jueves, 30 de abril de 2026


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La bella Imperia

...leed esto más bien por las noches que durante el día, y no se lo paséis a las vírgenes, si aún quedan, porque este libro ardería...

 
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escribe (y traduce) Luis Casado


Honoré de Balzac...

Honoré de Balzac, prolífico escritor francés, nació el 20 de mayo de 1799 en la ciudad de Tours y murió el 18 de agosto de 1850 en París. Te lo cuento por lo que sigue. Novelista, crítico de arte, dramaturgo, crítico literario, ensayista, periodista e impresor, dejó una de las más imponentes obras novelescas de la literatura francesa, con más de noventa novelas y cuentos publicados entre 1829 y 1855, reunidos bajo el título de La Comedia Humana. A lo que hay que sumarle sus Cien Cuentos Picarescos, así como novelas de juventud publicadas bajo pseudónimos y unas 25 obras esbozadas. Sus Cuentos Picarescos, inspirados por François Rabelais (1483 – 1553) –por ejemplo, La Bella Imperia, que tradujimos al castellano de nuestros días para deleite de nuestros lectores– los escribió en el francés del siglo XV, lo que constituye toda una proeza.

Fragmento en francés antiguo:

Ores, pendant une nuict aspre à sa vertu, le diable lui souffla dans l’oreille et entendement qu’il eust à faire sa provision à pannerées, puisque ung chascun puisoyt au giron de nostre saincte mère l’Ecclise sans le tarir ; miracle qui prouvoyt bien la présence de Dieu.

Fragmento en francés moderno:

Or, pendant une nuit rugueuse pour sa vertu, le diable lui souffla dans l’oreille et dans son entendement qu’il devait faire sa provision à pleines mains, puisque qu’un chacun peut prendre du giron de notre sainte mère l’Église sans la tarir; miracle qui prouve bien la présence de Dieu.

En el prólogo, Balzac solicita la amabilidad del lector:

Entonces, ahorradme vuestras calumnias, y leed esto más bien por las noches que durante el día, y no se lo paséis a las vírgenes, si aún quedan, porque este libro ardería...

Dicho lo cual desliza unas palabras de Rabelais:

Ahora, disfrutadlo, amores míos, y leed todo alegremente, despreocupados de vuestros cuerpos y riñones, y que la peste os arrope si renegáis de mí después de haberlo leído.

La bella Imperia

Honoré de Balzac

El arzobispo de Burdeos había incluido en su séquito, para acudir al Concilio de Constanza, a un cura de Tours muy jovial, cuyos modales y forma de hablar resultaban curiosamente encantadores, sobre todo porque se le consideraba hijo de la Soldée y del gobernador. El arzobispo de Tours se lo había cedido de buen grado a su colega durante su paso por esta ciudad, pues los arzobispos se hacen estos regalos entre ellos, sabiendo cuán acuciantes son las inquietudes teológicas. Así pues, este joven clérigo acudió al Concilio y se alojó en la casa de su prelado, que era un hombre de buenas costumbres y gran erudición.

Philippe de Mala, que así se llamaba el párroco, se propuso actuar correctamente y servir dignamente a su promotor; pero vio en aquel concilio místico a mucha gente que llevaba una vida disoluta y que, sin embargo, obtenía tantas o más indulgencias, escudos de oro y beneficios que todos los demás sabios y bien situados. Ahora bien, durante una noche dura para su virtud, el diablo le susurró al oído y al entendimiento que debía hacer acopio a manos llenas, ya que cualquiera podía sacar provecho del seno de nuestra santa madre la Iglesia sin agotarla; milagro que demostraba bien la presencia de Dios. Y el párroco de Tours no desobedeció al diablo. Se prometió a sí mismo banquetearse, lanzarse a los asadores y otras delicias de Alemania, cuando pudiera hacerlo sin pagar, ya que era pobre hasta la médula. Como era muy continente, pues tomaba por modelo a su pobre y anciano arzobispo, quien, por fuerza, ya no pecaba y pasaba por santo, a menudo tenía que soportar ardores intolerables seguidos de melancolías, dada la cantidad de hermosas cortesanas bien ataviadas y frías con el pobre mundo, las cuales residían en Constanza para aclarar el entendimiento de los padres del Concilio.

