Opinión. Revuelta de los colegios secundarios en Francia: ¿el movimiento de los "chalecos amarillos" de la juventud?
Surgida de los colegios secundarios de los barrios populares, la movilización de los estudiantes secundarios empieza a cristalizar el malestar de toda una generación. Su magnitud invita a formular una hipótesis: ¿y si detrás de los reclamos escolares se está gestando una revuelta contra el lugar que el capitalismo francés le reserva a la juventud, y en particular a la de los barrios populares? Su alcance dependerá de su capacidad de organizarse y de encontrar aliados activos en el movimiento estudiantil universitario y, sobre todo, en el movimiento obrero. Hay momentos en los que unas reivindicaciones aparentemente elementales adquieren una fuerza explosiva porque condensan un amplio conjunto de experiencias. Pedir profesores, aulas en buen estado, personal en cantidad suficiente y horarios soportables podría haber sido el punto de partida de un conflicto escolar acotado. Sin embargo, cuando estas reivindicaciones se propagan de un colegio a otro, cuando quienes las plantean se reconocen en la indignación de jóvenes a los que nunca han visto y cuando el Estado responde con una represión salvaje, la movilización plantea una cuestión más profunda: ¿cuánto tiempo puede una generación aceptar las condiciones de vida y el futuro degradados que se le imponen?
Viernes 2 de octubre Edición del día

La revuelta de los colegios secundarios que se extiende por toda Francia invita a considerar la posibilidad de una movilización que atraviesa toda una generación. Sería prematuro atribuirle un programa definido o anunciar su desenlace. Pero su dinámica inicial reúne reclamos inmediatos, una vivencia de desigualdad y un cuestionamiento, todavía disperso, del orden existente. Es en esta combinación donde reside su potencia política. La comparación con los chalecos amarillos permite arrojar luz sobre esta configuración. No porque se trate del mismo sujeto social ni porque la dinámica iniciada el 17 de noviembre de 2018 esté a punto de repetirse de forma idéntica. Sino porque permite identificar un mecanismo de desborde común: una protesta que nace desde las bases, en torno a cuestiones materiales concretas, y a través de la cual empieza a expresarse un malestar que ninguna organización había logrado unificar.
Cuando los más marginados toman la iniciativa
El origen de la movilización en los colegios populares de los suburbios parisinos resulta decisivo. Como subraya Ulysse Rabaté, la protesta visibiliza una “experiencia particular de las desigualdades” vivida en los colegios de Seine-Saint-Denis y del Val-de-Marne, de donde partió el movimiento. Tratados habitualmente como un problema a gestionar, golpeados por el racismo de Estado, estos jóvenes aparecen como los protagonistas de una lucha por la educación, y la iniciativa política surge de sectores a los que generalmente se les niega la capacidad de actuar por sí mismos.
En el corazón de la bronca, una promesa de “igualdad” que choca con la realidad de las condiciones materiales. ¿Qué significa exigirle el mismo esfuerzo académico a todos los jóvenes cuando faltan docentes, los edificios se deterioran y los recursos para el acompañamiento de los estudiantes resultan insuficientes en una parte de los colegios? ¿Cómo atribuir el fracaso al comportamiento individual cuando las condiciones de aprendizaje son tan desiguales? La cuestión excede el marco de un establecimiento escolar. De hecho, la escuela es uno de los lugares donde los hijos de las familias trabajadoras experimentan la contradicción entre las promesas de ascenso social y los obstáculos con los que se encuentran para concretarlas. Cuando esa contradicción deja de vivirse como una dificultad privada y comienza a expresarse colectivamente, lo que parecía un fracaso personal se revela como una injusticia compartida.
La forma en que estos jóvenes se representan también tiene su importancia, como señala otra vez Ulysse Rabaté: “los códigos de los barrios conforman la estética de esta movilización, desde las palabras hasta la ropa”. Los códigos culturales, las formas de expresarse y las redes sociales se convierten en recursos para la movilización. El fuerte sentimiento de pertenencia a sus barrios es un cimiento que les permite hacerse oír. En este contexto, la extensión del movimiento a las escuelas de los centros urbanos, ya sea el 29 de septiembre en Burdeos, el 30 de septiembre en Rennes o este jueves en París, adquiere un significado particular. Las primeras observaciones sobre el movimiento sugieren, efectivamente, que la solidaridad con los jóvenes de los barrios populares y el rechazo a la represión trascienden las diferencias sociales entre los colegios. Si esta tendencia se confirma, dificultará una maniobra clásica: confinar la protesta y sus métodos a la juventud de los barrios populares, presentada como ajena al resto de la sociedad.
