Veintitrés años después de la invasión de Irak, Estados Unidos vuelve a apostar por su capacidad para redibujar el mapa político de Oriente Medio, esta vez sin tropas sobre el terreno, pero con un objetivo igualmente ambicioso: imponer un cambio de régimen en Irán.
La nueva ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán marca un salto cualitativo en la crisis regional abierta tras el 7 de octubre de 2023. Ya no se trata —al menos en el discurso oficial— de frenar el programa nuclear iraní, sino de algo mucho más ambicioso y riesgoso: forzar un cambio de régimen en Teherán.
Para Netanyahu, la guerra tiene una lógica política interna evidente. Con elecciones en el horizonte, necesita reconstruir su imagen de “hombre de seguridad” tras el trauma estratégico que supuso el ataque de Hamas. Golpear al enemigo existencial por excelencia —Irán— le permite reordenar la agenda doméstica y reagrupar a una sociedad fracturada bajo la narrativa de un renacimiento nacional que habría barrido al “eje del mal”. Las encuestas posteriores a la guerra de junio de 2025 ya habían mostrado un repunte significativo de su figura. La apuesta ahora es consolidarlo.
En el caso de Estados Unidos, a diferencia del episodio anterior, Washington asume abiertamente su participación y fija como objetivo explícito la caída del régimen iraní. La ausencia de una justificación sólida —más allá de vagas alusiones a amenazas futuras— y las reservas expresadas por sectores militares estadounidenses revelan fisuras internas. Intentar derribar desde el aire a un régimen con décadas de experiencia en supervivencia, sin ocupación terrestre y con limitaciones de munición reconocidas, es una operación de resultado altamente incierto.
El cálculo americano-israelí parece claro: golpear rápido y fuerte, degradar la capacidad misilística iraní y provocar un shock interno que fracture al poder, alcanzando el mayor número posible de objetivos antes de que la guerra resulte demasiado costosa para la opinión pública estadounidense, para los aliados del Golfo y para la economía mundial en caso de una disparada del precio del petróleo. Desde el lado iraní, la rápida represalia contra bases estadounidenses en el Golfo indica que Teherán optó por internacionalizar el costo del conflicto desde el primer momento. El movimiento busca probablemente que los países del Golfo intercedan ante Trump para frenar las hostilidades, pero podría volverse un boomerang, como sugieren las declaraciones de Arabia Saudita, que ha afirmado reservarse el derecho de responder a los ataques iraníes en su territorio.
En cuanto al frente de los “proxies”, la situación es más ambigua de lo que sugiere la retórica bélica. Hezbolá, durante años presentado como el principal instrumento de disuasión iraní contra Israel, ha optado hasta ahora por una implicación medida y cuidadosamente calibrada. Sus ataques desde el sur del Líbano han sido simbólicos y controlados, suficientes para mantener la tensión, pero no para abrir una guerra total. Esa contención no es casual: una intervención plena implicaría una devastación casi asegurada para el Líbano, un país exhausto económica y políticamente, y podría erosionar incluso la base social del propio movimiento.
Veintitrés años después de la invasión de Irak, Estados Unidos vuelve a apostar por rediseñar el mapa político de Medio Oriente, esta vez sin botas sobre el terreno, pero con un objetivo igual de ambicioso. Más allá del plano estrictamente militar de esta confrontación asimétrica, la verdadera batalla se libra en la capacidad del régimen iraní de absorber el golpe sin fracturarse, en la tolerancia de la opinión pública estadounidense a un conflicto de costos crecientes y en la disposición de los aliados regionales a sostener la escalada.
La pregunta decisiva, sin embargo, es estratégica: ¿cuál es el plan de salida? ¿Se conformarán Estados Unidos e Israel con un escenario —bastante probable— en el que inflijan daños considerables a su adversario sin llegar a derrocarlo ni obligarlo a capitular? La duración y las consecuencias del conflicto dependen en gran medida de la respuesta a esa incógnita.


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