La visita de la máxima figura del fútbol mundial a la Casa Blanca genera debates y polémica por el contexto geopolítico de guerra contra Irán y amenazas a Cuba ¿Porqué Messi se presta a ese escenario?
Las imágenes de Lionel Messi ingresando junto a Donald Trump al Salón Este de la Casa Blanca (la sede del Gobierno de Estados Unidos) tuvieron impacto mundial y desde la tarde de este jueves 5 de marzo son objeto de hipótesis, debates y discusiones. El encuentro se produce en un momento en el cual el presidente de EEUU está en el centro de la escena por una sucesión de delitos, violaciones al derecho internacional y a las libertades democráticas de su propio pueblo y de varios países del mundo: por enumerar solamente algunos episodios habría que contar las persecuciones y asesinatos de su policía antiinmigratoria ICE, el bombardeo a Venezuela y el secuestro de Maduro, la aparición omnipresente del ultraderechista Trump en archivos en los que queda fuertemente comprometido con la red de pedofilia de su amigo el magnate Jeffrey Epstein, el incremento del hostigamiento a Cuba, su apoyo incondicional al Estado de Israel comandado por Netanyahu que continúa desarrollando el mayor genocidio de lo que va de este siglo contra el pueblo palestino y, más reciente, los ataques militares contra Irán inaugurados con el bombardeo a una escuela en la que fueron asesinadas 165 niñas. En cada uno de estos acontecimientos, las infancias son las principales víctimas. La aparición de Messi, una figura mundial del deporte (y del deporte como una dimensión de la cultura), junto al responsable de semejantes crímenes es leído como un respaldo tácito a la personalidad más cuestionada del mundo. ¿Qué pasó por la cabeza de Messi? ¿Su presencia expresa apoyo a las acciones de Trump y su Gobierno? Como suelen decir en Sociología, “es más complejo” y en este caso amerita esbozar algunas conjeturas.
Aunque en Estados Unidos es parte de la tradición protocolar que el primer mandatario reciba a equipos campeones de los deportes más importantes que se desarrollan allí, la pompa para recibir al Inter de Miami campeón con Messi, De Paul y Mascherano como DT, tuvo claras intencionalidades políticas: el propietario del club empresa es Jorge Mas Santos, hijo del histórico dirigente anticastrista Jorge Mas Canosa, y tal vez la principal cuestión del discurso de Trump ante el plantel rosado fue el anuncio de una inminente incursión en Cuba. “Nos estamos ocupando, es una cuestión de tiempo”, bravuconeó Trump. En noviembre son las elecciones de medio término en Estados Unidos y el estado de Florida con su influyente élite anticastrista es una base política muy importante para el magnate republicano. También necesitaba un estrado para ufanarse de la guerra contra Irán y los países de Medio Oriente. Políticas guerreristas flojas de fundamentos precisan de un “lado amable” y qué mejor que el escenario del deporte más popular del mundo para intentarlo. El famoso “sports washing”, el lavado de cara del deporte.
Pero también hay razones económicas por las que confluyen el Gobierno yanqui con la casta del fútbol, la élite de este deporte representada y dirigida por la FIFA. Lionel Messi es parte central de esta élite desde el lugar más importante: es protagonista, es desde hace 20 años el futbolista más destacado del mundo. Algo que se ganó en la cancha, jugando, claro. Para la FIFA es necesario velar por el mayor evento deportivo, aquel con el que más factura: es necesario blindar al Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026, alejar lo más posible los fantasmas de boicots (ya se baraja una posible deserción de la selección iraní) y otros cuestionamientos que pudieran surgir. Infantino cierra filas con Trump, incluso cediéndole protagonismo.
Lionel Messi aunque es formalmente es un empleado del Inter de Miami y su gerente es Mas Santos, en la realidad tiene más peso que el propio club, es “una empresa” en sí mismo. Cuenta con el poder que le hubiera permitido negarse a participar de la foto con Trump (porque no es que solamente fue parte del plantel, ingresó al salón escoltando al presidente yanqui). Ni siquiera la FIFA podría imponerle algún tipo de presión. Pero eligió estar. Hasta eligió aplaudir el discurso ¿Por qué? Lo que está en la cabeza de Messi solamente lo conoce el propio Lionel Andrés, a lo que hay que sumarle que no se trata de una persona muy locuaz y expresiva. Sería demasiado endilgarle algún grado de acuerdo con las políticas guerreristas de Trump, es muy probable que no las apoye. Pero tampoco se lo puede subestimar: no es alguien tonto, es un adulto muy consciente de su poder. Y tal vez crea que ese poder -con un retiro de la actividad deportiva cada vez más cercano- no está solamente en sus piernas sino en el peso que logró en el universo de la industria del espectáculo deportivo. Y si debe ir en auxilio de esa industria, pues allí estará. Quizás lo mueve una especie de “interés de casta”, de una “casta” de la que es pieza clave. No es lo mismo el negocio del Mundial ni el fútbol en general sin Messi en el centro de la escena.
Otra cuestión son las consecuencias de esta acción, no solamente en Argentina donde generó muchísimo “ruido” y cuestionamiento abierto ¿Cómo repercutirá la foto Messi-Trump en el mundo árabe y Medio Oriente? ¿Se puede reconfigurar la relación entre el astro argentino y una población que comenzó a prestarle atención y simpatía al seleccionado argentino cuando aquel partido contra Inglaterra en México ´86 fue sentida como una venganza simbólica frente a siglos de opresión colonial? Habrá que ver en próximos días, pero que habrá efectos no deseados por Messi es bastante probable.
Finalmente, apareció en la conversación la comparación con Diego Armando Maradona. Era inevitable. Pero así como “D10s” fue una personalidad contradictoria, Messi también lo es. El mismo Diego que denostaba a Bush hijo, expresaba apoyo político a Menem en su primer mandato cuando acompañaba a Bush padre en la guerra contra Irak, el Diego que idolatramos por bancar a los jubilados también lucía una remera apoyando a Domingo Cavallo por despecho con otros dirigentes del Gobierno menemista. En su devenir político, Diego no fue una personalidad “pura” y absolutamente coherente. El mismo Messi que acompaña al Trump criminal de guerra, en otro momento accedió a no jugar con la selección contra Israel en Jerusalén (lo que hubiera sido un acto de provocación contra el pueblo palestino) o posó con camisetas exigiendo la aparición con vida de Jorge Julio López (desaparecido por segunda vez en 2006) y justicia por Mariano Ferreyra (militante de Partido Obrero asesinado en 2010 por una patota de la Unión Ferroviaria). Pese a estas contradicciones, Diego logró canalizar algunos sentimientos de enfrentamiento a ciertos poderes. Messi claramente no. Idas y vueltas de estrellas contradictorias. En el caso de Messi, de alguien que habla más por sus actos que por sus palabras. Y su acto más reciente es desilusionante y doloroso.


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