jueves, 6 de agosto de 2026


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Contra la reforma de Kast y Rau. Coordinar desde abajo para cambiar la correlación de fuerzas








Antonio Paez

Antonio PaezDelegado y expresidente del Sindicato Starbucks Coffe Chile

Miércoles 5 de agosto 08:30

El Mensaje N° 094-374 ya está en la Cámara. El gobierno de Kast dio su primer golpe laboral concreto por la vía de la ley de 40 horas, ampliando a un año el ciclo para promediar la jornada y, sobre todo, sacando a los sindicatos de la decisión para dejar a cada trabajador negociando solo su contrato. Detrás vienen el abaratamiento del despido, las nuevas causales y los contratos por hora. La pregunta que se abre no es solo qué dice el proyecto, sino con qué fuerza y con qué estrategia se lo enfrenta. Y ahí hay que detenerse, porque la respuesta que hoy ofrecen la dirigencia sindical y la centroizquierda conduce a la derrota.

Qué se ha hecho hasta ahora

La CUT rechazó la reforma y advirtió sobre el riesgo de precarización que supone para los trabajadores. Convocó, además, a algunas movilizaciones reducidas, testimoniales, que no buscan torcerle el brazo al gobierno sino dejar constancia del desacuerdo. En paralelo, las exministras Jeannette Jara y Camila Vallejo salieron a defender la ley de su gobierno, en redes sociales, mientras las bancadas parlamentarias de oposición anuncian su carta principal, que es la disputa en el Congreso y el recurso ante el Tribunal Constitucional.

Ese es el cuadro completo. Una declaración, una marcha para la foto y la promesa de que otros frenarán lo que los trabajadores no fueron llamados a frenar. Toda la energía se deposita en instancias ajenas a la clase trabajadora: el Congreso, donde la UDI ya comprometió su respaldo y donde la megarreforma pasó sin que nadie la detuviera, y el Tribunal Constitucional, ese mismo órgano que la centroizquierda denunció durante años como el cerrojo antidemocrático heredado de la dictadura y al que ahora encomienda la defensa de la jornada laboral.

Por qué confían tanto en el Estado

Sería cómodo explicar esto por falta de coraje o por errores de conducción. La cuestión es más de fondo y tiene que ver con qué es una dirigencia sindical y qué lugar ocupa.

La burocracia sindical constituye una capa social con intereses propios, distintos de los de los trabajadores a los que dice representar. Vive de administrar la relación entre la clase trabajadora, los empresarios y el Estado, y esa posición le da una doble cara. Por un lado negocia y arranca alguna conquista mínima, porque sin eso perdería toda base entre sus representados. Por otro lado disciplina, contiene y garantiza que el conflicto no se desborde. Las dos caras no se alternan según la coyuntura, funcionan al mismo tiempo, y ambas sirven a un mismo fin: que el orden existente siga en pie.

Desde ese lugar, confiar en la institucionalidad del Estado no constituye una desviación sino la conducta esperable. La burocracia se relaciona con el Estado como su interlocutor natural, porque de esa relación depende su propia existencia como capa. Su horizonte es el de una negociación permanente en la que ella pone el orden entre los trabajadores y el Estado le reconoce un lugar en la mesa. De ahí que frente a un ataque no piense en la huelga sino en el pasillo del Congreso, en la mesa tripartita, en el fallo del Tribunal Constitucional. Y de ahí también que, cuando una empresa atropella a sus trabajadores, su reflejo sea remitir el conflicto a los tribunales de justicia, presentar la denuncia, esperar la sentencia, y no llamar a parar la producción: la vía judicial se ofrece como el sustituto ordenado de la movilización, como la prueba de que pelear en el lugar de trabajo sería innecesario porque ya habrá un juez que corrija. No conoce otro terreno porque en ningún otro terreno tiene algo que ganar.

Conviene precisar cómo opera esto entre nosotros, porque de otro modo el cuadro se vuelve confuso. El recurso ante el Tribunal Constitucional no lo presenta la CUT, lo presentan las bancadas parlamentarias de oposición. Pero el Partido Comunista y el Frente Amplio conducen al mismo tiempo organizaciones sindicales, federaciones estudiantiles y organizaciones sociales amplias. Se trata de una misma dirección política con dos sombreros: el que preside una organización de masas y el que ocupa una banca. No hay entonces una base sindical que delegue en unos parlamentarios lejanos, sino una conducción única que decide, desde arriba, que la pelea se dé en el terreno donde ella se mueve con comodidad.

