La Inteligencia Artificial bajo el capitalismo: una nueva herramienta para aumentar la explotación
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En el capitalismo, toda nueva tecnología se introduce con un propósito concreto: abaratar los costos de producción y aumentar la cantidad de valor que el capitalista extrae del trabajo.
Por Sergio Meneses | 30/07/2026
En los últimos años, los medios de comunicación, los gobiernos y las grandes corporaciones tecnológicas no han dejado de repetir que la inteligencia artificial representa un salto histórico que mejorará la vida de la humanidad. Productividad ilimitada, trabajos más creativos, reducción de la jornada laboral y un futuro de abundancia son las promesas habituales. Sin embargo, cuando analizamos la IA en el marco real en el que se desarrolla —el sistema capitalista y bajo el control del gran capital—, estas promesas se desmoronan. Lejos de ser una fuerza liberadora, la IA se convierte en un instrumento más al servicio de la clase dominante para aumentar la plusvalía, reducir costos laborales y aumentar la explotación de la clase trabajadora.
La IA como fuerza productiva al servicio del capital
La inteligencia artificial no surge de forma neutral ni cae del cielo. Es desarrollada, financiada y desplegada por empresas como OpenAI, Google, Microsoft, Amazon o Meta, todas ellas controladas por grandes accionistas y fondos de inversión cuyo único objetivo es la maximización del beneficio. En el capitalismo, toda nueva tecnología se introduce con un propósito concreto: abaratar los costos de producción y aumentar la cantidad de valor que el capitalista extrae del trabajo.
Según la teoría marxista, la plusvalía —la fuente de la ganancia— se obtiene del trabajo no pagado de los obreros. Cuando una máquina o un algoritmo puede realizar tareas que antes requerían trabajadores, el capitalista reduce la masa salarial o intensifica el esfuerzo de los empleados que permanecen. En ambos casos, la tasa de plusvalía se eleva. El capital no busca liberar al trabajador; busca extraer más valor de cada hora de trabajo o prescindir directamente de él.
Desempleo estructural y precarización
Los ejemplos ya están aquí. En sectores como servicio al cliente, la programación básica, el diseño gráfico, la traducción, la redacción de contenidos, el análisis de datos o incluso ciertas tareas médicas y legales, la IA está reemplazando o reduciendo drásticamente la necesidad de mano de obra. Empresas como IBM, Google o grandes bancos han anunciado recortes de miles de puestos de trabajo directamente ligados a la implementación de sistemas de inteligencia artificial.
El argumento habitual de que la IA creará nuevos empleos es engañoso. Los nuevos puestos que aparecen suelen ser menos numerosos que los destruidos, más precarios como freelance o contratos temporales en plataformas digitales, y a menudo también susceptibles de ser automatizados en el futuro cercano. Además, la IA genera una presión constante a la baja sobre los salarios de quienes conservan su puesto. El miedo al desempleo debilita el poder de negociación de los trabajadores y facilita la aceptación de peores condiciones laborales.
Mayor explotación de los trabajadores
Para quienes no son despedidos, la IA suele significar un aumento de la intensidad del trabajo. Herramientas de IA permiten a las empresas monitorizar, medir y optimizar cada minuto de la jornada. El trabajador ya no solo produce mercancías: ahora produce datos que alimentan al algoritmo que, a su vez, lo controla y lo hace rendir más.
Plataformas de reparto y logística, oficinas y centros de llamadas, e industrias creativas muestran cómo los algoritmos gestionan rutas, tiempos, sanciones, corrigen en tiempo real el lenguaje y la velocidad, o exigen entregar el doble de trabajo en el mismo plazo. El resultado es un aumento de la explotación: se extrae más plusvalía por cada hora trabajada.
La IA no es neutral: depende de quién la controle
La tecnología en sí misma no tiene ideología. Un algoritmo puede servir para reducir drásticamente la jornada laboral y eliminar trabajos penosos o, por el contrario, para despedir a miles de personas y aumentar los beneficios de unos pocos. La diferencia no está en la máquina, sino en las relaciones de propiedad y en el modo de producción.
Bajo el capitalismo, la IA está en manos de una minoría cuya supervivencia como clase depende de la extracción continua de plusvalía. Por eso, por más ética o responsable que se declare una empresa tecnológica, su lógica estructural sigue siendo la misma: reducir costos laborales y aumentar la rentabilidad.
Solo cuando las fuerzas productivas —incluida la IA— pasen a estar bajo control de los trabajadores y exista una planificación, podrán utilizarse para reducir el tiempo de trabajo necesario, aumentar el tiempo libre y satisfacer necesidades humanas en lugar de generar beneficios privados. Mientras tanto, presentar la IA como una herramienta que mejorará la vida de los trabajadores es, como mínimo, ingenuo y, en muchos casos, una forma de ocultar el verdadero carácter de clase de esta nueva oleada tecnológica.
La inteligencia artificial no es el problema. El problema es el capitalismo. Mientras la IA siga siendo propiedad privada de grandes corporaciones y se desarrolle dentro de las leyes del mercado, su destino más probable no será la liberación del trabajo, sino su intensificación y su parcial eliminación para beneficio de una minoría.
La clase trabajadora no debe esperar pasivamente que la tecnología nos salve. Debe organizarse para disputar el control sobre estas herramientas y sobre el sistema que las dirige. Porque, como toda tecnología anterior, la IA será lo que decidamos que sea: un arma más de la explotación o un instrumento para construir una sociedad al servicio de la mayoría trabajadora.
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