lunes, 9 de marzo de 2026

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Análisis. Irán ante la amenaza de una guerra imperialista






El ejército estadounidense desplegó una armada sin precedentes desde la guerra de Irak en Oriente Medio. Mientras las negociaciones no avanzan, Trump amenaza con lanzar una nueva ofensiva imperialista contra Irán.

Martes 24 de febrero | Edición del día

El ejército estadounidense está acumulando fuerzas gigantescas en Oriente Medio. Tras una semana de movimientos incesantes, un tercio de la marina estadounidense ya está desplegada, o en proceso de despliegue, así como más de la mitad de sus fuerzas aéreas. Se trata de una armada sin precedentes desde la guerra de Irak. En total, Trump movilizó más de una veintena de buques: junto al grupo naval del portaaviones USS Lincoln, el USS Gerald Ford se dirige hacia Israel, tras su paso por el mar Caribe. Un tercer portaaviones fue puesto en estado de alerta. Se movilizaron una docena de destructores, varios submarinos y buques auxiliares, mientras que el número total de aviones de combate se sitúa probablemente entre 400 y 500. Si a estas cifras se suman las fuerzas del ejército israelí, el número total se aproxima probablemente a los 700, sin contar los refuerzos de los países miembros de la OTAN, mientras que el imperialismo francés habría enviado una fragata para ayudar a Estados Unidos.

Mientras continúan las negociaciones, este despliegue lo dice todo sobre el ultimátum impuesto a Irán: aceptar las condiciones de Trump o sufrir las consecuencias de una nueva guerra imperialista. Si bien Washington dió un plazo de 10 a 15 días al régimen iraní y se está preparando una tercera reunión, hay pocas posibilidades de que Irán acepte las condiciones de la Casa Blanca. Irán está dispuesto a hacer concesiones sobre su programa nuclear (impulsado originalmente por Estados Unidos en la época de la monarquía prooccidental del Sha) a cambio del levantamiento de las sanciones que asfixian al país desde hace medio siglo. Pero Trump solo promete una retirada militar a cambio de un acuerdo global: el fin del programa nuclear, de misiles balísticos y de la proyección regional de las milicias del llamado eje de la resistencia. En otras palabras: quiere desarmar al régimen por la vía diplomática para reforzar las posibilidades de éxito de una operación militar. Como resume Vali Nasr en las columnas del Financial Times:

La prueba decisiva para Teherán es que las negociaciones y cualquier acuerdo posterior deben garantizar que Irán no será atacado; que Estados Unidos respetará el acuerdo y levantará las sanciones, y que no exigirá a Irán que renuncie a su derecho al enriquecimiento de uranio con fines civiles. Sin embargo, ninguna de estas concesiones parece haberse propuesto en las dos últimas rondas de negociaciones. Por el contrario, Estados Unidos exige que Irán renuncie no solo a su programa nuclear, sino también a sus misiles y a sus fuerzas aliadas en la región. Aceptar estas exigencias haría más probable un cambio de régimen. En resumen, Estados Unidos busca el desarme completo de Irán sin eliminar las dramáticas condiciones a las que se enfrenta el país: una presión económica extrema y la amenaza permanente de guerra. El Gobierno iraní teme enfrentarse a un colapso rápido o a una lenta agonía, como le ocurrió a Irak bajo el régimen de Saddam tras la primera Guerra del Golfo.

Al mismo tiempo, la amenaza de una nueva guerra es cada vez más real. De hecho, la reintegración forzosa de Irán en la esfera de influencia estadounidense representaría una victoria frente a China en su cruzada, iniciada en Venezuela, para dotar al imperialismo estadounidense de una posición dominante en el mercado petróleo. También se trataría de deshacerse de un adversario estratégico central en la región. Más allá de la humillación infligida a Estados Unidos por la revolución iraní de 1979, que condujo a la formación de un régimen ciertamente contrarrevolucionario pero no alineado con los intereses de las potencias imperialistas, Irán se ha constituido como uno de los principales actores de la región. Este surgimiento se produjo sobre la base del declive hegemónico de Estados Unidos, acelerado por el fracaso militar de la guerra librada en Irak a partir de 2003 y la constitución de una red de alianzas político-militares en toda la región.

La amenaza de una nueva guerra imperialista contra Irán

Mientras que el ejército recibió la orden de "prepararse para una campaña militar de varias semanas", son posibles varios escenarios. En el marco de las negociaciones, Trump podría optar inmediatamente por una operación selectiva destinada a "acelerar" las conversaciones, como sugería el Wall Street Journal el jueves 19 de febrero. Sin embargo, el escenario más probable en este momento es el de una guerra abierta de alta intensidad.