Ahí está el nudo. Las organizaciones que agrupan a cientos de miles de trabajadores y estudiantes quedan convertidas en respaldo social de una jugada institucional. Su función pasa a ser la de acompañar el cálculo parlamentario, aportar la marcha que dé espesor a la negociación y esperar el resultado. La fuerza que esas organizaciones tienen, que es la de paralizar la producción y el país, queda deliberadamente sin usar, porque desplegarla pondría en riesgo el lugar que esa misma dirección ocupa en la institucionalidad.

Educar en la pasividad

Aquí está el daño más profundo, y es el que menos se ve. Cada vez que la conducción responde a un ataque con una declaración y una marcha testimonial mientras la pelea real se traslada al Congreso y al Tribunal Constitucional, le está enseñando algo a los trabajadores: que el asunto se resuelve en otra parte, que hay especialistas encargados de eso, que lo único que se espera de la base es que acompañe la foto y después vuelva a su puesto.

Las movilizaciones acotadas no son intentos débiles de pelear. Cumplen una función bien precisa: canalizar la bronca acumulada hacia un cauce inofensivo, darle una salida controlada al malestar para que no encuentre por sí mismo un camino más peligroso para el orden. Se marcha una tarde, se saca el comunicado, y el conflicto queda saldado en el terreno simbólico sin haber tocado un solo engranaje de la producción. La bronca se descarga y se desactiva en el mismo acto.

Ese es el aprendizaje que décadas de esta práctica dejan instalado: la desconfianza en las propias fuerzas. El trabajador aprende que su sindicato no está para pelear sino para gestionar, que las conquistas vienen de arriba y que organizarse por fuera de los canales establecidos es aventurerismo. Cuando llega un ataque como el de Kast, esa educación previa ya hizo la mitad del trabajo. La derrota no empieza el día en que se aprueba la ley; empieza mucho antes, cuando se enseñó a esperar.

Lo que el proyecto vuelve urgente

Aquí es donde el propio contenido de la reforma ilumina el camino de la respuesta. El corazón del proyecto es la individualización: sacar al sindicato del pacto de jornada y dejar a cada trabajador solo frente a su empleador. El gobierno entendió perfectamente dónde está la fuerza potencial de los trabajadores, en su organización colectiva, y por eso apunta a disolverla, a convertir a la clase en una suma de individuos que negocian por separado y en desventaja.

Si el ataque consiste en dispersar y aislar, la respuesta no puede consistir en delegar y esperar. A la individualización que impone la reforma, la conducción sindical le suma la desmovilización que impone su estrategia: entre ambas dejan al trabajador dos veces solo, sin sindicato en su contrato y sin lucha en la calle.

Dónde está el eslabón débil

La conclusión no es que los sindicatos no sirvan. Es exactamente la contraria. Ninguna pelea seria contra este plan puede prescindir de la organización sindical, y por eso mismo hay que dar la batalla por recuperar los sindicatos, arrancarlos de manos de quienes los usan como respaldo de sus movimientos institucionales y ponerlos al servicio de los trabajadores. Lo mismo vale para las federaciones estudiantiles y las organizaciones sociales, que fueron construidas con el esfuerzo de miles y hoy funcionan como retaguardia de una estrategia decidida en otra parte.

Recuperar los sindicatos es una tarea importantísima y debe hacerse desde abajo. Es ahí donde el control del aparato es más débil, donde las bases pueden elegir a quienes efectivamente defiendan sus intereses y donde los dirigentes quedan al alcance de la mano de sus representados. Asambleas en cada empresa donde los propios trabajadores discutan la reforma y resuelvan qué hacer, delegados electos y revocables por la base, comisiones que no dependan de la buena voluntad de ninguna cúpula. Esa es la trama sobre la que puede levantarse una fuerza real.