Le enfurecía no saber cómo se abordaba a esas piadosas damas, que despreciaban a cardenales, abades comendatarios, auditores de la Rota, legados, obispos, príncipes, duques y margraves, como habrían podido hacer con simples clérigos desprovistos de dinero. Por la noche, tras rezar sus oraciones, intentaba hablar con ellas, aprendiéndose el hermoso breviario del amor. Se preguntaba cómo responder a cualquier situación que se le presentara. Y, al día siguiente, si, hacia las Completas (últimas oraciones), se encontraba con alguna de dichas princesas en buen estado, recostada en su litera, escoltada por sus pajes bien armados, y orgullosa, se quedaba boquiabierto, como un perro que atrapa moscas, al ver aquel rostro fresco que tanto lo cautivaba.

El secretario de Monseñor, un caballero del Périgord, le había demostrado abiertamente que los padres, procuradores y auditores de la Rota compraban, a fuerza de regalos —no reliquias ni indulgencias, sino piedras preciosas y oro—, el favor de ser íntimos de las más altas de esas gatas mimadas que vivían bajo la protección de los señores del Concilio, entonces el pobre tourangueño, por muy tonto y chiflado que fuera, atesoraba en su jergón los angelitos que le había dado el buen arzobispo por sus trabajos de escritura, esperando, algún día, tener suficientes para poder ver a la cortesana de un cardenal, confiando en Dios para el resto. Estaba desquiciado de la cabeza a los talones, y se parecía tanto a un hombre como una cabra con su pelaje de noche se asemeja a una doncella; pero, impulsado por su envidia, vagaba por las calles de Constanza al atardecer, sin preocuparse mucho por su vida; y, a riesgo de que los soldados le destrozaran el cuerpo, espiaba a los cardenales entrando en sus casas.

Entonces veía cómo se encendían las velas de cera en las casas; y de repente resplandecían las puertas y las ventanas. Luego oía a los benditos abades y demás riéndose, bebiendo, disfrutando de lo mejor, enamorados, cantando el Aleluya secreto y dando pequeñas propinas a la música con la que se les entretenía. Las cocinas hacían milagros, y así se servían en las comidas buenos potajes grasos y cremosos: En los maitines jamones, en las vísperas bocados deliciosos y a la hora de los oficios divinos, dulces. Y, tras las copas, estos valientes curas se callaban. Sus pajes jugaban a los dados en las escaleras, y las mulas rebeldes se peleaban en la calle. ¡Todo iba bien! Pero también había fe y religión. ¡Así fue como quemaron al buen Hus! ¿Y la causa? Metía la mano en el plato sin hacerse de rogar. ¿Y por qué era hugonote antes que los demás?

Volviendo al simpático Philippe, muchas veces recibió fuertes bofetadas y se llevó buenas palizas; pero el diablo lo animaba, incitándolo a creer que, tarde o temprano, le tocaría ser el amante de alguna mujer de la alta sociedad. Su codicia le dio audacia, como a un ciervo en otoño, y así fue como una noche se coló en la casa más hermosa de Constanza, en la escalera, desde donde a menudo había visto a oficiales, senescales, escuderos y pajes esperando, con antorchas, a sus amos, duques, reyes, cardenales y arzobispos.

—¡Ah! —se dijo—, ¡esa debe de ser hermosa y gallarda!...

Un soldado, bien armado, le dejó pasar, creyendo que pertenecía al elector de Baviera, que salía en ese momento de dicha morada, y que iba a cumplir allí un encargo de dicho señor. Philippe de Mala subió los escalones con la agilidad de un galgo poseído por la rabia del amor, y se dejó llevar por un delicioso aroma de perfumes hasta la habitación donde la dueña de la casa conversaba con sus damas mientras se desataba sus adornos. Se quedó completamente atónito, como un ladrón ante los alguaciles. La dama estaba sin cota ni capucha. Las doncellas y las criadas, ocupadas en quitarle los zapatos y desvestirla, dejaban al descubierto su alegre cuerpo con tanta destreza y franqueza, que el cura, embelesado, soltó un «¡Ah!» que olía a amor.

—¿Y qué quieres, pequeño? —le dijo la dama.

—Entregarle mi alma —respondió él, mirándola fijamente.

—Puedes volver mañana —añadió ella, burlándose abiertamente de él.