Un malestar que trasciende los reclamos escolares
La ausencia de una reforma única a la cual oponerse distingue a este movimiento de otras grandes luchas de la juventud. Si bien existen reclamos comunes, como el rechazo masivo al horario “de 8:00 a 18:00” [1] o la cuestión de las condiciones de estudio, su combinación varía de un colegio a otro. Esta diversidad puede complicar la unificación pero, al mismo tiempo, les permite a muchos jóvenes encontrar sus propias razones para sumarse al movimiento. Una característica que hace eco de la experiencia de los chalecos amarillos, donde la multiplicidad de reclamos expresaba una acumulación de agravios que ya no encontraban respuesta por las vías habituales. En estos últimos días, cada colegio se suma a la movilización debido a sus propias necesidades, pero la magnitud de los bloqueos demuestra que existe una condición común. La falta de profesores remite al abandono de los servicios públicos; los horarios y la disciplina, a la imposibilidad de decidir sobre la propia vida; la selección escolar, a la incertidumbre sobre el futuro. Al igual que en 2018, la protesta empieza a aglutinar lo que hasta entonces se vivía por separado, y las reivindicaciones concretas abren el camino a un cuestionamiento más general de las condiciones de existencia.
Los testimonios recopilados por Le Monde este jueves 1° de octubre expresan esta ampliación del horizonte. El diario señala, por ejemplo: “en el liceo Faidherbe de Lille, esta alumna de primero [5to año en argentina] observa cómo arden los grandes contenedores de basura en medio de la calle de su colegio. Por supuesto, están "las condiciones de trabajo degradadas, las clases sobrecargadas y el edificio que necesita obras", pero muy rápido se revela otro malestar. A punto de cumplir 17 años, Fanny enumera las angustias que pesan sobre su cotidianeidad: "Las catástrofes climáticas, la IA que se va a morfar todos los laburos, el riesgo de que la Agrupación Nacional [en francés Rassemblement Nacional] gane las elecciones…". Se reconoce "bastante privilegiada, con dos padres que trabajan y ganan bien, pero eso no cambia nada del futuro que nos espera. No hay que sorprenderse de que algunos pierdan el control". Asimismo, en numerosos bloqueos el apoyo a Palestina se expresa con fuerza, mientras que un cartel levantado el 25 de septiembre afirma: “arman al país, desarman nuestro futuro”. Por último, mientras que la fecha del 17 de octubre circulaba en las últimas semanas en las redes sociales para denunciar el precio del combustible, impulsada por jóvenes trabajadores de los barrios populares, numerosos secundarios hacen referencia a ella. Todos ejemplos que muestran que aunque las reivindicaciones escolares son claramente un motor de la bronca de los secundarios, esta no se detiene ahí. Un profundo malestar atraviesa a diversos sectores de la juventud.
La especificidad de la revuelta podría residir en esta tensión: la juventud reclama poder estudiar con dignidad, pero empieza a cuestionar la idea de que estudiar y esforzarse garanticen una vida mejor. El colegio concentra esta contradicción, porque es allí donde se decide una parte del futuro de los jóvenes. Sin embargo, en Francia las promesas de Macron de progreso a través del esfuerzo individual están profundamente desacreditadas, mientras que el neoliberalismo muestra en los últimos años su rostro autoritario y represivo, en particular contra la juventud de los barrios populares. Todos estos elementos permiten comprender la intensidad de la protesta, sin por ello considerar que su radicalidad política sea algo inmutable. De hecho, la indignación puede coexistir con expectativas institucionales, reclamos locales e ideas contradictorias. Su evolución dependerá de las respuestas del poder, de los lazos que la movilización teja con otros sectores explotados y oprimidos, así como de las experiencias colectivas que logre construir.
La represión amplifica el conflicto
En este contexto, la respuesta policial violenta y masiva, con 1949 detenciones sólo este jueves, introduce una nueva experiencia compartida. A la desigualdad educativa se suma el descubrimiento de la represión estatal contra quienes intentan luchar. La denuncia de las represiones violentas frente a los colegios, de las detenciones y de los alumnos heridos no sólo conmueve la conciencia de los movilizados, sino que va mucho más allá. La defensa del derecho a movilizarse ocupa así un lugar central en estos días. La represión tiene como objetivo inmediato dispersar, intimidar y desalentar la participación, pero cumple además una función política. Desvía el debate hacia la cuestión del comportamiento de quienes protestan. En lugar de rendir cuentas por el deterioro de la educación, el Gobierno les exige a los jóvenes que justifiquen sus métodos, apoyándose para ello en un imaginario racista, como se vio con la fake news sobre “ataques con ácido” difundida por el primer ministro Sébastien Lecornu.