Desde ahí se puede coordinar a los sectores golpeados por la reforma, que son identificables y numerosos: los trabajadores del comercio, la gastronomía, la hotelería, el turismo, los casinos, precisamente aquellos sobre los que cae el régimen más extremo de las 52 semanas y los doce domingos consecutivos. Cada uno de esos conflictos, por separado, es débil. Un sindicato de una cadena de café enfrentado a solas con su empresa tiene poco que hacer. Pero esos mismos conflictos, articulados en instancias comunes, dejan de ser una suma de debilidades y se transforman en una fuerza capaz de imponer condiciones. Esa es la diferencia entre la lucha dispersa, que se agota, y la lucha coordinada, que se multiplica.

Por qué la coordinación es una cuestión estratégica

Conviene detenerse aquí, porque la palabra coordinación suele usarse como sinónimo de solidaridad o de buena voluntad entre organizaciones, y es algo mucho más preciso. Coordinar es el método por el cual fuerzas que por separado son insignificantes se acumulan hasta constituir una fuerza capaz de pesar. No es un gesto moral, es una operación de concentración. Y su importancia no se entiende si no se la piensa como parte de una secuencia.

Toda estrategia, en cualquier terreno, es el arte de crear poder desde una posición de relativa debilidad, articulando los medios de que se dispone con los fines que se persiguen. Los trabajadores no eligen el momento del ataque ni parten de una posición de fuerza; parten, casi siempre, en desventaja. La pregunta estratégica no es entonces cómo aplastar de una vez al adversario, sino cómo modificar la relación de fuerzas que hoy les es adversa.

Pero aquí hay que ser cuidadoso, porque en este punto anida un debate que ha costado caro al movimiento obrero. Podría pensarse que acumular fuerza es un proceso puramente cuantitativo, una lenta sumatoria de afiliados, de sindicatos, de conflictos, hasta que un día el número alcance y la balanza se incline. Esa es la ilusión gradualista, la misma que durante más de un siglo alimentó la idea reformista de que bastaba con crecer pacientemente, elección tras elección.

Lo que se acumula, ante todo, es experiencia y conciencia. Una clase no se vuelve poderosa solo por su número, sino cuando adquiere confianza en su propia capacidad, cuando descubre en la acción lo que es capaz de hacer y de detener, sobre todo por su lugar en los medios de producción. Los viejos maestros de la estrategia militar lo sabían: las fuerzas morales no son un accesorio del combate, son un factor constitutivo, capaz de multiplicar o de anular la fuerza material. Un ejército numeroso pero sin experiencia o quebrado en su moral tiene altísimas posibilidades de ser derrotado; una tropa convencida y templada rinde muy por encima de sus efectivos. En la lucha de clases ocurre lo mismo, y de manera todavía más aguda, porque la fuerza de los trabajadores reside precisamente en su lugar dentro de las cadenas de producción, la posibilidad de actuar juntos y en su certeza de que hacerlo sirve.

De ahí que la movilización no sea el envase donde se deposita una fuerza previamente constituida, sino el proceso mismo en que esa fuerza se produce y se transforma. Rosa Luxemburgo, estudiando la revolución rusa de 1905, lo expresó con una fórmula que conserva toda su fuerza: las revoluciones, y con ellas la conciencia de clase, no se aprenden en la escuela; se aprenden haciéndolas. Aquel año, los obreros de San Petersburgo empezaron elevando una petición humilde al zar para mejorar sus condiciones de trabajo; la respuesta fue la matanza del domingo sangriento. Y en cuestión de meses, sobre la experiencia de esa represión, esas mismas masas que pedían clemencia pasaron a exigir el fin de la autocracia y una asamblea constituyente, y terminaron levantando los soviets, órganos de poder obrero surgidos de la propia lucha.

Y esa subjetividad no se forja en el vacío ni en abstracto. Se forja en la lucha contra los empresarios, contra el Estado y su formidable capacidad de cooptación, contra los mecanismos institucionales que existen precisamente para pasivar el conflicto, para desviarlo hacia canales inofensivos, para transformar la energía de la lucha en trámite, en mesa de diálogo, en expediente judicial. Se forja, también, contra el freno que opera desde el interior de las propias organizaciones de los trabajadores: la burocracia que, cada vez que la base se dispone a pelear, aparece para administrar el descontento, para bajar la intensidad, para reconducir todo hacia el terreno donde ella se mueve con comodidad. La conciencia de clase avanza chocando con estos obstáculos, y en buena medida se define en ese choque. La coordinación, entonces, no es solo concentración de fuerzas materiales; es también el espacio donde esa fuerza se politiza, donde se discuten ideas, proyectos y programas, donde la lucha económica se anuda con la lucha política y deja de ser un reclamo aislado para convertirse en una pelea por el conjunto.

