Como trabajadoras de la educación que impulsamos la escuelita dignidad número 2, nos hicimos presentes en el desalojo final del campamento la semana pasada. Allí pudimos observar la desesperación de las familias, la prepotencia de la policía y la indolencia de las autoridades políticas de la comuna de La Florida, municipio dirigido por el alcalde de derecha Daniel Reyes. La pronta conmemoración del día internacional de la mujer trabajadora puede dar perspectivas a una lucha por la vivienda que no termina con el desalojo.
El campamento Dignidad llevaba alrededor de seis años asentado en la ribera del canal Quebrada de Macul. No fue una toma improvisada ni un gesto aislado. Fue el resultado de una crisis que empujó a cientos de familias trabajadoras fuera del mercado formal de la vivienda. La pandemia dejó despidos masivos, empresas que cerraron, sueldos que desaparecieron de un mes a otro.
Hace dos años, el catastro municipal registraba cerca de 700 familias viviendo allí. Desde la propia organización del campamento, la cifra se estimaba mayor: más de 800 con el paso del tiempo. Tras la primera etapa de desalojo en octubre de 2025, ya habían sido expulsadas más de 200 familias, y otras quedaron fuera del campamento con el incendio que hubo en el 2024. No eran cifras. Eran casas levantadas tabla por tabla, eran patios improvisados, eran años de vida.
El primer día de la escuelita
Marzo de 2024. La primera notificación de desalojo había llegado y la palabra comenzó a circular entre las casas. En el Colegio Los Cerezos, donde cerca del 90% del estudiantado vivía en el campamento, una de nuestras compañeras, trabajadora de la educación levantó la alerta: si desalojaban, sus estudiantes perderían algo más que el techo.
El primer día de la escuelita número 2 hacía un calor insoportable. Todavía era marzo y el sol caía directo sobre la media agua de madera de unos 2x4 metros que se había habilitado como sede. El espacio era pequeño, encerrado, sin ventilación suficiente. Era imposible trabajar adentro, al menos con ese clima.
Llegamos trabajadoras y trabajadores de la educación, estudiantes de la Universidad de Chile, sacamos mesas y sillas, y nos instalamos en la calle central del campamento, esa que dividía las hileras de casas. Allí, a la vista de todos, empezó todo.
Niños y niñas desde los tres hasta los diez años se acercaron con curiosidad. Algunos dibujaban, otros corrían. Nos hidratamos, hubo jugo, galletas. La cuerda que conseguimos para jugar comenzó a girar y saltaron las infancias, pero también saltamos nosotros, los adultos. No era solo una jornada de juegos. Era el primer gesto de decir: no están solos, así nació la escuelita de la etapa 2.
Lo que comenzó como respuesta urgente frente al miedo al desalojo con el tiempo se transformó. Las jornadas dejaron de ser solo contención emocional para convertirse en espacio creativo. Comenzamos a hacer manualidades, dibujos, construcción de personajes y escenografía. Las niñeces empezaron a imaginar historias propias y a proyectar un teatro de marionetas dentro del campamento.
En una de esas jornadas, ya cercana a la primavera, el calor volvía a sentirse pesado. La pequeña media agua de madera no daba abasto: el espacio reducido y la temperatura hacían imposible trabajar ahí dentro. Como tantas otras veces, nos trasladamos hacia el parque que quedaba detrás del campamento. Un espacio amplio, con áreas verdes, más fresco, donde el pasto reemplazaba el piso de madera y el cielo abierto hacía de techo.
Allí, sentados en el suelo, comenzamos a construir los primeros bocetos del teatro de marionetas. No partimos dibujando héroes tradicionales ni personajes conocidos. La propuesta fue otra: ¿cómo se dibuja el olor a pan caliente? ¿Cómo se convierte en personaje el amor por alguien? ¿Qué forma tendría el viento? ¿Y el calor?
Las hojas comenzaron a llenarse de colores improbables, formas abstractas, cuerpos inventados. Lo invisible tomó figura. Las emociones empezaron a tener rostro.
Entre dibujo y dibujo, aparecieron recuerdos del propio campamento. Historias pequeñas: el primer día que llegaron, el nacimiento de un hermano menor, la amistad que nacia entre niños y niñas que crecían en este espacio conocido como hogar, el miedo cuando se hablaba del desalojo. Les preguntamos qué sentían entonces. Alegría, susto, rabia, esperanza, y aprendieron a nombrarlo. A reconocerlo en sí mismos y en los otros.