A lo que Philippe, todo sonrojado, respondió amablemente:

—No faltaré.

Ella se echó a reír como una loca. Felipe, desconcertado, se quedó boquiabierto y tranquilo, fijando en ella una mirada que se deleitaba en admirables detalles de amor: como hermosos cabellos esparcidos sobre su espalda, con el brillo del marfil, y mostrando deliciosas curvas, blancas y resplandecientes, a través de mil rizos ondulantes.

Tenía en su frente de nieve un rubí brillante, menos rico en ondas de fuego que sus ojos negros humedecidos por las lágrimas de su alegre risa. Incluso lanzó su zapato de punta, dorado como un cocho, retorciéndose, con aire de pícara, y dejó ver su pie desnudo, más pequeño que el pico de un cisne. Esa noche estaba de buen humor; de otro modo, habría echado por la ventana al pequeño tonsurado, sin preocuparse más por él que por su primer obispo.

—¡Qué ojos tan bonitos tiene, señora! —dijo una de las muchachas.

—¿De dónde habrá salido? —preguntó la otra.

—¡Pobre niño! —exclamó la señora—. Su madre lo estará buscando. Hay que encauzarlo por el buen camino.

El tourangueño, sin perder el sentido, hizo un gesto de deleite al contemplar el lecho de brocado de oro donde descansaba el alegre cuerpo de la galesa. Esa mirada, llena de dulzura y de inteligencia amorosa, reavivó la fantasía de la dama, quien, medio riendo, medio enamorada del muchacho, le repitió: «¡Mañana! » y lo despidió con un gesto al que el propio papa Juan habría obedecido, tanto más cuanto que se encontraba como un caracol sin caparazón, ya que el Concilio acababa de destituirlo.

— ¡Ah! señora, he aquí otra vez un voto de castidad convertido en deseo de amor —dijo una de las damas.

Y las risas volvieron a estallar densas como granizo. Philippe se marchó, golpeándose la cabeza contra los maderos, como un auténtico cuervo con sombrero, tan aturdido como estaba por haber vislumbrado a aquella criatura más apetecible de devorar que una sirena saliendo del agua… Se fijó en las figuras de animales grabadas sobre la puerta y regresó a la casa de su buen arzobispo, con mil bandejas de diablos en el corazón y el estómago todo revuelto. Subió a su cámara y contó allí sus angelitos durante toda la noche, pero nunca encontró más que cuatro; y, como eso era todo su tesoro, pensó en satisfacer a la bella dándole lo que tenía para ella en el mundo.

—¿Qué te pasa, Philippe? —le dijo el buen arzobispo, inquieto por los gestos y los «¡Oh! ¡Oh!» de su clérigo.

—¡Ay, monseñor! —respondió el pobre párroco—, me sorprende cómo una mujer tan frívola y tan dulce puede pesar tanto en el corazón…

— ¿Y quién? —preguntó el arzobispo, dejando a un lado el breviario que leía para los demás, el buen hombre.

— ¡Ay, Jesús! Me va a reprochar, mi buen maestro y protector, por haber visto a la dama de un cardenal, al menos… Y lloraría, al ver que me faltaría mucho más que unos centavos por ella, aunque me dejara convertirla al bien…

El arzobispo, frunciendo el ceño que tenía sobre la nariz, no dijo ni una palabra. Entonces, el muy humilde presbítero temblaba de miedo por haberse confesado así ante su superior. Pero al instante el santo hombre le dijo:

—Vaya, ¿tan querida es ella?

—¡Ah! —dijo él—, ha derribado muchas mitras y arrugado muchos báculos.

—Pues bien, Philippe, si quieres renunciar a ella, te daré treinta angelitos del fondo de los pobres.

—¡Ah!, monseñor, ¡perdería demasiado! —respondió el muchacho, animado por el botín que se prometía.

—¡Oh, Philippe! —dijo el buen Bordelés—, ¿quieres irte al diablo y desagradar a Dios, como todos nuestros cardenales?

Y el señor, desolado por el dolor, se puso a rezar a San Gatien, patrón de los cornudos, para que salvara a su criado. Lo hizo arrodillarse, diciéndole que se encomendara también a San Felipe; pero el maldito cura suplicó en voz baja al santo que le impidiera caer en la tentación, si al día siguiente su señora lo recibía con piedad y misericordia; y el buen arzobispo, al oír el fervor de su criado, le gritó:

—¡Ánimo, muchacho! El Cielo te exaltará.

