Entre la presión iraní y la cautela de Washington, Riad paga los costos de la escalada regional.
Lunes 14 de septiembre Edición del día

El presidente Donald Trump habla con el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman, durante la sesión de fotos con otros líderes y asistentes a la cumbre de líderes del G20 en Osaka, Japón, el 28 de junio de 2019. Kevin Lamarque/Reuters
La paradoja de la nueva escalada en Medio Oriente es que mientras Washington y Teherán buscan evitar una nueva confrontación militar directa, es Arabia Saudita la que comienza a pagar cada vez más los costos de ese precario equilibrio. Riad se está convirtiendo en el verdadero pato de la boda de una confrontación que Estados Unidos no consigue resolver a su favor y que Irán intenta llevar hacia un terreno donde pueda golpear a sus adversarios sin provocar necesariamente una nueva ofensiva norteamericana.
El problema saudita puede resumirse en un mapa. Al norte, las milicias iraquíes ligadas a Irán han demostrado su capacidad de golpear territorio saudita. Al sur, los hutíes han retomado la ofensiva en Yemen y aumentado la presión sobre la frontera del reino. Y entre ambos extremos se encuentra el corazón de la vulnerabilidad saudita: su infraestructura energética.
El reciente ataque contra el oleoducto Este-Oeste mostró hasta qué punto esta vulnerabilidad se ha vuelto estratégica. La infraestructura atraviesa la península desde los campos petroleros del este hasta Yanbu, sobre el Mar Rojo, y se volvió todavía más importante precisamente porque permite sacar petróleo saudita evitando el estrecho de Ormuz. El ataque obligó a interrumpir temporalmente el funcionamiento de la línea y Riad sostuvo que los drones habían sido lanzados desde Irak.
Ahí está la ironía de la situación: Washington pretende reducir la eficacia del bloqueo iraní de Ormuz desarrollando y protegiendo rutas alternativas. Pero para Teherán, esas mismas rutas pasan a formar parte del campo de batalla. Oleoductos, terminales y refinerías dejan de ser simplemente infraestructura económica para convertirse en piezas estratégicas de la confrontación.
Arabia Saudita queda así atrapada entre dos fuegos. Desde Irak actúan milicias chiitas que Washington y Riad consideran vinculadas a Teherán. Desde Yemen, los hutíes no solo han intensificado los ataques con drones y misiles contra el reino, sino que avanzaron sobre posiciones estratégicas alrededor de Bab al-Mandeb. En pocos días, Arabia Saudita ha debido enfrentar ataques provenientes de sus fronteras norte y sur.
Pero quizás lo más significativo sea la actitud de Trump. Washington aumenta el apoyo de inteligencia y la asistencia para seleccionar objetivos de la aviación saudita, pero hasta ahora evita volver a involucrarse directamente en una campaña aérea contra los hutíes. Trump lo dijo de una manera particularmente reveladora: los hutíes le hicieron saber que no querían combatir contra Estados Unidos y, mientras no ataquen la navegación internacional, Washington parece dispuesto a dejar que Riad gestione por sí mismo el problema yemení.
La lógica es brutalmente sencilla. Para Estados Unidos, atacar directamente a las milicias proiraníes en Irak puede desencadenar represalias contra sus propias posiciones; volver a una guerra abierta contra los hutíes significaría meterse nuevamente en el pantano yemení; y golpear directamente a Irán podría reabrir una guerra regional que Trump precisamente intenta evitar.
Teherán tiene, por lo tanto, un margen para explotar esta contradicción. Puede aumentar los costos económicos y militares de la estrategia norteamericana mediante una arquitectura regional que va desde las milicias iraquíes hasta los hutíes, manteniendo al mismo tiempo cierta ambigüedad sobre su responsabilidad directa. Washington, por su parte, puede tolerar esos golpes mientras no afecten directamente sus intereses considerados vitales. Mientras tanto, Arabia Saudita absorbe el impacto.
El sueño de autonomía de MBS choca con la guerra
Pero el problema para el Príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman (MBS), es más profundo. La crisis amenaza con poner en cuestión uno de los pilares de la estrategia saudita de los últimos años: conquistar un margen mayor de autonomía respecto de Estados Unidos sin romper la alianza histórica con Washington.
