La juventud de los barrios obreros franceses ha logrado ampliar su lucha y frustrar los intentos del Gobierno por criminalizar su revuelta. Esta nueva generación se nutre de las experiencias de una década de lucha de clases y exige el derecho a vivir de forma diferente. La autoorganización y la consolidación de una alianza con el movimiento obrero pueden transformar este impulso en una contraofensiva contra Macron y su agenda de austeridad.
Seis meses antes de las elecciones presidenciales, mientras las clases dirigentes confiaban en el calendario electoral para intentar resolver la crisis política francesa, la revuelta estudiantil puso la lucha social al primer plano. Desde las escuelas secundarias de los suburbios parisinos, una generación de jóvenes, a quienes se les había dicho que debían esperar pacientemente, continuar sus estudios y aceptar su destino, impuso sus reivindicaciones y su propio calendario de acción. El 6 de octubre marcó un punto de inflexión en este proceso con la unión de estudiantes, padres, profesores y representantes sindicales, frustrando el intento del Gobierno de aislar a los estudiantes de secundaria y tratar su movimiento como un episodio de "violencia urbana".
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Así, la represión no logró poner fin al conflicto, sino que contribuyó a su propagación y convirtió la situación educativa de los jóvenes de barrios desfavorecidos en un asunto político nacional. En este sentido, el 6 de octubre representó un primer revés para el intento del gobierno de Macron de sofocar la revuelta mediante la represión. Supone una ruptura en el enfoque bonapartista de Macron, que, a lo largo de sus dos mandatos, ha buscado compensar la erosión de su autoridad política mediante tácticas de mano dura institucionales y represión policial.
El surgimiento de un movimiento de solidaridad contra la represión a los secundarios
Las autoridades comenzaron desacreditando a los jóvenes y cuestionando la legitimidad de su movilización. Luego intentaron desviar el debate hacia los enfrentamientos, los daños a la propiedad y el mantenimiento del orden. Las demandas relativas a la ausencia de profesores, el mal estado de las escuelas, las desigualdades educativas y la selección para el ingreso a la universidad quedaron así relegadas a un segundo plano, tras una narrativa propia de un Estado policial.
Esta respuesta no es nada nuevo. Es coherente con una política consolidada durante la presidencia de Macron e implementada, por ejemplo, durante el movimiento de los Chalecos Amarillos, en la que el uso de la fuerza, las detenciones, las mutilaciones y la criminalización buscan aterrorizar a quienes se movilizan y encarecer la participación en movimientos sociales. Ante estudiantes de secundaria, muchos de ellos menores de edad, el carácter autoritario de esta política quedó patente. Una pancarta resumía la contradicción: "Demasiado jóvenes para que se les escuche, demasiado mayores para que se les lance gas lacrimógeno".
Pero la represión se topó con una respuesta que el gobierno no pudo contener. Los padres salieron a proteger a sus hijos, los profesores se organizaron junto a sus alumnos y los sindicalistas intervinieron para hacer cadenas humanas y defender a los secundarios de la represión: la defensa de los jóvenes adquirió una dimensión democrática que trascendió los centros educativos implicados. Poco a poco, se formó un vasto movimiento contra la represión y a favor del derecho de los estudiantes de secundaria a defenderse. La violencia policial, cuyo objetivo era aislarlos, se convirtió en un nuevo motor de movilización y confrontó al gobierno con una solidaridad social más amplia.
Los barrios obreros están ahora ocupando un lugar central
La fuerza del movimiento reside en su punto de partida. Jóvenes de escuelas desfavorecidas han desafiado las desigualdades que el funcionamiento diario del sistema educativo presenta como normales. La falta de recursos, los procesos de selección y la incertidumbre sobre el futuro han dejado de ser percibidos únicamente como dificultades individuales para convertirse en un problema político, vinculado a todo el contexto de su situación. Si bien existen precedentes de movilizaciones estudiantiles en torno a las condiciones materiales de estudio en barrios obreros, como en 1990 y 1998, la novedad del movimiento actual radica en su magnitud, su profunda politización y su capacidad para trascender las barreras sociales que habitualmente separan las escuelas.