Al día siguiente, mientras Monsieur despotricaba en el Concilio contra la conducta impúdica de los apóstoles de la cristiandad, Philippe de Mala gastó sus angelitos, ganados con mucho esfuerzo, en perfumerías, baños, saunas y otras frivolidades. Ahora bien, se acicaló tan bien que habría parecido el mignon de una pardilla piquigualda. Recorrió la ciudad para reconocer la morada de su reina del corazón; y cuando preguntó a los transeúntes de quién era dicha casa, se reían en su cara, diciendo: «¿De dónde viene este sarnoso que no ha oído hablar de la bella Imperia?». Le entró un gran miedo de haber cambiado a sus angelitos por el diablo, al ver, por el nombre, en qué horrible trampa había caído voluntariamente.

Imperia era la muchacha más caprichosa y extravagante del mundo, además de que se la consideraba la más deslumbrantemente bella, y la que mejor sabía cómo seducir a los cardenales y embellecer a los soldados más rudos y opresores del pueblo. Poseía a su servicio valientes capitanes, arqueros y señores, deseosos de servirla en todo.

Bastaba con que ella diera una sola orden para acabar con aquellos que se atrevían a desafiarla. Una desarmadura de hombres no le costaba más que una amable sonrisa; y, a menudo, un tal señor de Baudricourt, capitán del rey de Francia, le preguntaba si ese día había alguien a quien matar por ella, a modo de burla contra los abades. Salvo los potentados del alto clero, con quienes la señora Impéria manejaba con delicadeza su ira, lo tenía todo bajo su control, en virtud de su cháchara y sus modales amorosos, de los que incluso los más virtuosos e insensibles quedaban atrapados como en pegamento.

Así, era tan querida y respetada como las verdaderas damas y princesas, y se la llamaba «señora». A lo que el buen emperador Segismundo respondió a una mujer verdadera y recatada que se quejaba de ello: «Que vosotras, buenas damas, conservéis las costumbres sensatas de la santa virtud, y doña Imperia los dulces encantos de la diosa Venus». Palabras cristianas que escandalizaron a las damas, muy erradamente.

Una disputa entre hombres no le costaba más que una amable sonrisa.

Philippe, pues, al recordar la mirada franca que había recibido el día anterior, dudó de que eso fuera todo. Entonces se entristeció; y, sin comer ni beber, deambuló por la ciudad, esperando la hora, pues era lo bastante coqueto y galante como para encontrar a otras menos rudas en el amor que la señora Imperia.

Llegada la noche, el alegre y pequeño tourangueño, todo erguido de orgullo, enardecido por los deseos y azotado por sus «¡Ay!» que lo ahogaban, se coló como una anguila en la morada de la verdadera reina del Concilio: pues ante ella se inclinaban todas las autoridades, las ciencias y las prudencias de la cristiandad.

El mayordomo no lo reconoció y se disponía a echarlo fuera, cuando la camarera dijo, desde lo alto de las escaleras: —¡Eh!, señor Imbert, es el pequeño de la señora. Y el pobre Philippe, rojo como una noche de bodas, subió la escalera resbalando de felicidad y alegría. La camarera lo tomó de la mano y lo condujo al salón donde ya se impacientaba Madame, elegantemente ataviada como una mujer de coraje que espera lo mejor. La lúcida Imperia estaba sentada junto a una mesa cubierta de manteles de felpa, adornados con oro, con todo el ajuar de la mejor libación. Frascos de vino, copas de vino, botellas de hipocrás, jarras llenas de buen vino de Chipre, bandejas repletas de especias, pavos asados, salsas verdes, pequeños jamones salados, habrían deleitado la vista del galán, si no hubiera amado tanto a la señora Imperia.

