Compartimos una columna elaborada por Ghis Reyes Gazzo, Técnica en Rehabilitación de Sustancias ya Activista social, además de integrante de "la Mancomunal" de Tarapacá.
A partir de las últimas noticias que hemos enfrentado como sociedad —desapariciones de jóvenes, muertes violentas vinculadas al narcotráfico, aumento del consumo problemático de sustancias y conductas suicidas cada vez más visibles— resulta necesario detenerse más allá de la reacción inmediata. No basta la conmoción ni la búsqueda rápida de culpables individuales. Lo que estamos observando también responde a condiciones sociales, culturales y políticas que vale la pena examinar con honestidad.
Las cifras ayudan a dimensionar el problema. En Chile, la tasa de suicidio alcanza aproximadamente 10 a 11 personas por cada 100.000 habitantes, y en los últimos años se han registrado cerca de dos mil muertes anuales por esta causa, incluyendo decenas de adolescentes. Estas cifras muestran que no estamos frente a episodios aislados, sino ante un fenómeno social persistente que afecta especialmente a jóvenes y hombres.
El consumo de sustancias también forma parte de este escenario. Estudios nacionales en población escolar muestran que una proporción significativa de estudiantes declara haber consumido alcohol en el último mes y marihuana en el último año, mientras aumenta la percepción de facilidad para acceder a estas sustancias. Estos datos no explican por sí solos la crisis, pero permiten comprender su magnitud. La pregunta de fondo no es solo qué ocurre con los jóvenes, sino qué condiciones sociales están produciendo estos escenarios.
El modelo capitalista contemporáneo no solo organiza la economía; también moldea aspiraciones, identidades y formas de reconocimiento social. Hoy muchas juventudes crecen bajo un mensaje persistente: el valor personal parece medirse por la capacidad de consumo, por las marcas que se exhiben, por el acceso rápido al dinero y por la apariencia de éxito material. Sin embargo, esa promesa convive con profundas desigualdades estructurales, precariedad laboral y debilitamiento de redes comunitarias.
Karl Marx denominó a este fenómeno fetichismo de la mercancía: un proceso mediante el cual los objetos —el dinero, los bienes o ciertos estilos de vida— comienzan a percibirse como portadores de identidad, reconocimiento o felicidad, desplazando el lugar que históricamente han tenido los vínculos humanos, la comunidad y la dignidad social. Las cosas parecen ofrecer sentido, cuando en realidad el sentido se construye en relaciones humanas significativas.
Esta ilusión adquiere especial fuerza en contextos latinoamericanos marcados por desigualdad persistente. Incluso cuando algunos indicadores económicos mejoran, las desigualdades territoriales y sociales siguen siendo significativas, especialmente entre grupos jóvenes y sectores vulnerables, lo que influye directamente en oportunidades de vida, salud y bienestar.
Para algunos jóvenes, el acceso rápido a recursos económicos mediante economías ilícitas o la búsqueda de reconocimiento a través del consumo no responde únicamente a un interés material. Muchas veces expresa la necesidad de pertenencia, validación social o alivio frente a un malestar psíquico sostenido.
El filósofo Byung-Chul Han describe nuestra época como una sociedad del rendimiento, en la que se exige bienestar permanente, éxito visible y autosuficiencia constante. Cuando esas exigencias se enfrentan a la precariedad real, emergen el agotamiento emocional, la ansiedad, la sensación de insuficiencia y un profundo vacío existencial. En ese contexto, el consumo problemático de sustancias puede funcionar como una forma de anestesia frente al displacer o como una búsqueda de identidad y reconocimiento.
Desde América Latina, Paulo Freire advirtió que la opresión también actúa sobre la conciencia. Cuando una sociedad glorifica la acumulación material como principal forma de éxito y debilita los espacios comunitarios, se erosionan la solidaridad, el proyecto colectivo y la esperanza. Ignacio Martín‑Baró profundizó esta idea al señalar que una parte importante del sufrimiento psicológico en nuestros territorios está vinculada a la desigualdad estructural, la violencia histórica y el debilitamiento del tejido social.
Este análisis también invita a ampliar la comprensión del fenómeno suicida. Existen actos explícitos, pero también formas implícitas de autodestrucción: el deterioro progresivo asociado al consumo, la exposición constante a contextos violentos, el debilitamiento del autocuidado o la incorporación a circuitos donde la vida se vuelve frágil y prescindible. Muchas veces no se trata de un deseo directo de morir, sino de la dificultad creciente para sostener la vida como un proyecto valioso.
Frente a este escenario, las respuestas centradas únicamente en el castigo, la estigmatización o la medicalización resultan insuficientes. La prevención del consumo problemático, la violencia y la desesperanza juvenil requiere enfoques comunitarios, intersectoriales y territoriales, que fortalezcan redes de apoyo y condiciones de vida, no solo intervenciones individuales.
Recuperar vínculos, fortalecer proyectos colectivos y ofrecer horizontes reales a las juventudes no es solo una tarea técnica o institucional; es, ante todo, una decisión política.
Porque cuando la acumulación de riqueza se instala como principal medida del valor humano y el mercado comienza a ocupar el lugar que antes tenían la comunidad y los vínculos, las consecuencias no tardan en aparecer: vacío existencial, desesperanza, violencia y trayectorias juveniles cada vez más frágiles. Comprender esto no significa justificar conductas de riesgo. Significa asumir que, si no cuestionamos las bases estructurales del modelo, seguiremos abordando los síntomas sin transformar las causas.

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