
La guerra contra Irán: el eslabón perdido en la estrategia de contención del imperio
Por Carlos Rafael Gil Centeno
Cuando la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, afirmaba que «aunque el año 2025 ha sido difícil para todos, el 2026 será todavía peor», seguramente no se refería al peligro de una guerra nuclear que amenaza a la humanidad si el curso de los acontecimientos internacionales continúa inalterable. Tal vez, y dada su postura pública favorable al orden hegemónico mundial, aludía a una crisis económica sin precedentes que atravesaría la Unión Europea como consecuencia de algunas políticas macroeconómicas «equivocadas». Pero, fuese como fuese, el transcurrir de los primeros días de 2026 nos ha mostrado sombras muy aterradoras sobre el futuro inmediato, que van más allá de una simple crisis económica o financiera cíclica —a las que el capitalismo nos tiene acostumbrados— y que podrían amenazar la vida en el planeta.
Desgraciadamente, ha comenzado la guerra contra la República Islámica de Irán, y parece que quienes la han desatado no han comprendido la magnitud de este acontecimiento ni el peligro que podría representar para la vida en la Tierra si llegara a escalar planetariamente. ¿Será que la arrogancia ha cegado la razón de quienes hoy dirigen Estados Unidos e Israel? Lamentablemente, la historia nos demuestra que estas cosas suceden y que, cuando se ha intentado atajarlas, ya resulta demasiado tarde. Es triste constatar que la humanidad parece no haber aprendido nada de lo que fue la plaga nazi ni de las consecuencias que este oscuro capítulo tuvo para los pueblos.
La narrativa contradictoria de Washington
Al revisar la evolución actual del discurso estadounidense en su intento por justificar la agresión contra Irán, uno no puede evitar cierta ironía. Si no fuese porque quienes emiten esos pronunciamientos tienen el poder de desatar una terrible tormenta nuclear contra la humanidad, sencillamente daría risa. Resulta casi cómico imaginar a los señores Trump, Rubio y Hegseth correteando por la Casa Blanca, al más puro estilo de los «Tres Chiflados», contradiciéndose a cada rato y tratando de ver quién plantea algo más alocado que el otro.
Al principio de esta crisis —iniciada en diciembre de 2025 con las manifestaciones en Teherán contra las dificultades económicas que habían provocado el desplome de la moneda iraní, coincidiendo con la reunión de Trump y Netanyahu en Mar-a-Lago—, los máximos voceros del gobierno estadounidense expresaron públicamente la posibilidad de iniciar acciones armadas contra Teherán en defensa de los «millones» de iraníes reprimidos violentamente durante las protestas.
Una vez aplacadas las tensiones sociales, el discurso estadounidense comenzó a virar hacia la necesidad de destruir la capacidad de Irán para obtener un arma nuclear —una cuestión que, supuestamente, ya se había resuelto en la operación «Martillo de Medianoche»— y de desmantelar su capacidad misilística. Con el inicio de las hostilidades, el argumento sufrió una nueva modificación: ahora se hablaba de la necesidad de un cambio de régimen en Irán. Sin embargo, poco después terminaron afirmando, con un descaro notable, que el gobierno estadounidense nunca había planteado esa posibilidad, volviendo a centrarse en el tema nuclear.
Ya en pleno desarrollo de la guerra, han querido hacer creer que algunos sucesos atroces y violatorios del derecho internacional, como el asesinato del ayatolá Alí Jameneí, fueron meros hechos fortuitos, para luego sostener afirmaciones tan inverosímiles como que Estados Unidos no había iniciado esta guerra. Y así, pare usted de contar.
En concreto, si algo ha caracterizado a la administración Trump ha sido su particular habilidad para desarrollar una narrativa contradictoria. Salvo algunos conatos de lucidez —que merecen ser analizados con pinzas y de los cuales podemos deducir sus estrategias—, como el reciente discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich o los discursos polarizantes del propio Trump, el panorama general es desconcertante. Por más perversos que estos mensajes puedan parecer al contrastarlos con la realidad, nos revelan la estrategia que siguen.
Sin embargo, toda esta discursiva parece tener un objetivo ulterior. Más que intentar ofrecer una explicación de la realidad —aunque esta fuese manipulada o distorsionada en favor de intereses particulares—, su fin pareciera ser que ningún hecho pueda tener, finalmente, una explicación aceptable o, al menos, creíble. El resultado es que los acontecimientos terminan hundiéndose en un mar de especulaciones. Todas las administraciones pasadas, al menos dentro de su propia lógica, ofrecían una justificación para sus acciones, incluso cuando esas explicaciones terminaban estrellándose contra el teatro real de las operaciones o frente a un análisis esencial de sus propias narrativas.
Volvamos a la esencia del problema: la crisis de legitimidad del Estado norteamericano
En varios de mis trabajos anteriores he dedicado tiempo a explicar algunas de las líneas centrales sobre las cuales podemos entender la coyuntura actual. Solo intentaré recordarlas aquí para que, a partir de esos elementos esenciales, podamos vencer la opaca narrativa diseñada desde la Casa Blanca en torno a un hecho tan peligroso como el actual conflicto con Irán.
