domingo, 15 de marzo de 2026

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Mexico. Militarización y subordinación ante EE.UU.: el signo del progresismo de Sheinbaum







Más allá de la narrativa “progresista”, crece la subordinación al gobierno de Trump. La necesidad imperiosa de una alternativa antiimperialista y socialista.

Domingo 15 de marzo | Edición del día

Los últimos meses han mostrado una constante: ante la presión imperialista, aumenta el alineamiento del gobierno mexicano a las exigencias de Trump. Detrás de la narrativa progresista de la llamada Cuarta Transformación, se consolidan tendencias estructurales que marcan la dinámica de la actual administración: profundización de una integración económica subordinada a Estados Unidos, el peso cada vez mayor de las Fuerzas Armadas en el aparato estatal y una política exterior que acepta las exigencias más ruines de Washington, como en el caso de Cuba y la cancelación de los envíos petroleros. En el marco de una situación internacional cada vez más convulsa marcada por la guerra imperialista contra Irán, de la disputa estratégica entre Washington y Beijing y de la ofensiva neocolonial del imperialismo yanqui, México -que ocupa un lugar central en el esquema estadounidense por su cercanía geográfica, su profunda integración productiva y su papel como “tapón” de la migración- se alinea con las necesidades económicas y geopolíticas del imperialismo norteamericano.

Militarización y legitimación de las fuerzas armadas

Esto se expresa claramente en la política de seguridad que lleva adelante el gobierno, de la mano del supersecretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, y que avanza a una reedición de la llamada “guerra contra el narcotráfico” que inauguró hace 20 años el panista Felipe Calderón. En el sexenio anterior, López Obrador impulsó la creación de la Guardia Nacional, amplió el control territorial de las fuerzas armadas y su intervención en asuntos civiles, bajo un discurso de que los militares son “pueblo armado”. La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha marcado el ritmo de la política securitaria de la actual administración de Sheinbaum, que a tono con las exigencias imperialistas (y de sus amenazas de intervención) ha profundizado la militarización. En esa dinámica viene desplegando distintas operaciones altamente mediáticas contra los grupos del llamado crimen organizado, las detenciones y extradiciones de sus integrantes más connotados, así como un despliegue altamente publicitado de supuestos decomisos para mostrar su colaboración en el “combate contra las drogas y los cárteles”. Esto mientras se ocultan la responsabilidad estadounidense en el tráfico de armas hacia México, y las imbricaciones históricamente existentes entre las agencias de seguridad y militares yanquis, sectores del estado y de las fuerzas armadas mexicanas, y del empresariado, con el llamado crimen organizado.

El reciente punto cúlmine de esto fue la caída del Mencho Oseguera, del llamado “Cártel Jalisco Nueva Generación” y los acontecimientos de los días posteriores, con imágenes que recuerdan a los inicios de la llamada “guerra contra el narco”. Esta operación y el avance en la militarización se dan en un momento en el gobierno, de cara al próximo Mundial de fútbol, busca reforzar el control social y el amedrentamiento que conjure posibles protestas y movilizaciones, bajo el argumento que podrían afectar la derrama económica del turismo y ahuyentar las esperadas inversiones extranjeras.

Como ya sucedió en las dos décadas previas, bajo el manto de “guerra contra las drogas” y la dinámica social y política represiva que genera la militarización, se incrementan los asesinatos, los feminicidios y las desapariciones. Durante años, la evidente responsabilidad de las Fuerzas Armadas en esto ha sido denunciada por las organizaciones de familiares, de madres buscadoras y de derechos humanos.

El rol protagónico que asume García Harfuch en el gobierno, expresa el peso cada vez mayor de las políticas securitaristas, así como la presión imperialista que empuja a mayores rasgos bonapartistas y autoritarios. Y esto se articula con una operación de enaltecimiento de las fuerzas armadas, haciendo alusión a los militares caídos como los adalides de la “lucha contra el narco”.

No extraña entonces que la presidenta haya elegido conmemorar el 8 de marzo en el Campo Militar Marte, para reconocer a las mujeres de las fuerzas armadas, mientras cientos de miles se movilizaron en la Ciudad de México y en todo el país. El gesto tiene un significado político muy claro: en una fecha asociada a la lucha del movimiento de mujeres contra la violencia de género, las desapariciones y feminicidios, el gobierno opta por ubicar en el centro del escenario a las Fuerzas Armadas, apostando a su relegitimación.

Renegociación del TMEC: a la sombra del imperio

La creciente subordinación se expresa también en las últimas medidas económicas y hacia la renegociación del TMEC, pronta a iniciar formalmente. Recientemente, el secretario de Economía Marcelo Ebrard afirmó que se busca fortalecer la “integración regional” como blindaje contra la inestabilidad global, y minimizar la dependencia de las importaciones de Asia.

