NOTICIAS DE IRÁN
Líbano como condición del alto el fuego
El 8 de abril, el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, anunció un alto el fuego de dos semanas entre Estados Unidos e Irán. Sharif especificó que la tregua abarcaba “todas las partes, incluyendo Líbano”.
Por Xavier Villar
Para Irán, esa inclusión no era una cláusula accesoria. Constituía el supuesto operativo del acuerdo, la premisa sin la cual Islamabad carecía de viabilidad política como sede negociadora. Fuentes iraníes transmitieron a la cadena libanesa Al Mayadeen que Teherán no acudiría a la cita mientras Israel mantuviera su ofensiva sobre Líbano. Washington, añadían, disponía de un margen limitado para contener a su aliado; de lo contrario, la mesa colapsaría por contradicción interna, no por obstrucción iraní.
Israel no esperó veinticuatro horas. Declaró el acuerdo inaplicable a Líbano y desató su ofensiva más letal en años. Más de trescientos muertos, mil cien heridos, bloques residenciales arrasados en los suburbios meridionales de Beirut. Se trataba de una operación sistemática de fragmentación territorial, orientada a fracturar la conectividad libanesa y a aislar a comunidades específicas, los chiíes, de cualquier red de soporte logístico o político. Se cortaban no solo carreteras, sino las arterias que durante dos décadas habían sostenido la capacidad de resistencia frente a intervenciones militares previas.
Trump respaldó la maniobra: el frente libanés era, según su caracterización, una “escaramuza separada”, desvinculada del acuerdo negociado en Islamabad. Pakistán contradijo formalmente esa versión, su representante ante la ONU había validado la inclusión de Líbano, pero el efecto ya se había producido. Cada nuevo bombardeo confirma lo que Irán ha sostenido desde el primer momento: que Israel no opera dentro de los marcos diplomáticos, sino contra su estabilización, desplazando sus límites mediante hechos consumados que reordenan qué puede ser incluido en el mismo espacio de negociación. El objetivo israelí de debilitar a Hezbolá se mantiene como prioridad declarada, pero esa prioridad se ha revelado, al menos por ahora, impracticable, y expone la fragilidad israelí a la hora de sostener simultáneamente más de un frente operativo.
Desde la perspectiva de Teherán, sin embargo, el problema no se limita a esa operación, sino que comienza antes: en la propia forma en que el alto el fuego ha sido reescrito. Cualquier cese de hostilidades que excluya a Líbano no es, en su lectura, un acuerdo incompleto en términos técnicos, sino un desplazamiento político deliberado respecto de los entendimientos alcanzados a través de la mediación paquistaní, donde el carácter regional del arreglo había sido precisamente su condición de posibilidad. La exclusión libanesa no se interpreta, por tanto, como un ajuste operativo, sino como la sustitución de un marco por otro.
En ese desplazamiento, fuentes iraníes sitúan una decisión más amplia: la de Donald Trump de reorientar el alcance del acuerdo tras consultas con Benjamín Netanyahu, en una dirección más alineada con las prioridades israelíes. Lo que se modifica no es solo el perímetro de aplicación, sino la consistencia misma del compromiso estadounidense, entendido en Teherán como un elemento ya de por sí inestable. La consecuencia inmediata es menos una reacción coyuntural que la reactivación de una sospecha de fondo: la dificultad de tratar las garantías de Washington como algo distinto de un equilibrio provisional y revocable.
Esa lectura refuerza una preocupación que en Irán no es nueva, pero sí se intensifica en este contexto: la imposibilidad de asumir que la negociación se desarrolla bajo condiciones previsibles de cumplimiento. Entrar en un proceso definido de este modo implica, desde su perspectiva, asumir costes políticos sin garantías equivalentes de estabilidad en los términos acordados.
En paralelo, Teherán ha fijado una posición explícita. No participará en negociaciones mientras continúen los ataques israelíes contra Hezbolá en Líbano. No se trata de una cuestión de intensidad o ritmo de las operaciones, sino de su continuidad misma: cualquier marco negociador queda suspendido mientras persista la acción militar, sin que la reducción parcial de la violencia sea considerada suficiente para restablecer las condiciones del diálogo.
Gran parte del análisis occidental se ha centrado en que los iraníes están “revelando su debilidad” al no lanzar de inmediato un contraataque contra Israel. Ese diagnóstico carece de sentido. Los iraníes jugaron casi de inmediato su carta no escalatoria más potente: el recierre del estrecho de Ormuz. Con ello presionan a Estados Unidos, no a Israel, lo que demuestra que Teherán comprende la realidad fundamental de la estructura de poder a la que se enfrenta. Los israelíes solo pueden ser detenidos obligando a Washington a contenerlos, o mediante pasos escalatorios de gran magnitud que conllevan un alto riesgo de ataques nucleares israelíes contra las plantas de desalinización y la infraestructura energética de Irán. El cierre del estrecho niega a Trump cualquier declaración de victoria militar y agrava el daño económico que ya es inevitable en este punto.