En primer lugar, recordaré un elemento clave para el análisis de la coyuntura, especialmente si se observa desde la agresividad con que se despliegan actualmente las acciones norteamericanas: en este momento, y quizás como nunca antes en su historia, estamos a las puertas de una hecatombe en la legitimidad del Estado norteamericano ante su propio pueblo.
A lo largo del desarrollo de la sociedad estadounidense, desde sus inicios hasta hoy, se terminó consolidando una forma de legitimidad política muy singular, en la cual la aceptación del orden social, económico y político asumido por la nación estadounidense quedó indisolublemente vinculada a la existencia de un Estado imperial. Es decir, con el tiempo, el Estado norteamericano fue dirigiéndose hacia una encrucijada histórica donde su existencia como Estado, su condición como imperio global, su realización como nación y el sistema capitalista senil que constituye su metabolismo se han fusionado de manera inconmovible hasta nuestros días.
Llegados a este punto, resulta clave resaltar uno de los elementos que hizo posible amalgamar este estado de cosas y que ha sido la fuente de donde brota la aceptación del pueblo estadounidense hacia su sistema político: el consumismo, entendido como un «modo de vida americano». En un país donde la llamada conciencia social se ha cristalizado sobre la exacerbación de los deseos por encima de la razón, solo una cultura basada en el consumo es capaz de actuar como la fuerza centrípeta fundamental que une a esa sociedad.
De esta forma, alcanzado actualmente el momento cumbre en que los cimientos que hacen posible el sistema consumista estadounidense —y con ello, la fuente de legitimidad que sostiene en último término al Estado imperial americano—, como lo son la supremacía militar y la financiación que una parte del mundo hace de la economía estadounidense, entran en una crisis profunda que terminará por abrir las puertas al colapso del Estado-nación norteamericano tal como lo conocemos. De ahí que, como señalé extensamente en mi artículo publicado en la web «El imperio del consumo: la crisis de legitimidad en los Estados Unidos y el fantasma de la guerra civil», el orden social, político y económico norteamericano se juegue en esta coyuntura histórica su propia existencia.
La senilidad del imperio
En segundo lugar, si ahondamos en la lógica que define a un imperio, descubriremos que en su práctica nunca contemplará la posibilidad de un repliegue voluntario, dado que, de ser así, estaría contradiciéndose esencialmente a sí mismo. Es solo a partir de la necesidad imperiosa impuesta por la realidad de los acontecimientos cuando puede llegar a plantearse una salida distinta a su razón existencial de seguir siendo imperio, con la que se evite el colapso catastrófico. Históricamente, los imperios inician una etapa de expansión que trasciende las fronteras del Estado que los vio nacer; ese momento puede considerarse el de su florecimiento. Sin embargo, llega un punto en que su expansión se vuelve inviable debido a distintas variables —económicas, tecnológicas, militares o sociales—, alcanzando entonces la etapa de su madurez.
Es precisamente en ese momento cuando la lógica de acumulación de poder, que anteriormente se canalizaba hacia la expansión de su influencia, muta para intensificarse en los espacios que ya domina, incluido el Estado originario que lo vio nacer. El Imperio romano pudo mantenerse «racional» mientras la necesidad de acumulación de poder pudo satisfacerse mediante la expansión territorial. Al llegar a un límite en esta posibilidad, dicha lógica de acumulación pasó a buscar satisfacer esa necesidad intensificando su control y explotación hacia el interior del imperio. Esta dinámica se volvió cada vez más insoportable para los territorios ocupados, que debían aceptar el dominio romano, lo que desencadenó rebeliones internas y crisis fiscales cada vez más frecuentes que conllevaron un debilitamiento de su poder militar a la hora de preservar sus fronteras, factores que terminaron por conducirlo a su colapso. Esta última etapa podemos conceptualizarla como la senilidad del imperio.
Conviene recordar que en la época romana la acumulación de poder estaba relacionada con el control territorial y la posesión de esclavos, por lo que su expansión consistía fundamentalmente en la conquista de nuevos territorios y la esclavización de otros pueblos. En el caso actual, la expansión del imperio norteamericano ha estado más vinculada a la ampliación de mercados —tanto de mercancías como financieros—, a la búsqueda de nuevos territorios —los cuales no necesariamente han debido ser anexionados— donde poder deslocalizar la producción en función de aumentar las tasas de ganancia, a la implementación de mecanismos de financiación de la economía estadounidense y al control de territorios mediante gobiernos títeres.
Desde hace bastante tiempo, y muy especialmente después de la caída de la URSS, el imperio norteamericano ha alcanzado un límite estructural: ya no le ha sido posible expandirse más. Nos encontramos ante un imperio verdaderamente global, que ha completado su ciclo de expansión geopolítica y económica. Es en este contexto donde podemos situar el inicio de su etapa de senilidad, aquella en la que, al no poder ensanchar sus áreas de influencia, se ve obligado a intensificar —no a expandir— su control, dominación y explotación sobre los espacios geopolíticos ya conquistados. Es el momento donde una especie de parasitismo económico se apodera a nivel superior del metabolismo imperial.