Las acusaciones de manipulación por parte de La Francia Insumisa o de “la extrema izquierda” se inscriben en la misma estrategia. Parten de la premisa de que unos adolescentes, aunque son claramente capaces de describir lo que pasa en sus colegios, no tendrían la capacidad de decidir movilizarse. Este argumento permite desacreditar su palabra y transformar el conflicto social en una disputa entre el Ejecutivo y sus adversarios. Ahora bien, si bien la intimidación puede funcionar y la represión desgastar a un movimiento, sobre todo si sus participantes quedan aislados, también puede reforzar la solidaridad y transformar un reclamo escolar en un enfrentamiento en el terreno de los derechos democráticos.
Se trata de un asunto importante. De ahí la necesidad de impedir que se instale una división entre los alumnos cuya lucha sería «legítima» y los jóvenes de los barrios populares o los “alborotadores” a quienes se podría reprimir sin consecuencias. La defensa de los secundarios movilizados debe extenderse a todos los colegios y prolongarse después de las movilizaciones: acompañando a las familias, ofreciendo apoyo jurídico, denunciando pública y colectivamente las sanciones. El destino de la movilización se juega también cuando las cámaras se apagan. Al mismo tiempo, el cierre de cientos de colegiospara quebrar la movilización constituye otra forma de represión que hay que combatir, y en la que los docentes podrían tener un rol clave negándose a dar clases a distancia, como hicieron los profesores del liceo “René Cassin” de Gonesse.
“¡No toquen a los secundarios!”: el movimiento estudiantil tiene que dar el presente
A pesar de los puntos en común, hay una diferencia importante entre este movimiento y una característica de los chalecos amarillos. El carácter autónomo de la movilización de los estudiantes secundarios no se traduce en hostilidad hacia toda intervención partidaria. Ulysse Rabaté observa que algunos representantes políticos son recibidos como apoyos útiles. Es el caso de La Francia Insumisa, por ejemplo con Louis Boyard o el intendente de Saint-Denis, Bally Bagayoko, pero también de Révolution Permanente, ya sea Anasse Kazib, Elsa Marcel o Christian Porta en Saint-Avold. Esta apertura puede reflejar una voluntad de encontrar aliados, como lo muestra también la simpatía que despierta entre los alumnos el apoyo de sus profesores.
Este apoyo debe ampliarse ahora con la participación activa de los estudiantes universitarios. Las escenas de alegría durante el encuentro entre los secundarios del colegio “Paul Éluard” y los estudiantes de París 8 en las calles de Saint-Denis constituyen un primer paso, al igual que los primeros elementos de movilización estudiantil,con un llamado de Rennes 2 a bloquear la universidad y unirse a los colegios, y acciones similares en la Universidad Paris Cité o en el campus La Chapelle de la Universidad Paris 1. La participación de los universitarios puede además aportar experiencia, ofrecer lugares donde poder reunirse y permitir construir herramientas de organización junto con los secundarios, a través de asambleas y coordinadoras democráticas. Las organizaciones políticas y sindicales deberían contribuir a fortalecer estas herramientas y hacer propuestas en ese sentido,como hace la agrupación estudiantil “El Puño en Alto” (Le Poing Levé).
La necesidad estratégica del apoyo del movimiento obrero
Otro aspecto clave está del lado del movimiento obrero. Este jueves, trabajadores de distintas empresas de la ciudad de Le Havre formaron una cadena frente al colegio “François Iero” para proteger a los jóvenes de la policía. Un episodio que ilustra la alianza que podría cambiar la relación de fuerzas. Así, más allá de su alcance local, este gesto abre una perspectiva estratégica. La juventud ya no está sola cuando sectores organizados de trabajadores consideran su defensa como su propia misión, su propia tarea.
Esta solidaridad tiene, además, una base material. Las condiciones de estudio de los hijos de trabajadores y las condiciones de trabajo del personal educativo dependen de recursos, la dotación de personal y decisiones presupuestarias comunes. Los docentes y los auxiliares de educación, a quienes vimos inaugurar esta práctica de las cadenas humanas en el colegio “Paul Éluard”, conocen desde adentro lo que denuncian los estudiantes. Los padres sufren las consecuencias del deterioro del sistema escolar, junto con las dificultades relacionadas con el trabajo, la vivienda y los servicios públicos. Pero una base común no desemboca automáticamente en una lucha común.
Para que la solidaridad marque un antes y un después cambiando la situación, tiene que traducirse en una presencia frente a los colegios, asambleas conjuntas, vínculos con los sindicatos de otros sectores y acciones decididas colectivamente. La protección frente a la policía debería ser el comienzo de una relación más duradera. El llamado de la agrupación estudiantil “El Puño en Alto” (Le Poing Levé)a una semana negra a partir del 5 de octubre [2] y la voluntad de varias organizaciones juveniles de organizar una movilización de los colegios y las universidades el 6 de octubre puede, por ejemplo, ser la oportunidad para organizar delegaciones de trabajadores que empiecen a participar activamente en el movimiento. La movilización contra el Contrato de Primer Empleo (CPE) [3], de la que este año se cumplen veinte años, ofrece un precedente importante. En aquel momento, la irrupción de los secundarios y los universitarios, las asambleas y la coordinadora estudiantil, junto con la participación de los trabajadores en las jornadas de huelga y movilización, permitieron crear una relación de fuerzas que obligó al gobierno de Villepin a retirar la medida. Esta experiencia muestra lo que puede cambiar cuando la revuelta de los jóvenes encuentra un eco activo en el seno del movimiento obrero.