Dada la magnitud de los medios militares desplegados, la agresión imperialista podría ser devastadora: los aviones F22 aplastarían lo que queda de la fuerza aérea iraní, mientras que los F35 y los F15 llevarían a cabo operaciones en tándem: los primeros, especializados en la supresión de defensas aéreas, allanarían el camino a los segundos, dedicados a los bombardeos de alta intensidad. No se descarta el despliegue de bombarderos pesados, del tipo B-57 o B2. En total, el conjunto de plataformas navales representa una potencia de fuego de 600 misiles Tomahawk (aunque se trata probablemente de un arsenal envejecido, ya que los Tomahawk utilizados en Nigeria presentan un margen de error del 25 %).

Son posibles varios escenarios de intervención, que van desde una campaña de ataques selectivos contra infraestructuras nucleares o balísticas hasta el objetivo de derrocar al régimen, decapitando al Gobierno o al Estado Mayor de los Guardianes de la Revolución para allanar el camino al restablecimiento de la sanguinaria monarquía del Sha o a cualquier forma intermedia de régimen reaccionario alineado con los imperialistas. En la conferencia de Múnich, el heredero del Sha, Reza Pahlavi, volvió a expresar su visión ultrarreaccionaria para Irán: una sumisión total del país a las órdenes del imperialismo, desde el saqueo del petróleo hasta el regreso con toda la fuerza del capital imperialista, y una alineación con Israel, en forma de una versión ampliada de los acuerdos de Abraham.

Ante la ofensiva en curso, es fundamental oponerse incondicionalmente al despliegue militar de Estados Unidos y los imperialistas en la región. Una agresión a Irán constituiría, como en la guerra de los Doce Días de junio de 2025, una ofensiva contra todas las clases populares, tanto en Irán como en toda la región. Sin el menor apoyo al régimen iraní, es urgente construir una movilización masiva contra la intervención militar de Estados Unidos y la escalada en curso, que busca ante todo disciplinar a Irán e imponer un régimen igualmente reaccionario en el país, alineado esta vez con los intereses imperialistas.

Trump en la "trampa de la escalada"

Sin embargo, la perspectiva de una nueva guerra exterior de alta intensidad, liderada por Estados Unidos, podría generar contradicciones muy graves. De hecho, Estados Unidos se cayó en la "trampa de laescalada": tras el fracaso del intento de canalizar las revueltas de enero, infiltradas por diferentes agencias de inteligencia, que fueron acompañadas de una intensa campaña a favor de una restauración monárquica, Trump puede contar mucho menos con el debilitamiento interno del régimen. Y ahora que concentró los colosales recursos del mayor ejército del mundo en torno a Irán, cualquier retroceso sería una humillación. Ante una amenaza que percibe como existencial, el régimen iraní responderá sin duda al más mínimo ataque, lo que situará de inmediato a Estados Unidos en la perspectiva de una guerra importante.

Desde un punto de vista estrictamente militar, los recursos estadounidenses son por ahora esencialmente ofensivos: más allá de las baterías Thaad o Patriot, que permitirían proteger a Israel de los misiles de medio alcance, la mayor parte de las bases estadounidenses se encuentran dentro del rango de misiles de corto alcance, lo que facilita el fuego de saturación. Lo mismo ocurre con la mayoría de los aliados del imperialismo en la región, desde los Emiratos Árabes Unidos hasta las demás monarquías del Golfo. Por otra parte, si el régimen iraní considera que los ataques estadounidenses son el preludio de un intento de derrocar a la República Islámica, su respuesta será necesariamente más contundente que las respuestas limitadas que dió hasta ahora a las agresiones israelíes y estadounidenses. No hay que descartar la activación de Hezbolá, aunque muy debilitado, o de los hutíes de Yemen. Estados Unidos ya inició la evacuación de su embajada en Beirut, mientras que Israel llevó a cabo una serie de asesinatos selectivos contra los comandantes de la rama de Hezbolá especializada en el manejo de misiles balísticos.

Además, Irán aprovechó la experiencia de la Guerra de los Doce Días para modernizar su equipamiento: la analista Patricia Marins plantea la hipótesis de que el régimen habría logrado miniaturizar los sistemas de radar para evitar concentrar sus lanzadores balísticos alrededor de una posición central, lo que le permitiría dispersar su poder de fuego. Al mismo tiempo, parece que la producción balística se ocncentró en vectores de menor calidad, destinados a saturar las defensas estadounidenses e israelíes, para permitir la penetración de los misiles más avanzados. Durante la Guerra de los Doce Días, los cohetes iraníes amenazaban con agotar los costosos interceptores israelíes. Con la entrada en escena de Hezbolá y el refuerzo de sus capacidades, el régimen podría llegar rápidamente a desbordar el sistema antimisiles, en un momento en que Tel Aviv no logró reponer totalmente sus existencias, a pesar del apoyo del imperialismo alemán, que le suministra estas municiones.