Esto es lo que quiere decir que la lucha es una escuela. En ella, y en buena medida solo en ella, los trabajadores aprenden a reconocer quién es el adversario y quiénes los falsos amigos; descubren la fuerza que tienen cuando paran la producción y la debilidad del patrón cuando la máquina se detiene; sacan conclusiones sobre el Estado, sobre los tribunales, sobre los partidos, no por deducción sino porque los ven actuar en el conflicto. Por eso la pelea es hoy, y no solo mañana: no se trata de aguantar el ataque presente para dar la verdadera batalla en un futuro indeterminado, o en las próximas elecciones como pretenden los reformistas, sino de entender que es en esta pelea, ahora, donde se forja la subjetividad combativa sin la cual ninguna batalla futura es siquiera pensable.

Comprendido así, el proceso deja de ser gradual y lineal. La conciencia no crece a ritmo parejo. Se estanca durante años, retrocede, parece dormida, y de pronto, al calor de una gran lucha, da un salto que condensa en semanas lo que no había madurado en una década. La revuelta de octubre de 2019 lo mostró de cerca. En pocos días, millones de personas que hasta entonces parecían resignadas al orden neoliberal salieron a la calle, perdieron el miedo, validaron la autodefensa frente a la represión y comenzaron a organizarse y coordinarse mientras discutían por sí mismas qué país querían. Fue un salto de conciencia real y vertiginoso, imposible de explicar por la lenta suma de los años previos.

Pero 2019 enseña también la otra cara, y por eso conviene no leerlo con ingenuidad. Aquel ascenso, que no encontró una organización capaz de darle continuidad ni una dirección que lo llevara hasta el final, terminó siendo encauzado hacia el proceso constituyente, es decir, reconducido al terreno institucional donde su fuerza se diluyó. El salto de conciencia es condición necesaria, pero no suficiente: sin una acumulación previa de organización y de cuadros formados en las peleas menores, sin una dirección que esté a la altura, la energía más formidable puede disiparse o ser desviada. Por eso la coordinación paciente de hoy, en el conflicto más pequeño, no se opone al gran salto de mañana: es precisamente lo que permite que, cuando el salto llegue, haya quién lo sostenga y lo lleve adelante.

Solo sobre esta base se entiende la vieja enseñanza de la estrategia. La defensa es la forma más fuerte de combatir, porque permite conservar las fuerzas y desgastar al que ataca, pero por sí sola no resuelve nada: una fuerza que solo se defiende, en el mejor de los casos, no pierde.

Traducido a lo que tenemos por delante: enfrentar la reforma de Kast es una batalla defensiva, se trata de parar un ataque. Pero defenderse no es el horizonte, es la primera fase. Una clase trabajadora que se coordina para resistir este proyecto, y que en esa resistencia se moviliza, discute y se templa, está haciendo al mismo tiempo algo más importante que resistir: está produciendo la fuerza y la conciencia que mañana le permitirán pasar a la ofensiva por todo lo que se le ha arrebatado. La coordinación no sirve solo para frenar esta reforma. Sirve para cambiar la correlación de fuerzas, que es lo único que a la larga define quién impone sus condiciones a quién.

Por eso la estrategia de la delegación es doblemente ruinosa. No solo no frena el ataque presente; impide que se produzca la fuerza que haría posible revertirlo. Cada marcha testimonial, cada conflicto que se deja pelear aislado, cada energía que se deposita en un tribunal en lugar de en la organización, es fuerza que se disipa, y es experiencia formativa que no ocurre, aprendizaje que no se hace. Se llega así al peor de los mundos: se pierde la batalla defensiva y, además, se llega a la siguiente todavía más débil y más desorientado que antes.

