jueves, 2 de abril de 2026

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En el paraíso rural

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«El término “agrohorror” identifica a un conjunto de ficciones que tiene como escenario específico el mundo rural y que buscan provocar un efecto de inquietud, ya sea por vía fantástica o insólita (lo más habitual), pero también por vía “realista”[…]Una visión de lo rural que no busca su caricatura, pero tampoco ofrece una visión idealizada[…].El agrohorror nos muestra el mundo rural en su más trivial cotidianidad»

«El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos», así hablaba Marco Polo al Gran Kan en Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino; en términos cercanos se pronunciaba Jean-Paul Sartre al sostener que el infierno son los otros, o todavía ciertos aires de familia se dan en ese dicho en euskara que reza: herri txiki, infernu handi (es decir: pueblo pequeño, infierno grande).

Por cierto, no hace mucho veía un reportaje televisivo que daba cuenta del descontento de algunos urbanitas que atraídos por la supuesta paz y el silencio del campo se habían trasladado a él con el fin de vivir más cerca de la naturaleza, no cabe duda de que el atractivo estaba impulsado por algunas postales, o las lindas imágenes de libros de papel cuché, en que dominaba el verde, los riachuelos, con el lindo trinar de unos juguetones pajarillos como banda sonora…mas he ahí que se sintieron defraudados, y expresaban su airada queja, al constatar que allá había cacas de los animales por el suelo, tractores y otras máquinas con sus bramidos…su visión del campo y la naturaleza que me recuerda al personaje cortazariano, el joven Lucas, que veía el campo como allá en donde los pollos andan crudos. En fin, los habitantes del lugar serán de la opinión de que más vale solos que mal acompañados, y…la tierra para el que la trabaja.

Conste que con esta entrada un tanto desabrida no pretendo espantar a nadie, a modo del espantapájaros de la portada del libro, realizada por Fernando Vicente, de ir al campo, de visita o a vivir, simplemente por asociación de ideas y precisamente por combatir las visiones idealizadas, me he dejado llevar ante el último libro de David Roas (Barcelona, 1965), que de él hablo: «Territorios. Apuntes sobre agrohorror», editado en Páginas de Espuma.

La verdad es que hacía tiempo que no leía nada del escritor; anteriormente sí que lo hice con gusto como puede verse en los escritos que incluyo al final de este artículo*. El indiscutible cuentista se va en este ocasión al campo arrastrado por los personajes de los siete cuentos que componen el volumen.

En el gañán entre el centeno, relato con el que se abre el libro, al protagonista le ha caído en suerte, o más bien en desgracia, una casa en el campo como herencia; le agobian las cigarras que no cesan del alborotar provocándole un hondo desasosiego y hasta pesadillas; al que no quería ser labrador que cantaba José Antonio Labordeta, por el rocío matutino, la calor del mediodía y los mosquitos nocturnos, no se le puede aplicar la copla al heredero al que siempre había disgustado ir a aquella casa de su abuela, y que ahora le pertenecía; pensaba que aquello era una herencia-trampa, a modo de venganza por parte de la fallecida por los veranos cargados de discusiones entre ambos. En un campo de centeno, aparece un niño misterioso que desaparece como una exhalación. Más tarde, en la tienda de comestible, Ultramarinos Merceditas, conocerá además de a la dueña del establecimiento a unas señoras que se ríen y se dirigen a él con una descarada sorna. Luego caminó hasta el Bar Venancio…en donde fue recibido con el mismo tono huraño y bromitas acerca del perdido…y el mosqueo ante el hallazgo de una huella solitaria; y el misterioso niño en posición vigilante, convertido en obsesión del escritor heredero, por lo visto con compañía incluida; evanescente figura del niño materializándose y volatilizándose entre las espigas…y la historia increíble de Toñito que le cuentan los paisanos ¿historia real o humor rural?.

Un sujeto que va en busca de un dolmen allá por la Costa da Morte, tras diferentes desvíos en caminos y vericuetos varios, el GPS despistado, con sorpresa se encuentra ante un grupo de hombres disfrazados de ninjas con sus respectivas katanas y bajo la dirección del Senséi de turno, hasta que llegan otros arrastrando a un tozudo cerdo… A matanza do porco, con la banda sonora de Antón Reixas y colegas, es observada por el visitante perplejo convertido en indiscreto espía.