Irán no necesita responder con misiles cada vez que Netanyahu viola un alto el fuego. Necesita modificar la ecuación de costes para Washington, porque es Washington quien tiene la llave para contener a Israel. El crudo superó los ciento cuarenta dólares el barril; las primas de seguros marítimos se multiplicaron por diez. Cada día de restricción acumula costes que ningún aliado estadounidense, Japón, India, Corea del Sur, los estados miembros de la Unión Europea, puede ignorar indefinidamente. Abás Araghchi lo dejó escrito: “Washington elige: alto el fuego real o guerra continuada a través de Israel”. Teherán no amenaza con respuestas apocalípticas. Amenaza con hacer la inacción estadounidense físicamente dolorosa, día a día, barco a barco, hasta que la presión doméstica sobre Trump exceda su lealtad a Netanyahu.
Pero hay algo más profundo que el mero cálculo táctico. Al cerrar el estrecho y sostener ese cierre frente a la violación israelí del alto el fuego, Teherán ha emergido habiendo ganado no solo su objetivo primario, su propia supervivencia, sino también dos ganancias estratégicas potenciales: el control efectivo del estrecho de Ormuz y una disuasión recién establecida contra ataques de gran escala por parte de sus adversarios de larga data. Esta última es una categoría que el análisis occidental ha tendido a ignorar porque no encaja en las matrices de la disuasión nuclear clásica. No se trata de la amenaza de destrucción mutua asegurada, sino de la certeza de un desgaste económico prolongado que ningún sistema político occidental puede soportar indefinidamente sin que sus propias contradicciones internas comiencen a manifestarse. La lección que Washington debería extraer, y que probablemente no extraerá, es que cualquier futura escalada contra Irán tendrá que contemplar no sólo la capacidad militar iraní, que es considerable pero no decisiva, sino su capacidad de convertir la estabilidad económica global en un rehén. Esa es la nueva disuasión.
Para Irán, Líbano no es negociable. La insistencia iraní en vincular su propia seguridad a la suerte de un país que no comparte frontera con Irán desconcierta a menudo en Occidente, donde el análisis de política exterior tiende a reducirse a categorías de interés nacional entendido en términos estrechos. No es capricho táctico ni cálculo frío de alianzas geopolíticas, aunque también contenga elementos de ambos. La República Islámica no se piensa como un Estado-nación convencional, con fronteras definidas y una población homogénea cuyos intereses se circunscriben a su territorio. Se piensa como un eje político, como el hogar de una comunidad de musulmanes bajo asedio, los chiíes libaneses, en este caso, situados en la primera línea de un conflicto que empezó mucho antes del 8 de octubre de 2023 y que continuará mucho después de que se olviden los términos de este alto el fuego. Hezbolá no es, desde esa perspectiva, un “proxy” prescindible, un activo intercambiable en la gran partida de ajedrez regional que las cancillerías occidentales imaginan. Es la encarnación concreta de un compromiso ideológico que define a la propia República Islámica desde 1979. Cuando Israel bombardea Beirut o el valle de la Becá, Teherán no registra daños colaterales de un frente secundario. Registra un ataque directo a su razón de ser política. Ir a Islamabad mientras Líbano arde no sería un gesto de pragmatismo; sería una legitimación de la compartimentalización que Israel pretende imponer: guerra negociable con Irán, guerra sin límites contra Hezbolá. Masud Pezeshkian lo planteó sin metáfora: “Bombardeos continuos harían carecer de sentido cualquier negociación”.
La negociación con Beirut como prolongación de la guerra
Netanyahu anunció, al tiempo que proseguían los bombardeos, el inicio de conversaciones directas entre Israel y el gobierno libanés sobre el desarme de Hezbolá. No es diplomacia. Es una maniobra para arrancar Líbano del perímetro del alto el fuego negociado con Irán y mantener dos guerras corriendo en paralelo, una contra Hezbolá, otra contra la República Islámica, bajo la cobertura de un “proceso soberano libanés”. Israel sabe que el gobierno de Beirut no puede entregar en la mesa de negociaciones ninguno de los objetivos que no logró asegurar en el campo de batalla: ni la ocupación permanente de una sola aldea, ni la imposición de una zona de amortiguamiento de tres o cuatro kilómetros a lo largo de la frontera, ni el desarme efectivo de una milicia que ha construido arsenales subterráneos durante dos décadas. Las filtraciones del mando israelí a la prensa local son elocuentes: las fuerzas israelíes están al borde del colapso operativo, sin capacidad real para sostener una ocupación prolongada ni para imponer por coerción militar los términos que ahora pretenden obtener mediante la presión diplomática sobre un gobierno que, en la práctica, ya no controla el sur del país.
