
Deseo colonial de violencia y perversión
«Hay sadismo con y sin Sade: El sadismo es una práctica organizada de la violencia, un género pornográfico y una posibilidad en el uso del placer»
La verdad es que el marqués de Sade, tanto su persona como su obra, ha provocado no poco interés y estudios, además de clínicos, entre gente como Guillaume Apollinaire, Albert Camus, Georges Bataille, André Breton, Jean Cocteau, Pierre Klossowski, Jean Paulhan, Maurice Banchot, Gilbert Lely, Michel Foucault, Raymond Queneau, Jacques Lacan, Rolan Barthes, por no hablar de su primer editor Jean-Jacques Pauvert; tales intereses por acercarse a la obra del marqués, llevó, al siempre combativo derribos-Onfray, a embestir contra quienes mostrasen tal interés y contra el propio marqués que desde su punto de vista no es más que pura delincuencia y pecado; precisamente además de algunas salpicaduras, por ejemplo en su Le canari du nazi: essais sur la monstruosité, le dedicó un demoledor libro: La Passion de la méchanceté. Sur un prétendu divin marquis, en el que no dejaba títere con cabeza y en el que recurría, marca de la casa, a buscar, por ejemplo, la causa de los gustos sexuales de Michel Foucault, en su interés por Sade lo que hacía que le gustase el sargento del sexo. Obviamente no seguiré al normando, del mismo modo que afortunadamente no lo hace Iris Därmann (Witten, 1963), ya que en tal caso no sería permitido ni mentar el nombre del autor de La filosofía en el tocador; la catedrática y ensayista entrega una potente obra, que toma el título de una idea expuesta precisamente por el de Poitier: «Sadismo con y sin Sade. Teoría e historia del deseo en la violencia colonial», editado por la iruindarra Katakrak Liburuak. La obra incide en la cultura BDSM como, planeando, imperante en las estructuras coloniales de dominación, al tiempo que destaca el sello en las obras sadianas del conocimiento y denuncia de las violencias cometidas por el colonialismo. Además del hilo conductor señalado, un par de cosas van quedando claras a lo largo de las páginas, repleta de referencias (baste ver el número de notas a pie de página, nada menos que 1434): por una parte, no se ha de partir del hecho de que quienes practican una violencia dominadora sádica se hayan inspirado en la literatura sádica, al igual que el personaje de Molière, monsieur Jourdain hablaba en prosa sin saberlo; y por otra, se ha dado un interés superlativo en recluir el sadismo en el conjunto de parafilias sexuales, ocupando espacio de los manuales de la galaxia psi, obviando cualquier relación, ya sea causal o genealógica, con las atrocidades coloniales; el libro sitúa su centro de gravedad, precisamente, en el archivo colonial, y su expresión en diferentes lugares y ocasiones, de modo y manera que el eje de la travesía de la autora es trasladado del terreno meramente biológico y/o sexual para analizarlo como forma de violencia política. Sade, antiesclavista declarado (en prisión recibía cantidad de obras sobre el tema de la empresa colonial y sus atrocidades), trasladó los comportamientos sádicos cometidos en las colonias a las páginas de sus obras, sustituyendo la violencia de los colonialistas (blancos) contra los indígenas (negros), a la violencia de blancos sobre blancos, proponiendo a sus conciudadanos un esfuerzo anticolonial y una revolución del deseo.
