extrema izquierda" y pidió que se "consideraran grupos terroristas", mientras que el ex ministro del Interior Bruno Retailleau se refirió a "la violencia extrema reinante en los grupos satélite que orbitan alrededor de La Francia Insumisa (LFI )". El mismo sentimiento fue compartido por el partido de Macron, donde su ex primer ministro Gabriel Attal condenó "la violencia de la extrema izquierda [que] se ha desatado". Con La Francia Insumisa clasificada como "extrema izquierda" por el Estado de cara a las muy prontas elecciones municipales —una postura reafirmada por Emmanuel Macron este domingo por la mañana— y con la derecha ya explotando la situación para legitimar la disolución del grupo antifascista la Jeune Garde (Joven Guardia) y exigir nuevas medidas de este tipo, la operación que se está preparando es clara: utilizar la situación para criminalizar la lucha contra la extrema derecha y el antifascismo, así como contra las organizaciones políticas de izquierda radical, empezando por La Francia Insumisa.
Lamentar esta muerte accidental no debería ocultar el hecho de que la retórica empleada por los líderes políticos esconde bajo la alfombra la realidad de la violencia de extrema derecha. Esta violencia se ha intensificado en los últimos años contra extranjeros, musulmanes, la izquierda, personas LGBT y jóvenes, ya sea mediante ataques con cuchillos y navajas, ataques a bares, reuniones políticas, manifestaciones o incluso atentados terroristas planeados. La ciudad de Lyon es uno de los epicentros de esta violencia en Francia, como lo demuestra el asesinato racista de Ismael Aali, de 20 años, encontrado muerto cerca de un estanque a principios de enero, en medio de la total indiferencia de la clase política.
Ante los vandalismos en las oficinas de La Francia Insumisa en toda Francia desde el viernes, y la amenaza del Estado con lanzar una ofensiva contra los derechos democráticos —una continuación de la represión de las principales movilizaciones sociales de los últimos años, del movimiento de solidaridad con Palestina y de la disolución de organizaciones musulmanas, antirracistas, antifascistas y ecologistas—, es fundamental mantener la unidad. La continua manipulación política prepara ataques brutales; el movimiento obrero y todas las organizaciones que se oponen a las ideas racistas de la extrema derecha deben denunciar la retórica dominante, organizarse para defender el derecho de reunión y manifestación, y oponerse a las ofensivas autoritarias actuales y futuras.

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