Ella veía bien que los ojos de su pequeño párroco eran solo para ella. Aunque acostumbrada a las devociones superficiales de la gente de la Iglesia, se sentía muy contenta, pues se había enamorado perdidamente del pobre muchacho, que durante todo el día le había dado vueltas en el corazón. Las ventanas estaban cerradas, la señora estaba de buen humor y ataviada como para honrar a un príncipe del Imperio. Así, el pícaro, embelesado por la sacrosanta belleza de Imperia, supo que ni un emperador, ni un burgrave, ni siquiera un cardenal a punto de ser elegido papa, tendría esta noche nada que hacer contra él, un pequeño clérigo, que en su alma no albergaba más que al diablo y al amor. Se apartó del señor y se pavoneó, saludándola con una cortesía que no era en absoluto tonta; y entonces, la dama le dijo, mirándolo con una mirada punzante:

—Acérquese a mí, para que vea si ha cambiado desde ayer.

—¡Oh, sí! —dijo él.

—¿Y de dónde? —preguntó ella.

—¡Ayer, repitió el astuto, no me queríais!… Ahora, esta noche, nos queremos; y de pobre y enfermo, me he vuelto más rico que un rey.

— ¡Oh! ¡Pequeño! ¡Pequeño! —exclamó ella alegremente—. Sí, has cambiado, pues, de joven preboste, bien veo que te has convertido en un viejo diablo.

Y se acurrucaron juntos frente a un buen fuego, que difundía por doquier su embriaguez. Seguían siempre listos para comer, pues no pensaban más que en devorarse con la mirada, y no tocaban los platos… Cuando por fin se habían acomodado en su comodidad y satisfacción, se oyó un ruido desagradable en la casa de Madame, como si la gente se estuviera peleando allí gritando.

—Señora —dijo la criada apresurada—, ¡vaya, otra más!…

—¿Qué? —exclamó ella con aire altivo, como un tirano molesto por haber sido interrumpido.

—El obispo de Coire quiere hablar con usted…

—¡Que el diablo se lo lleve! —respondió ella, mirando a Philippe con amabilidad.

—Señora, ha visto la luz por las rendijas y está armando un gran alboroto…

—Dile que tengo fiebre, y no mientas, porque estoy enferma de ese pequeño cura que me revolotea en el cerebro.

Pero, justo cuando terminaba de hablar, mientras estrechaba devotamente la mano de Philippe, que le ardía en la piel, el corpulento obispo de Coira se mostró jadeante de ira. Sus sirvientes le seguían llevando una trucha de color salmón canónico, recién sacada del Rin, yaciendo en una bandeja de oro; luego especias contenidas en maravillosos frascos, y mil delicias, como licores y compotas elaboradas por las santas monjas de sus abadías.

—¡Ah! ¡Ah! exclamó con su voz grave—, tengo tiempo de estar con el diablo, sin que vos me hagáis azotar por él, mi querida.

—Vuestro vientre servirá algún día de bonita vaina de espada… respondió ella frunciendo las cejas, que, de hermosas y agradables, se volvieron tan maliciosas que hacían temblar.

—¿Y ese monaguillo, viene ya a la ofrenda? —dijo insolentemente el obispo, volviendo su ancha y rubicunda cara hacia el gentil Philippe.

— Monseñor, estoy aquí para confesar a la señora.

— ¡Oh! ¡Oh! ¿¡No conoces los cánones!?… Confesar a las damas a esta hora de la noche es un derecho reservado a los obispos… Ahora bien, vete a pastorear con los simples monjes y no vuelvas aquí, so pena de excomunión.

—¡No te muevas! —gritó la rugiente Imperia, más hermosa de ira de lo que lo era de amor, pues en ella se mezclaban amor e ira—. ¡Quédate, amigo mío! ¡Aquí estás en tu casa!…

Entonces supo que era verdaderamente amado.

—¿No es materia de breviario y enseñanza evangélica que seréis iguales ante Dios en el valle de Josafat? —preguntó ella al obispo.

—Es una invención del diablo que ha adulterado la Biblia; pero está escrito —respondió el gordo y torpe obispo de Coira, ansioso por sentarse a la mesa.

—¡Pues bien! Sed, pues, iguales ante mí, que aquí abajo soy vuestra diosa —replicó Imperia.

—; de lo contrario, algún día os estrangularía delicadamente entre la cabeza y los hombros. ¡Lo juro por el poder de mi tonsura, que vale tanto como la del papa!

Y, queriendo que la trucha formara parte de la comida, o más bien del plato, las bandejas y los manjares, añadió con destreza:

—Siéntense y beban.

Pero la astuta zorra, que no era nueva en estas travesuras, le guiñó un ojo a su amante para decirle que no se preocupara por aquel alemán, al que su pequeño haría justicia en breve.

