
Pensar lo que nos pasa también es una forma de resistencia
Por Luciana Ferro*
Pensar lo que nos pasa también es una forma de resistencia. No es una consigna decorativa ni una frase de autoayuda con barniz político. Es una posición clínica y política a la vez, que parte de una constatación bastante simple: vivimos en un contexto que empuja a funcionar, a rendir, a sostener ritmos de vida cada vez más difíciles de habitar. Se nos pide seguir adelante incluso cuando algo por dentro se rompe, se agota o se vuelve invivible. El malestar queda así privatizado: lo que duele se presenta como un problema individual, de carácter, de actitud o de “gestión emocional”, desligado de las condiciones materiales, laborales, vinculares y políticas que lo producen o lo intensifican.
En ese escenario, detenerse a pensar lo que nos pasa ya introduce una fisura en el sentido común dominante. Pensar no como un ejercicio intelectual distante, sino como un trabajo de comprensión de la propia experiencia, implica negarse a aceptar el sufrimiento como un fallo personal. Supone cuestionar la naturalización de la precariedad, la sobreexigencia permanente, la competitividad como norma, la soledad impuesta como forma de vida. Pensar el malestar es, en ese sentido, dejar de asumir que “esto es lo normal” y que, si no se puede con ello, el problema está en uno.
Nombrar lo que duele y tratar de ubicarlo en una historia concreta y en un contexto social devuelve algo de dignidad a la experiencia subjetiva. Cuando el sufrimiento se vive como un defecto propio, la respuesta habitual es la autoexigencia o el castigo: hay que ser más fuerte, más productivo, más resiliente. Cuando, en cambio, se lo piensa como algo que tiene sentido en una trama de condiciones y relaciones, se abre otra posibilidad: dejar de pelear a ciegas contra uno mismo. Comprender por qué me pasa lo que me pasa no elimina el dolor, pero sí puede modificar la relación con él. Permite pasar de la culpa a la responsabilidad, de la vivencia de fracaso a una lectura más compleja de la propia posición en el mundo.
Además, pensar el malestar rompe el aislamiento. Lo que parecía estrictamente personal empieza a resonar con experiencias de otras personas, con situaciones compartidas, con formas de desgaste que no son excepciones sino efectos bastante previsibles de un orden social concreto. Esa conexión no es solo un alivio emocional: es un gesto político en sí mismo. Saca el sufrimiento del terreno de lo privado y lo coloca en el espacio de lo común, donde deja de ser un problema individual que cada cual debe resolver en soledad para convertirse en una pregunta colectiva sobre cómo estamos viviendo y en qué condiciones.
Hay algo más en juego en este gesto de pensar lo que nos pasa: frenar la adaptación acrítica. No todo malestar es un obstáculo que haya que “gestionar” para seguir rindiendo de la misma manera. A veces, el malestar señala que hay algo profundamente desajustado entre las exigencias del entorno y las posibilidades reales de los cuerpos y las subjetividades. Convertir la intervención psicológica en una herramienta para tolerar sin más lo que daña implica, en el fondo, colaborar con la reproducción de ese daño. Pensar el malestar permite, al menos, no cerrar esa pregunta, no resolverla automáticamente del lado de la adaptación.
Desde esta perspectiva, nuestro espacio terapéutico no se plantea como un dispositivo para “arreglar” personas y devolverlas cuanto antes al circuito del rendimiento, sino como un espacio para comprender lo que se está jugando en el malestar, situarlo en una trama más amplia y recuperar algún margen de maniobra subjetivo. Pensar no es quedarse en la cabeza ni dar vueltas interminables: es abrir la posibilidad de posicionarse de otro modo frente a lo que duele, frente a lo que oprime y frente a lo que parece no tener salida. A veces ese cambio es pequeño, a veces apenas un desplazamiento en la forma de mirarse o de leer la propia historia, pero no es menor: introduce una diferencia en un contexto que tiende a borrar las diferencias y a exigir la misma respuesta a todos.
En ese sentido, pensar lo que nos pasa es una forma de resistencia porque se opone a la culpabilización individual del sufrimiento, a la normalización del desgaste y a la idea de que no hay alternativas posibles. Y es, al mismo tiempo, una forma de cuidado. No en el sentido edulcorado del “cuidarse” como consumo de bienestar, sino como un gesto mínimo de no dejarse solo frente a lo que duele. Entender lo que nos atraviesa no resuelve automáticamente los problemas, pero crea un espacio en el que el malestar deja de ser únicamente una carga privada y puede empezar a pensarse como una pregunta abierta sobre la vida que estamos viviendo y la que querríamos poder vivir.
*Luciana Ferro es integrante de Orientación Vital
Si buscas un ámbito para trabajar en tu bienestar emocional desde una perspectiva crítica, con honorarios solidarios, te invitamos a contactarnos por mail a orientacionvital@proton.me – https://orientacionvital.net/contacto/ – https://orientacionvital.net
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Bienvenido a nuestra pagina informativa y gracias por su participacion .