jueves, 29 de enero de 2026


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La escuela como Aparato Ideológico de Estado: Cómo el sistema educativo chileno fabrica obediencia y perpetúa la desigualdad

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Introducción

El sistema educativo en cualquier sociedad capitalista no es un mero transmisor de conocimientos neutrales, sino un mecanismo clave para la reproducción de las relaciones de producción y las estructuras de poder. Louis Althusser, en su ensayo seminal Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado (1970), distingue entre los Aparatos Represivos del Estado (ARE), como la policía y el ejército, que operan principalmente por la violencia, y los Aparatos Ideológicos del Estado (AIE), que funcionan a través de la ideología para asegurar la sumisión de los individuos a las condiciones dominantes de existencia. Entre los AIE, Althusser identifica a la educación como el dominante en las sociedades capitalistas maduras, ya que reemplaza a la Iglesia en su rol de inculcar valores que legitiman la desigualdad de clases y el orden social existente. En el contexto chileno, este marco teórico resulta particularmente iluminador para analizar cómo el sistema educativo ha operado como un AIE, reproduciendo la ideología neoliberal impuesta durante la época de Augusto Pinochet y perpetuando desigualdades sociales en la era postdictatorial.

Chile representa un caso paradigmático de cómo la educación se ha convertido en un instrumento ideológico al servicio del capital. Desde las reformas neoliberales de la década de 1980, el sistema educativo ha sido moldeado por principios de mercado, como la competencia, la privatización y el voucher, que no solo han exacerbado la segregación socioeconómica, sino que también han internalizado en los individuos la noción de que el éxito educativo es una cuestión de mérito individual, ocultando las estructuras de clase subyacentes. Este ensayo explora en profundidad esta relación, integrando las perspectivas de Althusser con las de otros autores como Pierre Bourdieu, quien enfatiza el rol de la educación en la reproducción del capital cultural, y Paulo Freire, cuya pedagogía crítica denuncia el «modelo bancario» de educación que aliena a los oprimidos. Se incorporarán también análisis históricos y contemporáneos de las reformas educativas en Chile, así como las resistencias manifestadas en los movimientos estudiantiles de 2006 y 2011, para ilustrar cómo la educación no es solo un AIE pasivo, sino un terreno de disputa ideológica.

Para profundizar en el carácter elitista del sistema educativo chileno, se detallará cómo este favorece a las clases dominantes a través de mecanismos de segregación y exclusión, reproduciendo una élite endogámica que mantiene el control social y económico. Además, se analizarán con mayor detalle los puntajes en pruebas estandarizadas como SIMCE, PAES (anteriormente PSU) y PISA, que revelan brechas persistentes por nivel socioeconómico (NSE), género y etnia, actuando como herramientas ideológicas que legitiman la meritocracia ficticia.

Marco teórico: Althusser, Bourdieu, Freire y otros

Louis Althusser postula que los AIE operan mediante la interpelación ideológica, convirtiendo a los individuos en sujetos que «reconocen» su lugar en el orden social como natural e inevitable. La educación, como AIE dominante, no solo transmite saberes técnicos necesarios para la fuerza de trabajo, sino que inculca la ideología dominante, es decir, obediencia, respeto a la autoridad y aceptación de la meritocracia como justificación de la desigualdad. En sociedades capitalistas, esto asegura la reproducción de las relaciones de clase, donde los hijos de la burguesía acceden a conocimientos «superiores» que legitiman su dominación, mientras que los de la clase trabajadora son formados para roles subordinados. Aplicado a Chile, este marco revela cómo el sistema educativo post-Pinochet ha funcionado como un AIE neoliberal, promoviendo valores como el individualismo y la competencia en detrimento de la solidaridad colectiva.

Althusser enfatiza que la ideología no es una «falsa conciencia» impuesta, sino una práctica material que se vive en las instituciones educativas, donde rituales como exámenes y jerarquías escolares interpelan a los  estudiantes para que se sometan voluntariamente al orden capitalista.

Pierre Bourdieu complementa esta visión al introducir conceptos como el «capital cultural» y el «habitus». Para Bourdieu, la educación reproduce desigualdades al valorar el capital cultural heredado de las clases dominantes (lenguaje, gustos, conocimientos implícitos), presentándolo como mérito innato. El habitus, esa disposición incorporada que guía las prácticas sociales, se forma en la escuela, donde los estudiantes de clases bajas internalizan su «fracaso» como personal, no estructural. En Chile, esto se evidencia en la segregación escolar, donde escuelas privadas elitistas reproducen el capital cultural de la burguesía, mientras que las públicas marginan a los pobres, perpetuando ciclos de pobreza.

