viernes, 29 de agosto de 2025


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Los manteros y la Gran Vía del cinismo

 

Bilbao celebra sus fiestas: la Semana Grande. Las luces cuelgan por toda la ciudad como promesas de prosperidad. La música retumba en las plazas. Los turistas sonríen, brindan, consumen. La alegría se extiende por doquier. Pero hay otra ciudad que no aparece en los folletos. Una ciudad que se arrastra por las aceras, que corre cuando ve un uniforme, que extiende una manta como quien abre su último refugio ante la indiferencia. Están por todas partes. Son los manteros. Los hijos del exilio. Los náufragos del sistema.

Cada mañana y cada tarde, hasta caer la noche, en la Gran Vía, en el Casco Viejo, en los márgenes de lo visible, decenas de jóvenes migrantes despliegan su mercancía con la dignidad de quien no pide, sino ofrece. Venden lo que pueden, lo que les dejan. Y a cambio reciben persecución, insultos, confiscación, cuando no sanciones. La policía municipal, por orden de gobernantes sin alma, les trata como si fueran una plaga. Como si el delito fuera existir.

El alcalde Aburto, con su traje bien planchado y su discurso de cartón, ha convertido Bilbao en un escaparate de hipocresía. Mientras habla de inclusión y libre comercio, ordena redadas contra quienes encarnan el comercio más libre y precario que existe: el de quien no tiene otra opción. Se pliega a las exigencias de las asociaciones de comerciantes y de las grandes superficies, que ven en los manteros una amenaza estética, no solo económica. Porque lo que molesta no es solo lo que venden, sino lo que representan: el fracaso moral de una ciudad que ha aprendido a mirar hacia otro lado.

Los manteros son el espejo que nadie en las instituciones quiere mirar. Son el retrato de una sociedad que ha convertido la pobreza en delito y la solidaridad en sospecha. Mientras ellos corren con la manta recogida como si fuera un cadáver, otros “manteros” de guante blanco -políticos condenados, defraudadores fiscales, empresarios corruptos- pasean impunes por las mismas calles, dando lecciones de civismo desde sus tribunas. La lista de condenados es demasiado larga. La memoria institucional, corta.

La lucha de clases no ha desaparecido. Solo ha cambiado de escenario. Hoy se libra entre quienes venden gafas de sol sobre una manta y quienes venden el país desde un despacho. Entre quienes arriesgan su libertad por cinco euros y quienes se enriquecen con contratos públicos amañados. Se persigue al pobre, se protege al poderoso. Se criminaliza la necesidad, se blanquea el privilegio.

Y mientras tanto, en esta Semana Grande, junto a esos manteros, otrros miles de migrantes trabajan en lo que nadie quiere: repartidores que pedalean por las calles, camareros con contratos en precario, cuidadoras que sostienen vidas ajenas, recolectores que llenan nuestras mesas, obreros que levantan edificios que nunca habitarán. Son los invisibles que hacen posible la fiesta. Los que no salen en las fotos, pero sin los cuales no habría celebración.

Dicen nuestros representantes institucionales que los manteros son víctimas de mafias, pero callan ante las otras mafias: las que nos cobran por respirar, por ahorrar, por encender la luz, por comer plástico disfrazado de alimento. Las mafias legales que esquilman los mares, degradan los suelos y precarizan nuestras vidas con sonrisa corporativa.

Pero si de mafias hablamos, que no se nos olviden las más peligrosas: las que se sientan en numerosos consejos de administración, las que firman despidos masivos mientras reparten dividendos, las que convierten el planeta en mercancía y la dignidad en residuo. Al lado de esas, los manteros son náufragos, no piratas.

Mientras tanto, en este verano de incendios, Bilbao se llena de orgullo cuando el Athletic gana. El alcalde, Juan Mari Aburto, lo dice sin titubeos: el club es símbolo de identidad, de arraigo, de valores. Y no le falta razón. El Athletic representa una forma de entender el fútbol que se resiste a la globalización salvaje, que apuesta por lo local, por lo propio. Pero en esa narrativa de orgullo hay una fisura que se ensancha cada vez que se mira hacia otro lado.

Porque mientras se celebra la épica rojiblanca, se criminaliza la supervivencia en las aceras. Mientras se canta el himno en San Mamés, se decomisan mantas en la Gran Vía. Mientras se aplaude a los que llegaron de lejos y triunfaron, se persigue a los que siguen llegando y apenas pueden sostenerse.

Y aquí es donde la historia de los hermanos Williams se vuelve incómoda. Iñaki y Nico, hijos de migrantes ghaneses que llegaron en patera, son hoy los jugadores más simbólicos del Athletic. No solo por su talento, sino por lo que representan: el cruce entre tradición y transformación, entre raíces y rutas. Son el ejemplo perfecto de cómo la migración puede enriquecer, emocionar, unir.

Sus camisetas se venden por miles. Las llevan niños, adultos, turistas. Las exhiben los manteros en las calles de Bilbao, como si fueran estandartes de esperanza. Pero ahí está la paradoja: mientras se idolatra a los Williams, se reprime a quienes podrían haber sido ellos, que cruzaron el mar en una patera y hoy sortean defensas en San Mamés. Porque si el azar hubiera sido menos generoso, si el balón no hubiera aparecido en su camino, si el destino hubiera girado apenas un grado, Iñaki y Nico podrían estar vendiendo sus propias camisetas sobre una manta, esquivando a la policía, soportando miradas de desprecio, perseguidos por la misma ciudad que ahora los idolatra.

Bilbao se pone en pie para aplaudir a los Williams, pero se agacha para confiscarle la manta al mantero. ¿Qué clase de orgullo es ese que celebra al migrante cuando marca goles, pero lo humilla cuando solo intenta sobrevivir?

La ciudad que se emociona con los goles debería también conmoverse con las vidas. Porque hay verdades tan grandes que no caben ni en el estadio de San Mamés. Y una de ellas es esta: no hay camiseta que valga más que la dignidad de quien la vende.

Imagen de portada: Manteros –Flickr Javier Martin Espartosa- Detalles de la licencia

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