A fines de 2025 los aranceles impuestos a las mercancías de países externos al TMEC marcaron el alineamiento con Estados Unidos en su disputa con China. Próximamente se definirá en torno al endurecimiento de las reglas de origen que pretende la Casa Blanca, aunque hay sectores del empresariado mexicano que piden mayor “flexibilidad”, debido a que las importaciones chinas nutren cadenas de valor fundamentales como la automotriz. También estarán a discusión los aranceles impuestos por Trump, como en el caso del aluminio y el acero, ante lo cual México lanzó medidas sancionatorias contra la triangulación de acero asiatico, aunque aclarando que no responde a una presión de EE.UU., lo cual nadie puede creer seriamente.

En las últimas semanas, se avanzó en conversaciones y acuerdos con Washington sobre los llamados minerales críticos: esto es un tema clave en la agenda bilateral, ya que la Casa Blanca está urgida por blindar el suministro de minerales fundamentales para la producción actual, los cuales son hegemonizados por el gigante asiático. Esto marca un nuevo momento de la política extractiva en México y el saqueo de los bienes comunes de acuerdo a las necesidades imperialistas, que ya tiene consecuencias nefastas para las comunidades y el medio ambiente, como explicamos ampliamente aquí.

Hacia la renegociación del TMEC, el gobierno pretende que Estados Unidos no aplique aranceles a México -su principal socio comercial- del mismo calibre que al resto del mundo. Sin embargo, el “reconocimiento” de esta relación comercial privilegiada, tiene el costo de una profundización de la dependencia y la integración subordinada al bloque liderado por el imperialismo yanqui. Y eso requiere ahora, como decíamos antes, una política proteccionista hacia Asia y una política extractiva aún más “generosa” con las necesidades de la industria estadounidense, así como un mayor sometimiento a su política exterior.

Un “progresismo” subordinado al Departamento de Estado

Desde su asunción, Sheinbaum repitió hasta el cansancio que “colaboramos pero no nos subordinamos”.

Esta retórica no oculta que, desde los tiempos de AMLO hasta ahora, México mostró bien lo que significa ser un “estado tapón”: la migración transfronteriza se redujo un 90%, un resultado tanto de los efectos de las políticas antimigrantes de la Casa Blanca como de la acción represiva de la Guardia Nacional como border patrol, de este lado de la frontera. Luego de ello, vimos la actitud de Sheinbaum hacia la masacre perpetrada por el Estado de Israel, con la colaboración y complicidad estadounidense, negandose a reconocer, durante casi dos años, que se trataba de un genocidio.

En la actitud ante Cuba se han visualizado claramente los efectos de la presión imperialista. Desde enero, México canceló los envíos de petróleo a la isla, rompiendo con la tradición de las últimas décadas. El mismo gobierno tuvo que reconocer que era una medida dispuesta para no confrontar con Estados Unidos y su recrudecimiento del bloqueo imperialista contra la isla. Esto, a pesar de que México produce en solo 15 días el petróleo que podría resolver el déficit energético de un año en Cuba. Después de esta medida, y ante los costos políticos que podía implicar para un gobierno que se reclama “amigo de Cuba”, se anunció el envío de ayuda humanitaria, que no incluye petróleo. Pero esto no sustituye el vital combustible que requiere el pueblo cubano para el funcionamiento del sistema eléctrico, los hospitales, el transporte de alimentos, ni cambia su subordinación al bloqueo petrolero decretado por Trump.

Por una perspectiva antiimperialista e independiente

En este panorama político, el magisterio combativo nucleado en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, se alista a salir a las calles con un nuevo paro. La principal demanda de esta justa lucha es la abrogación total de la Ley del ISSSTE del 2007 y de la reforma educativa, lo cual cuestiona políticas mandatadas por el imperialismo y las transnacionales, y contrasta con una política gubernamental cada vez más subordinada. Esto demuestra que son los trabajadores junto al conjunto de los sectores populares los realmente interesados en enfrentar la dependencia, la entrega y el saqueo y sus consecuencias.

Ante eso, es fundamental impulsar una perspectiva antiimperialista para que la clase trabajadora, junto a la juventud y el movimiento de mujeres, enfrenten la militarización y la subordinación económica y política al imperialismo estadounidense. En ese camino, una tarea fundamental es exigir el envío de petróleo para Cuba, rompiendo el criminal bloqueo impuesto por Trump, y convocar a las organizaciones obreras y populares a tomar en sus manos esta demanda.

En ese camino, es fundamental construir una fuerte organización socialista y revolucionaria, que despliegue esta perspectiva en los sindicatos, escuelas, colegios y centros de trabajo, que levante una política claramente independiente del gobierno de Sheinbaum y de la derecha proimperialista, y que apueste a la organización y la movilización obrera y popular para luchar contra la explotación capitalista y la opresión imperialista.






 

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