
El tiempo se agota: no hay salida fácil para Trump de Irán
Juan Chingo
La guerra entre Estados Unidos e Irán entra en una fase crítica: mientras la presión política y económica aumenta en Washington, la resistencia iraní complica cualquier intento de salida fácil para la Casa Blanca.
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase en la que la dinámica militar, política y económica converge en un mismo punto: el tiempo empieza a jugar en contra de Washington. Para el presidente Donald Trump, el problema ya no es solamente cómo ganar la guerra, sino cómo terminarla. Y cada día que pasa parece reducir el margen para una salida fácil.
Dos factores estructuran este dilema: la presión creciente del sistema político estadounidense —especialmente dentro del propio Partido Republicano— y la capacidad de resistencia estratégica del régimen iraní, que ha logrado evitar el colapso que algunos en Washington e Israel daban por inevitable.
La política interna: el enemigo invisible de la guerra
En la guerra de Trump con Irán, los adversarios más inmediatos del presidente no se encuentran únicamente en Teherán. También están en los mercados energéticos y en el calendario electoral estadounidense.
La volatilidad del precio del petróleo —con el Brent y el West Texas Intermediate reaccionando bruscamente a cada declaración contradictoria de la Casa Blanca— se ha convertido en una variable política central. Los republicanos observan con creciente inquietud el impacto de la guerra sobre los precios de la gasolina y, por extensión, sobre la inflación y el humor del electorado. En un contexto de elecciones de mitad de mandato en el horizonte, una escalada energética prolongada podría convertirse en un costo político significativo.
Las señales contradictorias enviadas por Trump en los últimos días reflejan esa presión. En pocas horas, el presidente pasó de afirmar que la guerra estaba “prácticamente terminada” a advertir que Irán enfrentaría “muerte, fuego y furia” si bloqueaba el flujo de petróleo en el estrecho de Ormuz. Esta oscilación discursiva sugiere menos una estrategia coherente que un intento de equilibrar objetivos incompatibles: mantener la presión militar mientras se tranquilizan los mercados.
El episodio de la rueda de prensa “desordenada” del presidente del lunes 9 de marzo parece haber tenido precisamente ese doble propósito: proyectar la imagen de una victoria militar inminente y, al mismo tiempo, preparar el terreno para una posible declaración unilateral del fin del conflicto.
Pero la política interna estadounidense no es el único factor que complica la ecuación.
La resistencia iraní y los límites del poder militar
Desde el punto de vista estratégico, la premisa inicial de la agresión israelí-estadounidense—que el régimen iraní colapsaría bajo presión militar y económica— no se ha materializado.
El sistema político iraní ha demostrado una resiliencia mayor de la que muchos anticipaban en Washington y Tel Aviv. La oposición, debilitada por meses de represión, asesinatos y detenciones, no ha logrado transformarse en una fuerza capaz de aprovechar la guerra para desencadenar el cambio de régimen que Washington y Tel Aviv esperaban.
Irán no es Afganistán en 2001, donde una alianza local —la Alianza del Norte— permitió a Estados Unidos combinar apoyo aéreo con fuerzas terrestres locales para derrotar rápidamente al régimen talibán. Tampoco es Irak en 2003, donde una invasión terrestre pudo derribar al régimen de Saddam Hussein en cuestión de semanas.
Por su tamaño, su población, su aparato militar y su compleja geografía, Irán presenta un desafío estratégico de otra magnitud. Una campaña terrestre a gran escala resulta políticamente inviable para Estados Unidos, mientras que una guerra aérea, aunque capaz de infligir daños significativos, no parece suficiente para provocar un colapso del régimen.
La experiencia de Afganistán e Irak, además, ofrece una advertencia clara: incluso cuando se logra una victoria militar rápida, el éxito político posterior dista mucho de estar garantizado.
La guerra asimétrica de Teherán
A esta dificultad estructural se suma la estrategia adoptada por Irán. En lugar de responder con una confrontación convencional directa, Teherán ha optado por una guerra asimétrica cuidadosamente calibrada.
La lógica iraní consiste en absorber los ataques, preservar sus capacidades clave —especialmente misiles y drones— y mantener presión sobre los puntos vulnerables del sistema energético global, en particular el estrecho de Ormuz. Mientras tanto, el régimen intenta erosionar el apoyo internacional a la campaña militar estadounidense e incrementar el costo económico del conflicto.
