Lo que Milei intenta imponer hoy en Argentina puede convertirse mañana en el argumento “inevitable” de los grupos económicos en Chile: flexibilizar, abaratar despidos y llamar “modernización” a un retroceso de derechos. Con Kast a semanas de asumir, esta nota busca explicar por qué la batalla al otro lado de la cordillera es un aviso anticipado para quienes vivimos del salario en Chile.
En Argentina, Milei intenta imponer una reforma laboral que, detrás del discurso de la “modernización”, tiene un objetivo claro: reordenar la relación entre capital y trabajo para que los empresarios recuperen mando, abaraten costos y disciplinen la resistencia de la clase trabajadora. No es una discusión técnica ni una reforma “neutral”, es un movimiento de fuerza del gobierno para consolidar un nuevo piso de explotación: jornadas extendidas, despidos más fáciles, derecho a huelga más limitado.
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En Chile, con Kast a semanas de asumir, puede parecer que esto es “otra historia”. Pero para quienes vivimos del salario, lo que sucede en Argentina importa porque es una batalla adelantada del mismo fenómeno reaccionario que se despliega en la región. Las derechas aprenden, copian, importan argumentos y se apoyan en precedentes. Si Milei avanza, a pesar de que la situación económica en ambos países es distinta, el mensaje que intentarán instalar aquí será simple en el nombre del crecimiento económico que viene estancado hace más de una década: “si Argentina flexibiliza, Chile también debe y puede flexibilizar”; “si allá se baja el costo laboral, acá también”; “si allá se limita la huelga, acá también”. Pero, y si este ataque se frena, también se puede instalar otro mensaje: que no hay destino escrito y que la fuerza social y de la clase trabajadora puede torcer el rumbo.
La pregunta no es si “nos solidarizamos” lo que también es muy importante, pero la pregunta también es si vamos a permitir que se construya, por contagio y repetición, un nuevo sentido común patronal en Chile bajo un gobierno que viene con la voluntad explícita de cargar la crisis sobre los de abajo.
La reforma de Milei: el rostro desnudo del programa patronal
Milei empuja una reforma que toca los nervios de la vida laboral. Se discuten cambios que habilitan extender la jornada estándar —la referencia pública más fuerte ha sido el salto de 8 a 12 horas—, reacomodar las reglas de vacaciones y los salarios, abaratar el despido modificando la base de cálculo de la indemnización, y establecer límites nuevos a la huelga mediante la imposición de “servicios mínimos” que, en los hechos, buscan impedir que un paro o una huelga sea efectiva.
Hay una coherencia de fondo: más tiempo de trabajo disponible para la empresa, menos estabilidad para el trabajador, menos capacidad de frenar cualquier atropello. Es el tipo de reforma que vuelve “normal” el cansancio y la rotación, que empuja a aceptar condiciones por temor a quedar afuera, y que transforma el despido en un mecanismo rutinario de control patronal sobre las y los trabajadores. Por eso se la denuncia como una reforma esclavista, porque pretende degradar el piso mínimo de derechos, no mejorar la vida de quienes producen la riqueza.
Y no es casual que esto se intente imponer en un cuadro de bronca social. El gobierno busca aprovechar la crisis como oportunidad, en nombre del “orden” económico, busca reconfigurar la sociedad a favor del capital.
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Chile bajo Kast: cuando el “crecimiento” es el nombre elegante para descargar el costo sobre nuestros hombros
Ahora bien, ¿por qué debería importarnos en Chile? Porque Kast no llega con un programa que apunte a fortalecer derechos laborales o ampliar la protección social. Llega con un plan laboral que se presenta como “Más y Mejor Trabajo”, pero cuyo sentido es el mismo que Milei intenta imponer: flexibilizar, trasladar riesgos y costos.
La diferencia es de estilo. Milei aparece como shock y provocación abierta. Kast se presenta con lenguaje de “gestión”, “empleo” y “desideologización”. Pero el destino es parecido: ampliar el poder patronal dentro de la jornada y dentro del contrato. Cuando se habla de “adaptabilidad” y de “pactos”, en un mercado laboral desigual eso no suele significar libertad real. Significa que el trabajador negocia con la espalda contra la pared: o acepta, o se va; o firma, o lo reemplazan.
Kast pone sobre la mesa una pieza que condensa esa lógica: la “indemnización a todo evento” en cuenta individual, la llamada “mochila”. Vendida como certeza, funciona como un cambio estructural: convierte el despido en algo más administrable para la empresa, baja el costo político y económico de echar, y empuja a la rotación. En un país donde la precarización ya opera como disciplina cotidiana, a la que su programa quiere imponer como reglas los contratos por jornadas, por horas, más precario aún que los contratos por servicios transitorios, esa herramienta no “protege” al trabajador, sino que normaliza que los empresarios puedan cortarnos el piso con menos fricción.
A eso se suma la voluntad de “desideologizar” instituciones como la Dirección del Trabajo. En un país donde la fiscalización ya es insuficiente, esa frase suele ser un guiño claro a los empresarios: menos dientes para supervisar, menos interpretación protectora, más margen para que la empresa haga lo que quiera, y después lo llame “acuerdo”.
El hilo que une ambos procesos: la derecha regional se prepara para gobernar contra los de abajo
Hay un punto que la clase trabajadora chilena no puede ignorar: las derechas gobiernan en bloque, por contagio y por ensayo. Lo que prueba Milei hoy puede ser parte del repertorio de Kast mañana. En la medida en que en Argentina se naturalice que se puede trabajar 12 horas, despedir más barato y limitar huelgas, en Chile se buscará instalar que nuestros derechos son “privilegios” que impiden crecer, y esta ha sido la tónica de todos los economistas del capital durante los dos últimos años, que el costo laboral y lo “caro” que somos las y los trabajadores en Chile va en contra del crecimiento económico, la producción y la inversión para sacar adelante al país.
Ese es el mecanismo: primero te instalan el diagnóstico (“Chile no crece por los costos laborales”), luego te venden la solución (“flexibilidad para generar empleo”), y finalmente nos buscan pasar la cuenta en el cuerpo: más horas, menos descanso, más accidentes, más temor al despido, menos capacidad de pelear.
Por eso no da lo mismo lo que pase en Argentina. No es una comparación académica, es un combate por el clima político regional. Si Milei consigue imponer su reforma, la derecha chilena va a ganar un argumento y una referencia más en la región. Si esa ofensiva se frena, la clase trabajadora chilena gana una lección y un punto de apoyo para no tragarse el cuento de que “no hay alternativa”.
Un llamado directo: que no nos metan la reforma por la puerta de atrás
En Chile, el gobierno de Kast no va a empezar el día uno diciendo “vamos a hacer la jornada de 12 horas”. Va a empezar con discursos de empleo, crecimiento, orden, responsabilizando a las y los migrantes de la crisis, utilizando la demagogia contra los altos funcionarios públicos para equipararlos con los funcionarios públicos de la salud y la educación, y la eficiencia. Va a intentar correr el eje: que el problema sea el trabajador, el derecho, la fiscalización; que la solución sea “pactar”, “adaptarse”, y “modernizar”.
La pregunta es si lo vamos a aceptar como normal. La reforma de Milei muestra el rumbo: cuando gobierna la derecha, su prioridad no es mejorar la vida de quienes trabajamos, sino restaurar el mando patronal. El plan de Kast apunta en la misma dirección, con otros modales claramente. Y por eso lo que suceda en Argentina no es noticia extranjera, es un aviso anticipado para la clase trabajadora chilena.
Porque, al final, el problema es el mismo acá y allá: quién paga la crisis y quién manda en el trabajo.

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