Las contradicciones internas del imperio
Sin embargo, esta dinámica actualmente comienza a hacer aguas. Es precisamente aquí donde las contradicciones imperiales entran en tensión máxima. Los mecanismos de financiación que sostienen al imperio entran en contradicción cada vez más fuerte con uno de los pilares de su propia estrategia pasada: la deslocalización de su industria hacia China. Lo que durante décadas fue una fórmula de maximización de beneficios, hoy se revela como una fuente de vulnerabilidad estratégica. Esta contradicción se ha hecho evidente, por ejemplo, en la guerra arancelaria del año 2025, un intento por revertir quirúrgicamente una dependencia que, paradójicamente, el propio imperio alimentó.
Pero el problema de fondo es aún más profundo: revertir esa deslocalización no es una simple decisión política, sino que representaría una reducción drástica de la rentabilidad del sistema capitalista global. El imperio se encuentra, así, atrapado entre la necesidad de preservar su control y la imposibilidad de hacerlo sin socavar los cimientos económicos que lo sostienen.
Sin embargo, el escenario resulta ser mucho más sombrío para Estados Unidos. Si bien es cierto que no todos los imperios colapsan necesariamente —algunos se transforman, como el caso británico, o negocian su declive de manera ordenada—, en el caso del imperio norteamericano la situación es extremadamente compleja. Y es aquí donde lo planteado converge con los primeros elementos de análisis expuestos al principio.
La existencia del Estado-nación norteamericano se halla indisolublemente atada a su condición de Estado imperial. Su legitimación como nación descansa sobre una de las fuerzas centrípetas fundamentales que unen a la sociedad estadounidense: el consumismo, entendido como un «modo de vida americano». Y este consumismo, a su vez, depende de que Estados Unidos se mantenga como imperio. La relación es, por tanto, circular y trágica: sin imperio, el modo de vida que legitima al Estado-nación se desmorona; sin esa legitimidad, el propio Estado-nación entra en crisis. Esto se debe a que la economía norteamericana, a pesar de poseer aún una producción importante de productos agrícolas y de tecnología de punta, no produce, ni por equivocación, la cantidad de mercancías que requiere la cultura altamente consumista de EE.UU.
Esta dependencia del consumo como elemento cohesionador adquiere una dimensión aún más profunda si se considera la naturaleza de la sociedad estadounidense. A diferencia de lo ocurrido en América Latina, donde las distintas nacionalidades terminaron fusionándose tanto étnica como culturalmente —forjando lazos nacionales más sólidos a pesar de ser también naciones relativamente nuevas—, en Estados Unidos tal fusión nunca llegó a consumarse plenamente. En el sentido étnico, no se realizó un mestizaje equiparable, y la segregación de los sectores afroamericanos ha sido históricamente muy marcada. Fenómenos como el Ku Klux Klan, los Panteras Negras o los movimientos que en los años sesenta llegaron a plantear el surgimiento de una nación negra islámica aún resuenan en los pasillos de la historia. Nos encontramos, pues, ante una sociedad diversa en cuanto a la convivencia de múltiples grupos étnicos y culturales, pero cuyas diferencias internas continúan siendo muy pronunciadas. Es por ello que, en la búsqueda de prácticas que cohesionaran a esa sociedad, el consumismo ha terminado por jugar un papel fundamental, por más exagerado que este planteamiento pudiera parecer a primera vista.
Algún lector acucioso podría señalar otros elementos cohesionantes de la sociedad norteamericana, como el sistema educativo, la cultura popular o el mito fundacional. Ante ello, afirmaré que efectivamente esas premisas tienen total validez, aunque su alcance resulta más limitado que el del consumismo, dado que este último se ha hegemonizado de manera transversal en gran parte de la vida del estadounidense. La educación, por ejemplo, no es un ejercicio abstracto de búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo, sino que está directamente vinculada a hacer viables determinadas prácticas sociales, entre ellas las económicas: se estudia, en buena medida, para fortalecer un modelo económico que, en este caso, es consumista. La cultura popular norteamericana, por su parte, ha terminado adoptando la forma del «modo de vida americano»; y si bien es cierto que aún mantiene elementos esenciales de la cultura histórica y popular, esta se encuentra fragmentada, de cierta forma, debido a la marcada diferenciación entre los grupos étnicos, por lo cual el punto de encuentro cultural ha sido lo desarrollado desde el consumismo con toda su carga cultural. En cuanto al mito fundacional, como todo mito, termina estrellándose con la realidad. En este caso me refiero al consumismo como idea-fuerza hegemónica.
De esta forma, la posibilidad más elevada en un futuro próximo —aun a riesgo de sonar determinista— es la de un colapso del Estado-nación estadounidense y, con él, el de su imperio. Nos encontramos ante una encrucijada histórica donde las contradicciones internas y externas se retroalimentan, empujando al sistema hacia un desenlace cuya magnitud apenas comenzamos a vislumbrar.
La estrategia imperial ante la despolarización forzada
Llegado a este punto, dada la gravedad del escenario que se plantea y el curso de los acontecimientos, resulta cada vez más evidente que la despolarización forzada de Estados Unidos —un proceso que muy probablemente lo conduciría a su colapso— se acelera día tras día. La «desamericanización» de China no es sino uno de los síntomas de esta dinámica más profunda. Ante esta perspectiva, el imperio norteamericano ha diseñado una estrategia: un escape hacia adelante que aspira a amortiguar los efectos de dicha despolarización sin renunciar, al mismo tiempo, al imperio global.
