
Se cruzó la línea roja
Estados Unidos e Israel cruzaron la línea roja que les habían marcado sin ninguna consecuencia. A pesar de las advertencias que les habían hecho, especialmente China y Rusia, Trump y Netanyahu no han dudado en atacar Irán y acabar, además de con su presidente, con un centenar largo de civiles. Ahora, exultantes y orgullosos de la devastación sembrada, celebran sus matanzas sin ningún escrúpulo, congratulándose de la precisión y efectividad con que las han llevado a cabo. Sus acciones criminales contra el país persa han gozado de una concertada impunidad entre sus socios europeos, especialmente Gran Bretaña, cuyo presidente Keir Stamer ha permitido que naves estadounidenses atraviesen el espacio aéreo británico en sus acciones bélicas. Esto convierte al Reino Unido en cómplice directo de esta guerra largo tiempo anunciada y pone a su población en un riesgo innecesario.
De nuevo nos hemos dejado arrinconar al borde del abismo, una vez más repetimos los mismos errores, las mismas equivocaciones, los mismos fallos que cometimos en el pasado siglo, cuando las potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón) se sintieron tan prepotentes que comenzaron su invasión del mundo. La consumada frase de George Santayana: “Aquellos pueblos que no aprenden su historia están obligados a repetirla” está hoy más vigente que nunca. Nadie le puso veto a Hitler en su demente propósito de expandir el “espacio vital” alemán y cuando quisieron hacerlo ya había invadido casi todo el continente europeo.
Ahora es Donald Trump -en esta ocasión seguido por su perro faldero Benjamin Netanyahu-, el que bombardea a sus anchas la República de Irán y amenaza a cuantos países se opongan a sus dementes propósitos. Tal y como el führer pretendía, Donald Trump también cree que con sus arrogantes ejércitos puede someter al mundo entero. Y no va descaminado, pues sus criminales antecesores mandatarios cometieron también reprochables acciones bélicas como esta. Irak, Afganistán, Libia y Venezuela son sólo algunas de las más recientes invasiones norteamericanas en la larga lista que existe desde que USA se comenzó a considerarse como país gendarme del mundo. Sus planes de gobernar el planeta entero no son descabellados… Veremos en qué acaba su demente pretensión de hacerse con Groenlandia.
La Segunda Guerra Mundial pudo haber sido detenida a tiempo, pero se miró hacia otro lado mientras Hitler invadía un país tras otro. Ese descuido de no pararle los pies costó al mundo más de 80 millones de muertos. Donald Trump no descansará hasta que el planeta entero se le someta, aún cuando el precio que tenga que pagar por ese sometimiento sea iniciar una Tercera Guerra Mundial en la que desapareceríamos como especie humana. La supervivencia del mundo está en manos de un terrorista demente y megalómano.
Las leyes e instituciones internacionales, los tribunales de justicia y las cortes internacionales en defensa de los derechos humanos, han dejado de tener efecto en este siglo XXI, se han convertido en tentáculos de EE.UU. Ni la ONU ni ningún otra institución internacional ha movido un dedo para frenar efectivamente los crímenes de guerra que comete el demente presidente norteamericano, crímenes perpetrados bajo la misma intimidación y el mismo terror que aplicaban las camisas pardas contra los judíos en la Alemania nazi. Paradójicamente, ahora son los descendientes de aquellos judíos, que dejaron sus vidas en las cámaras de gas y los crematorios, los que, amparados por el degenerado Donald Trump y convertidos en sus sanguinarios cómplices, pretenden encender la hoguera del holocausto contra el mundo árabe. El mismo planteamiento, la misma articulación ideológica y la misma privación del derecho a existir que Hitler les negó a sus antepasados judíos en su diabólica pretensión de borrarlos de la faz de la Tierra. De nuevo hay que recordar la cita de Santayana –“aquellos pueblos que no aprenden su historia están obligados a repetirla”.
El mundo que nos ha tocado vivir en este primer cuarto del siglo XXI es un sistema fundamentado en el terrorismo económico y en la supuesta superioridad militar de Norteamérica. A mediados del pasado siglo, Europa tuvo que vivir durante más de cinco años bajo la aplastante bota teutónica; pasaron muchos años hasta que pudo borrarse el rastro de esta conflagración devastadora. No basta con advertir públicamente a los transgresores del derecho internacional que ya han cruzado la línea roja; hay que presentar un frente conjunto -como hicieron los aliados frente a la maquinaria de guerra del nazismo- e iniciar cuanto antes acciones militares contra aquellos que han convertido en papel mojado un derecho internacional cada día más malogrado e inoperante.
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