martes, 10 de febrero de 2026


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Epstein y el mundo que lo hizo posible

Gonzalo Fiore Viani

Millones de páginas fueron liberadas, pero la verdad sigue fragmentada. Los archivos Epstein no revelan una conspiración, sino una estructura de poder. Un sistema donde la cercanía protege más que la ley.

En los últimos días, el caso Jeffrey Epstein volvió a ocupar el centro de la escena global no por una revelación puntual, sino por una avalancha documental. Millones de páginas, miles de fotos y horas de registros audiovisuales fueron liberados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos en el marco de nuevas obligaciones de transparencia. No se trata de una filtración ni de una investigación periodística aislada, sino de un acto institucional que, paradójicamente, produce más ruido que claridad. La verdad aparece, pero fragmentada, incompleta, dispersa en un océano de papeles que exige interpretación más que consumo inmediato.

En los nuevos archivos, aparecen mencionadas figuras de primer orden del poder global: el expríncipe Andrew del Reino Unido figura de manera reiterada en correos, agendas y registros de contacto; Donald Trump aparece citado miles de veces en documentos que incluyen referencias periodísticas y testimonios no corroborados; Bill Gates y Elon Musk son mencionados en intercambios sociales y correos vinculados a encuentros o invitaciones, sin evidencia judicial de participación criminal; también aparecen nombres de financistas y empresarios como Steven Tisch y Howard Lutnick, además de políticos británicos como Peter Mandelson. Otros nombres que aparecen en los correos son los de Noam Chomsky, Stephen Hawking, Woody Allen, Bono o el argentino Roberto Giordano. Todos ellos insertos en un mismo circuito de sociabilidad de élite que rodeaba a Epstein.

Cada referencia es diferente en su contexto: en algunos casos, hay correos electrónicos que sugieren intercambios sociales o interés por visitar propiedades vinculadas a Epstein; en otros, se trata de apariciones en listas, registros de vuelos o notas de prensa recopiladas por los investigadores. Eso quiere decir que no se trata de pruebas judiciales, sino de indicios, correspondencias y menciones que, en muchos casos, no implican conducta delictiva por parte de quienes aparecen mencionados.

Lo que emerge con fuerza no es solo Epstein como individuo, sino el ecosistema que lo rodeaba. Los documentos vuelven a mostrar algo que ya se intuía: Epstein no era un excéntrico marginal, sino un nodo en redes densas de poder económico, político y cultural. Empresarios, dirigentes, académicos y figuras públicas que circularon por los mismos espacios, vuelos, cenas o intercambios de correos. La incomodidad no reside únicamente en si hubo delito ―cuestión que no puede deducirse automáticamente de una mención―, sino en la naturalidad con la que el poder se mezcla, se reproduce y se protege a sí mismo.

Una de las claves del escándalo es la diferencia entre responsabilidad penal y responsabilidad política o moral. Que un nombre figure en una agenda, en un correo o en un registro de vuelos no prueba culpabilidad, pero sí revela cercanía, pertenencia a un mismo mundo social donde las reglas no son las mismas que para el resto. El caso Epstein incomoda porque muestra que, para ciertos círculos, el acceso, la indulgencia y el beneficio de la duda son estructurales, no excepcionales.

La publicación masiva también reavivó debates en torno a figuras particularmente visibles del poder contemporáneo: presidentes, magnates tecnológicos, herederos de viejas aristocracias y financistas, todos hombres, aparecen mencionados en contextos diversos, muchas veces ambiguos. El propio Departamento de Justicia ha aclarado que varias referencias no constituyen evidencia y que algunos testimonios no han sido considerados creíbles. Sin embargo, el daño simbólico ya está hecho. La repetición de nombres funciona como un recordatorio de hasta qué punto las élites globales comparten espacios, códigos y blindajes.

A esto, se suma un elemento decisivo, Epstein murió bajo custodia del Estado antes de enfrentar un juicio pleno. Esa muerte no solo clausuró la posibilidad de una verdad judicial exhaustiva, sino que dejó un vacío político y moral que hoy se llena con documentos, hipótesis y sospechas.