La solidaridad entre los estudiantes de prestigiosos colegios publicos y también en institutos privados parisinos es particularmente significativa. "¡La misma escuela pública de [la periferia de] Saint-Denis a París!", coreaban los alumnos del prestigioso liceo parisino Henri-IV la semana pasada. En Massillon, un colegio privado, los estudiantes reconocen sus privilegios y expresan su apoyo a quienes estudian en circunstancias mucho más difíciles. La movilización ha llegado incluso al Instituto Católico de París (ICP), donde "es la primera vez en la historia reciente que se produce un evento de este tipo". Esta solidaridad también se basa en referencias culturales y preocupaciones compartidas entre adolescentes de diversos orígenes sociales. Sin borrar estas desigualdades, la movilización permite reconocerlas como un problema común y desafiar la jerarquía educativa que las perpetúa. También puede reflejar, en cierta medida, la cambiante composición social de muchos de estos colegios, donde padres de familias modestas se esfuerzan enormemente por matricular a sus hijos debido al declive del sistema de educación pública.
Estos actos de solidaridad desafían la competencia entre estudiantes y la brecha entre quienes se benefician de mejores perspectivas y quienes deben luchar para obtenerlas. La demanda de una mejor educación adquiere una dimensión igualitaria, donde mejorar la propia situación exige reconocer la de los demás. Esta solidaridad abre la posibilidad de construir una lucha común en torno a las necesidades de los sectores más desfavorecidos.
Una década de luchas para dar forma a una nueva generación
Los estudiantes de secundaria estallaron en un momento marcado por la expectativa de las próximas elecciones. Con la extrema derecha ganando terreno y las condiciones de vida deteriorándose, amplios sectores de la población se sentían condenados a observar las próximas elecciones como meros espectadores. La revuelta reavivó la posibilidad de una intervención inmediata en la situación.
Si bien el movimiento atraviesa a toda una generación, su contenido político es mucho más complejo. En las consignas, los símbolos y las prácticas de los estudiantes de secundaria, se encuentran ecos de diez años de lucha de clases en el país. Como describe Carlotta Benvegnu: "Los Chalecos Amarillos, a quienes conocieron de niños, cuando a veces se manifestaban en los patios de las escuelas coreando ‘Macron renuncia’, reaparecen en forma de banderas tricolores, bloqueos y La Marsellesa, que se ha convertido una vez más en un himno de batalla. Las protestas por Nahel, asesinado por la policía en Nanterre en 2023, se expresan a través de una estética tumultuosa y consignas contra la violencia policial. Las movilizaciones contra la reforma de las pensiones también han dejado su huella, y quienes protestaban contra el genocidio en Gaza llenaron barricadas y manifestaciones escolares con banderas palestinas (…)".
Estos jóvenes vivieron algunas de estas luchas en su infancia, mientras que otros participaron directamente. Estas experiencias les brindaron lecciones de solidaridad, confrontación con el Estado, derrota y resistencia. Esta experiencia acumulada ayuda a explicar una politización que refuta las caricaturas de una generación individualista, incapaz de organizarse o simplemente absorta en las redes sociales. En este contexto, la revuelta puede facilitar encuentros entre sectores que, durante la última década, han luchado por separado: trabajadores y jóvenes de los suburbios, el movimiento obrero organizado, jóvenes que sufren violencia policial y activistas antiimperialistas. Este potencial es una de sus mayores fortalezas.
Una aspiración ofensiva: estudiar y vivir de manera diferente
A diferencia de los movimientos juveniles tradicionales, que solían organizarse en torno a la retirada de una reforma, la revuelta actual surge de condiciones de vida y estudio intolerables y de un sentimiento de exclusión social. Su objetivo va más allá de la mera preservación del statu quo y exige una mejor educación, tiempo para vivir y un futuro prometedor. Si bien los jóvenes reclaman profesores, recursos y oportunidades reales para acceder a la universidad, también cuestionan el agotamiento y la presión del sistema escolar, la jornada escolar de 8h a 18h, la plataforma de admisión universitaria racista Parcoursup, la segregación social y las limitadas perspectivas que se les presentan.
Esta combinación otorga a la lucha un alcance que trasciende las exigencias educativas y desafía el lugar reservado a los jóvenes en esta sociedad. Este carácter combativo es una fortaleza, ya que permite conectar problemas que suelen tratarse por separado y cuestionar sus causas subyacentes. Como señala el politólogo Paolo Stuppia: "La Generación Z se encuentra inmersa en lo que se denomina una “policrisis”: se enfrenta a multitud de crisis que no se excluyen entre sí, sino que, por el contrario, se refuerzan mutuamente. La COVID-19, por ejemplo, pero también la explosión de las desigualdades, la salud mental, la situación geopolítica, la crisis medioambiental… Los jóvenes las han vivido y las siguen viviendo a diario (…). Esto impulsa a los estudiantes de secundaria, y a los jóvenes en general, a tener una visión mucho más sistémica de su lucha que sus predecesores".