La criada sentó y acomodó al obispo a la mesa, mientras que Philippe, presa de una rabia que le cerraba la boca al ver cómo su suerte se esfumaba, maldecía al obispo más de lo que había monjes vivos. Estaban ya por la mitad de la comida, la que el joven presbítero aún no había probado, pues solo tenía hambre de Imperia, junto a la cual se acurrucaba sin decir palabra, pero hablando en ese buen lenguaje que las damas entienden, sin puntos, comas, acentos, letras, figuras ni caracteres, notas o imágenes.

El obeso obispo, bastante sensual y cuidadoso con la vestimenta eclesiástica de piel en la que su difunta madre lo había cosido, se dejaba servir generosamente el hipocrás por la delicada mano de Madame; y ya estaba en su primer hipo, cuando un gran estruendo de cabalgata hizo estruendo en la calle. El número de caballos y los «¡Ho! ¡Ho!» de los pajes indicaban que llegaba algún príncipe furioso de amor.

Y, de hecho, poco después, el cardenal de Ragusa, a quien la gente de Imperia no se había atrevido a cerrar la puerta, entró en la sala. Ante esta triste visión, la pobre cortesana y su pequeño se sintieron avergonzados y deshonrados como leprosos de ayer, pues era tentar al diablo querer expulsar al cardenal, sobre todo porque entonces no se sabía quién sería papa, ya que los tres pretendientes habían renunciado a la tiara por el bien de la cristiandad.

El cardenal, que era un astuto italiano, muy barbudo, gran sofista y animador del Concilio, adivinó, con el más mínimo esfuerzo de su entendimiento, el alfa y el omega de aquella aventura. Solo tuvo que reflexionar un poco para saber cómo debía actuar con el fin de hipotecar bien sus entrañas.

Llegó impulsado por un apetito voraz; y, para conseguir su comida, era capaz de apuñalar a dos monjes y vender su trozo de la verdadera cruz, lo cual habría sido malo.

—¡Eh!, amigo mío —le dijo a Philippe llamándolo.

El pobre tourangueño, más muerto que vivo al sospechar que el diablo se entrometía en sus asuntos, se levantó, y dijo:

—¿Qué pasa?, al temible cardenal.

Este, llevándolo del brazo por las escaleras, lo miró fijamente a los ojos y respondió sin titubear:

—Por Dios, eres un buen compañero, y no quisiera verme obligado a hacer saber a tu jefe lo que alberga tu vientre… Mi satisfacción podría costarme fundaciones piadosas en mis viejos días… Así pues, elige: casarte con una abadía para el resto de tus días, o con Madame, esta noche, para morir mañana…

El pobre tourangueño, desesperado, le dijo:

—¿Podrá volver, monseñor, el fervor que antes sentía?

Al cardenal le costó enfadarse, pero, sin embargo, dijo con severidad:

—¡Elige! ¡El bosque o la mitra!

—¡Ah! —dijo el párroco con malicia—, una buena y gran abadía…

Al oír esto, el cardenal volvió a la sala, tomó un escritorio y garabateó en un trozo de pergamino una nota para el enviado de Francia.

— Monseñor —le dijo el de Tours mientras deletreaba el nombre de la abadía—, el obispo de Coira no se irá tan pronto como yo, pues tiene tantas abadías como tabernas tienen los soldados en la ciudad, ¡y además está en las delicias del Señor! Ahora bien, me parece que, para agradecerle esta abadía tan buena, le debo un buen aviso… Ya sabéis, por lo demás, cuán maligna y contagiosa es esa maldita tos ferina que ha azotado cruelmente a París. Pues bien, decidle que acabáis de asistir a vuestro buen viejo amigo, el arzobispo de Burdeos… De este modo, lo haréis desvanecerse como la hierba ante un gran soplo de aire.

— ¡Oh! ¡Oh! —exclamó el cardenal—, te mereces algo mejor que una abadía… ¡Por Dios! Amigo mío, aquí tienes cien escudos de oro para tu viaje a la abadía de Turpenay, que gané ayer en el juego y que te entrego como puro regalo.

