domingo, 15 de marzo de 2026

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SEMANARIO

El colapso del paraguas de seguridad estadounidense

Juan Chingo

PANORAMA

La guerra con Irán y el fin de la ilusión de estabilidad en el Golfo.

Durante décadas, las monarquías del Golfo vivieron bajo una premisa aparentemente incuestionable: que su seguridad estaba garantizada por el poder militar de Estados Unidos. La guerra actual con Irán está destruyendo esa certeza a una velocidad sorprendente.

El shock estratégico: una guerra que expuso la vulnerabilidad del Golfo

Menos de una hora después de los ataques iniciales de Estados Unidos e Israel, Irán respondió golpeando con precisión instalaciones militares estadounidenses en todo Oriente medio. Oleadas sucesivas de misiles y drones obligaron a evacuar bases y dispersar tropas. Infraestructuras civiles –carreteras, puertos, aeropuertos, centrales eléctricas e incluso hoteles– comenzaron a ser alcanzadas, mientras el estrecho de Ormuz quedaba prácticamente paralizado por la amenaza iraní.

El mensaje fue brutal para las monarquías del Golfo: Washington no solo no podía impedir los ataques iraníes, sino que ni siquiera parecía capaz de proteger completamente sus propias bases.

Este shock no surgió de la nada. En 2019, drones y misiles atacaron instalaciones clave de la industria petrolera saudí sin que se produjera una respuesta significativa de Estados Unidos. Posteriormente, ataques contra Abu Dabi reforzaron la misma lección: incluso los Estados más ricos del Golfo podían ser vulnerables. Lo que entonces parecía un episodio aislado hoy aparece como el preludio de algo más profundo: la crisis del sistema de seguridad que estructuró la región durante casi medio siglo.

El orden del Golfo: petróleo, seguridad y hegemonía estadounidense

Desde la década de 1980 –tras la revolución iraní y la guerra Irán-Irak–, el equilibrio político del Golfo se apoyó en un arreglo relativamente simple. Las monarquías petroleras garantizaban el flujo estable de energía hacia la economía mundial, mientras Estados Unidos aseguraba su protección frente a amenazas regionales, especialmente Irán, que había trastocado el equilibrio regional con la caída del sha Mohammad Reza Pahlavi en 1979.

Este sistema combinaba bases militares estadounidenses, ventas masivas de armamento, cooperación en inteligencia y la promesa implícita de intervención militar en caso de crisis. El resultado fue un espacio regional excepcionalmente estable dentro de un Oriente Medio convulsionado. Recordemos que Estados Unidos mantiene una red de bases, instalaciones navales y puestos de operaciones avanzados en al menos 19 ubicaciones de Oriente Medio, con ocho bases permanentes en la región, entre ellas las de Baréin, Kuwait, Catar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Las elites del Golfo se acostumbraron a vivir bajo ese paraguas estratégico. Incluso cuando aumentaron las tensiones regionales –las guerras en Irak, Siria o Yemen– los Estados del Golfo se percibían a sí mismos como relativamente inmunes a las turbulencias que devastaban otros países árabes.

En los últimos años, sin embargo, comenzaron a aparecer grietas. El acercamiento diplomático entre Arabia Saudí e Irán en 2023 –facilitado por China– reflejó la creciente percepción de que la seguridad regional no podía depender exclusivamente de Washington. La guerra actual ha convertido esa duda en una crisis abierta.

El espejismo del Golfo como nuevo centro del comercio mundial

Pero antes de analizar las consecuencias de la guerra actual, conviene recordar en qué se había convertido esta región en los últimos años. Hasta hace poco, los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo parecían haber encontrado una fórmula para escapar definitivamente de la inestabilidad de Oriente Medio. Su ambición era transformarse en un nodo central del comercio, las finanzas y la logística global. Como señala el periodista Francisco Carrión:

Durante dos décadas, las capitales del Golfo Pérsico vendieron al mundo una promesa futurista que fascinó a muchos. Presumían de ser urbes surgidas del desierto donde los rascacielos brillaban sobre islas artificiales; destinos para el turismo de lujo; centros financieros globales y campo para ejércitos de influencers, aleccionados y preparados para retransmitir una vida de riqueza permanente. Dubái, Riad, Abu Dabi o Doha se presentaban como la cara moderna de Oriente Próximo, una suerte de oasis de estabilidad en una región marcada por los conflictos.

