El entendimiento entre Bakú y Teherán tras el ataque contra el enclave de Nakhitchevan revela los límites de los intentos de abrir un nuevo frente contra Irán en el Cáucaso.
El reciente ataque con drones kamikaze contra el aeropuerto del enclave azerí de Nakhitchevan, que dejó daños en las instalaciones y varios civiles heridos, elevó fuertemente la tensión entre Azerbaiyán e Irán. Sin embargo, pocos días después del incidente, Bakú anunció la reapertura de la frontera con la República Islámica al tránsito de mercancías. La decisión se produjo tras una conversación telefónica entre el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, y su homólogo iraní, Masoud Pezeshkian, en la que Teherán negó cualquier implicación en el ataque y prometió abrir una investigación.
Este entendimiento representa un revés para los intentos de la alianza israelí-norteamericana de abrir nuevos frentes en su presión contra Irán. Sin embargo, la realidad geopolítica impone límites claros: ni Azerbaiyán ni Irán pueden permitirse una ruptura abierta. Para Bakú, la estabilidad en su frontera sur es esencial para proteger las rutas comerciales y energéticas que conectan el mar Caspio con Turquía y Europa. Para Teherán, una escalada con su vecino del norte podría tener consecuencias imprevisibles en sus propias regiones fronterizas, donde vive una numerosa población de origen azerí.
Azerbaiyán, punto neurálgico del Asia occidental
La posición geográfica y los recursos naturales de Azerbaiyán lo convierten en un actor central en el tablero geopolítico regional. Situado entre Rusia, Irán y Turquía, y dotado de importantes recursos energéticos en el mar Caspio, el país se ha convertido en un actor clave en el cruce entre el Cáucaso, Oriente Medio y el espacio postsoviético.
República oficialmente semipresidencial pero dominada desde 1993 por el clan Aliyev, Azerbaiyán cuenta con cerca de diez millones de habitantes, de los cuales más del 90 % son azeríes. En los últimos años ha reforzado considerablemente su peso estratégico, tanto por la explotación de los hidrocarburos del Caspio como por su creciente capacidad militar, desarrollada con el apoyo de Turquía e Israel.
La victoria militar sobre Armenia en la guerra de Nagorno Karabaj y la operación de 2023 que terminó con el control del enclave consolidaron ese ascenso regional. Pero este fortalecimiento también ha aumentado las inquietudes de Irán.
El motivo es en gran medida demográfico. Entre quince y veinte millones de azeríes viven en el noroeste de Irán, en provincias como Azerbaiyán Oriental, cuya capital es Tabriz. Esta población constituye una de las minorías más numerosas del país y una parte significativa de ella ocupa posiciones dentro de las estructuras del propio régimen, incluidos los Guardianes de la Revolución. Para las autoridades iraníes, la existencia de un Azerbaiyán independiente, relativamente próspero y estrechamente vinculado a Turquía y a Occidente plantea el riesgo potencial de tensiones identitarias o aspiraciones separatistas en su propio territorio.
Las tensiones se han intensificado aún más por el proyecto de un corredor terrestre entre Azerbaiyán y el enclave de Nakhitchevan. Un acuerdo reciente entre Bakú y Ereván, auspiciado por Washington, prevé la creación a largo plazo de una vía de comunicación a través del sur de Armenia que discurriría a lo largo de la frontera iraní. Para Teherán, este proyecto —conocido como corredor de Zangezur— podría alterar el equilibrio estratégico del Cáucaso meridional y erosionar su influencia en la región.
Los límites de una escalada contra Irán
En este contexto, algunos medios israelíes habían especulado con la posibilidad de que Azerbaiyán se sume a una eventual coalición regional contra Irán. El entendimiento reciente entre Teherán y Bakú parece haber cerrado, al menos por ahora, esa perspectiva.
La infraestructura energética azerí —oleoductos, terminales y plataformas del mar Caspio— se encuentra al alcance de misiles y drones iraníes. Un ataque contra estas instalaciones tendría consecuencias económicas devastadoras para Bakú y afectaría también a otros países de la región, como Kazajistán, Georgia o Turquía, además de a las compañías energéticas occidentales presentes en el Caspio. A ello habría que añadir los enormes riesgos ecológicos de una destrucción de infraestructuras petroleras en esa zona.
Tampoco parece verosímil una convergencia entre el nacionalismo azerí y las milicias kurdas iraníes que algunos sectores en Washington o Tel Aviv han presentado como posibles instrumentos de presión contra Teherán. Turquía —principal aliado estratégico de Bakú— observa con extrema hostilidad cualquier fortalecimiento de las organizaciones kurdas armadas y difícilmente toleraría una dinámica de ese tipo.
En un momento en que la guerra en Oriente Medio amenaza con ampliarse y Rusia reduce su presencia en el Cáucaso, Azerbaiyán se encuentra en el centro de una compleja red de rivalidades regionales. Su alianza estratégica con Turquía y su cooperación militar con Israel conviven con la necesidad de evitar una confrontación directa con Irán.
Mantener este delicado equilibrio será cada vez más complejo a medida que la guerra en Oriente Medio se profundice y las tensiones regionales se intensifiquen.


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