Acaso la humanidad haya inventado alguna vez una ocurrencia más tonta que aquella entelequia jurídica de la "frontera marítima". ¿Fronteras el mar? ¿Limites trazables entre un líquido de densidad uniforme? La geografía esboza una mueca, mientras la química lanza una carcajada sonora.
"Todo viaje es una fuga", decía un escritor de mi patria. Pero debemos enmendarle: todo viaje personal lo es. No hay evasión ni deserción si la travesía es colectiva y es motivada por una causa justa (acaso la más justa de todas las que jalonan con sus urgencias esta era vertiginosa).
Las flotillas humanitarias a Gaza, a lo largo de 18 largos años (19 lleva el bloqueo inclemente, el asedio sin fortalezas), no han perseguido el caro ideal burgués del individuo autónomo, del ego que sólo puede realizarse desplazando al Otro a los codazos, ni tampoco el escape egoísta de la grey o la fuga filosófica hacia el solipsismo.
Estas pequeñas embarcaciones persiguen la liberación colectiva, o al menos buscan hacer a ella su humilde contribución. Se trata de navegar en procura de la libertad de otros, de navegar hacia el encuentro de los otros que prometen liberarnos.
De recrear en suma una antiquísima y vasta tradición de internacionalismo marítimo, que conecta las embarcaciones que en la pos Revolución Haitiana persiguieron las goletas de la trata negrera para liberar a los esclavos, o las de los cubanos de la Operación Carlota que atravesaron el Atlántico para combatir por la independencia de Angola, o las que navegaron Giusepe y Anita Garibaldi con patente de corso para hacer la revolución desde Europa hasta América.
La secular lucha palestina no sólo busca afirmar sus derechos culturales y territoriales como pueblo, sino que al hacerlo, pugna por los de todos
Se trata de navegar reconociendo que, donde sea que una porción de humanidad se vea impugnada, la humanidad resulta negada in toto. Es por eso que la secular lucha palestina no sólo busca afirmar sus derechos culturales y territoriales como pueblo, sino que al hacerlo, pugna por los de todos.
Gaza, convertida en doctrina y en escarnio, se asoma al abismo por el que todas las periferias, más tarde o más temprano, habremos de despeñarnos. Gaza es el globo de ensayo de las peligrosas veleidades posthumanistas de las clases dominantes occidentales para los que existe una humanidad excedente. Gaza es el nombre de los últimos umbrales.
Pero hay otro aspecto, tanto menos reseñado, de la relación entre el mar y la libertad; relación que puede llegar a ser paradojal e inversamente proporcional.
Es cierto que el mar es el territorio natural de lo infinito, y que en esta extensión del Mediterráneo los obstáculos son una rarísima excepción; acaso la cola de lagarto de la red de un pesquero que debemos circunnavegar, o la arbitraria zona de exclusión de un prepotente ejercicio militar de la OTAN, o la proximidad de las otras embarcaciones de nuestra propia flotilla, en donde un descuido, las noches llenas de algodones de niebla o el confort del pilotaje automático puede llevar en cualquier momento a una tonta colisión. Pero la norma general es el horizonte despejado.
Y sin embargo no hay finitud más estrecha que la de una embarcación, al menos en lo que concierne a estos pequeños y precarios veleros de los que se compone en su inmensa mayoría la Global Sumud Flotilla (distinta será la suerte de los super-ricos en sus super-yates, verdaderos castillos flotantes).
Habitar una pequeña embarcación de vela, de entre 12 y 15 metros de eslora, es como jugar un partido de fútbol de salón: todo acontece en espacios reducidos. Cada amarre, cada bordo, cada golpe de timón, cada almuerzo en la cocina, cada rutina de limpieza, cada entrenamiento de seguridad, implica el desplazamiento de algo o alguien hacia la baldosa contigua.
Nadie, nunca, puede permanecer por mucho tiempo en el mismo lugar, a riesgo de no encontrar su sitio, como en el juego de la silla. En tierra, salvo en las mazmorras, la libertad ambulatoria es total. Pero en este puzzle geométrico que forman los cuerpos que nos embarcamos en el "Sirius", cada pieza determina el sitio de la otra.
En esta extensión del Mediterráneo los obstáculos son una rarísima excepción; acaso la cola de lagarto de la red de un pesquero que debemos circunnavegar, o la arbitraria zona de exclusión de un prepotente ejercicio militar de la OTAN
La interdependencia es total para quienes vivimos desde hace cinco semanas bajo la cubierta de este singular bosque de un solo pino. Somos, cuando menos, un grupo pintoresco, conformado por un español de las Baleares, un italiano de Trento, un turco de la Anatolia suroriental, un mexicano de ascendencia jordana y un argentino.
Por eso no se trata de perseguir una humanidad abstracta sino de recrearla cada día, en sus profundas contradicciones, en este microcosmos flotante, o en los pequeños archipiélagos que conformamos al fondear en este puerto o aquella bahía, sea en Barcelona, Portopalo, Siracusa, Augusta, Creta, Marmaris o Adrasan.
Gentes de todos los continentes convivimos aquí en un raro experimento social en el que se entreveran nuestras historias, rutinas y rituales. No hay manuales para este modus vivendi, ni lengua franca para este desconcierto babélico en el que se yuxtaponen de manera confusa el inglés, el catalán, el francés, el castellano, el italiano, el turco, el malayo, el zulú o el árabe.