Bourdieu argumenta que la «violencia simbólica» en la educación hace que los dominados acepten su dominación como legítima, ya que el sistema escolar arbitra qué conocimientos son válidos, favoreciendo a quienes poseen capital cultural desde el hogar. Esta idea se expande al analizar cómo en Chile, el discurso del mérito oculta el rol del capital económico y social en el acceso a educación de calidad.

Paulo Freire, exiliado en Chile entre 1964 y 1969 durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, ofrece una crítica liberadora. En Pedagogía del oprimido (escrita parcialmente en Chile), Freire denuncia la «educación bancaria» que trata a los estudiantes como depósitos pasivos de conocimiento, reproduciendo la opresión. Propone una pedagogía crítica que fomente la conciencia, transformando a los oprimidos en agentes de cambio. Freire influyó en políticas chilenas pre-Pinochet, pero su legado resurge en los movimientos estudiantiles, que rechazan el modelo neoliberal como alienante. Freire añade que la educación debe ser dialógica, problematizadora, para desvelar las contradicciones sociales, en oposición a la ideología dominante que silencia el conflicto de clases.

Para enriquecer este marco, incorporamos a Antonio Gramsci, quien en Los Intelectuales y la Organización de la Cultura (1929-1935) introduce la noción de hegemonía ideológica, donde la clase dominante mantiene el poder no solo por coerción, sino por consenso cultural. La educación, para Gramsci, es un espacio clave para la formación de intelectuales orgánicos que reproducen o desafían la hegemonía; en Chile, esto se ve en cómo el currículo neoliberal hegemoniza el individualismo, pero movimientos estudiantiles crean contra hegemonía.

Michael Apple, en Ideología y Currículo (1979), analiza cómo el currículo oculto en escuelas reproduce ideología capitalista, seleccionando conocimientos que benefician a las élites y marginalizan perspectivas críticas. En el contexto chileno, Apple ayudaría a explicar cómo pruebas estandarizadas como SIMCE imponen un currículo que prioriza competencias laborales sobre pensamiento crítico.

Autores chilenos actuales aportan especificidad: José Joaquín Brunner, en Educación e Investigación en Chile (1985), critica cómo la dictadura transformó la educación en mercancía, reproduciendo ideología neoliberal que elitiza el conocimiento.

Claudia Matus, en estudios sobre género y elitismo educativo, detalla cómo colegios de élite legitiman privilegios a través de discursos de excelencia, excluyendo diversidad. Estos autores proporcionan un lente multifacético: Althusser para la estructura estatal, Bourdieu para la reproducción cultural, Freire para la resistencia pedagógica, Gramsci para la hegemonía, Apple para el currículo ideológico, y Brunner/Matus para el contexto chileno.

Panorama histórico del sistema educativo

La educación en Chile tiene raíces coloniales, pero su formalización moderna data del siglo XIX. En 1810, con la independencia, se enfatizó la educación como herramienta de ciudadanía, culminando en la creación de la Universidad de Chile en 1842 y la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria en 1860. Durante el siglo XX, bajo gobiernos radicales y democratacristianos, la educación se expandió con un enfoque estatal, en la década de 1960, la reforma de Eduardo Frei promovió la alfabetización y la equidad, influida por Freire, quien trabajó en programas de educación popular.

Salvador Allende (1970-1973) impulsó la Escuela Nacional Unificada (ENU), un proyecto socialista para democratizar el acceso y combatir la desigualdad, pero fue abortado por el golpe de 1973.

La dictadura de Pinochet  marcó un quiebre ideológico. Inspirado en el neoliberalismo de los «Chicago Boys», el régimen descentralizó la educación en 1981, transfiriendo escuelas a municipios y creando un sistema de vouchers donde el Estado subsidia la demanda en lugar de la oferta. Esto privatizó gran parte del sistema. Para 1990, el 35% de la matrícula era privada subvencionada, fomentando la competencia y el lucro. Ideológicamente, esto alineó la educación con el mercado, transformándola en un AIE que promueve el individualismo liberal.

