
El librepensador
La primera condición del librepensador es prescindir de todo prejuicio. O, al menos, someterlo a una vigilancia constante. Se trata de liberarse —en la medida de lo posible— de las capas de culturización que, desde la cuna, han ido cubriendo la mente hasta condicionar su pensar.
En el librepensador no habitan los monstruos de la razón. Si acaso, su pensamiento puede verse atravesado por crisis de melancolía o por impulsos de creatividad. Pero si, además, es humanista —y cabe entender ambos términos como próximos— su tarea consiste en cuestionar todo convencionalismo que no se base en su entrega a los principios recogidos en las grandes declaraciones de derechos humanos. Fuera de ese marco, cualquier afirmación podrá tener valor en contextos culturales o ideológicos concretos, incluso imponerse por afinidad o pragmatismo; pero carecerá de vocación universal. Y sin esta aspiración, no hay librepensamiento.
El librepensador no afirma: propone. Sus ideas se formulan como hipótesis, como sugerencias abiertas, nunca como dictámenes categóricos. Podrán ser filosóficas, morales o incluso triviales, pero no buscan adoctrinar. En ellas late, no obstante, un propósito: contribuir a la difusión y profundización de principios éticos universales. Su pensamiento es el resultado de un diálogo consigo mismo, una sucesión de partidas de ajedrez en las que cada idea es puesta en cuestión. Por eso, su único verbo es relativizar.
Rechaza lo absoluto, lo apodíctico, toda pretensión de verdad necesaria. Gravita en torno a una convicción central: cada ser humano es igual a cualquier otro y, por tanto, su semejante. El respeto no es jerárquico por naturaleza, sino que se gana en el terreno de las acciones nobles o creativas. Desde ahí, su pensamiento tiende al bien común, y se inicia —casi siempre— en la consideración de los desfavorecidos.
Nada más ajeno al librepensador que el argumento de autoridad. No espera ni ofrece legitimación en nombres propios, notables o instituciones. Su compromiso es tácito: la fidelidad a sus propios principios, ejercida en libertad. Y esa libertad implica también desvincularse de cualquier obligación que no nazca de su conciencia.
Pensar por cuenta propia, despojado de prejuicios, no sólo suscita rechazo en quienes siguen directrices ajenas. Y tampoco garantiza la verdad. Pero ofrece algo distinto: una forma de libertad íntima y de autenticidad, situada entre la lucidez inquieta y una serenidad sin consuelo fácil. Una libertad que no promete nada, pero tampoco lo necesita.
Jaime Richart
18 Abril 2026
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Bienvenido a nuestra pagina informativa y gracias por su participacion .