Al oír estas palabras y ver desaparecer a Philippe de Mala sin que él le dedicara la mirada pícara y llena de esencia amorosa que ella esperaba, la leonina Imperia, resoplando como un delfín, adivinó toda la cobardía del clérigo. Aún no era lo bastante católica como para perdonar a su amante que la engañara sin saber morir por su fantasía. Así pues, la muerte de Philippe quedó grabada en la mirada de víbora que ella le lanzó para insultarlo, lo que tranquilizó al cardenal, pues el lascivo italiano vio bien que pronto volvería a su abadía.

El de Tours, sin preocuparse ni inmutarse por la tormenta, se escabulló apartándose, en silencio y con la cabeza gacha, como un perro mojado al que se echa de las Vísperas. ¡La señora soltó un suspiro de corazón! Habría maltratado singularmente al género humano, de haber podido, pues el fuego que la poseía se le había subido a la cabeza, y chispas de llamas brotaban en el aire a su alrededor. Había motivos para ello, pues era la primera vez que un clérigo la besaba. Ahora bien, el cardenal se mostraba sobrio, pensando que así tendría más suerte y comodidad. ¿Acaso no era un tipo astuto? ¡Además, llevaba un sombrero rojo!

— ¡Ah! ¡Ah! —Mi buen amigo —le dijo al obispo—, me alegro de estar en su compañía, y me complace haber conseguido ahuyentar a ese pequeño pedante indigno de Madame, sobre todo porque, si usted se hubiera acercado a él, mi hermosa y vivaz cabrita, podría haber caído en el pecado por culpa de un simple cura…

— ¿Cómo?

— ¡Es el escribano de monseñor el arzobispo de Burdeos!… Ahora bien, el hombre ha contraído esta mañana el contagio…

El obispo abrió la boca como si quisiera tragarse un trozo de queso…

—¡Eh! ¿De dónde sabe usted eso?… —preguntó.

—Cierto… —dijo el cardenal tomando la mano del buen alemán—, acabo de administrarle la extremaunción y consolarlo… En este momento, el santo hombre tiene buen viento para navegar hacia el paraíso.

El obispo de Coira demostró lo ligeros que son los hombres corpulentos, pues los muy rollizos tienen, por la gracia de Dios, como recompensa por sus trabajos, los conductos internos elásticos como globos. Ahora bien, dicho obispo dio un salto hacia atrás, sudando a mares, tosiendo ya como un buey que encuentra plumas en su comedero. Luego, tras maldecir de repente, se precipitó por las escaleras, sin siquiera despedirse de la señora. Cuando la puerta se cerró tras el obispo, y este se precipitó por las calles, el señor de Raguse se echó a reír y quiso burlarse.

— ¡Ah, mi amorcito! ¿Acaso no soy digno de ser papa, y más aún, tu galán esta noche?…

Pero, al ver a Imperia preocupada, se acercó a ella para abrazarla con ternura y mimarla a la manera de los cardenales, gente que se divierte mejor que todos los demás, incluso incluso que los soldados, en cuanto que son ociosos y no malgastan sus espíritus esenciales.

— ¡Ja, ja! —exclamó ella retrocediendo—. Quieres mi muerte… loco metropolitano… Lo principal para ti es divertirte, malvado rufián, y mi triste suerte, cosa secundaria. Que tu alegría me mate, me canonizarás, ¿no?… ¡Ah! ¡Tienes la viruela y me deseas!… Vete y busca otra parte, cabeza hueca… Y no me toques en absoluto —dijo ella al verlo acercarse—, ¡o te apuñalaré con este puñal!

Y la astuta chismosa sacó de su bolsa un pequeño y elegante estilete, con el que sabía manejarse de maravilla en los momentos oportunos.

—Pero, mi pequeño paraíso, mi amorcito —dijo el otro riendo—, ¿no ves la artimaña?… ¿No habría que desterrar a ese viejo buey de Coire?…

—Sí, claro… si me queréis, lo veré bien —replicó ella—… quiero que os marchéis inmediatamente… Si os acosa la enfermedad, mi muerte os importa poco. Os conozco lo suficiente como para saber a qué precio daríais un instante de alegría en la hora de vuestro fallecimiento. Inundaríais la tierra. ¡Ah! ¡Ah! Os jactasteis de ello estando borracho. Ahora bien, solo me amo a mí misma, a mis tesoros y a mi salud… Vamos, si no te ha helado el corazón el galanteador, volverás a verme mañana... ¡Hoy te odio, mi buen cardenal! —dijo ella sonriendo.

