| de: | Luis CASADO from Diario electrónico POLITIKA diariopolitika@substack.com |
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Diario electrónico POLITIKA
Las deudas y la creación monetaria
Nada por aquí, nada por acá... estamos creando moneda...
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A lo largo de dos o tres años he tenido que referirme a la llamada deuda pública, o deuda soberana, así como a las deudas privadas: la deuda de los hogares y la deuda de las empresas. En estos días unos y otros -los de ahora y sus predecesores- mienten al respecto y se arrojan a la cara acusaciones perfectamente idiotas. Por esa razón ofrezco aquí tres notas en las que explico qué son las deudas y las razones por las que en realidad constituyen EL NEGOCIO.
Deuda y creación monetaria
escribe Luis Casado
Por ahí un patriota intentó explicar la deuda. Los hechos que expone me parecen corresponder a la realidad y su tesis principal no exenta de buenas razones. Pero a mi juicio le faltó el detalle que mata. Esta parida va de eso... Me explico.
Chen Chun (escogí ese nombre donde Chen significa “amanecer” y Chun “nacido en primavera” porque el analista francés es de origen oriental), Chen Chun pues, parte declarando que todas las naciones del mundo le deben a cada santo una vela, y pone ante tus atónitos ojos algunas cifras inauditas.
La deuda soberana de Japón, por ejemplo, supera el 250 % de su PIB. Confiesa que el dato te estropea la comprensiva.
En volumen, el país más endeudado del mundo son los EEUU, cuya deuda excede los US$ 39 billones, úsease US$ 39.000.000.000.000. Para asentar la cifra debes saber que ella se acerca al 130% del PIB del imperio y sobrepasa el nivel de deuda alcanzado durante la II Guerra Mundial.
Francia vive confrontada a una deuda soberana incontrolable e incontrolada, lo que le permite a Macron explicar doctamente que no se puede hacer nada sino reducir salarios, pensiones, educación, servicios sanitarios, viviendas sociales, etc., porque “los franceses vivimos por encima de nuestras posibilidades”. Dicho sea de paso: ¿quién aumentó la deuda a niveles inimaginables? El mismo Macron. Hoy en día, esa deuda se sitúa en el 120% del PIN galo.
Entretanto... ¿cómo andamos por casa? Duerme tranquila, niña inocente, sin preocuparte del bandolero, que por tu sueño dulce y sonriente, vela tu amante carabinero...
En un país sin educación pública, laica y gratuita, sin servicios médicos públicos dignos de ese nombre, con listas de espera para una intervención quirúrgica en la Región Metropolitana por sobre los 500 días (https://www.listaesperasalud.
La deuda soberana de Chile representa apenas un pijotero 41,5% de su PIB.
Junto con exhibir los niveles de deuda soberana, Chen Chun se pregunta, ¿a quién diablos se le debe esa deuda? ¿Quién prestó ese billete? ¿Por qué nunca nadie viene a cobrar?
La respuesta a estas preguntas revela el secreto mejor guardado del sistema financiero mundial, responde el mismo Chen Chun.
Así, la deuda no es una carga temporal que debemos pagar, no es una anomalía del sistema que habría que corregir... La deuda es el sistema mismo... Es la arquitectura fundamental sobre la que reposa el sistema, toda la creación monetaria y toda la política mundial...
Chen Chun afirma que cada país se debe la deuda mayormente a sí misma y expone el caso de los EEUU, dos tercios de cuya deuda soberana están en manos de fondos de pensión, fondos comunes de inversión que colocan los ahorros de los hogares yanquis, bancos comerciales, compañías de seguros e individuos que compran directamente obligaciones del Tesoro (ministerio de Finanzas). El tercio restante lo detienen otros países.
Es aquí donde interviene la creación monetaria en todo su esplendor. Cuando un banco cualquiera le acuerda un crédito a una víctima, perdón, a un cliente, inscribe un asiento contable. En dicha escritura en partida doble figura el cliente como deudor, y el banco como acreedor. Para el deudor se trata de un pasivo, para el banco se trata de un activo.
Lo grandioso es que el banco no tiene el dinero que presta. No son los depósitos los que hacen los créditos, sino los créditos los que hacen los depósitos. Mientras más dinero presta el banco, más activos tiene, bajo la forma de escrituras. Hasta ahí el banco no ha sacado un penique de sus arcas.