Una guerra balística a gran escala también podría poner en dificultades a la administración Trump en el ámbito interno, como señala Marins: "Imaginemos que Estados Unidos pierde un submarino de clase Virginia frente a un minisubmarino iraní que cuesta menos del 1 % del precio del submarino nuclear estadounidense. Sería una catástrofe militar y política". Las pérdidas humanas suponen otro riesgo para Trump, que prometió a su base social poner fin a las guerras exteriores de Estados Unidos, unos meses antes de las elecciones de mitad de mandato, justo cuando el Tribunal Supremo acaba de declarar ilegales gran parte de las barreras arancelarias impuestas por la Casa Blanca y cuando Trump sufrió una dura derrota frente a la clase trabajadora de Minneapolis. Un ataque contra Irán también podría influir en una parte importante de la base social de Trump, en particular en la fracción obrera, que se vería afectada por las consecuencias económicas de una nueva guerra en Oriente Medio, y podría incluso llevar a romper con la corriente imperialista y reaccionaria que es el trumpismo. De hecho, el cierre del estrecho de Ormuz cortaría los flujos de petróleo de la región, lo que provocaría una crisis inflacionaria, probablemente seguida de una crisis recesiva global.

Una guerra podría alterar el orden regional. De ahí la preocupación, e incluso la oposición, de los regímenes reaccionarios árabes, cómplices del genocidio en Gaza y principales aliados de Trump en la región. De hecho, Oriente Medio está atravesando un periodo de reconfiguración de las relaciones de poder: mientras que Estados Unidos aspira (a largo plazo) a retirarse y confiar el orden regional a potencias con intereses contradictorios como Turquía, Israel o Arabia Saudí, las rivalidades entre potencias se exacerban en una competencia por la hegemonía regional. La desestabilización de Irán supondría así un avance muy peligroso de Israel en la región, que amenazaría los intereses tanto de Riad como de Ankara, mientras que Israel y Turquía ya están enfrentados en Siria y Somalia y Tel Aviv interviene cada vez más en la cuestión de Chipre.

Como muestra de estas contradicciones, Egipto se pronunció el viernes 20 de febrero a favor del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Irán, suspendidas desde 1979. Los Estados vecinos también tienen motivos para temer una desintegración de Irán: en el flanco occidental, Turquía teme la formación de una nueva provincia autónoma kurda, como ocurrió tras la invasión de Irak en 2003 o durante la guerra civil siria en 2011. En el frente norte, el debilitamiento de Irán podría permitir a Turquía y Azerbaiyán reforzar su influencia en el Cáucaso Meridional, lo que supondría un riesgo para Rusia. En el flanco este, la implosión de la República Islámica constituye una importante amenaza para Pakistán, que teme que avive los movimientos independentistas baluchis, al tiempo que una oportunidad para los movimientos islamistas afganos contra los que Irán ejercía un contrapeso.

En resumen, una guerra contra Irán podría suponer un nuevo retroceso de la hegemonía estadounidense, cuyo aparato militar se encuentra en una situación de sobreextensión y podría sufrir grandes pérdidas, al igual que Israel. Sin contar el costo económico de una guerra de alta intensidad prolongada y un posible estancamiento militar. Y esa es sin duda la apuesta que hacen las clases dominantes iraníes: Trump ha ido demasiado lejos como para no pasar a la acción, con el fin de salvaguardar la imagen de la supremacía estadounidense, pero es precisamente esa supremacía la que podría verse sacudida durante un conflicto de alta intensidad, hasta el punto de que Trump podría dar marcha atrás.

