
La vida convertida en escaparate para doblegarnos
¿Para qué nos sirve vivir tan pendientes de la mirada externa? ¿Qué consigue el sistema cuando dejamos de escucharnos para preocuparnos por cómo nos ven?
Vivimos cada vez más pendientes de cómo nos ven los demás. No solo de lo que piensan de nosotros, sino de la imagen que conseguimos transmitir: si parecemos felices, si tenemos una vida interesante, si nuestro trabajo va bien, si nuestra relación funciona, si estamos aprovechando el tiempo. Incluso cuando nadie nos está mirando, podemos llegar a vivir como si hubiera un público delante.
No hace falta estar todo el día en las redes sociales para que esto ocurra. Está en la fotografía que hacemos de una comida antes de empezar a comer, en la necesidad de contar dónde hemos estado, en la forma en que hablamos de nuestras vacaciones o de nuestros proyectos. Está también en algo mucho más cotidiano: cuando nos encontramos con alguien y, casi automáticamente, respondemos que estamos bien aunque no sea exactamente verdad.
Hemos aprendido incluso a impostar nuestros estados de ánimo.
Sonreímos cuando estamos cansados, mostramos entusiasmo cuando no lo sentimos, decimos que todo va estupendamente cuando llevamos semanas pasándolo mal. A veces no queremos preocupar a nadie; otras, simplemente, no sabemos qué decir. Y otras muchas ni siquiera nos damos cuenta de que llevamos tanto tiempo representando una determinada versión de nosotros mismos que hemos dejado de preguntarnos cómo estamos realmente.
Ahí aparece una cuestión que quizá sea más importante de lo que parece: ¿Cuánto tiempo hace que no estamos a solas con lo que sentimos, sin pensar en cómo deberíamos sentirnos o en cómo vamos a parecer ante los demás?
Porque para saber cómo estamos necesitamos cierto espacio interior. Necesitamos momentos en los que no tengamos que responder a nadie, demostrar nada ni mantener una determinada imagen. Y nuestra forma de vida deja cada vez menos espacio para eso.
Vivimos deprisa, rodeados de estímulos y con muy poco tiempo sin ocupar. Cuando aparece un momento vacío, sacamos el teléfono. Cuando sentimos aburrimiento, buscamos algo que hacer. Cuando estamos tristes, buscamos distraernos. Cuando estamos inquietos, compramos, comemos, miramos una serie, navegamos por las redes o empezamos a buscar alguna solución. Casi cualquier incomodidad puede ser inmediatamente desviada hacia alguna actividad.
Y esto no ocurre por casualidad.
El capitalismo necesita que consumamos, pero para consumir no basta con que tengamos dinero. También necesita producir continuamente deseos, necesidades y pequeñas insatisfacciones que nos empujen hacia algo nuevo. Un producto, una experiencia, un curso, un viaje, una aplicación, un tratamiento, una forma distinta de vestir, de comer o de relacionarnos. Siempre hay algo que puede hacernos sentir un poco mejor, un poco más atractivos, más interesantes, más saludables, más felices.
De esta manera, incluso nuestra vida emocional puede convertirse en un mercado.
Si estamos cansados, hay algo que comprar para sentirnos mejor. Si estamos aburridos, algo que mirar. Si no nos gusta nuestro cuerpo, algo que cambiar. Si no sabemos qué hacer con nuestra vida, alguien nos ofrecerá un método para encontrar nuestro propósito. Si estamos tristes, tendremos que aprender a gestionar la tristeza y volver cuanto antes a nuestro funcionamiento habitual.
La cuestión no es que ninguna de esas cosas pueda ser útil. El problema aparece cuando la respuesta a casi cualquier malestar consiste en hacer algo con él, en lugar de permitirnos escucharlo.
Porque escuchar lo que nos pasa requiere tiempo y cierta quietud. Y una persona que se detiene a preguntarse qué necesita quizá descubra que no necesita comprar nada, ni mejorar nada, ni convertirse en una versión más eficiente de sí misma. Quizá necesite descansar. Quizá necesite dejar un trabajo. Quizá necesite una relación diferente. Quizá necesite decir que no. Quizá necesite reconocer que lleva demasiado tiempo viviendo de una manera que no desea.
Y esas respuestas no siempre son buenas para el mercado.
Por eso resulta tan fácil vivir hacia afuera. Miramos qué hacen los demás, qué desean, qué compran, cómo viven, qué consideran éxito, qué cuerpo tienen, qué pareja han conseguido, qué viajes hacen. Y después comparamos. Sin darnos cuenta, vamos construyendo nuestra propia vida a partir de modelos que llegan de fuera.
Hasta nuestros estados de ánimo pueden empezar a depender de esa mirada. No solamente queremos estar bien: queremos parecer que estamos bien. No solamente queremos disfrutar: queremos tener una vida que parezca disfrutable. No solamente queremos ser queridos: queremos que nuestra relación parezca una relación feliz.
Y mientras estamos ocupados sosteniendo esa imagen, puede ocurrir algo silencioso: que cada vez sepamos menos qué nos pasa cuando nadie nos está mirando.
No se trata de abandonar las redes sociales, de dejar de compartir fotografías ni de convertir la intimidad en una nueva obligación. Tampoco de idealizar un pasado en el que las personas vivían ajenas a la mirada de los demás. Siempre hemos necesitado reconocimiento y siempre nos ha importado lo que otras personas piensan de nosotros.
Lo que merece la pena preguntarnos es si todavía somos capaces de distinguir entre lo que queremos mostrar y lo que realmente estamos viviendo.
Si podemos reconocer que estamos tristes sin tener que convertir inmediatamente esa tristeza en algo que solucionar. Si podemos admitir que no sabemos qué queremos. Si podemos pasar un día sin demostrar que lo estamos aprovechando. Si podemos hacer algo que nadie verá y que, precisamente por eso, pertenece solamente a nuestra vida.
Quizá recuperar una parte de nuestra vida interior sea también una forma de recuperar libertad.
Porque cuando dejamos de preguntarnos constantemente cómo nos ven y empezamos a preguntarnos cómo estamos, puede aparecer algo que el ruido de fuera no nos permitía escuchar: nuestra propia voz.
Y quizá esa voz tenga cosas bastante diferentes que decirnos de las que llevamos tanto tiempo oyendo.
Diana Cordero es integrante del Colectivo Orientación Vital
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