Entonces puede comenzar un negocio extremadamente rentable: la comercialización de los activos del banco, que le vende paquetes de deuda a otras instituciones financieras y/o inversionistas. ¿Qué ganan estos últimos? Parte de los intereses que el banco cobra para acordar el crédito. Todo ello basado en que el deudor rembolsará el crédito en el plazo convenido.
Eso es la creación monetaria.
Lo mismo ocurre con, digamos, el Tesoro de los EEUU. Cuando en estos días el Pentágono pide US$ 200 mil millones para financiar la guerra con Irán... nadie vendrá con sacos llenos de billetes y menos aún con lingotes de oro.
La Reserva Federal (FED), es decir el banco central yanqui, emitirá esa suma bajo la forma de una escritura contable, poniéndola en sus activos, mientras el Tesoro (ministerio de Finanzas) lo contabilizará en su pasivo acrecentando su ya elefantiásica deuda.
Como sabes ya no se usa dinero de valor intrínseco como las monedas con cierto contenido de oro o plata. Eso fue remplazado por la moneda fiduciaria, cuya definición vale su peso en oro: “La moneda fiduciaria es una moneda que representa un valor que intrínsecamente no tiene.”
Imprimo un billete de determinadas características físicas – tipo de papel, diseño, dimensiones, color, etc. – y le asigno un valor arbitrario: US$ 1, o bien US$ 100 o cualquier otro valor, y ya está. Quién acepta ese billete manifiesta su confianza en el emisor, de donde viene eso de moneda fiduciaria.
Ahora bien, las transacciones ya no se hacen con billetes sino con otro invento aún más apañao: los bits y los bytes: dato binario, o dato en octetos, elementos básicos de la informática.
Tu salario, que no ves físicamente, llega a tu cuenta en tu banco bajo la forma de una escritura digital, o sea bits y bytes, y tu lo gastas mediante una tarjeta de crédito que te permite pagar una determinada suma que origina otra escritura digital.
Resumiendo, la creación monetaria, reservada a la gente bien y a instituciones bajo seguro resguardo, permite que algunos se hagan ricos creando a partir de la nada lo que tu intentas ganar cada día con tu laburo.
De ahí que la deuda soberana, o deuda pública, se resuma a datos registrados digitalmente en algún pinche computador, y constituya un activo que enriquece a los actores de los mercados financieros que tampoco producen nada.
Lo que te cuento no data de ayer, sino del año de gracia de 1694, año en que fue creado el Banco de Inglaterra y con él las trampas, trucos y pillerías que constituyen hasta hoy el negocio de los que mandan.
Como lo pone Chen Chun, se trató de un modelo revolucionario:
El gobierno emite deuda
El Banco Central y el sistema bancario crean moneda a partir de la nada
Los inversionistas compran la deuda
El Estado paga con la creación monetaria
Los intereses pagaderos a futuro hacen la fortuna de unos pocos
Como suelen decir los que saben: No se puede detener el progreso...
oooo0000oooo
La deuda púbica
escribe Luis Casado
Un pana me comenta un par de cuestiones económicas que en el fragor de las banalidades cotidianas ya no consideramos sino como lo que son, subestimamos en demasía o derechamente perdemos de vista, desaparecen del radar, no concitan ni un cachito de atención, no sacuden el rating.
Como consecuencia, los cretinos que practican la Economía como la versión civil de los Diez Mandamientos sacan al sol su insondable ignorancia y dan lecciones sobre lo que desconocen. Con un aire tanto más docto cuanto que la cuestión en cuestión no roza siquiera el epitelio de su única neurona activa.
Todo arranca de la noción de “deuda pública”, que en estos días provoca un derrame de comentarios en lo que queda de prensa en Chile, acusaciones y condenas que sobrecogen y fascinan.
En su acepción corriente, la “deuda pública”, también conocida como deuda soberana o deuda gubernamental, es el dinero que debe un Estado a otras personas, empresas, inversores o incluso a otros países. Nótese que esta definición limita el ámbito de la “deuda pública” al dinero, o a lo expresable en dinero, lo cual trae innumerables consecuencias. No obstante partamos de ahí.
