En Minneapolis, trabajadores, estudiantes y sus comunidades se movilizan contra ICE, demostrando el poder de la solidaridad contra el terrorismo de Trump. Podemos ir aún más lejos.
La nieve cae sobre la Plaza George Floyd. Hace cinco años y medio, en la intersección de la Avenida Chicago y la Calle 38 en Minneapolis, George Floyd fue asesinado por un policía blanco durante un arresto. La ciudad se rebeló. Miles salieron a las calles, incendiaron la Comisaría Tercera de Minneapolis e inspiraron a una nación a alzarse contra los asesinatos racistas de personas negras a manos de la policía. Las últimas palabras de Floyd, "I can’t breath” (No puedo respirar), se convirtieron en un grito de guerra para millones.
Esta historia aún pesa en esa esquina. Un santuario en honor a Floyd se alza frente a Unity Foods (antes Cup Foods), donde denunciaron que había pagado con un billete de 20 dólares falso, lo que desencadenó los sucesos que llevaron a su asesinato. Al otro lado de la calle, un grafiti en una estación de servicio abandonada dice: "Donde hay pueblo, hay poder". Este sentimiento es especialmente cierto ahora. Junto a carteles de Audre Lorde y de "Black Lives Matter", hay otros nuevos que proclaman "¡Fuera ICE de Minnesota!". Estos carteles están dispersos por toda la ciudad: en las esquinas, junto a las rutas, en las ventanas y puertas de casas y negocios.
No muy lejos de la plaza, agentes del ICE asesinaron a tiros a dos personas el mes pasado: primero a Renée Nicole Good, madre y observadora legal, y luego a Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos. Good y Pretti se encontraban entre los miles que defendían a una comunidad inmigrante asediada. Trump desplegó más de 3000 agentes en el estado, militarizando las calles, sembrando el terror y secuestrando a personas, incluidos niños, en las calles, escuelas, lugares de trabajo y estacionamientos. Estan por todas partes, uniformados o vestidos de civil, en vehículos sin identificar, armados con pistolas y gas pimienta.
Sin embargo, mientras acechan en las sombras, la gente de las Ciudades Gemelas está en las calles, decidida a proteger a su comunidad. Cincuenta mil personas salieron a las calles el 23 de enero, uno de los días más fríos de este invierno, bajo el lema "no trabajar, no ir a la escuela, no ir de compras". Los principales sindicatos se unieron al llamado al cierre total. Los trabajadores abandonaron sus puestos de trabajo en una de las mayores acciones huelguísticas en décadas. El 85% de los miembros de un sindicato local de la CWA no fueron a trabajar. Las tiendas Starbucks cerraron. En un local de Target, 16 de 21 trabajadores abandonaron sus puestos de trabajo. La idea de una "huelga", o la necesidad de que no sea un día normal, estaba en todas partes, y muchos reconocieron el inmenso poder que representaba paralizar su trabajo. Tal fue el poder que al día siguiente, después del asesinato de Pretti, miles salieron a las calles casi de inmediato, coreando "¡huelga!".
Los estudiantes respondieron al llamado esta vez, con grupos de la Universidad de Minnesota convocando a otra huelga y jornada de acción para el 30 de enero. Decenas de miles salieron a las calles de nuevo, por segundo viernes consecutivo, no solo en Minneapolis, sino en todo el país, incluso cuando sindicatos y otras organizaciones se negaron a apoyar la iniciativa. Aunque cerraron menos negocios que la semana anterior, en el centro de Minneapolis era difícil encontrar un café abierto.
Ante la incertidumbre sobre la magnitud de la marcha de la tarde, varias otras acciones marcaron el día, demostrando que, incluso sin convocatoria oficial, la gente no quería quedarse con los brazos cruzados y buscaba maneras de participar. Cientos de personas se congregaron por la mañana en el Edificio Federal Whipple, desde donde se despliega el ICE; activistas de la vivienda convocaron una conferencia de prensa para exigir moratorias de desalojo; trabajadores y miembros de la comunidad realizaron un piquete frente a Target, exigiendo el fin de la cooperación continua de la empresa con el ICE. Los maestros de las Ciudades Gemelas, deseosos de actuar en la jornada de acción, a pesar de que su sindicato no se hizo eco del llamado de la semana anterior, organizaron una protesta frente a la residencia del gobernador demócrata Tim Walz para protestar contra el ICE, dejando cartas de sus estudiantes en su puerta.