El teatro que imaginamos no era solo un juego escénico. Era una forma de ordenar el mundo, de comprender lo que estaban viviendo, de transformar la incertidumbre en creación colectiva.
La escuelita también fue espacio de encuentro entre mujeres pobladoras. En una jornada proyectamos el documental de Esperanza Andina, abriendo una conversación sobre la historia de los campamentos, sus luchas y sus conquistas. No era una actividad aislada: era reconocerse en una tradición de organización popular.
La escuelita no solo acompañó a las niñeces. Tejió comunidad. Hizo memoria. Levantó organización en medio de la amenaza constante.
Pero donde una tarde el viento tuvo rostro y el amor se convirtió en personaje, meses después solo quedaría polvo levantado por máquinas.
El día del desalojo
Llegó sin ceremonias, eran las 6 am cuando decenas de efectivos policiales empezaron a hacerse presentes en jeeps, camionetas, zorrillos y guanacos, además de otras decenas de seguridad ciudadana. Los pobladores y pobladoras comentaban que se apreciaban más de 500 funcionarios. Luego, llegaron las máquinas, alrededor de 3 o 4 retroexcavadoras de brazo y oruga, de enorme tamaño, que comenzaron a avanzar desde Sánchez Fontecilla, desde las etapas más iniciales del campamento, subiendo hacia la cordillera, y 3 o 4 más que bajaban desde la etapa 6, la última de arriba hacia abajo. Además de varios camiones y retroexcavadoras pequeñas.
Las dirigentas del campamento salieron rápidamente al encuentro de las fuerzas especiales y Carabineros. A las 8 am había llegado la prensa y diversos grupos estudiantiles, animalistas y de las escuelitas del campamento a prestar ayuda y solidaridad. Las dirigentas estaban pidiendo que les dieran un tiempo de al menos unas 2 horas para que las familias que no habían logrado sacar sus cosas, lo hicieran. Según informan los medios que transmitían en ese momento las autoridades municipales y Carabineros acceden a facilitar ese tiempo, pero el acuerdo tampoco se respetó del todo, ya que las máquinas continuaron la demolición más pronto de lo acordado. A las 9 am ya estaban destruyendo todo a su paso. Eran grandes monstruos metálicos echando al piso todo lo construido en estos 6 años. Un primer pasillo paralelo a Departamental, donde comenzaba el campamento, era testigo a su derecha, de las decenas de casitas que se convertían en escombros, nada más que madera, latas y cholwanes. Y a su izquierda, de familias, mujeres, niños que se atestaban allí con las pocas cosas que tenían para rescatar: algunos sillones, colchones, sillas, una que otra cocina.
Las miradas de las familias pobladoras eran de susto. De tristeza espesa. Había lágrimas. Relatos entrecortados por la sensación de abandono —el abandono de las instituciones— y la desesperación de sacar lo poco que tenían sin saber dónde llevarlo.
Lo poco y nada cabía en los brazos: un par de prendas para pasar la noche, quizás una cocina en buen estado, alguna puerta.
Una puerta.
Recuerdo a un poblador cargando la suya. La llevaba como quien rescata algo más que madera. Tal vez pensaba instalarla en el lugar que aún no existía. Tal vez pensaba: esta fue la entrada a mi hogar.
Había gente en pijama. Niños y niñas mirando en silencio. Un silencio extraño, como si incluso ellos entendieran que algo irreparable estaba ocurriendo.
En lo que era la cancha de la etapa 1, decenas de pobladores y pobladoras se movían de un lado a otro: tableros de madera y marcos de ventanas al hombro, bolsas de basura recién armadas con la poca ropa que podía cargarse.. Había pocos niños y niñas menores de 10 años en el lugar, mientras los de 11, 13 años ya iban de un lado para otro, a la par de sus familias, recogiendo material que podrían reutilizar. Padres indicando rápido: “lleva eso”, “deja eso”, “apúrate”. Todo hacia un lugar que no era lugar, un rincón provisorio mientras decidían qué hacer con sus vidas en cuestión de horas.
Solo una pequeña niña se encontraba en el lugar, de unos 3 años, su mamá le lavaba la cara aceleradamente con una botella de agua mientras la niña sonreía mirando un celular en el que veía videos que parecían captar su atención muchísimo más que el ruidoso ambiente de alrededor. Su madre lloraba en silencio, mirando el movimiento de las retroexcavadoras, y repetía entre lágrimas:
—Ni siquiera sé qué voy a hacer con mis cosas.