Esto, sin embargo, plantea un desafío: cómo transformar las diversas demandas en objetivos comunes que permitan organizar la confrontación. La creatividad del movimiento refleja su búsqueda de respuestas a este desafío. El humor, las referencias culturales y la ironía transforman las experiencias cotidianas en una crítica al poder. Un eslogan como "Queremos el bachillerato, no el BAC" (un juego de palabra donde bac en minuscula es la abrebiatura del bachillerato y BAC en mayuscula son las siglas de la Policía antidisturbios) resume, en pocas palabras, la brecha entre las demandas de los jóvenes y la respuesta del gobierno. Los sindicatos, las organizaciones políticas y los colectivos que participan en la movilización deben partir de esta reflexión, enriquecerla y contribuir a darle una expresión colectiva. Esto requiere poner su experiencia al servicio del movimiento, pero también escuchar las ideas de la nueva generación para dialogar con ella sobre cómo fortalecer la movilización y construir un equilibrio de poder.
Una revuelta que está sacudiendo el final del mandato de Macron
La revuelta ha golpeado a un poder ejecutivo desgastado por casi diez años de ataques y crisis sucesivas. La crisis del régimen y el debilitamiento de Macron y del gobierno del primer ministro Sebastien Lecornu han reducido su capacidad para contener la movilización y aislar las diversas quejas que comienzan a converger en torno al movimiento estudiantil de secundaria. La reunión convocada en el Palacio del Elíseo tras la jornada del 6 de octubre demuestra la importancia política que ha adquirido la movilización. El gobierno debe responder a demandas que ponen en entredicho sus prioridades presupuestarias, en un momento en que Francia se encuentra en el centro de la desconfianza de los mercados financieros y su posición se debilita a nivel europeo. En este contexto, Lecornu intenta mantener el control de la situación, combinando el apoyo a las fuerzas de seguridad, promesas de consulta y anuncios de medidas parciales, como las relativas al combustible o a los 3.000 profesores suplentes. También ha intentado recuperar la iniciativa organizando debates en cada centro educativo para forzar la reanudación de las clases.
El objetivo es ganar tiempo y llegar a las vacaciones escolares con una movilización debilitada. Pero mientras las respuestas no satisfagan las demandas, estos procedimientos no contribuirán a resolver la crisis, como lo demuestra la indignación provocada por el anuncio del ministro de Educación sobre los profesores sustitutos y las críticas, incluso entre directores de centros educativos, a la idea de organizar "sesiones democráticas" [de debate en las escuelas para tratar de evitar los bloqueos y las manifestaciones]. Para los jóvenes, el reto reside en dar un paso importante en su organización para dar una respuesta colectiva. La fragilidad del gobierno ofrece oportunidades, pero para obligarlo a ceder, es necesario construir una fuerza capaz de sostener y ampliar la confrontación.
Autoorganizarse para construir una dirección propia y abrir otro camino
La revuelta se enfrenta a una contradicción: su politización y expansión han avanzado más rápido que sus mecanismos de toma de decisiones, organización y centralización. Ciertamente, investigadores como Paolo Stuppia señalan que el movimiento se caracteriza por "una nueva forma de autoorganización, creada y amplificada por la tecnología digital", implementada por "una generación sumamente ingeniosa, nacida con estas herramientas, que sabe muy bien cómo utilizarlas para organizar sus acciones". Estas prácticas han sido una de las fortalezas del movimiento, permitiendo la rápida coordinación de acciones locales, ampliando la movilización y dificultando su control jerárquico. Sin embargo, por sí solas no resuelven la cuestión de cómo desarrollar una dirección común y controlar a los representantes y los compromisos asumidos en nombre del movimiento.
El reto actual, por lo tanto, consiste en desarrollar, a partir de estas redes y la experiencia de la lucha, órganos democráticos capaces de tomar decisiones e implementarlas. Han surgido asambleas y grupos de protocoordinación, pero su desarrollo es desigual y aún incipiente. En algunas escuelas, la continuidad depende de unos pocos organizadores; en otras, los jóvenes tienen dificultades para debatir sus objetivos colectivamente y decidir quién puede representarlos. Para resolver esta contradicción, es necesario desarrollar una democracia genuina dentro del movimiento. Las asambleas deben elegir delegados con mandato y con posibilidad de revocación, y los grupos de coordinación deben basarse en escuelas genuinamente movilizadas y ser responsables de sus decisiones. La proclamación del carácter "nacional" de un grupo de coordinación no garantiza su representatividad. Es fundamental saber cómo fueron elegidos sus delegados, qué mandato tienen y cómo informan sobre las decisiones a sus pares. Estos mecanismos permitirían a los jóvenes, ya sean organizados en partidos, sindicatos o colectivos estudiantiles, debatir abiertamente y decidir sobre las diferentes direcciones del movimiento.