A lo largo del fin de semana, hubo otras manifestaciones. Una concentración frente a Target el sábado obligó a la tienda a cerrar. Mientras conducíamos por el sur de Minneapolis, nos topamos con muchas más reuniones, como decenas de personas en una rotonda con carteles, cientos de personas que se unieron a un paseo en bicicleta en honor a Alex, o quienes se congregaron frente al hospital de veteranos donde trabajaba Alex. Y estas son solo las que presenciamos de primera mano.
Nos mantenemos seguros
Parece que toda la ciudad comparte una experiencia política y se siente impulsada a actuar en todos los sentidos. La lucha de la ciudad contra ICE se refleja no solo en estos importantes días de acción, sino también en las diversas maneras en que la comunidad ha asumido la responsabilidad de defender a los suyos.
Las escuelas se convirtieron en bastiones de lucha, donde los docentes unieron fuerzas con estudiantes y padres para proteger a sus estudiantes y familias inmigrantes. Establecieron corredores para garantizar un tránsito seguro, dan clases a distancia para quienes no pueden asistir a la escuela y recaudan fondos para comprar alimentos y útiles escolares para las familias que se encuentran en confinamiento. Los conductores de autobuses escolares se han negado a permitir que ICE los detenga en sus autobuses.
Y luego está todo lo que la gente hace en sus barrios. La ciudad está llena de gente que patrulla las calles constantemente para detectar la actividad de ICE y asegurarse de que sus vecinos estén seguros. Las patrullas vecinales se convirtieron en algo habitual. Están en cada esquina, especialmente en zonas residenciales e inmigrantes, ya sea en grupos de dos o tres a pie, o dando vueltas en coche o en bicicleta. Los silbatos son parte del uniforme de la ciudad, listos para sonar en cualquier momento para activar la red y alertar a la comunidad de la presencia de los agentes de inmigración. Hay calles donde han instalado barricadas, revisando los coches para asegurarse de que no sean de ICE.
El sábado, mientras conducía hacia una ronda de distribución de alimentos con K, quien participa en las patrullas desde que Trump intervino la ciudad, ella me explica lo extendido que está. La gente no solo hace esto cuando tiene tiempo libre, cuenta. Todos intentan activamente encontrar tiempo. Patrullan durante sus pausas de almuerzo en el trabajo, de camino a casa o cuando encuentran una oportunidad. La urgencia se siente especialmente acentuada después de los asesinatos de Renée y Alex, dice. Hay algo en cómo K y otros se refieren a ellos por sus nombres de pila que crea una sensación de cercanía. ¿Los conocían personalmente? No lo sé. No es que importe, creo, porque los conocen de una manera más profunda y universal. Eran amigos, camaradas; realmente uno de ellos y en esto con ellos.
K confirma lo que otros contaron antes: manejan por sus rutas habituales mientras están conectados en llamadas grupales grandes que, en tiempo real, les ayudan a identificar vehículos sospechosos de ICE, en su mayoría vehículos sin identificación con patentes de otros estados. Crearon una base de datos impresionante en los últimos meses. Incluso con el cambio de táctica de ICE, parece que aún pueden identificar sus vehículos. K enfatiza que su objetivo es documentar en lugar de intervenir, especialmente dado el riesgo de recibir disparos. Sin embargo, siguen haciendo todo lo posible por seguir los vehículos de ICE, alertando al vecindario a través de su red de silbatos y chats de coordinación, y documentando las interacciones en caso de secuestros. No solo intentan recopilar información sobre los agentes de ICE y filmar su brutalidad, sino que también recopilan los nombres y detalles de los secuestrados para que las familias puedan ser notificadas.
Sin embargo, a pesar de todo lo que saben sobre los agentes del ICE, parece que estos saben igual de bien sobre ellos. Mantienen sus propias bases de datos, no solo de los vehículos que participan en las patrullas —para saber cuáles los siguen—, sino también de las mismas personas que las patrullan. Es otro frente de sus operaciones: esta batalla con la gente y el trabajo para frustrar sus intentos de seguir aterrorizando a los inmigrantes. Han lanzado gases lacrimógenos y gas pimienta con impunidad, han acorralado a las patrullas y han amenazado con arrestos si las patrullas continúan siguiéndolas y grabando sus acciones. Sin embargo, a pesar de estos desafíos, la gente persevera.