El Estado dispone de la capacidad de endeudarse ante lo que se conoce como agentes económicos, aquí descritos como personas, empresas, inversores y/o países. Esto presupone la capacidad del Estado para colectar los recursos necesarios para saldar sus deudas, recursos que podríamos resumir en la parte que el Estado obtiene del producto nacional y constituye el Presupuesto Nacional.
El Presupuesto, parte del producto nacional colectado como impuestos, suele ser definido cada año por el gobierno de la Nación y aprobado por la representación nacional, o sea el Congreso.
Finlandia recoge en torno al 57% de su PIB en impuestos, los que constituyen su Presupuesto anual. Francia muestra una cifra parecida. Austria un poco menos, 55%. Bélgica y las Islas Féroé recogen un 54% de su PIB. La zona euro, en promedio, un 50%. EEUU y Japón en torno a un 40%. (Fuente: Trading Economics).
Con su Presupuesto los Estados financian la Educación, la Salud, la Defensa, las infraestructuras y otros gastos corrientes, sin olvidar las cuantiosas subvenciones a la empresa privada.
Ahora bien, quienes aplauden o denuestan el gasto público en Chile, o sea la parte que el Estado recoge del PIB, debiesen comenzar por precisar que “el gasto público en 2024 alcanzó el 26,73% del PIB, una caída de solo 0,67 puntos respecto a 2023, cuando el gasto fue el 27,4% del PIB.”
(Fuente: datosmacro.expansion.com).
En otras palabras, el Estado chileno dispone de un Presupuesto que, comparado con otros países, es una miseria. Ahorrar no es la única razón, ni siquiera la más importante. Un Estado pichiruchi le transfiere, le abandona, le ofrece buena parte de su autoridad y sus prerrogativas al sector privado.
Cuando los recursos disponibles son insuficientes... surge una excelente oportunidad de negocio: la deuda pública. En el ámbito financiero esta es uno de los negocios más buscados, esencialmente porque la remuneración no sólo es alta, sino también exenta de riesgos.
El Estado de Chile, que recoge el 27% del PIB en impuestos para financiar el Presupuesto Nacional, ostenta una deuda –producto de una insuficiente recogida de impuestos– del orden del 2,8% del PIB para el año 2025 según datos de la DIPRES.
Según la CBO (Congressional Budget Office) de agosto 2025, el déficit público del Estado Federal de los EEUU, que en el 2025 fue de un 6,4% del PIB, permanecerá superior al 6% del PIB durante la próxima década.
Para el ejercicio 2025, el gobierno francés se comprometió en reducir el déficit público a un 5,4%... y no lo logrará.
Sin ánimo de compararnos a estas potencias... el Presupuesto chileno, así como su déficit anual (incluyendo lo que roban, que no es poco) es peccata minuta. Una mierda.
Por las razones ya anotadas: un Estado que se encoge le deja el campo abierto a la voracidad privada.
Lo que en otros sitios son servicios públicos a disposición de la población, en Chile son NEGOCIOS. Incluyendo –como en el resto del mundo– los déficits presupuestarios que constituyen una parte importantísima de los mercados financieros.
Así, la “deuda pública” lejos de ser un problema es una laguna en la que se divierten los patos. No sólo se divierten: lucran.
Cada Estado puede decidir reducir sus Presupuestos (Milei, Chile) y pasarse la Educación, la Salud y las pensiones por la costura del escroto. Este es, al parecer, el gran proyecto de José Antonio.
Sabiendo que, comparado con el mundo real, Chile no le debe nada a a nadie ni sufre de exceso de déficits ni de “deuda pública”.
La deuda pública acumulada en EEUU supera el 130% de su PIB y no da señales de reducirse.
La deuda pública de Francia supera el 120% de su PÎB y sigue creciendo.
La deuda pública de Chile, según los datos de la DIPRES se habría mantenido en un 41,7% del PIB
Cada Estado puede decidir regular su sistema impositivo en modo tal de recoger en impuestos más dinero del que gasta, y constatar así un superávit fiscal. En Chile sería un juego de niños si se toman en cuenta los datos aquí evocados. Pero haciendo tal cosa se mataría el NEGOCIO.
