El "rapto neoconservador" de Donald Trump no consiste en haber utilizado la fuerza, sino en haberla elevado al estatus de sustituto de la estrategia: confundiendo la espectacularidad del golpe inicial con la construcción de un resultado político duradero.
La decisión de lanzar la "Operación Furia Épica" en coordinación con la ofensiva israelí —presentada como respuesta preventiva frente a Irán— no puede entenderse únicamente como un cálculo militar. Es, ante todo, un giro impulsivo y a-estratégico: el momento en que Donald Trump se deja capturar por la lógica neoconservadora que durante años dijo combatir. La facilidad de la operación en Venezuela lo puede haber alentado, a pesar de las objeciones incluso públicas del jefe del Ejército. El resultado es una guerra sin horizonte claro, con un inicio resonante y un final incierto, que tensiona la credibilidad de la disuasión estadounidense y reconfigura el equilibrio regional.
Credibilidad de la disuasión
Desde la Guerra Fría, la disuasión estadounidense se sostuvo en una premisa básica: la amenaza debía ser proporcional, creíble y estar subordinada a un objetivo político claro. La actual campaña rompe ese equilibrio.
Washington ha pasado de intentar imponer condiciones negociadas —entrega del uranio enriquecido, desmantelamiento de capacidades balísticas— a apostar por una presión máxima cuyo desenlace depende de factores que no controla: la implosión del régimen o una fractura interna en Teherán.
El problema es doble. Primero, si Irán logra sostener un ritmo elevado de represalias —mediante sus “ciudades misilísticas” subterráneas y su descentralización operativa— la superioridad militar de EE. UU. e Israel deja de ser decisiva en términos políticos. Las guerras de desgaste no se ganan por tonelaje de bombas sino por resiliencia estratégica. Segundo, si la coalición no consigue degradar sustancialmente la capacidad iraní antes de que se agoten reservas críticas (interceptores, municiones, etc.), la disuasión puede invertirse: la potencia mayor aparecería incapaz de traducir su fuerza en resultados. En ese escenario, la credibilidad puede terminar erosionada.
Detrás de la lógica extremista de Bibi
Para Benjamin Netanyahu, la guerra no es solo instrumento: es método de supervivencia política. Desde el 7 de octubre, Israel vive en una dinámica de movilización permanente donde cada escalada posterga el ajuste de cuentas interno y evita que las fracturas que sacuden a la sociedad israelí estallen.
Trump, lejos de moderar esa tendencia, parece finalmente haberla asumido. La coordinación estrecha entre Washington y Jerusalén reposiciona a Israel como socio estratégico preferente, dispuesto a compartir riesgos operativos, pero también a arrastrar a EEUU hacia su propia lógica existencial.
En esa lógica, la eliminación del liderazgo iraní es vista como un golpe decisivo. Pero el precedente histórico —de Irak a Libia— sugiere que decapitar un régimen no garantiza su sustitución por uno funcional, y menos aún alineado con Occidente.
Tres escenarios en Irán
Hoy se perfilan tres escenarios principales. El primero es un golpe interno: una fracción de los pasdaran [Cuerpos de la Guardia Revolucionaria] o del aparato estatal desplaza al núcleo duro y negocia desde una posición “renovada”. Es el escenario deseado por los neoconservadores: cambio sin invasión terrestre. Pero presupone fracturas cuya existencia real es incierta. Si ese escenario fracasa, reaparece la tentación de la retirada con “misión cumplida” de la guerra de Irak en 2003. Si el régimen resiste y el costo de la guerra escala, Washington y Jerusalén podrían declarar victoria —la eliminación de Jamenei como prueba de restauración disuasiva— y buscar una salida negociada. Pero, en tercer lugar y como escenario de pesadilla, sigue abierta la posibilidad de una guerra regional prolongada. Si la hipótesis del cambio de régimen no se materializa y la retirada resulta políticamente inviable tras semejante despliegue de fuerza, el conflicto corre el riesgo de transformarse en una guerra de desgaste prolongada. La política iraní de ampliar ataques contra bases y activos en el Golfo, busca elevar el precio global del conflicto. Las monarquías del Golfo —convertidas en hubs financieros y tecnológicos en las últimas décadas— son vulnerables. Un enfrentamiento prolongado podría amenazar la estabilidad del Golfo y aumentar los riesgos para las fuerzas y los activos israelíes y estadounidenses. También podría ejercer una presión política sostenida sobre la Casa Blanca, especialmente si la participación estadounidense se intensifica sin un objetivo estratégico claramente definido.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que la victoria táctica de haber eliminado a Jamenei puede transformase en lo contrario. El líder iraní, no era solo jefe de Estado, sino también una autoridad religiosa chiita con influencia transnacional. Su eliminación podría reinterpretarse como un martirio: un conflicto que hasta ahora podía leerse en clave de seguridad y disuasión podría adquirir un encuadre religioso y de identidad. Para millones de chiitas en Irak, Líbano o el Golfo o el sur de Asia, el hecho podría convertirse en agravio histórico. Los duros enfrentamientos en Pakistán del día de hoy pueden ser un adelanto.
La prueba de fuego del trumpismo
El “rapto neoconservador” de Donald Trump no radica en haber usado la fuerza, sino en haberla elevado a sustituto de la estrategia: confundir la espectacularidad del golpe inicial con la construcción de un resultado político duradero.
La campaña comenzó con estruendo y con la promesa de una demostración de fuerza decisiva. Pero las guerras no se juzgan por su impacto inaugural. Y, lejos de un plan de salida, lo que se percibe es una apuesta a que la presión por sí sola produzca el desenlace deseado. La búsqueda de una “Delcy Rodríguez iraní” podría terminar revelándose como una ilusión estratégica.
Si ese desenlace no llega, las alternativas se estrechan: aceptar una retirada costosa para su imagen o profundizar una escalada que, una vez desatada, puede escapar al control de sus propios impulsores, incendiando a toda la región y mas allá.


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