sábado, 7 de noviembre de 2026


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Trump cabalga el tiempo del colapso

 

Por Josué Veloz Serrade

Este ensayo reelabora las dimensiones de análisis de un trabajo más amplio: «El caos como método: geopolítica del estado de excepción, desestabilización psíquica del adversario y nuevas articulaciones entre tecnología, pulsión de muerte y acumulación de capital», presentado en la Mesa 22: «Guerra, tecnología y poder: defensa y geopolítica en la transición de orden mundial», en las VII Jornadas Internacionales de Estudios de América Latina y el Caribe, 22 de mayo de 2026, Buenos Aires, Argentina.

Si la resistencia al Poder Esclavista fue la consigna cautelosa de vuestra primera elección, el grito de guerra triunfal de vuestra reelección es: ¡Muerte a la esclavitud!

— Karl Marx, carta a Abraham Lincoln en nombre de la Asociación Internacional de los Trabajadores, 22 de noviembre de 1864.

La mayoría de las encuestas han anunciado un escenario muy adverso para Trump en las elecciones de medio término. Luego de los resultados se abren una serie de hipótesis acerca del peso que puedan tener dichos resultados en la apertura de un tiempo político de declinación de Trump, coronadas por la solución vía impeachment. También se cuestiona si aumentará su agresividad interior y exterior como respuesta a la no asunción de una posición de debilidad; o si lo hará, en cambio, transitar hacia una política más «racional» con gestos de negociación; o si finalmente adoptará la escena que más prefiere, la más acorde a sus giros personológicos: la del desconocimiento de los resultados y todas las rutas de corte fascista que podrían acompañar esa decisión. Todo eso es materia de los análisis políticos electorales, que en mayor o menor medida ya circulan.

Nos interesa otro asunto, que puede iluminar dimensiones de los ejes anteriores:

¿cómo hacer compatibles los logros geopolíticos estratégicos obtenidos por la vía de la coerción directa con un escenario de derrota electoral amplia? Frente a Trump, con las excepciones de Irán y de Cuba, ha imperado en el mundo actual el laissez faire más obsceno nunca antes visto. Los sectores dominantes del capitalismo en los Estados Unidos están ante una disyuntiva determinante: cómo conservar los logros estratégicos de Trump, incluso sin él.

¿Por qué, en un hipotético día después, un gobierno republicano soft, o un gobierno demócrata de corte más «progresista», renunciarían, por ejemplo, a las concesiones petroleras obtenidas en Venezuela sin una resistencia prolongada?

El otro día escuchaba a un analista comentar que la guerra en Irán había demostrado la insuficiencia del armamento, la pérdida de varias bases importantes, el no-control del Estrecho de Ormuz, y el retroceso en relación con la posición geoestratégica que tenían antes de la guerra. Pero no olvidemos que el 4 de enero de este mismo año, parecían invencibles y tenían hasta un arma que al activarla todos los radares se apagaban y las personas quedaban en una especie de congelación. En Irán, al parecer, no pudieron trasladarla para su uso, o lo más probable es que no haya sido suficiente.

la representación política en los Estados Unidos está capturada por el comportamiento de potencia imperialista.

¿Puede tener una deriva «democrática» una sociedad política que se alimentó históricamente también de un tipo de proyecto civilizatorio de dominación mundial al que aún no ha renunciado?

Un proyecto de dominación que es anterior a Trump y que no da señales de declinación después de él. Así como una vez Marx celebró la victoria electoral de Lincoln, porque es siempre mejor aquello que le mejora la vida a los trabajadores, no hay que obviar la dimensión estructural del dominio imperialista.

Una potencial derrota de Trump, solo podría abrir un escenario de ruptura hegemónica si esos sectores «progresistas» tuvieran la capacidad de resistir el probable embate fascista que se desencadenará desde múltiples formas para preservar lo que Trump ya conquistó.

Y esa resistencia solo será posible en las calles, mas no para recuperar «la Nación que alguna vez fue», viejo fantasma exculpatorio del progresismo norteamericano — que murió en la escena final de aquel reencuentro lánguido y melancólico de aceptación de la normalidad capitalista, en Nuestros años felices—. Esa resistencia popular podría abrir un nuevo período, pero el progresismo también tiene siempre a mano el final hollywoodense de la integración y conciliación de clases, y el reiterado intercambio de unas guerras por otras.

Dicho eso, lo que debemos desentrañar lo antes posible son las fuentes de la eficacia trumpista, que logra trascender los efectos de crisis de legitimidad que ella misma provoca. Porque las elecciones de medio término pueden agravar su crisis de legitimidad, pero es importante señalar que el gobierno de Trump es quizás la primera administración que logra desanudar con eficacia los avances geoestratégicos, obtenidos por la vía de la fuerza y la instrumentación de una geopolítica de zonas de excepción, de la esfera la legitimidad.