O sea, lo que realmente le inquieta a la ortodoxia chilensis es mantener a la población bajo un régimen miserable, para seguir produciendo lucro.
Garcharse a la población es el método. De ahí que lo nuestro es más bien una deuda púbica...
oooo0000oooo
Las deudas
escribe Luis Casado
Si en nuestra inenarrable ingenuidad pensamos que lo peor que podía caernos sobre la cafetera es el pinche coronavirus, habrá que despercudirse el candor y la inocencia que maculan nuestra epidermis cual un lentigo senil.
Dios es cruel, rencoroso, vindicativo, malas pulgas e inclinado a la venganza. Para convencerse basta con darle una mirada al exterminio de los cananeos. Lanza pestes y diluvios, no conoce las penas remitidas, ni la prisión domiciliaria, ni los cursos de ética, ni la condena a años de libertad, ni siquiera el presidio perpetuo calificado que permite salir al cabo de 40 años y un día. Por quítame allá esas pajas lo Suyo es la Eternidad en alguno de los Nueve Círculos del Infierno, lo que, bien mirado, cae lejos de la indulgencia.
Aún así, cuesta creer que haya inventado la deuda, lo que exige una fuerte dosis de mala leche. A priori destinada a los forasteros, según uno –triste pecador contumaz y relapso– lee en la Biblia.
“No exigirás de tu hermano ningún interés ni por el dinero ni por los víveres, ni por nada de lo que se presta con intereses. Podrás obtener un interés del extranjero, pero no de tu hermano, para que el Eterno, tu Dios, te bendiga en todo lo que emprendas en el país del que entrarás en posesión.” (Deuteronomio 23:19-20).
Esto explica la presencia en Chile de Santander, BBVA, Scotia Bank, HSBC y otros prestamistas foráneos: lo hacen para que los agiotistas chilenos puedan irse al Paraíso (fiscal) sin incurrir en pecado. Lo suyo es un apostolado. Mas no toda la banca es benefactora de la Humanidad, bondad en barras o la versión mejorada de Don Chuma, como el Banco Chile, cuyos “valores éticos fundamentales son la integridad, el compromiso, el respeto, la lealtad, la prudencia, la responsabilidad y la justicia”.
También hay bancos usureros, defraudadores, traficantes y especuladores, pero no en el campo de flores bordado: se sabría.
La locución latina Debitum señala la obligación de pagar o devolver algo. Compuesta del prefijo “de” (privación) y del verbo “habere” (tener, poseer), Debitum indica que estás privado de posesión, lo que no tienes.
El diccionario de la RAE reconoce el término Débito como sinónimo de deuda: una obligación que se debe satisfacer o pagar. Ahora bien, en el ámbito de la contabilidad (dato primario de la economía) el Débito es una anotación registrada en el Debe y representa algo que ya es propiedad de la empresa o la persona. Maravillas de la contabilidad en partida doble dizque inventada por Luca Pacioli en el año de gracia de 1494, aunque el fraile franciscano no hizo sino sistematizar antiguas prácticas de los mercaderes venecianos y florentinos.
Lo cierto es que para nueve décimas partes de la Humanidad la deuda es una condena. La llegada del coronavirus y la consiguiente pandemia no generó el fenómeno: no hizo sino agravarlo y acelerarlo cosa mala. De ahí que convenga estar al loro para que el castigo divino no nos pille desprevenidos.
Raras veces te explican que la estabilidad de una economía depende, entre otras cosas, del volumen de la deuda agregada. Esta noción es la adición de la deuda pública –o deuda soberana– y la deuda privada, compuesta de la deuda de los hogares y de la deuda corporativa.
La deuda pública es una obligación que se paga con los excedentes primarios de los Presupuestos del Estado. Esos excedentes –si los hay– son la diferencia entre los gastos corrientes del Estado y su recaudación de impuestos. De ahí que convenga saber quién paga impuestos y cuanto. En nuestro caso, como tuve la ocasión de demostrarlo en la edición especial de la Revista POLITIKA del 15 de marzo del 2013 (https://issuu.com/politika/
De modo que, al estimar la verdadera deuda de los hogares, conviene sumar la deuda de los hogares stricto sensu y la deuda soberana, visto que la pagamos nosotros.