Pero una de las lecciones más antiguas del internacionalismo reza que la comprensión no necesita de una lengua entendida como un cántaro común o un código legible, sino tan sólo de dos voluntades convergentes. La voluntad de entenderse es ya, en sí misma, entendimiento.
Un gesto enfático, una mirada indicativa, una onomatopeya torpe o un vocablo maltratado en el tráfago de traducciones imperfectas; todo sirve a los fines de la inteligibilidad. Claro que tampoco faltan los malentendidos y los desconciertos, las tensiones y las incomodidades.
No busquen héroes aquí, porque los héroes están en otra parte
Pero no hay que confundir estas tensiones, e incluso algunas penurias, y ni siquiera la suerte de quienes fueron o podrán ser secuestrados o confinados en una cárcel flotante en altamar, con la presunta heroicidad de una misión que apenas se sitúa en el orden de lo tímidamente necesario.
La tentación es grande, pero no busquen héroes aquí, porque los héroes están en otra parte. Apenas si hallarán algunas trazas dispersas de una épica necesaria y maltrecha, que palidece frente a cualquier gesto cotidiano de cualquiera de los palestinos y las palestinas que en las condiciones más adversas del planeta logran a cada instante reproducir la vida. Nacer, crecer, no morir, abrigar, alimentar, cuidar, curar, amar. Sobrevivir a tiempos feroces: esa es la epopeya que nos queda.
Recuerdo ahora un caso por demás emblemático, aunque otros miles yacen en el más completo anonimato o directamente enterrados bajo la osamenta de los edificios arrasados: el del doctor Hussam Abu Safiya, pediatra y neonatólogo, director del hospital Kamal Adwan en el Norte de Gaza, uno de los últimos centros de salud que pudieron resistir la destrucción sistemática de toda la infraestructura sanitaria gazatí a partir de octubre del 2023.
La última imagen conocida del pediatra pasará a la posteridad como toda una postal de la barbarie. La composición parece repetir a la del archi-canónico hombre de Tiananmen. Como el joven chino, Hussam también avanza desarmado hacia los tanques que lo enfrentan. Pero nada resulta más contrastante que la avenida amplia y despejada del centro de Beijing con el escenario dantesco de Beit Lahiya, al norte de la Franja.
El hombre de Tiananmén, aunque anónimo, pasó a la historia y todavía es celebrado como un símbolo grato a la imaginería liberal-occidental. Pero Hussam, que vio a su hijo asesinado, se resistió a abandonar su trinchera sanitaria y siguió atendiendo a sus pacientes bajo los bombardeos, es todavía una figura casi completamente desconocida.
Abducido en el inhumano régimen de la "detención administrativa" el 27 de diciembre de 2024, todavía se encuentra secuestrado, probablemente convertido, pese a su fortaleza y ternura, en un espectro de lo que fue. Nunca se trató de "privar de libertad", sino de machacar la sustancia humana hasta volverla papilla. Estos son los palestinos que Israel sindica y luego castiga como temibles "terroristas", un vocablo que empezó como un concepto dudoso, se convirtió en una altisonante invectiva y hoy nada significa.
***
Escribo esto a poca distancia de la Franja de Gaza, después de haber atravesado de punta a punta el Mar Mediterráneo con cientos de militantes a lo largo de cinco semanas. Después de constatar que en efecto ya no existe el Coloso de Rodas y que ya no quedan héroes en el mar de la epopeya, ni tampoco paladines de los derechos humanos.
Apenas si hay drones, dioses cuadricópteros que vigilan las noches llenas de falsas estrellas; y migrantes abandonados a la deriva en sus tristes pateras, que sólo son noticia cuando sus cuerpos renegridos de sol afean las orillas de playas blanquísimas; y una ancha avenida por la que el genocidio, bestia glotona, se alimenta cada día con carbón, acero y silencio.
Volveremos a intentarlo, una y otra vez, cada vez con mayor audacia y radicalidad, porque el mar pertenece a los necios y "la tierra de las naranjas tristes" pertenece a sus habitantes primigenios
Más de 1.300 millas, cuatro países, siete puertos y tres embarcaciones; pero ninguna como el "Sirius", mucho caballo para galopar estas praderas. Sería realmente una pena que los piratas del Mediterráneo hundan su bellísimo casco bajo las mareas. Sueño con que podamos regalarlo a una comunidad de pescadores y que los niños se turnen para saltar al agua desde su empinada proa.
No sé, no podemos saber, qué trama urde el enemigo en la próxima milla. Cuando lean esto, nuestros pies tocarán por fin la arena mojada de las playas de Gaza, o estaremos en alguna cárcel cualquiera de las tantas que ostenta el Goliat colonial. Como sea, estaremos más cerca de nuestros hermanos y hermanas palestinas, y sólo por eso habrá valido la pena.
Y si no fuera suficiente, volveremos a intentarlo, una y otra vez, cada vez con mayor audacia y radicalidad, porque el mar pertenece a los necios y "la tierra de las naranjas tristes" pertenece a sus habitantes primigenios. Al llegar, o no, por fin honraremos aquellos versos del poeta nacional palestino Mahmoud Darwish: "nosotros amamos la vida cuando hallamos un camino hacia ella".

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