En artículos anteriores expliqué con mayor detalle tanto ese proceso de despolarización forzosa como la estrategia planteada por la élite gobernante estadounidense. Aquí me referiré únicamente, en líneas generales, a dicha estrategia y a su vinculación con Oriente Medio, un punto estratégico para la contención de la República Popular China.
La mencionada despolarización del orden mundial podría generar, en este momento, un vacío de poder global ante la inexistencia de una alternativa válida, con todo lo que ello implicaría. Es precisamente ante este riesgo de vacío que se impone, en teoría, la necesidad de mantener el orden actual, aunque su senilidad —esto es, su creciente obsolescencia estructural— lo haga insostenible en el tiempo. La paradoja es evidente: se preserva un sistema caduco por ausencia de una alternativa clara, pero dicha preservación conduce a una consecuencia igualmente devastadora. Este orden senil, al perpetuarse, terminará esclavizando a los países donde la industrialización es un hecho consumado frente a aquellos que viven de la renta moderna generada por el denominado capital financiero.
En este esquema, el «día después» no alude a un escenario posimperial, sino a la estrategia de escape hacia adelante que permita amortiguar la despolarización forzada sin renunciar al control global. Se trataría, en definitiva, de garantizar que ningún competidor de Estados Unidos pueda asegurar el surgimiento de una alternativa al actual estado de cosas. Es allí donde la «domesticación» de China resulta un objetivo fundamental.
Para lograrlo, el imperio norteamericano ha diseñado una estrategia que se vuelve transparente al analizar sus últimos documentos oficiales, al extraer los elementos esenciales y relativamente lúcidos de su narrativa, y al examinar el desarrollo de los acontecimientos sobre el terreno. Este diseño estratégico, sin embargo, solo cobra pleno sentido cuando se observa su plasmación geopolítica concreta. Y es en el cerco a China donde la doctrina se vuelve cartografía.
El cerco a China
El primer elemento a tener en cuenta es que cualquier contención efectiva del gigante asiático pasa, necesariamente, por evitar que el denominado proceso de “desamericanización” pueda culminar con éxito. Esto implica, en términos concretos, que China no logre consolidar nuevos mercados donde colocar la inmensa masa de mercancías que produce, y que la obtención de recursos energéticos y materias primas pueda ser controlada desde el imperio norteamericano. Se trata, en definitiva, de garantizar el control de la llave que regula el crecimiento económico chino. Es ahí donde el establecimiento de un cerco al gigante asiático se constituye en un tema de primer orden.
Dicho cerco se despliega en múltiples frentes. Por el este asiático, se busca detener la posible expansión china desde Taiwán y Japón. Por el extremo occidental de Asia, se intenta lograr una contención anteponiendo a Israel como gendarme de los intereses norteamericanos, asegurando así que parte de la energía que requiere China y las vías marítimas y terrestres —a través de las cuales expande su comercio con Occidente y África— puedan ser interceptadas o controladas. En el Pacífico, el objetivo es garantizar el dominio estadounidense sobre las rutas marítimas que conectan con América Latina, espacio considerado estratégico y reservado para la influencia directa de EE.UU.
De este modo, la estrategia imperial se revela como un intento de asfixia multidimensional —económica, energética y comercial— cuyo fin último es contener el ascenso chino mediante el control de los flujos que alimentan su desarrollo.
El fenómeno de la «desamericanización» de China resulta ser un proceso sumamente complejo, que no se limita a lo económico o político, sino que abarca también dimensiones culturales y un modelo de desarrollo radicalmente distinto al imperante hoy en Estados Unidos. Sin embargo, por razones de extensión y complejidad, en este trabajo nos limitaremos a abordar la dimensión económica del fenómeno y la oposición que Estados Unidos ha manifestado frente a este proceso.
El tablero de Medio Oriente
Dada la coyuntura actual, me centraré en Oriente Medio por tratarse de una región clave dentro del escenario geopolítico planteado. La República Popular China, desde hace ya algún tiempo, ha realizado un esfuerzo importante por profundizar su relación comercial con los países de la región, muy particularmente con Irán, aunque sin limitarse a este último. Su influencia sobre las petromonarquías del Golfo también ha crecido de manera significativa, convirtiéndose en un punto crucial para los intereses norteamericanos.
Conviene recordar que el sistema de financiación de la economía estadounidense tuvo como factor clave para su materialización los famosos acuerdos de Kissinger con Arabia Saudita en 1974, que luego se extendieron al resto de las petromonarquías del Medio Oriente. Dichos acuerdos permitieron instaurar el petrodólar como divisa de reserva internacional, todo a cambio de la garantía de seguridad que el imperio norteamericano podía ofrecer a estos gobiernos, a menudo impopulares en sus propios países.