La crisis del régimen iraní

Mientras aumenta la presión, la República Islámica se encuentra en una encrucijada. Jamenei se ve deslegitimado, incluso dentro de las filas de los Guardianes de la Revolución, debido al retroceso del llamado "eje de la resistencia" en la región. Un enfrentamiento con Estados Unidos podría alterar profundamente el equilibrio interno entre las dos facciones que surgieron con las dos grandes ofensivas neoliberales de las últimas décadas. La "nueva derecha", también conocida como los "reformistas", se enriqueció gracias a la privatización de los bienes "gubernamentales" bajo la presidencia de Rafsanjani y luego la de Jatamí hasta el año 2005: las empresas estatales fueron semiprivatizadas y confiadas a una casta de empresarios vinculados al Estado. La otra ala se benefició de la segunda ola de privatizaciones iniciada durante la presidencia de Ahmadineyad, más importante que la anterior. Esta vez, las empresas acabaron en manos de los Guardianes de la Revolución, a través de organizaciones "benéficas" propiedad del Líder Supremo (propiedad "colectiva", en contraposición a la propiedad gubernamental), que se convirtieron en grandes conglomerados económicos.

Mientras que la primera facción, de carácter más industrial, aspira a una flexibilización de las sanciones y al retorno de las inversiones de las multinacionales extranjeras, la facción cercana al Líder Supremo, que representa al capital comercial y financiero, teme los efectos de la levantamiento de las sanciones, que paradójicamente debilitaría sus rentas, ya que la República Islámica ha desarrollado "una red de rutas de contrabando para eludir las restricciones comerciales, lo que permite a los Guardianes sacar partido de los puertos y aeropuertos bajo su control", como señala Kayhan Valadbaygi. Si bien la nueva derecha aspira a renegociar la relación de Irán con Estados Unidos, por el momento se encuentra marginada por la facción dura del capital iraní.

Desde hace varios meses, aprovechando el debilitamiento de los Guardianes, los reformistas parecen estar acercándose al Artesh (el ejército regular). Como señala Kamran Bokhari, "el 8 de febrero, por primera vez en casi cuarenta años, el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, no pronunció el discurso principal durante el Día de la Fuerza Aérea, que conmemora el compromiso de lealtad de la Fuerza Aérea durante la revolución de 1979. En su lugar, el discurso estuvo a cargo del general de división Abdolrahim Mousavi, comandante del Artesh, que ha sido nombrado jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas, instancia que supervisa formalmente a ambas fuerzas. Ese mismo día, los dirigentes de la Fuerza Aérea del Artesh se reunieron con Hassan Jomeini, cercano a los reformistas, lo que pone de manifiesto una creciente alineación entre el ejército regular y las corrientes políticas pragmáticas. Al día siguiente, los principales comandantes del Artesh entablaron conversaciones directas con el ministro de Asuntos Exteriores y los negociadores estadounidenses, lo que puso de relieve la ampliación del papel del Artesh en la definición de la postura estratégica y diplomática de Irán."

Sin embargo, el acercamiento de la nueva derecha al ejército aún no es lo suficientemente significativo como para competir con las fuerzas del ala dura del régimen, que realizó purgas contra el Frente de Reformistas. En esta situación de equilibrio inestable, que pone de manifiesto la extrema debilidad del bonapartismo iraní, un enfrentamiento con Estados Unidos podría avivar los enfrentamientos entre estas dos facciones, lo que podría abrir la vía a un golpe de Estado interno.

No a la agresión imperialista contra Irán

Ante el peligro mortal de un nuevo ataque imperialista en la región, la movilización de los trabajadores y la juventud de Oriente Próximo y Oriente Medio es una necesidad vital. El rechazo total e incondicional de las tropas estadounidenses e imperialistas de la región es nuestra primera tarea. Estados Unidos y sus aliados llevan a cabo un programa de sumisión total de la región y de las clases populares a sus intereses, tras décadas de ofensiva contra la economía iraní, asfixiada por sanciones de las que las clases populares son las principales víctimas y por una presión militar y política permanente. En este sentido, nos posicionamos decididamente a favor de la retirada total de las tropas estadounidenses, israelíes y de sus aliados de la región. El movimiento obrero internacional debe oponerse urgentemente al despliegue militar más importante de la historia de la región desde la masacre perpetrada por Estados Unidos y sus aliados en 2003 en Irak.

Además, ante la complicidad de los regímenes árabes que participan en el consejo colonial al que Trump quiere confiar Gaza tras dos años de genocidio y que aceptan la ley del imperialismo, los trabajadores de Oriente Próximo y Oriente Medio pueden marcar la diferencia. Mientras el régimen iraní ha masacrado a su propio pueblo, el futuro de los trabajadores y la juventud de Irán depende de sus propias fuerzas, de sus bastiones en Arak, en el sector petrolero o en la refinería de South Pars, contra la agresión imperialista, y en el marco de la lucha de clases obrera de toda la región. ¡No a la agresión imperialista contra Irán! ¡No a las sanciones imperialistas! ¡Fuera las tropas estadounidenses de Oriente Próximo y Oriente Medio!


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