Este jueves, frente a las rejas del colegio “Faidherbe” de Lille, una bandera proclamaba: “Tu nous la mets à l’envers, on te la Mai 68” (juego de palabras en francés: “Si cagás, te armamos un Mayo del 68”). Este desafío abre una perspectiva que debemos contribuir a construir: lograr que la rebelión de los jóvenes encuentre la fuerza del movimiento obrero. Sobre todo porque la iniciativa de los jóvenes podría devolverles la confianza a sectores que en los últimos años sufrieron derrotas o llevaron adelante movilizaciones cuyos resultados rara vez estuvieron a la altura.
De la efervescencia a la organización de la contraofensiva
El movimiento cuenta con una fuerza inicial evidente: se extiende de forma espontánea a escala nacional, ¡e incluso en Bélgica! Esta característica hace difícil contenerlo, pero también plantea un problema. Los lazos entre estudiantes que permiten iniciar un bloqueo no alcanzan para coordinar cientos de colegios, elaborar reclamos comunes o preparar un plan para pasar a la ofensiva. Las redes sociales aceleran la difusión de las experiencias. Pero solo la organización permite discutir y decidir qué hacer. En ese sentido, una coordinadora construida a partir de asambleas podría unificar los reclamos comunes, relativos por ejemplo a los recursos educativos, el fin de la plataforma Parcoursup [4] o la lucha contra la represión, sin borrar los reclamos particulares de cada colegio.
Para los militantes revolucionarios de Révolution Permanente y de la agrupación estudiantil “El Puño en Alto” (Le Poing Levé) así como para todos sus simpatizantes, el desafío consiste en aportar a esta perspectiva partiendo de puntos de apoyo concretos. Allí donde existan lazos entre los estudiantes, el personal educativo y los trabajadores de otros sectores, hay que promover iniciativas que sirvan de ejemplo y puedan replicarse. La pregunta decisiva es si la indignación que se está extendiendo hoy en los colegios puede transformarse en organización y en una solidaridad duradera, a la vez que se extiende a nuevas capas de explotados y oprimidos. Las cadenas de trabajadores frente a las puertas de los colegios llevan en sí una perspectiva estratégica: que la defensa de la juventud se transforme en una lucha común contra las políticas que deterioran sus estudios, las condiciones de trabajo de sus padres y el futuro de unos y otros. El desafío consiste, entonces, en transformar esta solidaridad inicial en una fuerza organizada capaz de pasar a la contraofensiva.
[1] Las jornadas escolares son de jornada completa, entrando en general a las 8 de la mañana y saliendo a las 18hs muchas veces. Lo que implica que los jovenes estan 10 horas diarias en la escuela, en aulas hacinadas, en construcciones prefabricadas o donde el deterioro de los colegios es enorme, muchas veces sin profesores, y muchos viven lejos de la escuela y no pueden volver para almorzar y no tienen dinero para ir al comedor
[2] Una semana de movilizaciones masivas y confluencia de todos los sectores
[3] En Francia, el CPE fue un proyecto de ley en el año 2006 impulsado por el primer ministro Dominique de Villepin. Estaba destinado a jóvenes menores de 26 años y consistía en un contrato por tiempo indeterminado, pero con una trampa: incluía un período de prueba de dos años durante el cual el empleador podía echar al trabajador sin justificar la causa y sin pagar indemnización. Esto desató una ola masiva de protestas estudiantiles y huelgas que obligaron al gobierno a dar marcha atrás.
[4] Parcoursup es la plataforma web estatal que unifica y centraliza la postulación, preinscripción y asignación de vacantes para el primer año de la universidad en Francia. Es un algoritmo basado en el merito académico, muy estresante para los jóvenes, ya que analiza sus promedios del secundario y sus cartas de motivación para decidir si entran o quedan en lista de espera en las carreras que eligen

Juan Chingo
Integrante del Comité de Redacción de Révolution Permanente (Francia) y de la Revista Estrategia Internacional. Autor de múltiples artículos y ensayos sobre problemas de economía internacional, geopolítica y luchas sociales desde la teoría marxista. Autor de los libros Gilets jaunes. Le soulèvement (Communard e.s, 2019) y La victoire était possible: Réflexions stratégiques sur la bataille des retraites de 2023 (Communard e.s, 2023).

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