Las cifras parecían confirmar ese relato. Solo los Emiratos Árabes Unidos atrajeron alrededor de 45.600 millones de dólares en inversión extranjera directa en 2024, casi un 50 % más que el año anterior, situándose entre los diez principales destinos de inversión del mundo. Dubái, emblema de esa transformación, se consolidó como uno de los mayores centros turísticos y financieros del planeta. En 2025 recibió más de 17 millones de visitantes internacionales y aspiraba a superar los 20 millones en los próximos años. También se convirtió en uno de los mayores centros globales de nuevos proyectos de inversión, con más de 1100 proyectos de inversión extranjera directa en un solo año. A su vez, su aeropuerto es hoy el de mayor tráfico internacional del mundo y uno de los nodos fundamentales de la aviación global.

Arabia Saudí vive un proceso similar. El reino atrajo más de 30.000 millones de dólares de inversión extranjera en 2024 y recibió alrededor de 122 millones de visitantes en 2025, generando unos 80.000 millones de dólares en gasto turístico. Todo ello forma parte de su estrategia Vision 2030, que busca transformar la economía saudí más allá del petróleo.

La región también se convirtió en un imán para el capital global. Solo en 2025, los Emiratos Árabes Unidos atrajeron cerca de 10.000 nuevos millonarios, una de las mayores migraciones de riqueza del mundo. Proyectos gigantescos como la megaciudad NEOM –valorada en unos 500.000 millones de dólares– o los desarrollos turísticos del mar Rojo simbolizan esta ambición de convertir al Golfo en un centro global de inversiones, tecnología y logística. Incluso en economías aún vinculadas a los hidrocarburos la diversificación avanza rápidamente. En los Emiratos Árabes Unidos, los sectores no petroleros ya representan aproximadamente tres cuartas partes del PIB real.

Más importante aún para la economía mundial: hoy los países del Golfo se han convertido en algunos de los principales proveedores de capital del sistema internacional. Los fondos soberanos de las monarquías árabes tienen activos por valor de seis billones de dólares: son una fuente indispensable de inversión; serían, por el volumen de capital que movilizan, la tercera economía del mundo. Esta es, por otra parte, la razón por la que el Consejo de Cooperación del Golfo, que se está configurando como el eje de conexión entre los mercados europeos y asiáticos, participa en cumbres con la UE y la ASEAN.

Sin embargo, la guerra actual está revelando una verdad incómoda: ese proyecto dependía de una condición previa que hoy está desapareciendo. El Golfo pudo convertirse en una plataforma global de comercio y capital porque se encontraba protegido por el orden geopolítico de un mundo unipolar dominado por Estados Unidos. Cuando esa estructura de seguridad empieza a resquebrajarse, también lo hace la ilusión de que la región puede mantenerse al margen de las turbulencias geopolíticas de Oriente Medio. El “nuevo Singapur del desierto” era, en gran medida, un subproducto del orden estratégico estadounidense.

El golpe puede ser profundo. Como advierte Frédéric Schneider, investigador del Middle East Council on Global Affairs (citado en el artículo de Carrión al que hicimos referencia más arriba):

El momento es particularmente inoportuno para los países del Golfo porque se hallan en mitad de la mayor transformación económica de su historia reciente. Las estrategias de Visión, ya de por sí frágiles, están basadas en la premisa de que pueden combinar la riqueza en hidrocarburos, la centralidad geográfica y la expansión de los mercados domésticos para atraer talento y capital extranjero, diversificarse más allá de las exportaciones de petróleo y construir economías del conocimiento de primera clase mundial. Todas esas premisas descansan en la percepción de estabilidad que los acontecimientos de los últimos días han puesto bajo severo y tal vez duradero cuestionamiento.

La consecuencia estratégica: el colapso del mito de la seguridad estadounidense

Pero el efecto más profundo de esta guerra no es económico ni militar. Es estratégico. Durante décadas, el poder estadounidense no descansó únicamente en su capacidad militar real, sino en algo igualmente importante: su reputación como garante último de la seguridad de sus aliados. Ese prestigio estratégico fue el núcleo del sistema de alianzas que sostuvo el orden internacional posterior a la Guerra Fría. Hoy esa percepción ha comenzado a resquebrajarse.

En el Golfo, los líderes regionales observan cómo bases militares estadounidenses son atacadas, cómo los sistemas de defensa antimisiles consumen rápidamente sus interceptores y cómo Washington parece incapaz de proteger plenamente infraestructuras críticas o el transporte energético global. El mensaje es inquietante: Estados Unidos ni siquiera puede garantizar completamente la seguridad del espacio estratégico que durante medio siglo fue el corazón del sistema energético mundial. Para muchas capitales del Golfo, las bases estadounidenses ya no aparecen únicamente como un escudo protector, sino también como posibles imanes para los ataques enemigos.