En la transición democrática (1990-2010), los gobiernos de la Concertación implementaron reformas pragmáticas, como la Jornada Escolar Completa (1997) y la Ley de Financiamiento Compartido (1993), pero mantuvieron el marco neoliberal, exacerbando desigualdades. Para 2010, Chile tenía uno de los sistemas educativos más segregados de la OCDE, con brechas en calidad basadas en clase social. En años recientes, como en 2025, pese a avances post-pandemia en el SIMCE, las brechas por NSE persisten, reflejando el legado elitista.

Las reformas neoliberales y su dimensión ideológica

Las reformas de los años 80 del siglo XX convirtieron la educación chilena en un paradigma neoliberal global. Althusserianamente, esto fortaleció su rol como AIE: la ideología dominante ya no era solo capitalista, sino específicamente neoliberal, enfatizando la libertad de elección, la eficiencia de mercado y la responsabilidad individual. El voucher interpeló a las familias como «consumidores» de educación, ocultando cómo esta «elección» favorece a las clases medias y altas, que pueden complementar con copagos, mientras los pobres quedan en escuelas municipales subfinanciadas.

Bourdieu explicaría esto como reproducción del capital cultural, es decir, escuelas privadas selectivas (como las de élite en Santiago) transmiten habitus burgués, mientras las públicas inculcan un habitus de resignación. Freire vería en esto una educación bancaria que aliena: el currículo estandarizado (medido por SIMCE y PSU) reduce el aprendizaje a competencias laborales, ignorando la formación crítica. Estudios muestran que este modelo ha aumentado la segregación. En 2018, el 60% de los estudiantes de bajos ingresos asistían a escuelas homogéneas, reproduciendo ideológicamente la naturalización de la pobreza.

Ideológicamente, estas reformas legitimaron el Estado mínimo: La educación no es un derecho universal, sino un bien de consumo, alineado con la Constitución de 1980 que prioriza la subsidiariedad. Esto ha permeado la subjetividad chilena, donde el «emprendimiento» educativo (endeudamiento para universidades privadas) se presenta como camino al ascenso social, ocultando tasas de deserción del 40% en educación superior. Gramsci agregaría que esta hegemonía neoliberal se consolida mediante intelectuales orgánicos (como expertos en políticas educativas) que promueven el mercado como solución, mientras Apple critica cómo el currículo implícito en reformas como la LOCE (1990) impone valores conservadores, elitizando el acceso al conocimiento.

El elitismo se manifiesta en la configuración de colegios de élite, como los identificados por el PNUD: 16 establecimientos (solo 2 públicos) que forman redes endogámicas, legitimando privilegios mediante discursos de mérito y responsabilidad social. Brunner destaca cómo estas reformas crearon un «quiebre» con la educación pública, masificada en la década de 1960-1970, llevando a las élites a refugiarse en instituciones privadas que reproducen su dominación. Matus analiza cómo estos colegios responden a interpelaciones sociales (como movimientos por equidad) reforzando su identidad exclusiva, resistiendo inclusividad.

La reproducción de desigualdades sociales a través de la educación: Énfasis en elitismo y puntajes estandarizados

Como AIE, el sistema educativo chileno reproduce desigualdades de clase, género y etnia. Althusser argumenta que la educación «clasifica» a los estudiantes según su origen, preparándolos para roles en la división del trabajo. En Chile, esto es evidente en la brecha PISA: estudiantes de escuelas privadas superan en 100 puntos a los de instituciones públicas, equivalente a tres años de escolaridad. Bourdieu lo atribuiría al capital cultural: familias de élite invierten en tutorías y redes, mientras las de clase baja carecen de ellas, internalizando el fracaso como personal.

Freire criticaría cómo esta reproducción oprime a los marginados, como los mapuches, cuya educación ignora su cosmovisión, imponiendo un currículo homogeneizador. En regiones indígenas, escuelas reproducen ideología extractivista, preparando mano de obra barata para mineras, sin fomentar conciencia cultural.

Mujeres de clases bajas acceden menos a STEM, reproduciendo patriarcado.

Contemporáneamente, la pandemia de COVID-19 exacerbó esto: el 2020, el 40% de estudiantes rurales sin internet perdieron aprendizaje, ampliando brechas. Así, la educación como AIE no solo reproduce clases, sino que legitima el statu quo neoliberal como inevitable.