Después del fracaso de su intervención militar en Yemen, Riad había comenzado a ensayar otra política. La distensión con Irán, el acercamiento a China y la negativa a alinearse automáticamente con cada movimiento de Washington formaban parte de un mismo intento: crear un entorno regional relativamente estable que permitiera concentrar recursos en Vision 2030 y en la transformación económica del reino.
No era una ruptura con Estados Unidos. Arabia Saudita seguía dependiendo decisivamente del armamento, la inteligencia y el paraguas estratégico norteamericano. Pero MBS pretendía convertir esa dependencia en una relación más negociada: apoyarse en Washington en materia militar, profundizar simultáneamente los vínculos económicos con China y mantener una relación suficientemente estable con Teherán como para evitar que el reino volviera a convertirse en campo de batalla de las disputas regionales.
Ya desde el 7 de octubre de 2023, la respuesta israelí, el genocidio en Gaza y el retorno de la cuestión palestina al centro de la escena regional alejaron la perspectiva de una normalización con Israel impulsada por Estados Unidos, mostrando los límites políticos de los Acuerdos de Abraham para reorganizar la región dejando de lado al pueblo palestino. Pero es la nueva guerra la que está haciendo saltar por los aires ese delicado equilibrio: Riad vuelve a quedar atrapado en Yemen, mientras la escalada de Irán y sus aliados expone los límites de su autonomía y su persistente dependencia del paraguas militar estadounidense . Se revela así una contradicción que estaba parcialmente oculta durante los años de distensión. Arabia Saudita puede diversificar sus relaciones diplomáticas y económicas, acercarse a Pekín, negociar con Teherán e intentar actuar como potencia regional con intereses propios. Pero cuando la crisis adquiere una dimensión militar, reaparece brutalmente la asimetría de su relación con Estados Unidos.
Y tampoco existe una salida militar sencilla. La anterior campaña aérea saudita de siete años contra los hutíes no logro impedir su consolidación militar y territorial, ni siquiera contando entonces con un importante apoyo estadounidense. Una nueva escalada puede responder tácticamente a los golpes recibidos, pero difícilmente resuelva el problema estratégico. Cuanto más bombardee Yemen, mayor será el incentivo de los hutíes para golpear las ciudades y la infraestructura petrolera sauditas. Y cuanto más importante se vuelva el territorio saudita como vía alternativa a Ormuz, más atractivo será como objetivo para las fuerzas alineadas con Teherán.
Se configura así una extraña división del trabajo regional: Irán presiona a Estados Unidos golpeando los puntos débiles de sus aliados; Washington intenta contener a Irán evitando una nueva guerra directa; y Arabia Saudita termina pagando una parte creciente de la factura de esa contención mutua. La ofensiva hutí pone además a prueba el reciente acuerdo de defensa entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, otra expresión de la búsqueda saudita de una mayor autonomía estratégica: por ahora, ni Ankara ni Islamabad parecen dispuestos a entrar directamente en la guerra. La crisis actual del reino expone así la distancia entre sus aspiraciones de autonomía y sus capacidades reales.
El problema es que este equilibrio tiene límites. Si los ataques consiguen interrumpir de manera prolongada las exportaciones sauditas, el aumento del precio del petróleo puede terminar ejerciendo sobre Washington una presión que hoy no producen por sí mismos los ataques contra Riad. En ese punto, la guerra que Trump intenta mantener a distancia podría volver a acercarse.
Por el momento, y para desesperación de MBS, el reino saudita es el pato de la boda de la confrontación entre Estados Unidos e Irán. Pero justamente por eso puede convertirse en el eslabón a través del cual termine rompiéndose el frágil equilibrio regional.

Juan Chingo
Integrante del Comité de Redacción de Révolution Permanente (Francia) y de la Revista Estrategia Internacional. Autor de múltiples artículos y ensayos sobre problemas de economía internacional, geopolítica y luchas sociales desde la teoría marxista. Autor de los libros Gilets jaunes. Le soulèvement (Communard e.s, 2019) y La victoire était possible: Réflexions stratégiques sur la bataille des retraites de 2023 (Communard e.s, 2023).


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