Podría decirse que la obra avanza con dos pies, por una parte, se aclaran algunos avatares de la vida y obra de Sade, a la vez que se presta una gran atención a las fechorías del colonialismo, comenzando por los barcos negreros, verdaderas prisiones flotantes, en que eran transportados los esclavos, siendo la tortura y la violencia sexual la moneda dominante. Se da cuenta igualmente del Code Noir, en el que además de quedar subrayada la propiedad de los amos sobre los esclavos, se enumeraba en su articulado los diferentes castigos, como la flagelación pública, que establecía un nuevo escenario de violencia sexualizada y racista: los hombres con las nalgas al descubierto y las mujeres con su torso al aire. Sade mostró tales prácticas que a su vez servían para el placer pornográfico, trasladándolo a Europa como recurso libidinoso de la esclavitud transantlántica, no me resisto a transcribir una cita a pie de página: «Podemos leer a Sade como una materialización del Código Negro y un registro de las prácticas que iban más allá de sus regulaciones». En este orden de cosas, Sade aumentó las posibilidades subversivas del libertinaje anticolonial en los límites del género corporal pornográfico. Quedan señalados los años en que vieron la luz algunas de sus obras, entre 1795 y 1797, obras que fueron prohibidas en 1800 suponiéndole una condena por publicar escritos indecentes y siendo encarcelado de nuevo, a petición de su familia, por locura depravada; se dan a conocer igualmente los vaivenes políticos del marqués que se posicionó con la aristocracia, con los republicanos y también con la revolución, al tiempo que las posturas transgresoras de los libertinos denuncia la maldad de Dios, presente en las prácticas que describen en sus textos. Los discursos y prácticas libertinos se plasman en discursos filosóficos y narraciones desbordadas, que destacan la transgresión y dan cabida al deseo ilimitado; «el látigo es instrumento y símbolo de la esclavitud: Sade transforma de forma ofensiva la flagelación en una práctica desmesuradamente sexualizada y la traslada a un lugar narrativo en el que representantes de la nobleza y el clero azotan con pasión a víctimas blancas hasta que brota la sangre. Los métodos literarios de Sade buscan evocar una forma física y poderosa de la violencia sexual de la esclavitud transatlántica».
Se pormenoriza las reglas y conductas que funcionan en la colonia holandesa de Surinam, el desarrollo en la implantación de un sistema que tenía en las plantaciones de azúcar, la mina mayor…pero sabido es que donde hay opresión hay resistencia, y así algunos brotes resistentes asomaron con fuerza; el lugar era conocido por su extrema crueldad, dándose una estricta reglamentación espectacular de la flagelación…siendo aplicada por un estricto abanico de comportamientos considerados delitos, que incluían, por ejemplo, bailar al son de los tambores, etc. Lo llamativo resultaba, no obstante, los comportamientos de los negros que en cierta medida aguaban la fiesta al mostraban ante el castigo un comportamiento estoico hasta el punto de que parecía que no padecían el castigo. Se da a conocer el capitalismo caníbal, la acción de los abolicionistas, y el fin de la esclavitud que no fue acompañado con el fin de la violencia sino que produjo una reestructuración acorde con la subjetividad blanca. Quedan desveladas las relaciones entre castigo y producción y de ahí se pasa a los castigos sexualizados en Europa, con especial atención a la experiencia del nazismo y el traslado de la brutalidad a los campos de concentración y muerte, subrayando la pertinencia de los análisis de Aimé Césaire al relacionar la violencia nazi con la violencia colonial; se ofrecen igualmente algunas reflexiones acerca de los lazos entre el castigo y la figura del padre con los consiguientes azotes en el culo y otras prácticas habituales.
Se da cuenta del cambiazo que por medio de una abracadabra milagroso reducía el sadismo como cajón de sastre en el que englobar todo tipo de perversiones de índole sexual, olvidando cualquier huella de la empresa colonial…Amplia atención se presta a los levantamientos contra el poder colonial y el genocidio puesto en acto en los protectorados alemanes, con especial atención a la liquidación de los herero. Y la educación como lugar de educación en valores violentos, labor acompañada con otras medidas eugenésicas y la política de deshacerse de los seres considerados como lastre.
La escalofriante exploración concluye con los planteamientos de Georges Bataille, que establecía lazos entre los levantamientos rebeldes con los planteamiento de Sade en la medida en que suponían un desborde y prácticas de exaltación que desordenaban el cuerpo, también los de Klossowski y “la sensibilidad polimorfa” y su visión un tanto anarquizante del llamamiento del marqués a los ciudadanos, un esfuerzo más si queréis ser republicanos, en busca de una esperanzada búsqueda de una transformación radical del hombre, hombre integral encarnado en los revolucionarios…y no queda ahí la cosa, sino que hay más en este obra que avanza apoyándose, reitero, en dos pies, y como señalaba Robert Musil en las ascensiones el que lleva el protagonismo mayor es el pie trasero ya que sirve de sólido apoyo: así, en este caso, la violencia colonial y su reflejo especular, y continuación por otros medios, en Sade.
Por Iñaki Urdanibia para Kaosenlared
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