Según informes del Banco Central, la deuda de hogares chilenos alcanzaba al 74,9% de sus ingresos en 2019 (55% del PIB) y, habida cuenta de la crisis generada por la pandemia, subirá significativamente en el curso de este año. Por su parte, según cálculos de la Dirección de Presupuestos, la deuda pública bruta subirá de 32% del PIB en 2019 a 34,8% este año y a casi 40% en 2021. No se detendría ahí, sino que seguiría creciendo en forma sostenida al menos hasta 2024.
O sea que en el año 2019 la deuda agregada de los hogares chilenos bordeaba el 90% del PIB, y la progresión está lejos de detenerse. Conviene no perder de vista que en la práctica esto significa que vivimos hoy con el salario de dentro de un año, si de aquí a esa fecha aun tenemos curro.
Mientras tanto, aun cuando los beneficios empresariales casi no pagan impuestos, el sector privado está híper endeudado. Si retenemos los datos suministrados por un lince llamado Álvaro Díaz, la deuda privada a marzo del 2020 representaba un 311% del PIB (El Mostrador, 28/07/2020). Si restas el 55% de la deuda de los hogares, resulta que la deuda corporativa asciende a un 256% del PIB, lo que representa nada menos que US$ 770 mil millones. Uno se pregunta de dónde salen, y sobre todo hacia dónde se van los capitales. ¿Porqué?
Porque las empresas y los bancos privados son ontológicamente frágiles: quiebran, se desagregan, desaparecen, fusionan, evaden, manipulan, se desvanecen… dejando atrás sino todo al menos gran parte de sus deudas. En los EEUU el caso ENRON, o el de General Motors, rescatado con dinero público, son dos ejemplos, para no hablar de Lehman Brothers. En Chile conocimos el caso Johnson. Por otra parte, un reciente titular de la prensa santiaguina no hace sino confirmar lo que digo:
“SII condonó US$ 774 millones en multas e intereses a grandes empresas durante la última década” (La Tercera, 20/11/2020). ¡Alabao!
De modo que si al tan cacareado “modelo chileno” le llega su hora, no son los empresarios los que pagarán sino, como siempre, nosotros los pringaos. El PIB chilensis está en torno a los US$ 300 mil millones, de modo que la deuda de los hogares (deuda pública incluida) es del orden de los US$ 270 mil millones, a lo que, eventualmente, habría que sumarle la deuda que deje como herencia un sector privado en quiebra (¿te acuerdas del año 1982 y la quiebra del sistema bancario chileno?).
Como quiera que sea, la deuda agregada del campo de flores bordado supera alegremente el billón de dólares. Si aprecias los calculitos per cápita, eso quiere decir más de 61 mil dólares por nuca, intereses excluidos. Aunque te parezca curioso, la nada misma. Peccata minuta si comparas con el Imperio, la Unión Europea o Japón.
Una publicación europea precisa: “El reloj de la deuda vuelve a 1946 - La relación entre pasivos públicos y PIB superará el año que viene su máximo tras la Segunda Guerra Mundial. Los dogmas han desaparecido, pero enderezar las finanzas públicas será un reto mayúsculo.” (Ignacio Fariza. Economía El País. 16/11/2020). Este patriota apoya sus decires en datos del FMI: “La deuda de las economías avanzadas regresará en 2021 a niveles inéditos en toda la serie histórica, según los últimos datos del Fondo Monetario Internacional, superando por poco el pico de 1946, poco después de la capitulación alemana.”
En el Imperio, los “Duros de matar” de la economía de mercado estiman que:
“Los EEUU están atrapados en una ‘trampa de la deuda’, término acuñado por el Banco de Pagos Internacionales: una situación en la que un exceso de deuda debilita el crecimiento, propicia políticas que crean más deuda y por ende peores condiciones para los negocios” (Van Hoisington and Lacy Hunt - 2nd quarterly review 2020).
Yo no sería coherente si no recordase que los genios del FMI opinaban lo mismo, hasta el día en que un joven estudiante les demostró que sus cálculos estaban totalmente errados (2010) y, en vez de un crecimiento negativo de 0,1% la deuda generaba un crecimiento positivo de 2,2% (véase Malos tiempos para los dogmas, POLITIKA, 15/11/2020).