Hoy en día, esta alianza sigue funcionando en medio del interés de las petromonarquías por mantener la venta de petróleo en dólares y, a su vez, garantizar la compra de bonos de la deuda pública norteamericana. Se configura así una enorme recicladora mundial de dólares inorgánicos, un mecanismo que resulta aún más crucial en la actualidad, dado que los países árabes se han convertido en importantes inversores en los negocios financieros relacionados con la inteligencia artificial, un sector clave para la economía estadounidense.
Pero, por otro lado, el aumento de la presencia china en la región —con inversiones muy ventajosas para estos países y consolidándose como un socio importante de la industria petrolera— ha pasado a ser un asunto que el imperio norteamericano debe resolver. De ahí la necesidad de contener a China en la región, pues cualquier erosión de la influencia estadounidense en las petromonarquías del Golfo pondría en riesgo no solo el sistema del petrodólar, sino también el control sobre los flujos financieros que sostienen la economía de Estados Unidos. Es allí donde empieza a tomar sentido el brutal ataque que el imperio estadounidense ha iniciado contra la República Islámica de Irán.
Irán: la pieza clave
Para comprender más claramente la estrategia estadounidense en Oriente Medio es necesario partir de la esencia del sistema del petrodólar. Dicho sistema descansa sobre un pilar fundamental: la garantía de seguridad de las petromonarquías del Golfo, tanto frente a sus enemigos externos como internos. En el plano externo, la principal amenaza provendría hipotéticamente del Irán chiita, un país petrolero con intereses divergentes a los de Estados Unidos y, por tanto, no alineado con los acuerdos que hacen posible el funcionamiento del petrodólar. En el plano interno, se trata de sostener a unas monarquías que, en su mayoría, resultan impopulares en el seno de sus propios pueblos, asegurando así la estabilidad necesaria para que el sistema perdure.
Ahora bien, en este entramado, la relevancia de China trasciende su mera y creciente influencia sobre los actores geopolíticos de Medio Oriente. Al intentar profundizar en el análisis, nos encontramos ante un país cuya economía —la más productiva e industrializada del mundo— ha planteado la posibilidad de ir desvinculándose progresivamente de la esfera de influencia de Washington. Paradójicamente, China es también la principal nación que, debido a su enorme superávit comercial con Estados Unidos y a su creciente acumulación de dólares, se convertiría, en este momento histórico, en una de las columnas fundamentales capaces de garantizar orgánicamente un flujo sostenido y creciente de compra de bonos del tesoro estadounidense, al menos al nivel que la crisis fiscal de ese país requiere. Es decir, China es, a la vez, el principal desafío y el principal sostén potencial del sistema.
De allí que la contención de China se haya convertido en un asunto central para Estados Unidos. En un escenario ideal para quienes gobiernan en Washington, la matriz energética china debería ir desplazándose cada día más hacia el petróleo, en lugar de la diversificación hacia otras fuentes de energía, que ha sido una política evidente del gigante asiático en las últimas décadas. De esta forma, no solo China continuaría vendiendo productos a Estados Unidos y reciclando los dólares obtenidos en la compra de bonos del tesoro, sino que, al depender del petróleo y adquirirlo en dólares, esos flujos terminarían igualmente retornando a la economía norteamericana. Se configuraría así un circuito cerrado que perpetuaría la hegemonía del petrodólar y con ello la suficiente financiación que garantice la legitimidad del Estado-nación estadounidense. En medio del actual conflicto, ya algunas señales van mostrando las verdaderas aspiraciones de Washington.
Como dice el refrán popular: «Todos los caminos conducen a Roma»
Contener a China en Oriente Medio —que significa en lo concreto evitar que los actores geopolíticos de la región pasen a su esfera de influencia— pasa ineludiblemente, si lo revisamos en detalle, por neutralizar a un aliado clave del gigante asiático en el área: la República Islámica de Irán.
Desde el triunfo de la Revolución Islámica, Irán experimentó un distanciamiento estructural de Occidente, motivado por múltiples factores: su postura religiosa, radicalmente opuesta a las prácticas occidentales; su cultura milenaria, que se resiste a asumir como propia cualquier otra civilización; y su reacción natural ante las pretensiones del capital global, que históricamente ha buscado controlar las fuentes de petróleo de los países productores, un hecho público y notorio.
En este contexto, la República Islámica de Irán ha articulado un eje de resistencia que desafía abiertamente el orden impuesto por Occidente en la región. Es conocida su relación orgánica con Hezbolá en Líbano, Hamás en Palestina, los hutíes en Yemen y diversos sectores de la resistencia iraquí, todos ellos actores que confrontan la hegemonía estadounidense en Oriente Medio. Precisamente en este escenario confluyen los intereses de China y Rusia, potencias que, en su creciente distanciamiento de Washington, encuentran en Irán y su red de alianzas un punto de articulación estratégica.
Irán se convierte así en una pieza clave: con su capacidad de movilizar a estos actores, puede disputarle a Estados Unidos e Israel el control de la región y, al mismo tiempo, coadyuvar a afianzar la política de acercamiento que Pekín viene desplegando en la zona. En términos más claros, Teherán posee la capacidad de desestabilizar la región cuando lo considere necesario, pudiendo incluso poner en serios aprietos a varias monarquías del Golfo en el interior de sus propios territorios.