K comparte historias que surgen de estas patrullas, que solo revelan la profunda solidaridad comunitaria. Una vez, relata, alguien que patrullaba vio a ICE secuestrar a un hombre en el estacionamiento de una tienda. El hombre le lanzó las llaves de su auto, le dio su dirección y le preguntó si podía regresar a casa en su auto. Actos de solidaridad como este, supongo, se convierten en la primera, y a veces la única, forma en que las familias se enteran de que sus seres queridos han sido secuestrados.
Comida para el pueblo
Llegamos a esta iglesia suburbana, uno de los muchos lugares que organizan entregas de comestibles para familias que tienen demasiado miedo de salir de casa para algo tan básico como ir a comprar. El estacionamiento está lleno, así que estacionamos a un costado del camino. K y yo comentamos que es un buen problema; claramente, cientos de personas se sienten impulsadas por un profundo sentido de solidaridad al ofrecerse como voluntarios en sus días libres. Es una comunidad diversa, con jóvenes y mayores ayudando. Algunos trabajan en un gran espacio tipo almacén en la parte trasera, armando las cajas que llevaremos para la entrega, mientras que otros coordinan la logística para los voluntarios o trabajan afuera, en el frío, ayudando a cargar la comida en los autos.
La operación es enorme y se desarrolla con notable profesionalismo. Quienes se ofrecen como voluntarios para las entregas se registran para el día, reciben sus asignaciones de los coordinadores de despacho y después recogen sus cajas asignadas antes de partir. Hay personas listas para hacer las entregas por su cuenta, mientras que otras están aquí con sus familias, con niños pequeños a cuestas, o, como nosotros, lo organizaron entre amigos.
Decimos que estamos encantados de ayudar donde más se necesite y nos reafirman la gran ayuda que necesitan con las entregas, así que nos ofrecemos a ello. Mientras charlamos sobre autos, deportes y familia, nuestro despachador —un hombre mayor de unos 60 años, quizá— nos asigna nuestras tareas y nos despide. Hay mucha actividad. Nos dice que solo en este sitio se completarán 2000 entregas ese día. A las dos de la tarde, cuando llegamos, les quedaban 600 entregas. Hacen esto cuatro días a la semana.
A pesar de recibir nuestras tareas en menos de 20 minutos, esperamos casi una hora para recoger las cajas de la compra, dada la gran cantidad de voluntarios. Al atravesar el mar de autos que tenemos delante, todo avanza con rapidez. Las cajas son completas y contienen lo esencial para una semana: proteínas, arroz, frutas, verduras y papel higiénico, además de pañales si es necesario.
Las entregas en sí son otra historia. Nuestros cuatro destinos están en la misma cuadra en el sur de Minneapolis. Dos de ellos son vecinos. Les enviamos mensajes de texto cuando vamos de camino y, de nuevo, cuando estamos fuera de sus casas. Somos muy conscientes de nuestra presencia mientras esperamos, con la esperanza de no tener que demorarnos demasiado para que no nos confundan con agentes de ICE.
Es desesperante presenciar la inquietud con la que las familias abren sus puertas, apenas, con tanta separación entre estos mundos. En nuestro primer punto de entrega, la mujer abraza a K entre lágrimas después de que dejamos la caja. En otra parada, una madre lucha por contener a su hijo pequeño, visiblemente emocionado por la llegada de desconocidos. La tristeza, la solidaridad y la gratitud se palpan en ambos lados de la puerta.
¿Qué camino seguir?
Lo que ocurre en Minneapolis revela tanto el espíritu perseverante de un pueblo dispuesto a luchar como la necesidad de fortalecer ese espíritu con organización y estrategia. A pesar de los intentos bipartidistas por reducir la tensión en Minnesota, el ICE y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) siguen presentes, adaptando constantemente sus tácticas. Pero la comunidad también está presente, lista para luchar, y está demostrando que no cederá.
Desde las protestas y los paros hasta las patrullas vecinales y la distribución de alimentos, es una inmensa demostración de lo que se puede lograr cuando la gente actúa unida. Pero para sostener y profundizar esta resistencia y expulsar a los agentes de ICE y de inmigración de las calles y las comunidades, la gente necesita espacios para reunirse, debatir, decidir y coordinar un camino colectivo hacia adelante.
