viernes, 13 de marzo de 2026

F.... como Foucault


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F.... como Foucault




Esos tíos loquitos que llaman científicos...

 
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escribe Luis Casado

El Panteón, en París...

El abrupto y glorioso camino de las ciencias suele estar lleno de peligros y amargos sinsabores.

Se cuenta que allá por el año de gracia de 1633 –hace la friolera de 393 años– Galileo se vio amenazado de terminar en la hoguera, lo que le obligó a retractarse y a negar sus propias convicciones.

Otras versiones aseguran que los condenados por la Santa Madre Iglesia eran utilizados para amenizar una suerte de caldo de costilla –receta colombiana que además lleva ajos, cebolla, papas y hojas de cilantro. El cristiano hereje iba de hueso y carne para el bien de la gloria divina.

Para entender de qué va el tema hay que saber que desde el gran Aristóteles (384 – 322 AC) la doxa de teólogos, filósofos y otros sabios era que la Tierra, inmóvil, era el centro del Universo.

Galileo, que en su CV y en su book ponía sin sonrojarse “matemático, físico, filósofo y lirista los fines de semana”, tenía la mala costumbre de quedarse mirando el cielo día y noche. Tanto mirar, notó un detallito de esos que cobran importancia a medida que los desmenuzas en pos de una explicación. Ese detallito le llevó a desarrollar un par de cálculos.

Para tus archivos preciso que no era lirista por escribir poemas sino porque tañía la Lira de doce cuerdas que era un gusto escucharle. Por otra parte sus cálculos no eran esos depósitos duros, comúnmente llamados cálculos renales, formados por minerales y sales que aparecen en la orina, sino cálculos astronómicos.

Los resultados de sus mediciones le llevaron a afirmar que la Tierra no sólo no era el centro del Universo sino que además se movía, la muy coqueta. Tú ya sabes, la gente es mala y envidiosa: sus adversarios lo acusaron de ser un herético ante la Santa Inquisición, Tribunal creado por la Iglesia Católica Apostólica y Romana dedicado a la persecución sistemática de herejes y disidentes religiosos.

La Inquisición fue un predecesor de Nayib Bukele, pero en serio: aplicaba duras penas por quítame allá esas pajas como en el caso de Giordano Bruno, a quien transformaron en ceniza en el año 1600. Bruno, que ardió en virtud de sus teorías helio-centristas, era, como es tan frecuente en las ciencias, un continuador de ilustres predecesores como Nicolás Copérnico.

Más tarde fue también el caso de Galileo quién, algo más pillín, en el año 1633 se retractó ante sus jueces pirómanos y evitó la hoguera. Pero fue asignado a residencia hasta su muerte. Según los archivos de la pesca de entonces, al escuchar su condena pronunció muy bajito la frase que cuatro siglos más tarde aún provoca disensos y debates: “E pur si muove”, lo que en una traducción gráfica, libre y fiel daría “¡Que os den por el orto!”

En este instante preciso le algo una alforza a esta apasionante crónica para señalar que en nuestra contemporánea realidad el caso de Daniel Jadue no es ni inédito, ni nuevo y ni siquiera ocurrente: la cana en casa –con o sin brazalete– permite conseguir un doble objetivo: neutralizar al herético al tiempo que le deja a los jueces la íntima y confortable sensación de ser justos, rigurosos y de yapa generosamente indulgentes.

Ahora sabemos que la Tierra efectivamente se mueve, y que –entre otros– gira en torno al sol.

El 31 de octubre de 1992, el Papa Juan Pablo II cantó la palinodia y rehabilitó formalmente a Galileo, lo que a esas alturas a Galileo le tocaba una sin mover la otra. Lo claro es que el dogma es enemigo de la ciencia y la Iglesia necesitó 360 años para darse cuenta.

El físico y astrónomo francés Léon Foucault (1819 – 1868) tuvo más suerte.

Siempre fue un menda apañao y se pasó toda su vida estudiando, investigando e inventando una cantidad increíble de curiosos dispositivos. Entre ellos uno que permite mirar el sol directamente con un telescopio sin dañar los ojos. Sus trabajos –en el marco de la Física Newtoniana– le permitieron determinar el carácter ondulatorio de la luz, dejando de lado la teoría corpuscular. Como sabes, más tarde, gracias a la Física Cuántica, ambas teorías fusionaron: la luz es a la vez corpuscular y ondulatoria.