Estados Unidos, en su papel de garante de la seguridad regional, necesita eliminar este factor de desestabilización si aspira a garantizar una contención efectiva de China en Oriente Medio. Es allí, y no en las narrativas oficiales, donde reside la razón real de la actual crisis contra Irán.
La nueva doctrina de seguridad
Pero para lograr este objetivo, Estados Unidos requiere un componente militar irrenunciable. La fórmula diseñada por Washington para la región no puede prescindir de la capacidad de disuasión y, llegado el caso, de intervención, para garantizar la seguridad de las monarquías del Golfo y la continuidad del sistema del petrodólar. Sin embargo, es aquí donde la nueva estrategia global estadounidense entra en escena, tal como argumenté en mi artículo anterior, «¿Sombras de un nuevo reparto? El mapa de Martyanov y la despolarización forzada de los Estados Unidos», donde explicaba en detalle cómo Washington intenta chantajear al mundo con su propia existencia.
El planteamiento es sencillo pero revelador. En el esquema anterior, se suponía que el «mundo libre» y sus aliados debían financiar de manera casi ilimitada la economía norteamericana a cambio de la seguridad que esta proveía. Hoy, sin embargo, los roles se han invertido. La economía estadounidense se ha convertido en el principal mercado donde todos esos aliados logran amortiguar sus crisis de sobreproducción. Pero esa misma economía se ve hoy amenazada por una inmensa deuda pública que el Estado que la sostiene ya no está en capacidad de manejar por sí solo.
La paradoja es que Estados Unidos ya no puede, únicamente con sus propios recursos, defender no solo a sus aliados, sino su propia economía. Es allí donde los norteamericanos aspiran a imponer mediante los hechos la defensa de la economía americana —supuesta necesidad vital para que el llamado «mundo libre» no colapse económicamente— como una responsabilidad compartida por todos: por Estados Unidos, por los países del «mundo libre» y por sus aliados.
Cuando nos referimos a esta incapacidad, no lo hacemos en términos absolutos, sino en el sentido de que la economía norteamericana ya no puede, sin entrar en crisis, garantizar el mantenimiento de una inmensa maquinaria militar a largo plazo, y mucho menos si dicho aparato se encuentra inmerso en una guerra prolongada. La compra de bonos de la deuda pública adquiere así un nuevo significado. Ya no se trata de pagar por la seguridad del «mundo libre», sino de salvar la economía norteamericana, presentada hoy como indispensable para la estabilidad global. Pero el razonamiento va más allá: esa economía, ese imperio, debe ser ahora protegido, inclusive por la vía militar.
En términos económicos, esta estrategia se materializa también a través de un sutil pero profundo desplazamiento en las relaciones con los aliados. Lo que hasta ahora se traducía en solicitudes de protección directa por parte de Washington —como ocurre hoy con algunos países de Oriente Medio que piden ser defendidos frente a los ataques iraníes— podría transformarse, de triunfar esta nueva doctrina, en una dinámica comercialmente más ventajosa para el imperio. En lugar de asumir el costo de la defensa de sus socios regionales, Estados Unidos buscaría ahora venderles, por ejemplo, los sistemas de defensa antiaérea necesarios para que se protejan por sí mismos. En concreto, se plantea un repliegue relativo de las Fuerzas Armadas estadounidenses, fortaleciendo a sus aliados mediante la venta de armamento y la posibilidad de intervenir en casos muy puntuales, dejando sobre los hombros de las economías de sus socios la preservación de los intereses estadounidenses, a fin de evitar el colapso de un mercado del que «todos» se benefician.
Este cambio no es menor. No será nunca igual que la defensa de los Estados socios tenga que ser costeada con el dinero proveniente de sus propios ingresos fiscales, a que dicha protección sea simplemente «cancelada» por estos mismos Estados mediante la compra de armamento. En el primer caso, el desgaste económico recae sobre Washington; en el segundo, el flujo de recursos viaja en dirección opuesta, engrosando las arcas del complejo militar-industrial norteamericano. Hoy el imperio norteamericano busca ampliar todas las vías posibles para que «la gran renta mundial» se incremente.
La nueva lógica develada plantea un desafío de primera magnitud en Oriente Medio. Si los acontecimientos se mueven inexorablemente en esta dirección, e Israel está llamado a convertirse en el gendarme de los intereses del imperio en esta nueva etapa, surge una pregunta ineludible: ¿cómo ejercer ese rol de manera efectiva y avasallante cuando la República Islámica de Irán mantiene intacta su capacidad de combate?
La respuesta, por terrible que resulte, empieza a delinearse con claridad. Estados Unidos, antes de emprender cualquier repliegue estratégico de sus fuerzas armadas en la región, requiere neutralizar aquello que podría convertir ese repliegue en una debilidad insostenible. Necesita, antes de dar ese paso, el desarme del régimen de los ayatolás.
Es aquí donde los acontecimientos en Irán cobran cada vez más sentido. La ofensiva actual no es un hecho aislado ni una respuesta circunstancial: es la condición necesaria para que la nueva arquitectura de seguridad regional —con Israel como eje— pueda funcionar sin que un actor hostil con capacidad militar significativa desestabilice el tablero desde dentro. La guerra contra Irán se revela, así, como el prólogo quirúrgico de la resiliencia ordenada ante una despolarización inminente.