Pero Van Hoisington y Lacy Hunt se escuchan solo a sí mismos, de modo que afirman obcecadamente:
“los programas fiscales financiados por la deuda estimulan la economía solo a corto plazo, pero finalmente reducen el crecimiento”. Mirsh…
Admitamos como hipótesis, no obstante, que llevan razón. Viendo lo que vemos, los EEUU pronto cesarán no digo de crecer, sino simplemente de existir. Veamos:
“Cuando Trump asumió la presidencia, el déficit presupuestario era inferior a un 5% del PNB. El déficit para el año fiscal 2020 será de un 16%, o sea 3,1 billones de dólares. La Oficina de Presupuestos del Congreso (CBO) estima 1,8 billones para 2021 (a lo que hay que sumar la deuda fuera del presupuesto que nunca mencionan) pero eso no incluye el paquete de estímulo de US$ 2 billones que está por ser aprobado. Eso elevará el déficit más arriba que el de 2020, quien quiera que gane la elección presidencial.”
Hasta ahí el tema del déficit. Como consecuencia, la deuda pública Federal de los EEUU crece que es un gusto:
“Desde 2088, la deuda pública creció en casi 200%, alcanzando US$ 27 billones a octubre de este año 2020” (Marcus Lu. VisualCapitalist. 30/10/2020).
Eso representa 135% del PNB de los EEUU. Por su parte, la deuda de los hogares estadounidenses asciende a un 84,60% del PNB, mientras la deuda corporativa –unos US$ 10 billones– agrega un 50% del PNB.
Tutto sommato, la deuda agregada de los EEUU asciende a un 270% del PNB, o sea la modesta cifra de US$ 54 billones. John Mauldin, al borde de las lágrimas, comenta: “Triste decirlo, el gasto público continua creciendo, poco importa qué partido esté en el poder. Dicho lo cual, esto puede ir mucho más lejos de lo que la gente puede pensar.”
Las cifras, imponentes como son, no reflejan toda la deuda: quedan afuera las deudas de los Estados de la Unión, las deudas de los municipios, las deudas garantizadas por el Estado Federal como los créditos a los estudiantes universitarios, la garantía a los fondos de pensiones (Pension Benefit Guaranty Corporation), etc., etc.
Por su parte, Japón no lo hace mal: la deuda soberana gira en torno a un 260% de su PNB. La Unión Europea no lo hace mal con un 86% del suyo (con países como Francia, Italia y España cuya deuda supera su respectivo PNB).
Incluso Alemania, país cuya Constitución prohíbe los déficits, se endeuda: “El virus hace volar la deuda alemana – Alemania finalmente se endeudará en 180 mil millones de euros en el 2021, según el presupuesto anual aprobado en la comisión de Finanzas del Bundestag hoy viernes (27/11/2020)”.
En cuanto a la deuda de los hogares, en España es del 99% del PNB, en Italia del 81% del PNB, en Francia de un 63% del PNB, en el Reino Unido de un 84,5% del PNB. Todos ellos muy lejos de los países que encabezan el endeudamiento hogareño: Canadá con un 106% del PNB, Dinamarca con un 111% del PNB, Australia con un 119% del PNB y, primerísimo de todos, Suiza, país en el que la deuda de los hogares representa un 134% del PNB.
John Mauldin afirma, con relación a los EEUU: “El problema es que ya pasamos el punto de no retorno.” Lo mismo estiman algunos responsables políticos, eminentes economistas neoliberales e importantes empresarios europeos: “Ya no hay vuelta atrás”.
Esto tiene su importancia a la hora de saber quién y cómo pagará la deuda acumulada.
Si tomamos el caso de la deuda agregada constatada en Chile, –sin perder de vista que la recaudación fiscal se reduce cosa mala–, ella debería pagarse con:
a) el excedente primario del Estado,
b) el ingreso disponible de los hogares y
c) los beneficios netos de impuestos realizados por el sector privado.
En el caso del Estado, sus presupuestos arrojan un déficit, no un excedente. Las grandes potencias, incluyendo como queda dicho aquellas renuentes a endeudarse, constatan un aumento significativo de su deuda soberana, y una seria reducción de sus ingresos fiscales. Chile no es una excepción.