El Sindicato Estudiantil, organización estrechamente vinculada a La France Insoumise (LFI) [partido de Jean-Luc Melenchon], contribuyó a dinamizar la movilización. Sin embargo, su enfoque consiste en decidir las demandas, las negociaciones y el calendario de la lucha "desde arriba", limitando así la capacidad de la juventud movilizada para determinar su propia estrategia. Las asambleas y cualquier órgano de coordinación se ven entonces subordinados a decisiones que no pueden ni debatir ni controlar. Este enfoque es coherente con la lógica institucional de LFI, que considera las elecciones presidenciales como el resultado político de las luchas. No obstante, la revuelta podría abrir otro camino, una contraofensiva en el terreno de la lucha de clases, ya que las demandas en materia de educación han planteado interrogantes más amplios: ¿quién decide las prioridades del Estado?, ¿cómo enfrentar la represión?, ¿y qué fuerza social puede imponer el cambio?
Sin embargo, existen otros tipos de obstáculos para la autoorganización. Por ejemplo, la exaltación de la espontaneidad lleva a algunos grupos a oponerse a la creación de espacios de toma de decisiones, presentando esta estructuración como una tarea secundaria, como una política que socavaría el carácter radical del movimiento o como una fachada para que las organizaciones políticas avalen orientaciones predefinidas. Estas críticas ocultan la necesidad de permitir que todos los componentes del movimiento debatan y decidan una dirección común, y corren el riesgo de que la ira expresada en las últimas dos semanas se disipe sin proporcionar los medios para unificarla sobre la base de perspectivas claras. Sin embargo, la auténtica autoorganización puede desempeñar un papel fundamental en este sentido.
Las reflexiones de Trotsky sobre los comités de acción, órganos coordinadores de la lucha, resumen la lógica que debe prevalecer: "Los comités de acción tomarán sus decisiones por mayoría simple, con total libertad para que los partidos y las facciones se reagrupen en su seno. Los comités de acción, en relación con los partidos, pueden considerarse parlamentos revolucionarios: los partidos no están excluidos, sino todo lo contrario, ya que se consideran necesarios; pero, al mismo tiempo, están controlados en la acción, y las masas aprenden a liberarse de la influencia de los partidos corruptos". En otras palabras, dentro de marcos de autoorganización, que reúnen a activistas organizados y no organizados, las organizaciones políticas que apoyan la lucha pueden participar, defender sus propuestas y buscar la mayoría, sin dejar de estar sujetas al control de los movilizados. La democracia del movimiento requiere la libertad de confrontar diferentes orientaciones y mecanismos que permitan la toma de decisiones colectiva. Es a través de esta experiencia que los jóvenes movilizados podrán evaluar las distintas opciones disponibles, cuestionarlas y reemplazarlas.
La experiencia de la lucha contra el precarizador CPE (Contrato de Primer Empleo) de 2006 ilustra esta perspectiva. Las asambleas y la coordinación estudiantil nacional dotaron al movimiento de la capacidad para desarrollar una línea de acción, un calendario y ejercer presión sobre los sindicatos. La victoria fue posible gracias a esta movilización juvenil y su alianza con los trabajadores. ¡Debemos reconectar con esta tradición! Su importancia trasciende el conflicto actual: una coordinación juvenil democrática podría demostrar a otros sectores que es posible controlar la representación y organizar luchas de base, como ocurrió a finales de los años 80 con el movimiento contra la Ley Devaquet (reforma del sistema de educación superior), que posteriormente inspiró a enfermeras, trabajadores ferroviarios y numerosas otras luchas laborales. Sin embargo, durante la última década, las principales movilizaciones obreras se han visto obstaculizadas por la falta de organizaciones capaces de desafiar eficazmente a la dirección sindical. La experiencia juvenil podría contribuir a reabrir esta posibilidad. Por ello, junto con Révolution Permanente y Le Poing Levé, consideramos la autoorganización como una cuestión estratégica y queremos defender nuestras propuestas para el movimiento en marcos representativos y democráticos, donde se pueda desarrollar una orientación independiente para la movilización, que es la condición para futuras victorias.