La verdadera situación de Israel en el contexto regional
En los últimos años se ha especulado mucho sobre el proyecto sionista del «Gran Israel», que aspiraría a reconfigurar el mapa de Oriente Medio en área de influencia israelí, impulsando así un proyecto propio de expansión. Recientemente, en una entrevista con el comentarista conservador estadounidense Tucker Carlson, el embajador de EE.UU. en Jerusalén, Mike Huckabee, declaró que «estaría bien» que Israel se apoderara de una vasta extensión de Medio Oriente. Resulta cuando menos sugerente que semejante declaración provenga del responsable de la diplomacia estadounidense en Israel. Sin embargo, no me detendré en este aspecto; aunque no lo niego, trataré de ceñirme a los elementos más visibles e intentar interpretarlos lógicamente.
El Estado sionista de Israel se encuentra sumergido, desde hace varios años, en una guerra que parece interminable. Hasta el momento, este conflicto le ha costado aproximadamente 80 000 millones de dólares a una nación de apenas 9 988 000 habitantes, que además ha visto cómo una importante cantidad de su población ha optado por emigrar a otras regiones para evitar la guerra. Según datos hasta 2024, la deuda pública israelí asciende a unos 388 988 millones de euros, lo que representa un 67,24 % de su PIB. Su gasto público anual ronda los 219 482 millones de euros, y solo en 2024 registró un déficit fiscal del -8,26 % sobre el PIB. Esta situación ha provocado un aumento de los impuestos que, finalmente, ha terminado por encarecer la vida del ciudadano israelí.
El panorama resulta extremadamente preocupante para un Estado que ha elevado las tensiones con sus vecinos a niveles muy altos. Su industria, basada fundamentalmente en productos de tecnología de punta —que, dicho sea de paso, no genera grandes cantidades de empleo—, se enfrenta a una deuda pública difícil de pagar y en constante aumento debido a la necesidad de producir armamento. Para colmo, Israel no ha logrado una victoria militar contundente que le permita, al mejor estilo imperial, recuperar esa «inversión» a partir de los territorios conquistados. Este escenario adverso vuelve imperativo que Israel, para cumplir con su parte en la nueva estrategia global del imperio, logre por la vía que sea no solo el desarme de Irán, sino también recuperar el dinero invertido durante sus últimas aventuras militares y garantizar los espacios que le permitan obtener los recursos económicos necesarios para sostener el Estado a futuro.
No en vano Henry Kissinger llegó a pronosticar que, en la tercera década de este siglo, el Estado de Israel podría desaparecer. De ahí que la apuesta actual en Irán sea tan arriesgada: perder esta partida podría desencadenar un proceso que terminara dando la razón histórica a Kissinger.
La batalla de Teherán: donde el poder de la fe se enfrenta al pragmatismo del dinero
Independientemente del desenlace final, lo que va de guerra ha dejado al descubierto el inicio tangible de la crisis sobre una de las columnas fundamentales del poder del imperio norteamericano: su supremacía militar, que en estos momentos está, cuando menos, poniéndose en entredicho. Me referiré a ello en términos conceptuales y a partir de los escasos datos que podemos confirmar, pero que resultan suficientemente sólidos para medir tendencias.
Tomemos, en primer término, el caso de los drones Shahed 136. Se trata de un arma económica, de fabricación relativamente sencilla y con una eficacia impresionante sobre el terreno. Lo que este ingenio ha demostrado es que un país como Irán —que carece de una fuerza aérea tan «poderosa» como la norteamericana, sin grandes portaaviones, sin flotas de cazas furtivos de quinta generación, sin bombarderos furtivos como el B-2 ni ese despliegue avasallante de poder de fuego— puede oponer una resistencia tenaz gracias a un nuevo tipo de armamento. En los primeros días de la guerra, artefactos como el Shahed 136 han logrado sostenerse frente a una maquinaria bélica diseñada para aplastar cualquier adversario.
La doctrina militar de la URSS durante la Segunda Guerra Mundial, encarnada en el T-34 —un tanque medio concebido para ser producido en masa, con una ingeniería que colocaba por encima la eficiencia y la efectividad sobre la tecnología ostentosa— encuentra en el Shahed 136 su expresión llevada al extremo: producción en grandes cantidades y efectividad contrastada. Y lo mismo podría decirse del resto del armamento iraní. Solo tomo este ejemplo para ilustrar cómo la filosofía de la disuasión basada en el poder de fuego avasallante, en grandes máquinas de guerra «faraónicas», ha encontrado en el campo de batalla su negación efectiva. Independientemente del resultado final, esta realidad está comenzando a poner en tela de juicio la noción misma de supremacía militar absoluta.
Resulta irónico, por decir lo menos, observar la versión estadounidense del Shahed 136: el dron «Lucas». Ver a la primera potencia mundial tener que recurrir a copiar tecnología del Sur Global no es un detalle menor. Ahora, en este escenario, cabe preguntarse: ¿valdrá la pena en el futuro comprar armamento norteamericano, extremadamente costoso, cuando sus propios creadores han tenido que copiar tecnología iraní? La respuesta a esta interrogante podría transparentar la magnitud de esta crisis, esa que hasta ahora no se había revelado con tal crudeza: la crisis de la supremacía militar yanqui.
