lunes, 9 de marzo de 2026



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Análisis. La alianza con Israel: ¿el punto frágil de la agresión imperialista de Trump?






Aunque hoy Washington y Jerusalén aparecen estrechamente alineados en la ofensiva contra Irán, la guerra puede abrir contradicciones entre los intereses estratégicos de Estados Unidos y los objetivos de Netanyahu en Medio Oriente.

Jueves 5 de marzo | Edición del día

La ofensiva lanzada por Donald Trump junto a Benjamin Netanyahu contra la República Islámica no solo reabre el frente militar en Medio Oriente: expone el punto más frágil de la actual estrategia imperial estadounidense. La alianza con Israel —presentada como pilar inquebrantable— se puede convertir en el eslabón más vulnerable de la agresión.

Netanyahu lo dejó claro en su intervención en Fox News: no necesita “arrastrar” a Washington a nada. Según él, Trump “entiende” que Irán es una amenaza existencial y que la guerra será “rápida y decisiva”. El primer ministro israelí simplificó el cuadro hasta el infantilismo moral: “Nosotros somos los buenos. Ellos son los malos”. Pero esa simplificación no resuelve las contradicciones estratégicas que la guerra ha desatado en el propio corazón del poder estadounidense.

Lo que dijo Rubio, lo que corrigió Trump

La comunicación de la Casa Blanca reveló fisuras inmediatas. El secretario de Estado Marco Rubio sugirió que Washington intervino porque Israel estaba a punto de atacar a Irán, lo que habría provocado represalias contra intereses estadounidenses. Es decir: Estados Unidos habría entrado en guerra para evitar verse arrastrado por Israel.

La admisión fue explosiva. En el universo MAGA, donde el discurso “America First” rechaza guerras costosas sin beneficio directo, la idea de que Israel “forzó la mano” de Washington desató críticas furiosas. Trump intentó matizar: habló de “amenazas inminentes” y, en su encuentro con el canciller alemán Friedrich Merz, llegó incluso a afirmar que “quizás había sido él quien había forzado la mano de Israel”.

Que la Casa Blanca haya sentido la necesidad de corregir el encuadre de Rubio muestra que la relación con Israel es un punto muy sensible. No solo frente a los demócratas, sino dentro del propio campo republicano.

Genocidio en Palestina y erosión del consenso

El trasfondo es inocultable: la devastación de Gaza y las acusaciones de genocidio contra Israel han erosionado profundamente su imagen internacional. La guerra abierta contra Irán se superpone a esa herida.

Según Gallup, por primera vez en la historia reciente, la simpatía de la opinión pública estadounidense se inclina más hacia los palestinos que hacia los israelíes. Entre los jóvenes —incluidos sectores de la derecha nacionalista— crece la idea de que Israel actúa como un actor autónomo que instrumentaliza el poder estadounidense para sus propios fines.

Voces influyentes del campo conservador como Tucker Carlson denunciaron la operación como “la guerra de Israel”. Incluso sectores extremistas como Nick Fuentes hablaron de “guerra de agresión para Israel”. Aunque motivadas por agendas propias y, en algunos casos, abiertamente antisemitas, estas críticas revelan un dato estructural: el apoyo bipartidista a Israel ya no es automático.

Israel y Estados Unidos: una alianza contrarrevolucionaria con intereses estratégicos divergentes

Desde un punto de vista operativo Estados Unidos necesita a Israel en su avanzada militar contra Irán. Lo necesita como plataforma logística, como enclave militar avanzado, como inteligencia regional. La coordinación operativa entre el Pentágono y las Fuerzas de Defensa de Israel es hoy más estrecha que nunca.

Por el momento, la alianza funciona pues los intereses convergen. Pero las perspectivas no son idénticas. Trump tiene el reto de lograr un éxito rápido y fácilmente comercializable sin verse envuelto en una guerra prolongada. El presidente ha adoptado una postura pública especialmente belicista y ha pedido al pueblo iraní que “aproveche el momento”, pero sigue habiendo ambigüedad sobre si existe un plan organizado para el cambio de régimen y para el “día después” de la guerra. A diferencia del presidente norteamericano, Netanyahu necesita la guerra permanente para preservar su poder y su integridad física. Una cronificación del conflicto o incluso un colapso caótico del Estado iraní no necesariamente sería un problema para el gobierno israelí. Al contrario: permitiría a Netanyahu mantener a Estados Unidos atrapado en Medio Oriente durante años. De ese modo Israel seguiría utilizando el poder militar estadounidense para consolidar su posición regional y perseguir su proyecto estratégico de “Gran Israel”, mientras Washington quedaría nuevamente empantanado en una guerra prolongada en una región que, al menos en el discurso oficial, ya no constituye su prioridad frente al Indo-Pacífico. Un escenario que, naturalmente, favorece a China y a Xi Jinping.

Un test decisivo para el estado sionista y la “relación especial” con la superpotencia

En este marco, dentro de la administración Trump es probable que se agudice la tensión entre mantener la máxima presión militar —destinada a golpear el programa nuclear iraní, sus misiles y sus redes regionales— y limitar los costos económicos y políticos de la guerra, así como los riesgos de una escalada incontrolable.

Si el conflicto se prolonga, si los mercados energéticos se desestabilizan, si aumentan las bajas o se activan nuevos frentes indirectos, el costo político recaerá principalmente sobre Washington. Israel puede tolerar la guerra permanente: el actual gobierno la necesita para su propia supervivencia política. Trump, en cambio, enfrenta elecciones de medio mandato, una economía frágil y un electorado profundamente polarizado.

En ese contexto, el principal riesgo para la alianza sería una retirada estadounidense relativamente rápida, que Washington intente presentar como una victoria —la decapitación del liderazgo iraní y la degradación de sus capacidades militares— mientras reduce su implicación directa en el conflicto. Un movimiento de este tipo chocaría con la estrategia maximalista del gobierno de Netanyahu y dejaría a Israel en primera línea frente a un enemigo herido, pero no derrotado.

Peor aún para los intereses estratégicos del Estado sionista sería que se consolidara en Estados Unidos la percepción de que Israel empujó a Washington a una guerra mal definida y potencialmente interminable. Si esa narrativa se instala, el daño podría ir mucho más allá del resultado militar del conflicto. El verdadero capital estratégico de Israel no es solo su poder militar, sino el consenso bipartidista que durante décadas sostuvo su relación privilegiada con la principal superpotencia mundial.

En ese sentido, la guerra contra Irán puede convertirse en algo más que un episodio militar: una prueba decisiva para la continuidad de esta alianza, uno de los pilares centrales del orden contrarrevolucionario en Medio Oriente.

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