Profundizando en el elitismo, Chile exhibe uno de los índices de desigualdad educativa más altos en la OCDE, con un Gini educativo elevado que refleja la endogamia de las élites. Colegios de élite, como el Grange o el Santiago College, no solo aseguran homogeneidad social, sino que legitiman privilegios mediante discursos de mérito, ocultando herencias de capital. Según estudios, estos espacios son «clausurados» socialmente, donde estudiantes de clase baja que acceden (vía becas) experimentan angustia y sacrificio, renunciando a su identidad cultural.  Brunner argumenta que el quiebre élite pública ocurrió con la masificación escolar, llevando a las clases altas a crear enclaves educativos que perpetúan su poder. Matus añade que en contextos de interpelación (como post-2011), estos colegios resisten cambios, reforzando narrativas de excelencia que excluyen diversidad étnica y de género.

Gramsci vería esto como hegemonía: las élites forman intelectuales que mantienen el consenso, mientras Apple critica el currículo oculto que enseña sumisión a la autoridad elitista.

Respecto a puntajes estandarizados, estos actúan como mecanismos ideológicos que clasifican y legitiman desigualdades. En PISA 2022, Chile retrocedió 14 años, quedando por debajo del promedio OCDE, con brechas por NSE donde el 10% superior supera al inferior en más de 100 puntos en matemáticas y lectura. El SIMCE 2024 mostró alzas históricas en 4° básico (máximos en lectura), con reducción de brechas por NSE y género, pero persistencias en segundo medio: caída de 6 puntos en matemáticas y brechas de género donde mujeres cayeron 10 puntos en 6° básico. Evoluciones históricas en SIMCE revelan brechas entre deciles 9 y 1 que, aunque se redujeron post-pandemia en primaria, aumentaron en secundaria, indicando que el sistema no corrige desigualdades tempranas. En PAES 2025, brechas por ingreso persisten: diferencia de 150-200 puntos entre 10% mayores y menores ingresos, reproduciendo elitismo en acceso universitario. Estos puntajes, para Apple, imponen un currículo ideológico que prioriza competencia, mientras Freire los vería como banca que aliena, y Bourdieu como medidores de capital cultural heredado.

Resistencias estudiantiles: Contra-Ideología y transformación

Los movimientos estudiantiles de 2006 y 2011 representan rupturas con el AIE educativo. La «Revolución Pingüina» de 2006, liderada por secundarios, protestó contra la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza), demandando calidad y equidad. Movilizaron a un millón de personas, forzando reformas como la Ley General de Educación (2009). Ideológicamente, rechazaron la interpelación neoliberal, promoviendo educación como derecho colectivo.

En 2011, universitarios y secundarios exigieron fin al lucro y gratuidad, con marchas de hasta 500.000 personas. Influenciados por Freire, adoptaron la  pedagogía crítica: asambleas y tomas fomentaron la concientización. Althusser vería esto como fracaso parcial del AIE, donde sujetos interpelados se rebelan. Bourdieu notaría cómo las redes sociales (capital social) amplificaron el movimiento, desafiando el habitus pasivo.

Estos movimientos influyeron en las reformas de Bachelet (2014-2018): gratuidad parcial y fin al lucro en básica. Sin embargo, persistencias neoliberales (como admisión selectiva) muestran la resiliencia del AIE. En 2019-2020, protestas generales incluyeron demandas educativas, culminando en el proceso constituyente (rechazado en 2022), destacando la educación como terreno ideológico. Gramsci interpretaría estos como esfuerzos por contrahegemonía, mientras Brunner ve en ellos desafíos al elitismo neoliberal.

Conclusión

El sistema educativo chileno, analizado desde Althusser, opera como AIE dominante, reproduciendo ideología neoliberal que legitima desigualdades. Complementado por Bourdieu, Freire, Gramsci, Apple, Brunner y Matus, revela no solo mecanismos de dominación (capital cultural, educación bancaria, hegemonía, currículo ideológico, elitismo endogámico), sino potenciales de liberación. Las reformas pinochetistas transformaron la educación en mercado, exacerbando elitismo y brechas en puntajes estandarizados como SIMCE y PISA, que en 2025 muestran avances parciales pero persistencias profundas por NSE. Movimientos estudiantiles demuestran que no es inmutable. En 2026, con brechas aún en el fondo de OCDE, urge una pedagogía crítica para desmantelar este AIE. Solo así, la educación chilena podría trascender su rol ideológico, convirtiéndose en herramienta de emancipación colectiva.

Jorge Molina Araneda

 

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