Cada archivo liberado parece prometer una revelación definitiva, pero lo que ofrece es, en cambio, una confirmación amarga, la de que el sistema llegó tarde, falló antes y ahora expone sin resolver. La paradoja de la transparencia es evidente. Nunca hubo tanta información disponible sobre un caso de este tipo y nunca fue tan difícil convertir esa información en justicia efectiva. Las redacciones, las reservas legales y la protección ―necesaria― de las víctimas conviven con la sensación de que lo esencial sigue oculto. No por una conspiración omnipotente, sino por algo más banal y más inquietante, los procedimientos, privilegios, acuerdos y silencios administrados.

El caso Epstein, en esta nueva etapa, dice menos sobre una red secreta omnisciente y más sobre la anatomía ordinaria del poder en las democracias contemporáneas. Muestra cómo la desigualdad no es solo económica, sino también judicial; cómo algunos caen rápido y otros nunca caen; cómo la cercanía al centro protege incluso cuando no absuelve. Lo que sale a la luz no es solo lo peor de la condición humana, sino lo peor de las instituciones cuando se enfrentan a quienes están diseñadas para servir.

Los archivos no cierran nada. Funcionan como un espejo incómodo de época: una sociedad que exige transparencia, pero que aún no logra traducirla en responsabilidad, que ve, sabe y sospecha, pero que sigue chocando contra los límites estructurales del poder. Epstein ya no está, pero el mundo que lo hizo posible sigue demasiado intacto.

Es tan desmesurado que cuesta asimilarlo porque rompe con la intuición básica de que el poder, aun cuando es corrupto, opera dentro de ciertos límites reconocibles. La lista de nombres que vuelve a emerger con cada nueva tanda de archivos, no resulta perturbador solo por los delitos, sino por la normalidad con la que esos delitos convivieron con el centro mismo del orden social, no como conspiradores de novela, sino como parte de una sociabilidad rutinaria del poder global.

Los documentos lo que prueban ―y eso ya es grave― es que Epstein no era un outsider, sino un facilitador. Un hombre que ofrecía acceso a dinero, a contactos, a espacios exclusivos, y que, a cambio, obtenía protección, indulgencia y silencio. En ese intercambio, la cercanía se vuelve una forma de inmunidad. Los nombres no pertenecen a un grupo homogéneo ideológicamente, pero sí socialmente. Todos se mueven en un mundo donde las consecuencias suelen negociarse. Ese es el verdadero hilo conductor.

Lo descabellado no es que existan abusadores ricos, sino que, durante años, el sistema haya fallado de manera tan consistente a su favor. Cada uno de esos hechos, tomado aisladamente, puede explicarse como error, negligencia o excepción. Tomados en conjunto, dibujan una estructura. Por eso, la publicación masiva de archivos no produce alivio, sino vértigo. Hay demasiada información y, al mismo tiempo, demasiadas zonas grises.

El problema de fondo no es una conspiración omnipotente que lo controla todo. Esa idea tranquiliza, porque transforma un sistema complejo en un villano único. El problema real es más incómodo. Se trata de una red de privilegios ordinarios, donde nadie necesita coordinar explícitamente para que las cosas no avancen. Basta con demorar, archivar, negociar, mirar para otro lado. La impunidad no siempre se organiza, muchas veces simplemente ocurre.

Que hoy estos archivos salgan a la luz habla menos de una victoria moral que de una crisis de legitimidad. Las sociedades ya no confían en que las élites se autorregulen ni en que la justicia sea ciega cuando mira hacia arriba. Cada nombre que aparece refuerza la sospecha previa de que hay un mundo donde el costo de caer es bajo, incluso cuando el daño es extremo.

El caso Epstein no demuestra que “todos sean culpables”. Demuestra algo más inquietante: que el poder tiende a protegerse, incluso cuando no lo decide explícitamente, y que esa protección se vuelve letal cuando se combina con dinero, desigualdad y cuerpos vulnerables. Lo irreal no es la historia, sino haber creído durante tanto tiempo que este tipo de cosas no podían pasar en el corazón mismo del sistema.

Epstein murió, los archivos se abrieron y los nombres circulan, pero el mundo que lo hizo posible sigue en pie. Y esa persistencia es la verdadera condena de nuestro tiempo, mucho más que cualquier teoría conspirativa.

Imagen de portada: A/D.

 

Fuente: La Tinta

 

 

 

 

 

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