Les ofrecían un albergue por 72 horas.
Setenta y dos horas para trasladar 6 años de vida familiar.
Pero ¿y lo demás? ¿Dónde dejar lo que no cabe en un bolso? ¿Qué pasaba con lo que quedaba atrás cuando las máquinas siguieran avanzando?
El ruido era ensordecedor. Planchas de zinc doblándose. Latas golpeando el suelo. Vidrios quebrándose.
Había personas abrazadas a sus mascotas. Organizaciones animalistas intentando rescatar gatos, perros, llevándolos a casas temporales mientras las familias intentaban entender si podrían recuperarlos después.
La desolación era profunda.
En segundos, los monstruos de fierro reducían años de historia a tablas sueltas, cables cortados, ventanas astilladas.
Nacimientos. Cumpleaños. Recuerdos.
Todo convertido en escombros.
Porque para el Estado nunca fue un hogar, sino una ocupación ilegal que había que erradicar.
Avanzaba la retroexcavadora y nos detuvimos a grabar un video de denuncia, mientras conversabamos “hay que solidarizar, plantear que están gastando muchísimos recursos en el desalojo mientras los subsidios no están siendo para todas las familias, y que para más, el albergue que les ofrecieron será solo por 72 hrs ¿¡Quién encuentra un arriendo en 72hrs!?”... Cuando espontáneamente una pobladora se nos acercó:
“Todas nuestras cosas quedarán aquí, no tenemos dónde irnos, las últimas familias que estamos aquí somos las que estamos peor, porque realmente no tenemos dónde ir por eso estamos aquí hasta hoy, nadie nos arrienda, en mi trabajo me dieron permiso lunes y martes y hoy tuve que faltar, no sé qué me va a decir mi jefa, si me quedo sin trabajo… no es llegar y arrendar, llevamos semanas buscando, pero no se permiten mascotas, no se permite más de 3 personas, tengo 3 hijos, mi marido tiene 2 hijos más, nos dicen que no se recibe más de 2 niños ¡Qué quieren que hagamos!”.
En un torrente de preocupación y desesperación ella nos transmitió solo una pequeña parte de la terrible situación que están viviendo ella y decenas de mujeres más. Palabras agitadas, nuestros rostros con tierra, sol y transpiración, mientras se disculpaba por ponerse a llorar. Y de fondo, decenas de policías municipales y de Carabineros, alejando agresivamente a los perritos que temerosos se acercaban, y señalando secamente “no pueden estar aquí, muevan sus cosas allá.. acá.. más allá”.
Parece mentira la similitud de las situaciones que cuentan tantas mujeres que hoy quedaron sin casa y en la calle con sus hijos. Ninguna fue feliz de vivir en un campamento, todas fueron obligadas por la necesidad. Una importante razón común: la pandemia. “A mi me echaron, la empresa se tiró a quiebra, yo ganaba 800 mil pesos mensuales y llevaba 4 años, pero ellos me pagaron 1 millon 200 y me echaron a la calle. Con el paso de los años me informé y supe que nisiquiera me pagaron lo que debían, pero qué iba a saber yo”.
Grabamos unos videos, cortados, llenas de rabia, de impotencia. Luego veríamos como editarlo para poder denunciar en las redes sociales, pero por ahora seguimos subiendo. Etapa 2, 3, 4, 5 y 6 quedaban hacia arriba, la etapa 6 a esta hora, casi medio día, ya había sido destruida por completo y las retroexcavadoras seguían bajando a paso rápido.
Allí estaba una de las dirigentas, sentada en un mueble, con un quitasol que daba sombra a ella, a su marido, su perro que lo tenían junto a ellos con su correa y a una vecina. Alrededor, un colchón y un basurero lleno de ropa y objetos. Una sonrisa desolada salió de su rostro cuando nos vio llegar: “hola tía”, pudo pronunciar apenas. Su esposo al lado, con gafas de sol también nos miraba. Estaba ahí presente gracias a que esta semana no se hizo sus quimioterapias semanales que le reducen el dolor de un cáncer terminal que le encontraron hace meses, al estómago, con 7 tumores que ya hicieron metástasis en todo su organismo. Pero si iba a su cita de quimioterapia iba a quedar demasiado débil y no iba a poder ayudar a desalojar su hogar, así que apenas supieron del desalojo llamaron al hospital para cambiar su hora.