Este cambio psicológico puede ser uno de los efectos más duraderos de la guerra. En la región ha resurgido una frase atribuida al expresidente egipcio Hosni Mubarak: “Quienes se envuelven en Estados Unidos están desnudos”. Dicho de otro modo, quienes dependen de la protección estadounidense terminan, tarde o temprano, descubriendo los límites de esa garantía.

En paralelo, esta nueva conciencia estratégica está empujando a las monarquías del Golfo hacia otro objetivo cada vez más visible: la necesidad de rearmarse. La crisis actual ha confirmado algo que muchos dirigentes de la región comenzaban a sospechar: la dependencia militar de potencias externas constituye en sí misma un riesgo estratégico.

En este contexto, incluso países tradicionalmente prudentes como Omán han comenzado a instar a los Estados del Golfo a reconsiderar sus doctrinas de defensa. Según funcionarios omaníes, existe ya un debate creciente en la región sobre la eficacia de los acuerdos de seguridad existentes.

El temor se acerca al pánico frente a la incertidumbre del resultado real de la guerra y las dudas de la determinación norteamericana de ir hasta el final en la empresa que se propusieron. Según algunos analistas, la región podría ser más peligrosa tras la guerra que antes. En privado, diplomáticos y analistas regionales reconocen que el escenario más temido no es necesariamente la derrota de Irán, sino el tipo de Irán que podría emerger después de la guerra. Una hipótesis en este sentido da cuenta el sitio independiente especializado en Medio Oriente Al-Monitor, que conjetura:

Un nuevo liderazgo encabezado por Mojtaba Jamenei podría decir: “Intentamos ser un Estado umbral nuclear, y eso no disuadió al mundo. Intentamos apoyarnos en un amplio y sofisticado arsenal de misiles, y eso tampoco disuadió. Amenazamos con extender la guerra a toda la región, y eso tampoco funcionó. Así que, al igual que Corea del Norte, tenemos que apostar por la disuasión definitiva: las armas nucleares. El espectro de un Irán magullado y humillado, liderado por Mojtaba Jamenei en lugar de su padre asesinado, el ayatolá Alí Jamenei, parece ser motivo de grave preocupación en todo el Golfo y más allá. “Esta es la pesadilla de los Emiratos Árabes Unidos, de Baréin, de Arabia Saudí”, declaró a Al-Monitor una fuente diplomática israelí de alto rango, que habló bajo condición de anonimato. “Probablemente sea incluso la pesadilla de Catar. Temen que [el presidente Donald] Trump pierda interés y los deje solos con el tigre herido y humillado”.

Los efectos globales: lo que Asia está observando

Pero el impacto del debilitamiento del paraguas de seguridad estadounidense no se limita a esta región hoy sumida en la guerra. Es que si esa percepción se erosiona en el Golfo –el corazón energético del sistema mundial– difícilmente podrá permanecer intacta en otras regiones donde la seguridad también descansa sobre las garantías estadounidenses.

En Asia, donde el sistema de seguridad regional también depende de las garantías militares de Washington, el desarrollo de esta guerra está siendo observado con extrema atención. El caso de Corea del Sur es especialmente ilustrativo. Seúl enfrenta hoy tres presiones simultáneas que afectan directamente a su alianza con Estados Unidos. En primer lugar, la política comercial estadounidense está erosionando la competitividad de sectores clave de la economía surcoreana. En segundo lugar, la guerra en Oriente Medio amenaza su seguridad energética, ya que una parte significativa del petróleo que consume proviene del Golfo, así como materias primas fundamentales para su poderosa industria electrónica. Y, en tercer lugar, las necesidades militares globales de Estados Unidos están reduciendo los recursos militares disponibles en la península coreana. Esta acumulación de tensiones inevitablemente influirá en los cálculos estratégicos de Seúl.

Si Estados Unidos tiene dificultades para proteger el Golfo frente a Irán –un adversario regional con recursos muy inferiores a los de Washington– la pregunta que muchos estrategas asiáticos comienzan a hacerse es inevitable: ¿qué ocurriría en un escenario mucho más exigente, como una confrontación directa con China?

Aunque la guerra actual aún está lejos de concluir –y por el momento parece lejos de contenerse– ya es posible identificar uno de sus efectos más profundos. El colapso del mito de la seguridad estadounidense absoluta: la creencia que durante décadas sostuvo no solo el orden estratégico del Golfo, sino también una parte central del sistema internacional surgido tras la Guerra Fría.


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