Del 13 al 17 de octubre: uniendo luchas e imponiendo un plan para derrotar a Macron
Los próximos días plantearán la cuestión de cómo transformar la movilización ampliada que tuvo lugar el 6 de octubre en una fuerza capaz de pasar a la ofensiva. Para ello, la jornada de lucha de este 13 de octubre debe servir para ampliar las asambleas y preparar el terreno para el 17 de octubre, cuando jóvenes y otros sectores que expresan su rechazo al gobierno y al deterioro de las condiciones de vida podrían converger en las calles. Los llamamientos de numerosos estudiantes de secundaria y jóvenes trabajadores, y las expectativas que han generado, aún no se han traducido en acciones concretas.
Si bien el alcance del 17 de octubre aún está por definirse, las asambleas de estudiantes de secundaria y universitarios pueden desempeñar un papel importante en la preparación de este día, estableciendo puntos de encuentro, organizando delegaciones para visitar los centros de trabajo y apoyando las movilizaciones. Sin embargo, los jóvenes necesitan la participación de los trabajadores para transformar la solidaridad en una fuerza capaz de paralizar la producción, el transporte y el flujo de mercancías, aumentando así la presión sobre el gobierno. Por consiguiente, los sindicatos y los trabajadores movilizados deben organizar reuniones, acciones conjuntas y huelgas que den fuerza concreta a esta convergencia.
Esto exige cuestionar la dirección de la dirigencia sindical. El llamamiento interprofesional [de los principales sindicatos] a una acción recién para el 5 de noviembre, hace perder semanas cruciales. Tras varias semanas de silencio, la secretaria general de la CGT, Sophie Binet, reconoció que "el aumento de las protestas hacia el 17 de octubre demuestran la magnitud de la indignación y, por lo tanto, donde se den las condiciones adecuadas, la CGT estará presente". Pero a la hora de proponer iniciativas concretas para aunar la indignación de los jóvenes y la clase trabajadora, elude el tema, delegando la movilización en decisiones locales en lugar de convocar a la construcción de un movimiento interprofesional, de todos los sindicatos, para el 17 de octubre. Desde los centros educativos, los lugares de trabajo y las estructuras sindicales, debemos exigir un apoyo efectivo para las próximas acciones e imponer un plan de acción serio, debatido y controlado por quienes se movilizan.
Por otro lado, este 17 debe convertirse en un momento clave para decidir qué hacer a continuación, con nuevas acciones, la organización de huelgas que se extiendan más allá de los sectores movilizados el 6 de octubre y la coordinación entre instituciones y centros de trabajo. Para lograrlo, es necesario aunar la indignación en torno a objetivos comunes: recursos masivos para la educación y los servicios públicos, aumentos salariales, condiciones de vida dignas, rechazo a la represión y la expropiación de la petrolera Total bajo control obrero [ante los aumentos permanentes del combustible]. Si bien la lucha conta el CPE (Contrato de Primer Empleo) demostró cómo la juventud podía contribuir a la construcción de un equilibrio de poder capaz de obligar al gobierno a ceder, mayo del 68 nos permite vislumbrar un horizonte más amplio: el de un levantamiento estudiantil que allane el camino para una intervención masiva de la clase trabajadora y una huelga general que desafíe todo el orden social. Las referencias a este episodio crucial en la lucha de clases del país, y las referencias revolucionarias invocadas en torno al 17 de octubre, demuestran la existencia de tales aspiraciones. Sin embargo, el progreso en esta dirección depende de decisiones concretas que superen las divisiones entre sectores y la sucesión de jornadas de acción aisladas.
Esta experiencia podría ser una gran ventaja en la lucha contra la extrema derecha. La solidaridad entre jóvenes de diversos orígenes, la movilización conjunta frente a la represión y la organización democrática contribuyen a desarrollar las habilidades necesarias para combatirla. Si se logran victorias y se demuestra que existe una salida colectiva a la decadencia social, el movimiento puede tener un profundo impacto en el país. Una cosa es segura: los jóvenes han abierto una brecha en el sistema autoritario y han restaurado la confianza en sectores sacudidos por derrotas anteriores. Su unión con el movimiento obrero puede ahora transformar este impulso en una contraofensiva: imponiendo un plan de batalla, avanzando hacia la posibilidad de una huelga general y construyendo la fuerza capaz de derrotar a Macron y su agenda de austeridad, antijuvenil y antiobrera.
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