Enojada, nos contaba que el día anterior a las 17.43 de la tarde le llegó un correo donde le decían que le habían dado el subsidio de arriendo. Nada más que una trampa, ya que en esos momentos estaban los medios de comunicación, con JC en el CHV asegurando que “todas las dirigentas tienen su subsidio, es falso cuando denuncian que los subsidios de arriendo no han llegado”. Una vez más, la televisión repitió sin cuestionar la versión oficial: los subsidios de arriendo llegaron solamente a las dirigentas el día anterior, pero decenas de las familias que estaban siendo desalojadas hoy, no contaban aún con el beneficio. Y no fue sin querer, son las medidas que el municipio pensó y aplicó para dividir, para generar desconfianza y para desprestigiar.
Cuando las máquinas terminaron su recorrido, no hubo gritos ni consignas.
Quedó un silencio espeso.
El polvo seguía suspendido en el aire, cubriendo lo que antes habían sido pasillos, techos, patios. Ya no había calles con nombres improvisados ni puertas abiertas. Solo tierra removida.
Recuerdo a otra de las dirigentas sentada sobre sus colchones, sus cosas apiladas a un costado, esperando conseguir un camión. No sabía aún hacia dónde mover su vida. Más tarde iría a ver un arriendo, sin saber si esa noche dormiría bajo techo o en la calle.
Algunas familias se fueron en silencio. Otras se quedaron un momento más, mirando el terreno vacío.
No había nada que rescatar del suelo.
Solo polvo.
En el aire no había rabia organizada. Había cansancio y tristeza.
Había esa pregunta que se repetía en voz baja: ¿luchamos tanto para terminar así?
La lucha por la vivienda no termina acá
Los pobladores y pobladoras que fueron desalojados de la toma Dignidad y de todas las tomas que el gobierno de Boric desalojó a nivel nacional. Las familias que esa mañana cargaban colchones y puertas no eran delincuentes ni flojas. Eran trabajadoras, víctimas de la pobreza, de la falta de oportunidades, del círculo de marginalidad al que les arrojan el Estado, los empresarios inmobiliarios, el gobierno y la derecha, en una cruel orquesta televisada.
El terreno quedó vacío, sólo montones de tierra.
La versión oficial hablará de “recuperación” y de “orden”. Pero quienes esa mañana cargaban puertas, colchones y recuerdos no eran delincuentes ni oportunistas. Eran trabajadoras y trabajadores que, ante el fracaso reiterado de las políticas habitacionales, hicieron lo único que les quedaba: organizarse para sobrevivir.
La resignación que quedó flotando en el aire no es cobardía. Es cansancio. Es duelo. Es el golpe de ver reducido a escombros el esfuerzo de años.
Pero aceptar que no hay alternativa sería asumir que el derecho a la vivienda es un privilegio. Y no lo es.
El desalojo dejó claro de qué lado actúa el Estado cuando se trata de proteger la propiedad por sobre la vida.
Lo que todavía está por definirse es si esa escena se convertirá en derrota definitiva o en memoria organizada.
Porque no fue una toma por capricho.
Fue una comunidad levantada por necesidad.
Y la necesidad de un hogar no se erradica con retroexcavadoras.
Es comprensible que después de un desalojo, aparezca la resignación. Es producto también del cansancio de años de trámites, promesas y espera. La angustia de no saber si habrá un techo donde pasar la noche. Pero esto no puede transformarse en aceptación.
Si este 8M vuelven a llenarse las calles de mujeres trabajadoras, la pelea por la vivienda no puede quedar fuera. No es una demanda ajena: es una de las más urgentes. En los campamentos, en las ollas comunes y en los barrios, son principalmente mujeres quienes sostienen la organización cotidiana que permite resistir. Son ellas quienes cargan con el peso de los cuidados cuando una casa se pierde, cuando un desalojo desarma la vida entera de una familia.
Por eso la lucha por la vivienda no puede pensarse separada de otras peleas que hoy siguen abiertas: la educación pública, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, la salud digna, el trabajo estable. Todas hablan, en el fondo, de lo mismo: de la posibilidad de vivir con dignidad. Lo que ocurrió en el Campamento Dignidad no es una historia aislada. Es parte de una realidad más amplia que atraviesa a miles de familias trabajadoras en todo el país.



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