
Trump, el imperialismo y la violencia del capital: cuando la guerra es un negocio
Las declaraciones de Donald Trump anunciando operaciones terrestres de Estados Unidos en México no son un arrebato personal ni una anomalía política. Son la expresión coherente de una estructura imperial que responde a las necesidades del capital y se sostiene mediante la violencia. Trump no actúa al margen del sistema: actúa como su vocero más brutal y transparente.
Desde una perspectiva marxista, el imperialismo no es una cuestión de estilo ni de personalidad, sino una fase del capitalismo en la que las potencias dominantes utilizan el aparato del Estado incluida la fuerza militar para garantizar la reproducción del capital, el control de territorios y la subordinación de las periferias. En este marco, las amenazas contra México no son una excepción: son parte de una lógica histórica.
El pretexto es, una vez más, la “guerra contra los cárteles”. Pero esta narrativa encubre lo esencial. El narcotráfico no es una anomalía externa al capitalismo, sino una de sus expresiones más violentas y lucrativas. Fluye por los mismos circuitos financieros, se sostiene por la misma demanda y se protege gracias a la misma corrupción estructural. Sin embargo, el discurso imperial desplaza la responsabilidad hacia los países dependientes, convirtiéndolos en culpables de una economía criminal que beneficia, en primer lugar, al propio centro imperial.
Cuando Trump afirma que Estados Unidos “golpeará en tierra”, lo que anuncia es una intervención armada al servicio del orden capitalista internacional. La soberanía mexicana es irrelevante porque, en la lógica imperial, los Estados periféricos no son sujetos plenos de derecho, sino espacios funcionales a la acumulación. América Latina sigue siendo tratada como reserva estratégica, mercado cautivo y zona de sacrificio.
El Estado estadounidense aparece aquí en su forma más pura: como comité ejecutivo de la burguesía, dispuesto a violar el derecho internacional, las constituciones ajenas y los derechos humanos con tal de preservar su hegemonía. La legalidad no desaparece; se subordina. Se aplica a los débiles y se suspende para los poderosos. Esto es lo que el imperialismo llama “orden”.
Las amenazas contra México y Cuba deben leerse como parte de la misma dinámica de dominación. El bloqueo, la sanción, la intervención militar y la guerra híbrida son distintas herramientas de un mismo proyecto: impedir cualquier forma de autonomía política o económica que escape al control del capital transnacional. Cuando la coerción económica no basta, entra en escena la coerción militar.
La violencia imperial no es un accidente: es estructural. Y sus víctimas no son abstracciones geopolíticas, sino clases trabajadoras concretas, pueblos enteros sometidos a militarización, desplazamiento y muerte. Mientras tanto, la industria armamentística, los contratistas de seguridad y los intereses financieros se benefician directamente de la escalada. La guerra, una vez más, funciona como mecanismo de acumulación.
Trump no necesita justificar éticamente estas acciones porque el imperialismo ya se ha naturalizado. La idea de que Estados Unidos puede decidir unilateralmente sobre la vida, el territorio y el futuro de otros pueblos está tan arraigada que se presenta como sentido común. Esta es la verdadera victoria ideológica del capitalismo imperial: hacer pasar la dominación por necesidad.
Desde esta perspectiva, no hay solución dentro del marco imperial. La militarización no erradica el narcotráfico, como no erradicó el terrorismo ni traerá estabilidad. Solo refuerza la dependencia, profundiza la violencia y legitima nuevas formas de control. La supuesta “seguridad” es, en realidad, seguridad para el capital, no para los pueblos.
Las declaraciones de Trump no deben analizarse solo como una amenaza inmediata, sino como un recordatorio brutal de que el imperialismo sigue vivo, armado y dispuesto a actuar. Frente a esta realidad, la defensa de la soberanía no es solo una cuestión nacional, sino una lucha internacionalista contra un sistema que convierte la guerra en política y la violencia en norma.
Porque mientras el imperialismo exista, la ley será selectiva, la paz será imposible y la vida de los pueblos seguirá subordinada a los intereses del capital.
Isabel Carrión
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