En este terreno, Irán juega con una ventaja estratégica importante: el tiempo. Mientras que las presiones políticas y económicas inmediatas pesan sobre una sociedad estadounidense poco convencida de la guerra, el liderazgo iraní puede apostar por una estrategia de desgaste prolongado. La percepción en Teherán es que, si el conflicto dura lo suficiente, las presiones internas en Estados Unidos y en los países del Golfo terminarán empujando hacia una negociación.
Un dilema estratégico sin solución simple
Ante este panorama, Washington enfrenta dos opciones principales, ambas problemáticas.
La primera es intensificar la guerra, ampliando los ataques con la esperanza de forzar una capitulación iraní o un colapso interno del régimen, o más grave aún apostando a una balcanización de Irán. Sin embargo, a diferencia de Israel, que considera que neutralizar la capacidad iraní para amenazarlo es el objetivo central, incluso a riesgo de provocar el caos interno en Irán, la administración estadounidense y, más aún, los Estados del Golfo conceden una importancia significativa al «día después» en Irán. Para estos actores, la cuestión clave no es solo debilitar el régimen, sino también garantizar que quien gobierne Irán sea capaz de mantener la estabilidad interna. Esta preocupación se debe en parte al temor a grandes flujos de refugiados, a la inestabilidad regional y a posibles interrupciones duraderas en el flujo de petróleo y gas desde el Golfo hacia los mercados mundiales.
La segunda opción es buscar una salida negociada o declarar unilateralmente el fin de la guerra. Pero esta vía tampoco resulta sencilla. Teherán difícilmente aceptará un alto el fuego sin obtener concesiones sustanciales, como el levantamiento de sanciones o la liberación de fondos congelados. La tentación de una maniobra militar espectacular para encontrar una salida a este atolladero es creciente. Pero, como señala Edward Luce en el Financial Times, Trump se enfrenta a dos apuestas extremadamente arriesgadas. La primera sería una operación de comandos para apoderarse de las reservas de uranio enriquecido en Isfahán. La segunda, ocupar la isla de Kharg para bloquear las exportaciones petroleras iraníes. Ambas opciones podrían ofrecer una salida espectacular, pero implican riesgos militares y políticos considerables. El fantasma de Jimmy Carter y su fallida misión de rescate de rehenes en Irán en 1980 —que contribuyó a hundir su presidencia— se cierne sobre la primera opción, mientras que la segunda implica el riesgo de bajas importantes. Pero, después de apenas una semana, el apoyo público a la guerra de Trump contra Irán se encuentra al mismo nivel que el de la guerra de Vietnam a finales de 1967, tras más de 11 000 muertes estadounidenses. Hoy en día, la opinión pública estadounidense difícilmente toleraría incluso unas pocas decenas de bajas.
El reloj de arena estratégico
El problema fundamental para la Casa Blanca es que el reloj de arena del conflicto parece haberse invertido. Al inicio de la guerra, el tiempo parecía favorecer a Washington, que esperaba un colapso rápido del régimen iraní. Hoy ocurre lo contrario.
Si Irán logra mantener su capacidad de presión —especialmente sobre el mercado energético global— y el conflicto continúa erosionando la estabilidad económica internacional, la presión política sobre Trump podría volverse difícilmente sostenible.
La paradoja es que, incluso si Estados Unidos logra infligir daños significativos a las capacidades militares iraníes, el resultado estratégico seguirá siendo incierto. Irán podría reconstruir parte de esas capacidades con el tiempo, mientras el conflicto deja abiertas cuestiones críticas, como el futuro de su programa nuclear.
Más aún, si el régimen permanece intacto cuando Washington declare el alto el fuego, Teherán proclamará su propia victoria. Eso fue exactamente lo que hizo Saddam Hussein tras el final de la Operación Tormenta del Desierto en 1991: el simple hecho de haber resistido a Estados Unidos y a sus aliados bastó para transformar una derrota militar en un triunfo político. Ese es el verdadero riesgo para Washington y para la credibilidad de su poder más allá del Golfo Pérsico.
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