El caos como método

La noción de «ingeniería del caos» formulada por Giuliano Da Empoli ofrece una primera vía para pensar el fenómeno Trump. En su análisis de los nuevos operadores de la política «populista», Da Empoli describe la convergencia entre la ira social, la polarización, las tecnologías digitales y quienes aprendieron a convertir la perturbación del espacio público en un recurso para conquistar poder. Trump aparece allí como una de las expresiones centrales de esa transformación. Podría extrapolarse esa hipótesis al terreno internacional: si el campo político de la derecha aprendió a convertir la incertidumbre en un recurso político, ¿por qué no pensar también la diplomacia de Trump bajo una lógica semejante?

La política exterior de la administración Trump ha recurrido a una diplomacia que prescinde parcialmente de las mediaciones institucionales tradicionales. En febrero de 2026, The New York Times describió la estrategia como una «diplomacia sin diplomáticos»: Steve Witkoff y Jared Kushner, enviados personales de Trump, ocuparon el centro de negociaciones de alta sensibilidad con Irán, Rusia y Ucrania, mientras el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional quedaban relativamente desplazados. En una misma jornada, ambos negociadores podían pasar de las conversaciones con Irán a las negociaciones con Rusia y Ucrania, combinando negociación directa, presión militar y amenazas.

La escena permite imaginar una primera hipótesis:

amenazas que se contradicen, posiciones que cambian, acuerdos que pueden ser anunciados y desmentidos, aliados sometidos públicamente a presión y negociaciones conducidas por canales personales podrían funcionar como una técnica destinada a desorientar al adversario y mejorar la posición negociadora de quien produce la incertidumbre. Si hablamos de «ingeniería», suponemos que detrás del caos existe un ingeniero, es decir, una racionalidad que produce deliberadamente la perturbación como instrumento de una estrategia previa. El desorden sería solo aparente; detrás de él existiría un plan capaz de reconstruir cada movimiento como parte de una estrategia.

El episodio de las negociaciones con Irán arroja luz sobre esa vía. Según una reconstrucción posterior de The New York Times, el exasesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, afirmó que, pocos días antes de los bombardeos estadounidenses, Irán había presentado en Ginebra una propuesta que podía haber avanzado considerablemente en la cuestión nuclear. Su afirmación fue más preocupante, sostuvo que, según su entendimiento, los negociadores estadounidenses no habían comprendido lo que se les estaba ofreciendo y lo habían ignorado, antes de que se optara por el ataque. Sullivan vinculó esa conclusión con una discrepancia entre lo que afirmaban funcionarios de la administración Trump y lo que los mediadores iraníes decían que había sido puesto sobre la mesa.

Si una potencia logra instalar la incertidumbre como un clima permanente de sus propias acciones, puede poner en crisis los dispositivos analíticos de su adversario y, por esa vía, labrar su sometimiento. El adversario termina no sabiendo qué harán los Estados Unidos. Pero puede ocurrir que los Estados Unidos tampoco dispongan de mediaciones suficientemente estables para saber con precisión qué está haciendo el adversario. Por lo que corre el riesgo de quedar atrapado en su propio instrumento.

Por eso, en nuestra lectura, resulta más preciso hablar de caos como método que de ingeniería del caos. El caos también tiene efectos estratégicos y debemos evitar la trampa de suponer que todo en Trump es caos o desorganización. Sin embargo, el caos que provoca le permite manejar situaciones en las que no necesita depender de un plan completamente formado de antemano. Aunque en su origen y forma de presentación esta conducta es contradictoria, desde el punto de vista estratégico puede tener efectos redituables.

Para Trump la imprevisibilidad no es un gesto veleidoso o anómalo, aunque lo parezca, es una forma singular de ejercicio del poder. Entonces, aunque hay adversarios que en los hechos no logra derrotar, desde otro ángulo lo fundamental es que ese adversario queda atrapado en un clima de inseguridad y desasosiego en el que prima el no saber acerca de qué quiere realmente el otro. Provocar incertidumbre como un efecto de enrejado permanente es ya una cuestión de estilo, que captura una parte importante del campo político de esta época.

En definitiva, el caos como método no solo produce desorden en los movimientos del adversario, ni consiste simplemente en producir desorden, sino en alterar las condiciones bajo las cuales el otro puede calcular. El problema siguiente es determinar qué se exporta. No se exporta necesariamente una crisis completa ni se busca siempre una derrota inmediata. Lo que se desplaza hacia el adversario es una parte de la incertidumbre que normalmente debería absorber quien ejerce el poder.

Aquí la noción de fricción de Carl von Clausewitz nos ayuda a captar el matiz. En De la guerra, la fricción designa aquello que hace que lo aparentemente sencillo resulte difícil, cuando una acción pasa del plano de la planificación al de la realidad. La guerra introduce innumerables pequeñas resistencias, accidentes, malentendidos y contingencias que alteran el cálculo inicial. La fricción es la diferencia entre una acción pensada sobre el papel y una acción que debe realizarse frente a una voluntad independiente que también calcula y modifica sus movimientos. La fricción se convierte en instrumento en la confrontación, no en la planificación previa. Confrontar el método de Trump requiere más observación de los flancos que deja disponibles durante la fricción, que de la planificación obsesiva previa.