Los hogares, por su parte, viven sumando deuda a la deuda, porque sus ingresos no cubren sus gastos corrientes. ¿Qué perspectivas hay de que la parte de los salarios crezca en la distribución del PIB?
Queda el sector empresarial, que poco o nada aporta en impuestos. Si su return on investment (ROI) promedio fuese el doble del constatado en el ámbito planetario, o sea un 10%, podría dedicarle la mitad a rembolsar su gigantesca deuda.
Los beneficios empresariales pueden expresarse como una parte del PIB. Tomando (lo que es grandemente excesivo) un 10% del PIB como beneficio neto, el sector privado podría dedicarle US$ 15 mil millones al servicio de su deuda, asumiendo que distribuye otros US$ 15 mil millones en dividendos (a las AFP, si nos ponemos a soñar). El pago de la deuda corporativa –sin contar los intereses– llevaría más de medio siglo. Ceteris paribus, como no dejaría de precisar algún economista asopado.
Para pagar su deuda, el Estado debería aumentar los impuestos, lo que –ya lo sabes– es disuasivo para la inversión. O bien cobrarle más IVA a los hogares… lo que hace bajar el poder adquisitivo y por ende el consumo. La cuadratura del círculo.
Dicho de otro modo, la deuda agregada es impagable. No lo digo yo, lo dicen eminentes analistas en los EEUU, en Europa y en el mundo entero. Curiosamente, de diferentes horizontes ideológicos. Si hay solo una cosa en la que están de acuerdo es esta: la deuda es impagable.
Puedes hacer el cálculo para Francia, para los EEUU, para Italia o España, el resultado es el mismo. De ahí que hace ya más de un año John Mauldin haya preconizado lo que llamó el “Great Reset”, dicho en cristiano: “Borrón y Cuenta Nueva”. ¡Azúcar!
Lee alma penitente lo que cuenta John Mauldin, mi pinche economista preferido:
“No podemos parar de endeudarnos. Eso echaría abajo el sistema en un verdadero crash más-grande-que-la-Gran-
“Sigo pensando que el Great Reset está por venir. Primero pensé que iríamos hasta fines de los años 2020 antes de estrellarnos contra el muro de la deuda. Ahora no estoy tan seguro. Esta pandemia y esta recesión pueden llevarnos al muro aun más rápido porque hacen crecer la deuda aun más rápido”.
“Para lograr una salida mejor, el mundo debe actuar unido y rápido para reformar todos los aspectos de nuestras sociedades y economías, desde la Educación al Contrato Social y las condiciones de trabajo. Cada país, de los EEUU a China, debe participar, y cada industria, del petróleo a la tecnología, deben ser transformados. En pocas palabras, necesitamos un Great Reset del capitalismo.” (John Mauldin, 21 nov 2020)
¡Alabao! ¡Un capitalista que confiesa que el capitalismo se fue al carajo! Y llama a todo dios, comenzando por el Partido Comunista chino, a refundar el capitalismo.
Durante la campaña presidencial francesa del 2017, Jean-Luc Mélenchon adelantó un par de cosas que se veían venir como un directo a la mandíbula: primero alertó que los recortes de presupuestos de la Salud Pública solo preparaban una gigantesca pandemia que nos pillaría con los chiteco abajo. Ya estamos.
La otra: declaró que la deuda soberana era impagable, y que convenía anularla pura y simplemente. El escándalo fue mayúsculo: el FMI y el BCE tuvieron náuseas. Hasta que notorios economistas neoliberales afirmaron que la idea era muy justa, agregando que de otro modo iríamos a un desastre de proporciones. De ahí en adelante la lista de quienes proponen anular la deuda soberana se alarga como las sombras al atardecer. Y tiene la ventaja de que es tan fácil de realizar como una escritura contable en los libros del Banco Central Europeo (BCE):
El BCE compra toda la deuda soberana de todos los países de la UE (ya ha comprado una buena parte), y luego la pone en una cuenta de deuda a un siglo, o dos, o tres, en fin, eterna. Y nos olvidamos de ella. Admitamos.