La naturaleza parece alocada, cuando el polvo amarillo que había dejado una empresa alemana, EuroKurtz, que decía fabricar pesticidas, empresa que funcionó hasta que alguien la incendió harto de que sus conejos se muriesen; más tarde llegaron los jísters, cargados de dinero, que compraron las huertos a los lugareños, excepto los de algunos, rara avis, que se resistieron a las aves de rapiña que etiquetaban, EcoBioVegano, los relucientes productos de sus renovadas huertas…el negocio parecía marchar sobre ruedas hasta que algunos irredentos, cabreados, rocían los huertos con el polvo amarillo tomado de las ruinas de la empresa…El resultado parece ser el contrario del perseguido, la vida te da sorpresas, ya que las plantas crecen de la noche a la mañana ante el pasmo de los habitantes del lugar y el gozo de los negociantes invasores, hasta que de manera inesperada todo empieza a caer, lo que sube, baja…ante ello, acabado el negocio, los jísters de largan…mientras que las huertas se pudren al contrario que los árboles de los bosques que cercen con desmesura…De esto trata La invasión de los ladrones de huertos.

El acceso al desván de la casa de la abuela en un pueblucho perdido y sin diversión posible, a donde iban a pasar el mes de agosto enterito un matrimonio y sus dos hijas a las que está prohibido el acceso para ellas. Un día desobedeciendo la prescripción suben y en medio de cachivaches, hallan en un baúl un vestido verde lindo y llamativo que oculta otra vertiente nada bella, cuando es probado por la hermana mayor…lo que llevado a la ciudad servirá a la otra hermana para emplearlo, Listo para usar…el vestido binario, verdadero vestido-trampa.

A un pueblo perdido llega un viajero al que le dicen que aunque al lugar no va ni dios, en aquella ocasión coincide que han llegado otros tres viajeros, turistas ellos. La venerada santa de la localidad es Pelagra y su cuerpo incorrupto -según cuentan- lleva allí enterito durante más de doscientos años. En la iglesia coinciden con los turistas que se comportan con una falta de respeto y de educación propia del turista tipo, en especial su caprichosa hija Vanessa. Ignacio, sin tomarse tripi alguno, va a escuchar las explicaciones del cura , y perplejo ante la observación de la santa, que parece una muñeca, llega a palparla, viendo la actividad de la santa muerta que cobra vida como una posesa, en medio de una atmósfera que podría calificarse de sobrenatural, al no ceñirse a las coordenadas temporales ni espaciales, se va a ver envuelto en La conjura de los recios. Hablaba Flannery O´Connor de buenas gentes del campo

A todo cerdo le llega su san Martín, y en esta ocasión en aquel pueblo son cinco los gorrinos que van a ser sacrificados. Los participantes se las prometían felices y babeaban pensando en todo lo que iban a saborear de las diferentes partes de los sacrificados. Allí no hay granja -como la de Orwell- en la que se rebelan los puercos, pero sí que hay unos marranos inquietos que son pacificados, al menos en principio de su estado nervioso por medio de conjuros…eso no quita para que lo que se esperaba como fiesta se convierta en algo realmente espeluznante, vertiente chacinería, que es relatado, en rojo, en La noche de los puercos vivientes, que nos zambulle en el corazón de la contradicción plena entre la vida y la muerte, lo entero y lo descoyuntado.

Cerrando el volumen, leemos Rituales en donde David Roas nos lleva otra vez a San Andrés de Teixido, el protagonista con tal de cumplir una promesa ritual solicitada por su fallecida madre, se dirige al lugar, recorriendo entre la niebla las curvas imposibles, en donde va a hallar mujeres con aspecto de meigas que ofrecen sus recuerdos mágicos, ve los acantilados, contempla el océano …, como no podía faltar, degusta percebes, acompañado de godello, empanada de pulpo, y por causales circunstancia su estancia se alarga más de lo previsto lo que le lleva a la tasca que ha descubierto y en la que ya ha estado, y los orujos corren sin cesar…luego: ¿delirio etílico o ensoñaciones? contempla una curiosa procesión, a modo de Santa Compaña, a la que acompaña.

En fin, no seguiré destripando, que bastante lo he hecho ya, como si estuviese en medio de una festiva txerriboda, estos relatos inquietantes que se deslizan por los bordes de lo inesperado, que acaba irrumpiendo con potencia y sorprendiendo al tembloroso lector, que deambulará en medio de espectros, fantasmas, y demás, todo ello aderezado con abundantes dosis de afilado humor y hondas críticas, es de mala educación señalar, que asoman sin tener que rizar rizo alguno.