El problema de la conducción: exigir desde abajo

Queda, sin embargo, un problema práctico que ninguna consideración estratégica puede eludir. Se ha dicho que hay que coordinar y movilizar, pero las grandes organizaciones de los trabajadores, las que agrupan a cientos de miles y podrían darle escala a esa coordinación, están dirigidas precisamente por quienes no quieren movilizar, por la conducción que apuesta al Congreso y al Tribunal Constitucional. ¿Qué hacer entonces? ¿Esperar a haber conquistado primero la dirección de cada sindicato y de cada federación, en un paciente trabajo interno, para recién después dar la pelea? Ese camino, además de eterno, es ilusorio, porque supone que la conciencia madura primero en frío, en la interna sindical, y solo después se traslada a la lucha, cuando en realidad ocurre al revés.

La respuesta a este problema tiene más de un siglo y conserva toda su vigencia. Frente a una clase dividida entre una minoría con disposición a pelear y una mayoría que aún sigue a las direcciones reformistas, el camino no es ni pactar con esas direcciones ni ignorarlas denunciándolas desde afuera, sino algo más astuto: exigirles, ante sus propias bases, que encabecen la lucha que dicen apoyar. Proponerles la unidad de acción por los objetivos más inmediatos y sentidos, por aquello que la enorme mayoría de los trabajadores reconoce como propio y urgente. En este caso, frenar la reforma de Kast.

Esa exigencia funciona como una tenaza. Si la conducción acepta y efectivamente moviliza, la lucha se pone en marcha y puede desbordar rápidamente los límites estrechos que la burocracia le quiso fijar, porque la propia dinámica de la movilización, la confianza que genera, empuja hacia adelante. Y si la conducción se niega, si prefiere el pasillo del Congreso a la huelga, entonces queda expuesta ante sus bases: ya no puede presentar su pasividad como la única opción posible, porque hubo quien propuso pelear y ella lo rechazó. En ambos casos se avanza: en el primero, porque se pelea; en el segundo, porque las bases empiezan a distinguir entre quienes quieren luchar y quienes las contienen, y esa distinción es el comienzo de todo.

Lo decisivo es de dónde proviene esa exigencia, y aquí es donde la coordinación revela su segundo valor estratégico. La presión sobre la conducción no puede ser un ruego cortés de unos dirigentes a otros, ni un comunicado que pide a la central que reaccione. Tiene que ser una fuerza material, una presión orgánica que nazca desde abajo, desde los lugares de trabajo, desde los sindicatos de base coordinados entre sí. Son los trabajadores del comercio, de la gastronomía, de la hotelería, del turismo, organizados y articulados, quienes al plantar la unidad de acción desde abajo obligan a las cúpulas a definirse. La coordinación de base no es entonces un sustituto de las grandes organizaciones ni una renuncia a disputarlas; es, al contrario, la palanca que permite moverlas, el punto de apoyo desde el cual se puede doblegar la voluntad conservadora de una dirección que, librada a sí misma, no movería un dedo fuera de sus oficinas.

Construir una fuerza, no administrar la derrota

Una pelea concebida de este modo no se detiene en la defensa de lo que hay. Discutir cuánto de nuestra vida le entregamos a la empresa abre la pregunta por el conjunto: por el reparto de las horas de trabajo entre todas las manos disponibles, por qué hacer con el desempleo que el propio gobierno profundiza, por quién decide sobre la producción. Son preguntas que ninguna comisión de expertos va a responder y que ningún tribunal va a fallar, porque son preguntas sobre la fuerza social, y la fuerza social no se dirime en los estrados.

La experiencia demuestra que incluso en las condiciones más adversas es posible organizarse y pelear. Los trabajadores placeros de Pacific Green en Puente Alto, en uno de los sectores más precarizados, mostraron que la organización desde abajo puede plantarle cara a la patronal. Esa es la fuerza que hay que construir, multiplicada y coordinada a la escala que exige la reforma, y vinculada al conjunto del movimiento obrero, al movimiento estudiantil, el de mujeres, pueblos originarios y movimientos sociales.

Los tiempos apremian. El proyecto ya inició su tramitación y la mayoría oficialista está dispuesta a aprobarlo. Cada semana que la respuesta se posterga en espera de una gestión ajena es una semana que el gobierno gana y una semana menos para producir la fuerza propia. La disyuntiva está planteada: o los trabajadores construyen esa fuerza para enfrentar la reforma y preparar la ofensiva, o dejan que otros administren la derrota en su nombre. La historia ya mostró demasiadas veces adónde conduce la delegación.


 

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