La resistencia iraní: más allá de lo material
Sin embargo, considero que la clave del caso iraní no reside únicamente en su capacidad para producir un armamento efectivo y económico. Permítaseme hacer una muy breve mención de la situación actual que atraviesa el país.
La República Islámica de Irán posee las cuartas reservas mundiales de petróleo y las segundas de gas del planeta. Sin embargo, padece un grave problema energético: de los 140 millones de litros de combustible que consume diariamente, solo produce 110 millones. Los subsidios al consumo energético, por su parte, absorben nada menos que el 25 % del PIB nacional. En el sector hidrocarburífero, a pesar de contar con el 17 % de las reservas globales de gas, Irán apenas aporta el 6,5 % de la producción mundial; y siendo el cuarto país con mayores reservas de petróleo, solo genera el 5 % de la producción total de petróleo. Todo ello es consecuencia directa de las sanciones, que dificultan enormemente la comercialización de sus hidrocarburos en los mercados internacionales.
A esto se suma una terrible crisis hídrica. El cambio climático ha provocado sequías prolongadas que castigan duramente al pueblo iraní, hasta el punto de que se ha llegado a plantear el racionamiento de agua en la propia capital, Teherán. La situación se complica aún más por la enorme inversión en desarrollo militar que Irán ha debido realizar, así como por la necesidad de apoyar en esta materia a sus aliados regionales, producto de las permanentes amenazas de Estados Unidos e Israel, que hoy por hoy se han consumado en una guerra abierta.
Según el Fondo Monetario Internacional, durante el último año el crecimiento económico de Irán fue de apenas el 0,6 %, generándose un peligro de recesión que se ha acentuado como consecuencia de la guerra económica a la que ha sido sometida la nación.
Ahora bien, ¿cuál es el motivo por el cual, para asombro de los norteamericanos, Irán está resistiendo heroicamente? Más allá de su extraordinaria inventiva y habilidad tecnológica, más allá del posible apoyo de Rusia y China en esta cruzada, más allá de su difícil situación económica y ecológica, considero que la respuesta se encuentra en su historia, en las profundas raíces de su antigua civilización, en la fortaleza de su fe religiosa y en una importante gama de elementos inmateriales que seguramente no pueden medirse, pero que definitivamente están jugando un papel fundamental para que este pueblo pueda resistir tan grande adversidad. Basta con leer las odiosas cifras que he expuesto sobre lo difícil de su economía y recordar las imágenes de los brutales bombardeos contra Teherán para comprender que la explicación a tan obstinada resistencia, por lo menos hasta ahora, va mucho más allá de los fríos números vinculados a lo material y económico.
Encrucijada global: entre la domesticación y la resistencia
La batalla que hoy se libra en Irán se despliega como un umbral entre la construcción de un futuro posible y la amenaza latente de una guerra nuclear. En Medio Oriente, el desarrollo de los acontecimientos es de pronóstico reservado. Si el imperio lograra alcanzar allí sus objetivos, asistiríamos al inicio de una nueva avanzada estratégica. Todo lo analizado indica que el objetivo final de esa ofensiva sería la «domesticación» de Pekín, un paso que llevaría inexorablemente a su sometimiento.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿estará el pueblo milenario del gran Timonel Mao Tse-tung dispuesto a retroceder —lógicamente en otras condiciones, pero retroceder al fin— hacia un nuevo «siglo de la humillación»? ¿Aceptaría acaso que el fruto del trabajo de generaciones sea entregado a Estados Unidos, cual esclavo a su amo? O, por el contrario, ¿debe el proceso de «desamericanización», con todas sus complejidades, ser asumido con renovadas fuerzas, venciendo las resistencias de aquellos que aún en China podrían albergar la ilusión de un mundo donde sea posible compartir el poder con Washington?
Se avecinan tiempos de definición para China, y esos tiempos, hoy, son vertiginosamente acelerados. Por su parte, Estados Unidos se juega su propia existencia en este mismo instante. El panorama se torna cada vez más sombrío para este senil imperio. Su supremacía económica y militar, antaño incuestionable, parece hoy estar más en entredicho que nunca, mientras el fantasma de una guerra civil se vuelve, cada día, más tangible. Cabe entonces la pregunta crucial: ¿estará el imperio dispuesto a fenecer en silencio, o intentará llevarse consigo a la humanidad mediante un apocalipsis nuclear, posibilidad que ante su estado agónico ya no puede descartarse?
Mientras tanto, Rusia se juega parte de su futuro en Ucrania, y la vieja Europa, cada día más extraviada en medio de los acontecimientos, ha llegado a un punto donde su destino ya no le pertenece. Se encuentra a merced de una estrategia diseñada en Washington que, con el paso del tiempo, se revela como cada vez más inviable.
Finalmente, pase lo que pase en este tablero de grandes potencias, los pueblos del Sur Global, con la República Islámica de Irán a la cabeza en este momento histórico, siguen escribiendo con la sangre heroica de sus mártires las páginas más gloriosas de su emancipación.
Venezuela, 6 de Marzo de 2026
Imagen generada por IA
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