Lo cierto es que hasta el World Economic Forum de Davos inventó su propia versión del “Borrón y Cuenta Nueva” que bautizó “Great Reset Iniciative”. No obstante, con un sentido común del que carecen los politicastros chilenos, John Mauldin gritó “foul”. Johnny piensa, con razón, que no se le puede confiar a los responsables de este desastre la responsabilidad de arreglar el pastel. Johnny no se fía de “gente que ya está, nominalmente, dirigiendo la economía global”, y agrega:
“Afortunadamente, no creo que el WEF vaya muy lejos. Muy probablemente, este es otro ejemplo de elites poderosas y ricas intentando salvar sus conciencias con falsos esfuerzos para ayudar a las masas, y en el proceso hacerse aun más ricas y más poderosas”.
Te recuerdo que John Mauldin nunca fue bolchevique, ni anarquista, ni un arcaico defensor del pobrerío: lo suyo es venderle sabios consejos a quienes tienen plata que invertir. Lo que no hace necesariamente de él un imbécil integral como los que nos gobiernan en el campo de flores bordado.
Hasta ahí el cuento de hadas. Los bancos centrales aspiran la deuda soberana global, y en una maniobra vieja como la comunidad financiera crean una suerte de “Bad bank” en el que apozan la mala deuda que los gobiernos nunca pagarán. Así, liberados de la deuda soberana, los Estados pueden recurrir al endeudamiento para hacerle frente al gasto público. Dicho de otro modo volvemos a fojas cero, y recomienza el via crucis de la deuda soberana.
Para no mencionar las billonarias emisiones de moneda sin respaldo, que siguen en manos de la “comunidad financiera” y sirven más para la especulación bursátil que para la inversión productiva. Y para endeudar a los Estados, permitiéndole a la banca privada cortar un alita a partir de dinero creado ex nihilo por bancos centrales que gozan solo de la legitimidad y la credibilidad que les ofrecen los mismos Estados que se endeudan. Si no entendiste, mira un perro que intenta pillarse la cola. Es lo mismo.
A estas alturas, debes estar preguntándote ¿Y la deuda privada, suma de la deuda corporativa y de la deuda de los hogares? Buena pregunta. Sobre todo porque en el caso de Chile es la que realmente importa: como ya se dijo, un 311% del PIB, o sea la friolera de US$ 933 mil millones. Deuda impagable, como quedó demostrado más arriba.
Aquí es donde los “expertos” se ponen a toser, visto que sus porcentajes y calculitos varios no cuadran. Si la deuda corporativa es impagable, el riesgo es que recaiga en las espaldas de los hogares, cuya propia deuda ya era impagable antes de proceder al retiro de parte de sus ahorros previsionales. Lo que fatalmente terminará por plantear la cuestión de la propiedad de los activos financiados mediante la deuda corporativa impagable. Buena parte de esa deuda corresponde a los fondos de pensión acumulados por los asalariados y puestos a disposición de los empresarios en condiciones extremadamente favorables.
Cuando el sistema financiero planetario quebró en el año 2008, ningún Estado se atrevió a nacionalizar la banca reflotada con dinero público. Como ocurrió con la banca chilena en 1982. Para el sector privado van la mantequilla, la plata de la mantequilla, y las nalgas de la cremera.
Para los hogares, por el contrario, el futuro se anuncia churchilliano: sangre sudor y lágrimas.
De ahí que John Mauldin –un especulador financiero de gran corazón– cite a Peter Turchin, etólogo estadounidense que llega algunas conclusiones coherentes con las que él mismo Mauldin prevé:
“Estamos ahora en lo que Turchin llama la fase final, cuando las elites intentan pacificar a las masas con pan y circo. Hacerlo acumula deuda y suprime el crecimiento económico. La deuda se acumula más rápido de lo que yo mismo esperaba, de modo que el gran Borrón y Cuenta Nueva puede ocurrir mucho antes de lo que imaginé.”
Sin un cambio radical en lo que el propio Mauldin llama “reformar todos los aspectos de nuestras sociedades y economías, desde la Educación al Contrato Social y las condiciones de trabajo”, el Great Reset –el Borrón y Cuenta Nueva– solo serviría para fortalecer aun más a los poderosos y acrecentar la miseria de los débiles.
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