Además calculó con una sorprendente precisión la velocidad de la luz. En el año 1862 dotó el espejo de su dispositivo de laboratorio de una turbina a aire comprimido y multiplicó los espejos de reflexión, para establecer la velocidad de la luz en 298 000 km/s ±500 km/s.

Las mediciones modernas, con las tecnologías de hoy, dan 299 796 km/s ±4 km/s.

En 1851 Foucault había demostrado la rotación de la Tierra. Esa vez a nadie se le ocurrió acusarle de hereje y, si hubiese sido el caso, Foucault lo hubiese puesto en ridículo.

Utilizando la rotación libre del plano de oscilación de un péndulo de 67 metros de largo, con una bola de 28 kilos y 18 centímetros de diámetro, suspendido en el Panteón de París, invitó a los parisinos a comprobar con sus propios ojos la rotación de la Tierra.

Nuestro profesor de Matemáticas y de Física, don Pedro Quijada, nos había hablado de Foucault en el Liceo Neandro Schilling de San Fernando, allá por el año 1962, año de triste memoria que por otras razones, gracias a Donald, vuelven a asomar su triste guadaña 64 años más tarde.

Liceo De San Fernando, monumento nacional dejado al abandono...

Aun cuando en esa época era incapaz de pronunciar correctamente el nombre de Foucault –a pesar de los esfuerzos de Mme. Drouilly, nuestra profesora de francés– y aún menos escribirlo sin faltas de ortografía, el cuento me quedó rondando en la calabaza hasta que en el año 2023 decidí visitar el Panteón para mirar el célebre invento, El péndulo de Foucault.

Servidor tenía –y tiene aún hoy– algunas reticencias hacia el enorme monumento que le sirve de mausoleo a grandes figuras de la Historia de Francia.

Jean-Paul Marat, por ejemplo, médico y figura radical de la Revolución, fue sepultado allí el 21 de septiembre de 1794 después de su asesinato por Charlotte Corday. Pero, la traición termidoriana hizo retirar su cadáver el 8 de febrero de 1795. Los mismos –los “moderados”– habían ejecutado sin proceso a Robespierre el 10 termidor (28 julio de 1794 ).

Probablemente la panteonización más memorable fue la de Víctor Hugo. En 1885, sus funerales reunieron cerca de dos millones de parisinos en medio de un fervor popular excepcional. Tal hecho conmueve cuando consideras que el gran Víctor Hugo –que fue exilado político– no le dedicó su obra cumbre al pijerío ni a la nobleza, sino a Los Miserables.

En el mismo Panteón están los restos de Marie Curie, primera mujer en ser homenajeada de ese modo por sus trabajos científicos. Y está Émile Zola. Y Victor Schoelcher, ardiente defensor de la abolición del esclavismo. Y Alexandre Dumas.

Pero también está allí Jean Monnet, supuesto arquitecto de la Unión Europea, en realidad agente muy bien recompensado de Franklin D. Roosevelt y el imperialismo yanqui durante la II Guerra Mundial. Es decir, un agente de la planeada colonización de Francia y Europa (véase L’ami américain de Eric Branca. París, 2022). Jean Monnet no chistó cuando en más de una ocasión agentes del imperio intentaron asesinar a Charles de Gaulle.

Al mismo Charles de Gaulle que decidió –en el año en 1964– sepultar en el Panteón a Jean Moulin, jefe de la Resistencia interior a la ocupación nazi. Y a André Malraux, otro eminente resistente.

Hay muchas otras historias en las que el Panteón ha jugado un rol principal, no todas dignas de la grandeza de este país. No obstante, como quedó dicho, en el año 2023, finalmente, decidí ir a rendirle homenaje a los verdaderos héroes (por ejemplo a los de la Convención Nacional, asamblea constituyente elegida en septiembre de 1792), y de paso conocer el ingenioso artilugio con el que Foucault le mostró al mundo entero la rotación de la Tierra.

Para compartir dicha experiencia, he aquí un breve video realizado ese día....

Foucault instaló allí un péndulo gigante de 67 metros que, con sus lentas oscilaciones, demuestra de forma visible la rotación de la Tierra. La masa que colgaba de él tardaba 16,5 segundos en completar una vuelta completa y, gracias a un estilete fijado en su extremo, dejaba una huella en un banco de arena. Esa huella era –es– el producto de la rotación de la Tierra, porque el péndulo, él, por inercia se mantiene oscilando en el mismo plano.

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