Porque lo que ocurre con el caos como método es una inversión de esa relación. La fricción que Clausewitz encontraba como una condición inherente a la acción conflictiva puede convertirse, bajo determinadas circunstancias, en algo que un actor intenta infiltrar deliberadamente en el campo de decisión del otro. La incertidumbre propia se traslada al adversario de un modo asimétrico; eso reduce la capacidad de previsión del adversario. Y mientras queda enjaulado en el juego decisional del oponente, no emplea el tiempo suficiente en captar las oportunidades que se abren en el espacio friccional. Otro factor de desorientación de la fricción es que la ventaja no se obtiene por medio de un mayor saber, o por una torsión del campo racional: la clave en la fricción es la travesía y la eventual captura de ese ángulo de debilidad imprevista. Y ese núcleo de debilidad es la trampa para ambos. En otras palabras, la mayor debilidad de Trump es el mecanismo que produce su mejor margen de eficacia. Frente a los movimientos caóticos de un boxeador, la mejor estrategia es la de un peleador de riposta, que esconde su pegada y la usa en el momento preciso.

La eficacia del caos como método está en la sobreinstalación de la amenaza ambigua, un cambio inesperado de posición, una negociación que se abre y se cierra de forma abrupta, un aliado que es públicamente desautorizado o una medida económica cuya duración nadie puede prever. Ese caos introduce costos que no son en principio materiales, sino que van al corazón subjetivo del adversario y al desorientarlo acontece el zarpazo. Antes de que exista una sanción efectiva o un arancel, gesto recurrente en Trump, ya existe un costo subjetivo en la amenaza de su aplicación. Entonces el desgaste se deriva de que hay que dedicar recursos a imaginar escenarios, protegerse frente a contingencias y esperar una respuesta que no puede anticiparse con seguridad.

La fricción, podríamos decir, se constituye así en una forma de imposición indirecta de costos subjetivos. El adversario puede conservar intactos sus recursos materiales, pero comenzar a utilizarlos peor porque debe actuar dentro de un horizonte de incertidumbre más estrecho. El poder no consiste únicamente en imponer una voluntad, sino en la capacidad de producir un entorno de incertidumbre que determine los comportamientos del adversario.

Encontramos aquí una diferencia importante respecto de la fricción clausewitziana. En Clausewitz, la fricción es una condición general de la guerra que afecta a todos los contendientes. En el caos como método, la apuesta consiste en hacer de esa condición una asimetría: si todos padecen incertidumbre, quien sea mejor en absorberla y metabolizarla puede convertir la incertidumbre del otro en ventaja propia.

Eso explica por qué la imprevisibilidad de Trump puede resultar eficaz incluso cuando no está acompañada por una estrategia coherente. El caos comienza así a adquirir una dimensión espacial. La potencia que lo produce desplaza hacia afuera parte de las contradicciones que no puede resolver internamente. Pero si la fricción se exporta de manera sistemática, podríamos preguntarnos: ¿qué ocurre cuando el adversario ya no consigue transformar la incertidumbre en una forma de decisión y queda atrapado en sus efectos? Ahora

el caos tiene un límite, ese límite es el gasto de energía: el ICE, los aranceles que se imponen y en poco tiempo se eliminan, romper un proceso de negociaciones con una invasión, y luego perder los objetivos militares previos, tensionar diplomáticamente con una parte importante del mundo, apoyar un genocidio en Gaza y otro en Cuba, sostener una arquitectura de gobiernos de derecha en la región, todo esto y más, hecho en tan poco tiempo, puede habilitar un colapso entrópico, que no se producirá por sí solo: alguien tiene que aprovechar ese margen de debilidad autoinducida.

Ante ese panorama desesperanzador es lógico que el momento electoral se enuncie como una posible salida para fuerzas extenuadas que no ven el fin de esta época de distopías fascistas. En Brasil, en días recientes, se enunció un gesto político antifascista importante y convengamos además que ese avance momentáneo se consiguió con una fuerte movilización de sectores populares, mas allá de la ingeniería electoral, que se presenta como elemento central de muchos análisis.

Es cierto también que toda elección se caracteriza más por las ilusiones que vende, que por los sueños que realiza. Sin dudas, el tiempo electoral puede introducir un corte en ese anudamiento de caos sucesivos que es la política trumpista.

Ese estilo de hacer la política combina con eficacia: máquinas de caos social, espacio friccional asimétrico exportado y parálisis del adversario, que cristaliza en un colapso subjetivo. Pero por muy eficaz que sea, dicha articulación de poder tiene también momentos de quiebre entrópico y extenuación. He ahí, en esa densificación del tiempo, donde debemos intentar operar, pero habrá apenas instantes para introducir el tiempo de dislocación revolucionario, y para eso debemos estar preparados.


 

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