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* ) Incluyo junto al enlace inicial, un par de artículos publicados sobre obras del autor, que transcribo ya que nos los veo enredados

https://www.calameo.com/read/002698969e1a1cf37d94e

Realidad y ficción

+ David Roas

Distorsiones

Páginas de Espuma, 2010.

 

No es la primera vez que me acerco en estas páginas a los relatos y crónicas del certero arponero barcelonés David Roas, supongo que no será la última ya que la imaginación creativa, y ocurrente hasta los topes, de éste no parece agotarse, sino que al contrario con el paso del tiempo parece asentarse con mayor destreza y brillantez, apuntando con tino los objetos, y situaciones, que concitan la atención de sus historias. Leer a Roas supone un esfuerzo ya que el escritor es exigente con los lectores en la medida en que les arrastra por los límites borrosos, de gran finura, en los que se balancea, entre lo real que se da en la normalidad de todos los días y la inesperada invasión de lo imaginario, de lo misterioso, que hacen titubear al lector no atento en el trance inquietante de avanzar por arenas movedizas, por una incierta nebulosa, en las que se diluye lo normal más romo hasta devenir delirante sorpresa. A modo de tabla de salvación permanecen, como flotando, guiños constantes de humor espeso hasta lo plomizo que obligan a la risa del lector que se ve convertido en cómplice de la sorna del profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, y obligado a seguirle en sus sugerentes derivas narrativas. El lema del quehacer de David Roas bien podría ser el resistente y persistente dicho del personaje melvilliano: preferiría no…ver a los lectores chapoteando en la pasividad, en el sueño como algunos de los personajes presentados, pues la falta de atención puede llevar al otro lado del espejo, como a Alicia.

Veintinueve flashes, deslumbrantes destellos de pura fantasía, nos son presentados entre espejismos, asimetrías que desencadenan distorsiones y transformaciones de unos en otros hasta darse el caso de que un asentado yo se ve devenir otro, y no otro cualquiera, en alguno de los relatos . Desde la apertura, de la primera historia, con mosqueo de uno de los astronautas embarcado, con ocasión del alunizaje yanki, hasta el viaje a tierras galaicas pleno de casualidades que cierra el libro, la diversión está servida, y desde luego no hay ocasión de hallar material de relleno, al contrario, sí que la hay de gozar en abundancia con la lectura. Veremos una solitaria casa tapiada, observada desde un tren que va a ocupar la mente del observador de forma obsesiva, seremos testigos de escenas de diferencias de clase en espacio aéreo, de publicidades con milagrosas soluciones realmente chirenes, cartas filiales, desdobles y multiplicaciones del yo, seres arrastrados por su nombre, o la confirmación de la ley de la gravedad con caídas infantiles del cielo, o…y avanzaremos sin tregua por distintos deslizamientos que nos aprehenden con tonos gafes inequívocos…como si los personajes se viesen sometidos por las implacables leyes de Murphy por unos pagos en los que no hay motivos cabales para el optimismo esperanzado, pero sí para sobradas dosis de humor.

Añadiré, por último, que las citas del principio de los relatos y las dedicatorias (Groucho Marx, Woody Allen, J. G. Ballard, Edgar Alan Poe, Albert Sánchez Piñol, Cristina Fernández Cubas, José María Merino, Rabelais, Don DeLillo, Quim Monzó, Fernando Iwasaki y otros) dan pistas acerca de las influencias que Roas ha recibido y de los autores a los que admira y que en cierto modo marcan el tono de las narraciones.

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Flipando en Perú

Vaya de entrada, y el que avisa no comete traición, que el texto que comento no es una guía de turismo ni un ensayo sociológico; no, estamos ante un libro de narrativa fantástica y no sé si esta calificación no debería tomarse como sinónimo de quimérico, estrafalario, o…yo qué sé. La fantasía en el caso presente es debido indudablemente a lo que pone el sujeto que escribe motivado por lo chirene de muchas de los hechos visitados, es la disparada imaginación de David Roas, azuzada por la realidad que también se las trae, y en ocasiones, tal vez, por la ingesta de algunas bebidas que le llevan hasta los bordes del alucine…del mal de altura, mejor lo dejamos como posible coartada del turista-viajero.

El escritor galaico-catalán, como avezado arponero viaja por el país de los incas y nos relata su experiencia en Bienvenidos a Incaland® (Páginas de espuma, 2014), libro que seguro que a nadie se le caerá de las manos, y no lo digo obviamente por cuestión de peso…

Siempre con los arpones / dardos y demás utensilios de la ironía y el humor a mano, que son combinados a las mil maravillas con un descarado espíritu crítico que dirige la mirada en distintas direcciones.