El gobierno libanés conoce esa realidad, y sin embargo apuesta por prolongar la guerra sobre su propio territorio. Su cálculo es cínico, pero no por ello menos lógico desde la perspectiva de una élite que lleva décadas administrando la fragmentación sectaria del país. Sabe que Israel no puede garantizar la derrota de Hezbolá, pero confía en que el desgaste acumulado durante una guerra prolongada erosione a la milicia chií más de lo que erosionará al Estado residual. Está dispuesto a que el sur de Líbano sea devastado y su población chií desplazada con tal de reducir la influencia política de Hezbolá en el período de posguerra. No es colaboracionismo por miedo a un invasor victorioso, porque el invasor no ha ganado, ni puede hacerlo, sino colaboracionismo por cálculo político interno, una apuesta a que la destrucción material de la base social de Hezbolá termine por traducirse en una pérdida de capital político que ninguna victoria militar simbólica podría compensar. La diferencia con otros episodios históricos de colaboración es que aquí el ocupante no ha consolidado su victoria; el gobierno libanés está quemando su propia legitimidad en una apuesta cuyo único beneficiario final es Israel.
Irán lee esta maniobra sin ilusiones. No necesita que la apertura de una vía de negociación oficial libanesa complique su posición diplomática, porque esa complicación solo existe si se acepta la premisa de que Líbano es un Estado soberano en el sentido westfaliano —una premisa que la propia práctica israelí se encarga de desmentir cada vez que bombardea Beirut sin declaración de guerra. La soberanía libanesa, como categoría operativa, ha sido suspendida por la propia acción israelí; invocarla ahora para justificar una negociación separada es un ejercicio de hipocresía que ninguna de las partes involucradas toma en serio. Irán negocia directamente con Estados Unidos, y su condición ha sido constante: el alto el fuego incluye Líbano porque el frente de resistencia es uno. Netanyahu cree que puede separar los frentes bombardeando mientras habla. Hezbolá sigue disparando. Ormuz sigue cerrado. La mesa de Islamabad no se ha roto porque Irán la haya abandonado. Se ha roto porque Israel la hizo incompatible consigo misma.
Washington enfrenta una decisión que no puede delegar en Netanyahu. Puede seguir tolerando que su aliado redefina los acuerdos según su conveniencia, pagando el coste de un estrecho cerrado que sus aliados asiáticos y europeos no pueden soportar indefinidamente. O puede imponer un cese real de los ataques a Líbano, demostrando que el acuerdo de Islamabad tenía contenido material. La historia reciente sugiere que Trump elegirá lo primero, como Biden eligió lo primero, como todos los presidentes estadounidenses han elegido lo primero desde 1948. Pero la diferencia ahora es que Irán ha encontrado una forma de hacer que esa elección tenga un precio que Washington no puede trasladar íntegramente a otros. El estrecho de Ormuz no es Gaza. No se puede bombardear para reabrirlo. Requiere negociación, y la negociación requiere que Israel deje de bombardear Líbano. Mientras eso no ocurra, Irán no tiene nada que hacer en Islamabad. No por intransigencia. Por coherencia con la única lógica que ha mantenido al eje de resistencia en pie durante cuatro décadas: los frentes no se negocian por separado. Quien pretenda negociar con Irán tendrá que negociar con todo el frente. Israel lo sabe. Washington también. La cuestión es si están dispuestos a aceptarlo. Teherán, mientras tanto, ha consolidado dos realidades sobre el terreno: el estrecho bajo su control efectivo y una nueva ecuación disuasoria donde cualquier ataque futuro tendrá que contemplar no la simetría militar sino la asimetría del desgaste económico. Esas dos realidades son las únicas garantías que Irán necesita mientras la diplomacia en Islamabad permanezca en suspenso.
Para Irán, la escalada israelí en Líbano constituye una indicación de que Trump no es fiable. Incluso antes de que comenzaran las conversaciones, Teherán considera que ya se ha incumplido uno de los elementos del alto el fuego. Al mismo tiempo, el episodio refuerza la idea de que Estados Unidos no controla a Israel. Eso modifica el contexto, los objetivos y las expectativas de cualquier posible acuerdo en Islamabad.
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