—¡Imperia! —exclamó el cardenal de rodillas—, mi santa Imperia, vamos, ¿no te burlas de mí?

—¡No! —respondió ella—, nunca me burlo de las cosas santas y sagradas.

—¡Ah! ¡Vil ramera, te excomulgaré… Mañana!…

—¡Dios mío! Ya estáis fuera de vuestro sentido cardenalicio.

—¡Imperia! ¡Maldita hija del diablo! ¡Eh! ¡Vaya, vaya! ¡Mi bella!… Mi pequeña…

—¡Estás perdiendo el respeto!… No te arrodilles. ¡Por Dios!…

—¿Quieres alguna dispensa in articulo mortis?… ¿Quieres mi fortuna, o mejor aún, un trozo de la verdadera cruz?… ¿Lo quieres?…

—¡Esta noche, ni todas las riquezas del cielo y de la tierra bastarían para pagar lo que siente mi corazón! —dijo ella riendo—. Sería la última de las pecadoras, indigna de recibir el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, si no fuera por mis caprichos.

— ¡Le prenderé fuego a tu casa!… ¡Bruja, me has hechizado!… Perecerás en la hoguera… Escúchame, mi amor, mi dulce galesa. ¡Te prometo el lugar más hermoso del cielo!… ¿Eh?… ¡No!… ¡A muerte… a muerte la bruja!

— ¡Oh! ¡Oh! Te mataré, señor.

Y el cardenal echaba espuma por la boca de rabia.

— Te estás volviendo loco —dijo ella—; vete… Esto te agota.

—Seré papa, y tú me pagarás esta disputa…

—Entonces no estarás más exento de obedecerme.

—¿Qué hace falta esta noche para complacerte?

—¡Salir!

Ella saltó con ligereza, como una saltarina, a su habitación, y se encerró con llave, dejando que el cardenal se enfureciera. Se vio obligada a desahogarse. Cuando la bella Imperia se encontró sola ante la chimenea, sentada a la mesa y sin su pequeño cura, dijo, rompiendo de rabia todas sus sillas de oro:

—Por el doble y triple cuerno del diablo, si el pequeño me ha hecho cometer esa torpeza ante el cardenal y me expone a ser envenenada mañana, sin que yo me haya separado de él… ¡por muy contenta que esté! No moriré sin haberlo visto despellejado vivo ante mí… ¡Ah!, exclamó llorando esta vez con lágrimas de verdad, llevo una vida muy desgraciada, y la poca felicidad que me llega de aquí y de allá me cuesta un trabajo de perros, además de mi salvación…

Mientras terminaba su perorata, resoplando como un ternero al que matan, vio el rostro rubicundo del pequeño cura, que se había movido con gran destreza, asomándose por detrás de ella en su espejo de Venecia…

— ¡Ah! —exclamó ella—, ¡eres el gorrión más perfecto, el gorrioncito más alegre, gorjeando, gorjeando, que jamás haya gorjeado en esta santa y amorosa ciudad de Constanza!… ¡Ah! ¡Ah! ¡Ven, mi gentil caballero, mi querido hijo, mi amorcito, mi paraíso de deleite! ¡Quiero beber tus ojos, devorarte, matarte de amor! ¡Oh, mi floreciente, mi verde y eterno dios!... ¡Ve, pequeño religioso, quiero hacerte rey, emperador, papa, y más feliz que todos ellos!… ¡Sí! ¡Puedes poner todo el mundo en llamas y en sangre! ¡Soy tuya! Y lo demostraré bien, pues pronto serás cardenal, aún cuando para teñir de rojo tu birrete tenga que derramar toda la sangre de mi corazón.

Y, con sus manos temblorosas, llena de alegría, llenó de vino griego una copa de oro que había traído el corpulento obispo de Coira y se la ofreció a su amado, a quien quiso servir de rodillas, ella, cuya sandalia los príncipes consideraban de mayor valor que la del Papa.

Pero él la miraba en silencio con ojos tan llenos de amor, que ella le dijo, estremeciéndose de placer:

—¡Vamos! ¡Cállate, pequeño!… Cenemos.

Imperia... Ilustración de Gustave Dorée. Ed. 1855

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