El Mundial de los tres (ya ni tan) amigos
La experiencia de 2026 debería servir como una lección sobre los riesgos de las sedes compartidas

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, toma una imagen de los líderes, desde la izquierda, Donald Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney, durante la gala del sorteo del Mundial 2026. | Reuters
El 13 de junio de 2018, en vísperas del inicio de la Copa del Mundo en Rusia, el Congreso de la FIFA en Moscú anunció con bombo y platillo que la edición de 2026 sería organizada de manera conjunta por Estados Unidos, México y Canadá. En aquel momento, el optimismo era la moneda de curso legal. Carlos Cordeiro, entonces presidente de la federación estadounidense, declaró conmovido: «El fútbol es el único ganador hoy».
La narrativa oficial vendía al mundo la imagen de «los tres amigos», un bloque norteamericano sólido, moderno y profundamente integrado que, tras décadas de éxito bajo el cobijo del libre comercio, estaba listo para celebrar su hegemonía global con el balón como pretexto. Sin embargo, ocho años después, ese paisaje de fraternidad parece una postal desteñida de una época que ya no existe. El mundo y la región que recibieron la sede en 2018 son irreconocibles frente a la realidad que enfrentamos hoy, a escasas semanas del silbatazo inicial en la Ciudad de México. El deterioro del clima regional no ha sido accidental, sino el resultado de una erosión sistemática provocada por políticas que han dinamitado el espíritu de cooperación.
La retórica de Donald Trump, marcada por declaraciones poco amistosas –como mofarse constantemente de los líderes de los países vecinos–, así como por una visión transaccional de la diplomacia, ha dejado cicatrices profundas tanto en la relación con México como con Canadá. Aquella vieja confianza se ha transformado en un recelo estratégico donde incluso Ottawa, en diversos momentos de las negociaciones del T-MEC, pretendió hacer a un lado a México para salvaguardar sus propios intereses con Washington. Lo que en 2018 se vislumbraba como una transición tersa hacia un mercado regional más robusto, se ha convertido en una zona de fuerte turbulencia. Resulta irónico, y hasta cierto punto cruel, que en pleno desarrollo del Mundial de 2026 comenzarán formalmente los trabajos para la revisión del acuerdo comercial trilateral.
Trump ya se encargó de cambiar el piso de esa renegociación mediante la imposición de aranceles a vehículos, al acero y al aluminio, entre otros productos, pasando por encima del espíritu de libre comercio que originalmente dio vida a la candidatura futbolera conjunta. La región ya no se presenta ante el mundo como un bloque unido, sino como un escenario de tensiones arancelarias y de seguridad regional donde la pelota rueda sobre un campo minado de intereses nativistas.
México, particularmente, llega a esta cita con el destino en una posición de vulnerabilidad que pocos previeron hace ocho años. La economía nacional no termina de despegar desde aquel 2018, atrapada en un ciclo de estancamiento que ha limitado la capacidad del Estado para cumplir con sus compromisos de infraestructura. Los problemas para estar listos para la inauguración han sido evidentes y vergonzosos; desde las obras inconclusas en los accesos a los estadios hasta la saturación de un sistema de transporte —aeropuerto incluido— que no recibió la inversión necesaria durante el último decenio. El contraste entre la ambición del proyecto original y la ejecución actual es un recordatorio de que la voluntad política no siempre corre a la misma velocidad que el cronómetro de la FIFA.
Para quienes observan este panorama desde el otro lado del Atlántico, la situación norteamericana es mucho más que una curiosidad geográfica. La selección española, por ejemplo, vivirá de cerca estas carencias logísticas y retos en materia de seguridad cuando dispute en Puebla, el 8 de junio, su partido de preparación contra Perú, y 18 días después, cuando se traslade a Guadalajara para enfrentar a Uruguay en un duelo de alto voltaje de la primera ronda. Pero más allá de lo deportivo, España tiene un interés estratégico en asomarse a este espejo: el país ibérico se prepara para ser la sede del siguiente Mundial en 2030, junto a Portugal y Marruecos. La experiencia de 2026 debería servir como una lección sobre los riesgos de las sedes compartidas cuando la política interna y las tentaciones proteccionistas de los socios terminan por asfixiar el proyecto común.
El Mundial que nació bajo la promesa de la unidad norteamericana hoy se perfila como la crónica de una fragmentación. Aquellos «tres amigos» que celebraron en Moscú hace ocho años han dado paso a tres vecinos distantes, obligados a compartir una fiesta mientras, por debajo de la mesa, se preparan para una batalla comercial que definirá su supervivencia económica.
México inaugurará el torneo en el Estadio Azteca –mundialista por tercera vez–, pero lo hará con la sensación de quien recibe invitados en una casa que aún tiene paredes sin pintar y pisos sin colocar. Al final, el fútbol seguirá siendo el espectáculo central, pero será imposible no pensar que el marco que lo rodea —ese acuerdo comercial que alguna vez fue el orgullo de la región— está siendo reescrito bajo las reglas de la fuerza y no de la amistad.