Comidas (roedores – cuyes, alpacas, familiares de las omnipresentes llamas, y delicias de casquería-), bebidas ( cervezas Cusqueñas o aguardientes/ piscos), centros turísticos con sus séquitos de zombis ( Lima, Cusco y Machu-Picchu) que avanzan como la marabunta y que se fotografían sin cesar al tiempo que se gastan algunos soles-o dolarsitos– comprando algunos objetos típicos que luego son lucidos con talante festivo y chillón…obligatorio los coloridos chullos.

Si exceptuamos el robo perpetrado por el protagonista y sus amigos locales, en un museo, de la máquina de escribir con la que don Mario Vargas Llosa escribió sus primeros libros, que da por pensar que es pura ficción…el resto es realidad pura y dura, aliñado, eso sí, con la mirada caricaturesca de David Roas.

Visitamos el caótico tráfico de la capital que haría las delicias de los estudiosos de la mecánica cuántica, por su inverosimilitud que hace que los vehículos no rocen donde parece espacialmente imposible la esquiva; ya en los enclaves turísticos chavales tratando de buscarse la vida, posando con sus llamas para ser retratados por los guiris por el módico precio de un dólar, dejándose notar la huella de los conquistadores( construcciones sobre edificios anteriores…destrozando la grandiosidad original) y el desprecio de la moneda local, el sol, en detrimento de la poderosa moneda yanki, las músicas locales ninguneadas por las sonoridades house o de Madonna( menos mal que el viajero pede abstraerse relativamente, con su música enlatada de Johny Cash o P.J.Harvey…, en su Ipod), músicas, por calificarlas de algún modo, que se codean con el ofrecimiento, por parte de azafatas/os vestidos con las vestimentas indígenas- de alimentos y prendas locales. Vivimos los medios de transportes ( buses y trenes) que conducen a las masas de visitantes por imposibles carreteras y con unas tardanzas que rompen con las medidas einsteinianas. Y…el pasmo ante las construcciones que ya eran cantadas por el inca Garcilaso de la Vega. Y el viajero se mueve en la nebulosa de las ensoñaciones, los sueños, la resaca –que no perdona a tres mil metros de altitud como no lo hace a nivel del mar- que le hace, por momentos, sentirse desbrujulado en lo que hace a distinguir el principio de realidad y el estado delirante o alucinado …hallándose en no-lugares, en no-tiempos, etc. Más allá de las puertas de la percepción que diría Aldoux Huxley; hablando en kantiano es como si las formas a priori de la sensibilidad se hubiesen ido de vacaciones. Hasta asistiremos al temor y temblor del visitante ante ciertos temblores que nota y que le alarman, ante las risas de su amigos que le comentan que esos meneíllos no son nada para lo que suele pasar.

Duda el protagonista si no estará por momentos sometido al principio de entropía o a la maldición de la diosa-alpaca (¿o son llamas ?), que le conduce malamente y de cuya mirada no puede desprenderse-al igual que no podía hacerlo el personaje de Patrick Süskind del de las palomas- …Los recuerdos por otra parte se agolpan en la mente del viajero que rememora sus años de la infancia y los productos culturales ( cinematográficos y librescos) que consumía con deleite y que con la visión actual recose como etnocentristas hasta las cartolas: los guapos, peinados y cultivados siempre los rubios de fuera, mientras que los nativos resultan atrasados, feos y morenos…los Tintin o los Charlton Heston siempre encima, como la espuma, ante la plebe local.

Cierto es que muchas de los aspectos subrayados, tanto acerca de los efectos de los “civilizadores” de turno como de la plaga de los turistas y sus secuelas, pueden aplicarse a muchos lugares del globo, si se exceptúan los objetos de la idiosincrasia local, mas David Roas ha viajado por Incaland y ha añadido otro animal a su particular bestiario, y si antes era el koala ahora es la llama (¿o es la alpaca?) que le miran con desprecio y maldad, con su hocico siempre dispuesto para arrojarle un enorme lapo; sin olvidar esa fauna que siempre es excesiva: la de los turistas que vociferan como quien se siente el dueño del lugar.

David Roas sigue mostrando estar en plena forma y nos hace acompañarle en este viaje, por momentos alucinado, pero teñido de certeras verdades críticas como puños.

Por Iñaki Urdanibia para Kaosenlared

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