Las asambleas populares podrían transformar este panorama. Imaginen reuniones masivas regulares, organizadas por barrio y a nivel de ciudad, donde todos los involucrados en la coordinación de esta resistencia puedan reunirse para discutir la situación política actual, debatir estrategias, compartir conocimientos y tomar decisiones democráticamente. No reuniones organizadas por una sola organización o tendencia que busque su propia reproducción, sino foros abiertos donde todos los involucrados en esta lucha tengan voz y voto sobre el camino a seguir, ya sea sobre cómo organizarse y movilizarse mejor para un día de acción o para coordinar la autodefensa comunitaria cotidiana contra el terrorismo de ICE.
En esta tarea de defensa comunitaria, en particular, los trabajadores deben sumarse activamente a la lucha, no solo con palabras de solidaridad. En Minneapolis, la gente destaca el papel crucial que las escuelas, y en particular los maestros y conductores de autobuses escolares, desempeñan en la protección de las familias inmigrantes. Esto sirve como un ejemplo importante: los trabajadores de todos los sectores poseen poder estratégico no solo para paralizar actividades, sino también para organizar esta autodefensa de la comunidad, transformando los lugares de trabajo en bastiones que puedan centralizar la resistencia.
Pero esto requiere más que gestos simbólicos de nuestros sindicatos. Los trabajadores ya están en movimiento, con docentes de base organizando medidas de protección junto con estudiantes y padres de familia de las escuelas. O trabajadores de Target y Starbucks abandonando sus puestos de trabajo en solidaridad con la comunidad inmigrante. O trabajadores que dedican su tiempo libre a coordinar patrullajes y apoyo mutuo. Necesitamos que nuestros sindicatos den un paso al frente y se unan activamente a la lucha, aprovechando los vastos recursos a su disposición para la defensa de sus comunidades, que los trabajadores ya están asumiendo activamente. El fruto del trabajo, la infraestructura de los centros de trabajo y la capacidad organizativa de nuestros sindicatos deben desplegarse para proteger a la comunidad.
Los recursos que controlan nuestros sindicatos son inmensos. Los sindicatos docentes podrían usar sus bases de datos para identificar a las familias que necesitan apoyo. Los sindicatos de transporte podrían negarse a transportar a detenidos. Los sindicatos de la salud podrían organizar clínicas gratuitas. La infraestructura de las sedes sindicales podría servir como centros de coordinación. Los fondos sindicales podrían destinarse a apoyar a los trabajadores en huelga o en confinamiento, así como a estas extensas operaciones de ayuda mutua. La capacidad organizativa construida durante décadas, con redes de delegados, espacios de reunión y sistemas de comunicación, podría desplegarse en esta lucha contra ICE y los ataques de Trump.
Las condiciones para esto existen en Minneapolis ahora mismo, especialmente mientras los agentes federales de inmigración siguen aterrorizando nuestras calles y se enfrentan a una comunidad ansiosa por defenderse. Ante esta fuerza militarizada, es fácil caer en la desesperación, pero en toda la ciudad, la resiliencia de su gente sirve como un recordatorio constante de que un mundo mejor es posible. Y es urgente que luchemos por él.
Desde la plaza George Floyd, caminamos con dificultad hasta el monumento conmemorativo de Renée, a pocas cuadras de distancia. Una fina capa de nieve cubría sus fotos, así como todas las velas y el arte dejado en homenaje, mientras carteles y páginas de poesía ondeaban con la ligera brisa, pegados a los árboles. Destaca una página manuscrita: un pasaje de Las Dos Torres de J. R. R. Tolkien , en el que Sam le dice a Frodo:
Es como en las grandes historias, Señor Frodo. Las verdaderamente importantes. Siempre estaban llenas de oscuridad y peligro. Y a veces uno no quería saber el final... Porque, ¿cómo podía ser un final feliz? ¿Cómo puede volver el mundo a ser como antes después de tantas cosas malas? Pero, al final, es sólo algo que pasa... esta sombra. Hasta la oscuridad debe pasar. Llegará un nuevo día. Y cuando brille el sol, brillará con más claridad. Ésas eran las historias que recordabas que significaban algo, aún cuando eras muy joven para entender por qué. Pero creo, Señor Frodo, que ahora sí entiendo. Ahora sé que la gente en esas historias tenía muchas oportunidades para rendirse, pero no lo hacía. Seguía adelante porque se estaba aferrando a algo.
En Minnesota, la gente se aferra a algo: a los demás y a la idea de que su solidaridad puede ser más fuerte que el terror desatado por la administración Trump. Y no dan marcha atrás.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Bienvenido a nuestra pagina informativa y gracias por su participacion .