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Diario electrónico POLITIKA
escribe Luis Casado – 18 marzo 2026
Uno escucha a John Mearsheimer y apenas cree lo que oye. He aquí cómo lo cuenta el Friday Times de hoy, no le quito ni le pongo:
John Mearsheimer, uno de los más respetados teóricos de las relaciones internacionales, dice que los EEUU no están ganando la guerra contra Irán. “¿Qué mensaje estamos enviando? Estamos enviando el mensaje de que somos una banda de idiotas. Empezamos una guerra que no podemos ganar”, dijo el domingo.
En una entrevista con Tom Switzer, Mearsheimer destacó que el objetivo original de la campaña, «lograr un cambio de régimen en Irán», ha fracasado. «Los israelíes y los EEUU buscaban una victoria rápida y decisiva», afirmó Mearsheimer, señalando que la expectativa de un resultado rápido era poco realista frente a la estrategia asimétrica de Irán. A este respecto, señaló: «Irán no necesita una armada; lo único que necesita son misiles para atacar a quien quiera».
«Estamos bombardeando y matando a civiles. Al comienzo de la guerra se produjo un episodio espantoso en el que un misil Tomahawk lanzado por EEUU, creo, impactó accidentalmente en una escuela de niñas y mató a más de 170 niñas. Además, estamos atacando lugares de interés cultural —algunos de los lugares históricos y culturales más importantes de Irán— y destruyéndolos. Son principalmente los israelíes, por supuesto, quienes están haciendo esto, que es exactamente lo que cabría esperar de ellos dado su comportamiento bárbaro en Gaza», añadió.
Mearsheimer también citó las críticas del Financial Times, un medio que suele mostrarse favorable a EEUU: «El FT afirma que no teníamos ningún objetivo, ningún objetivo claro. No contábamos con las fuerzas militares necesarias para alcanzar ninguno de los objetivos que planteábamos, y no teníamos ningún plan. Eso es lo que dicen, y, por supuesto, tienen razón».
Bueh... la banda de idiotas, comenzando por Donald, ignora todo del país que agreden. Ignoran todo de los persas, civilización milenaria cuya cultura ya brillaba cuando los EEUU ni siquiera existían.
De esa cultura, que ya he tenido la ocasión de evocar a través de la poesía de Omar Khayam, traigo ahora un cuento de Farid Al-Din Attar (1145 – 1221). Se trata de una lección de sabiduría que los chilenos haríamos bien en aprender con más de un milenio de retraso. Siguiendo en ello los pasos de nuestro Pablo Neruda que en 1966 publicó su Arte de Pájaros, probando que acá también germina la inteligencia a pesar de los injertos fascistas que trajo alguna inmigración europea…
La conferencia de los pájaros
Jacques Henri Prévost, en su introducción a la edición del 2016, hecha en Cambrai, dice:
“Es un cuento que nos llega de un país extraño en el que los pájaros pensaban y hablaban como los hombres. En su lenguaje de pájaros evocaban problemas de pájaros como si tuviesen cerebros de hombre. ¿Podemos sorprendernos cuando tantos hombres, en su lenguaje de hombres, hablan de sus problemas de hombres como si tuviesen cerebros de pájaro? Este cuento de pájaros, aparentemente se parece mucho a un cuento de hombres.”
Y agrega:
Se trata, en realidad, de una muy importante recopilación de poemas medievales en lengua persa, publicada por el poeta sufí persa Farid Al-Din Attar en el año 1177. Esta alegoría de un cheikh o maestro sufí que conduce sus alumnos a la iluminación está constituida de unos 4.500 dísticos. Attar expone la doctrina sufí según la cual Dios no es exterior ni está fuera del universo, sino que es más bien la totalidad de la existencia.
Los pájaros se quejaban, como suelen quejarse los hombres, de no tener un rey. Uno puede pensar en la variación que consiste en no estar conformes con el mandatario que tenían, rey, presidente o dictador.
Entonces intervino la abubilla, que como algunos hombres se distingue llevando una corona de plumas en la cabeza... y estaba convencida de ser portadora de un mensaje de esperanza y de verdad.
La abubilla aseguró que los pájaros tenían un gran y magnífico rey llamado Simorgh. Tal rey moraba en un lugar casi inaccesible al que se llegaba por un camino lleno de peligros. Pero... si tenemos el coraje, dijo, podemos ir a verle.
¿Necesito contarte la reacción de los pájaros, tan parecida a la que hubiesen tenido los humanos?
Las aves rapaces alegaron que no podían abandonar el negocio,
Una avutarda –imitando con talento a Mara Sedini– adujo “estamos tra – ajando”…
Las palomas señalaron que después de todo el führer actual no es tan malo…
Una colonia de patos declaró que a pesar de nadar en la mierda preferían su situación actual…
El ave del paraíso no quería ensuciar su bello plumaje…, etc., etc.
De modo que se perdieron en discusiones que –por razones evidentes– me hago un placer en llamar bizantinas, en las cuales quedaron en evidencia cualidades que uno suele ver en los humanos sin pensar que pudiesen encontrarse en los pájaros. O al vesré que para el caso da igual.
Terminaron increpando a la abubilla, tratándola de extremista, de revoltosa, de cortadora de cabellos en cuatro, de agitadora y de subversiva, y no faltó el ave que expuso el conocido argumento de “más vale un pájaro en la mano que cien volando” lo que por un momento hizo callar a toda la bandada.
Un ruiseñor, que no puede impedirse cantar hasta en los peores momentos, increpó a la abubilla:
“‘…’tas qu’eres pechuga: ¿Quieres que abandonemos nuestra tranquilidad arriesgándonos en el camino que lleva a Simorgh?”
La abubilla, algo mosqueada, le respondió: “El que ama el amor pone en juego su propia vida. Es lo que hacen los enamorados. El verdadero amor ama la dificultad”. Y echando mano a un gorjeo célebre terminó con una frase de John Lennon, un pájaro raro:
“Los pájaros domesticados le cantan a la libertad. Los pájaros salvajes vuelan”.
El búho, que habla poco, salió de su mutismo para decir: “la abubilla está en lo cierto”. Tales palabras hicieron su efecto, y los plumíferos concluyeron designando a la abubilla como organizadora y guía del viaje.
Entonces la abubilla describió el trayecto:
“Atravesaremos siete valles peligrosos. El primero es el valle de la búsqueda; el segundo no tiene límites porque es el valle del amor; el siguiente es el valle del conocimiento; el cuarto es el valle de la independencia; seguido del valle de la unidad; el sexto es el valle de la terrible estupefacción; y el séptimo y final es el valle de la pobreza, de la aniquilación y de la muerte...”
Cada valle les sometería a duras pruebas.
Al oír esto muchas aves renunciaron al viaje. Sin embargo, treinta mil de ellas se pusieron en camino. El trayecto fue muy largo y consumió buena parte de sus vidas. Miles de aves simplemente murieron...
Por fin, un pequeño grupo llegó al lugar sublime que buscaban. Sólo quedaban 30 aves, sin plumas, cansadas, abatidas, el corazón destrozado, el alma en pena, el cuerpo herido. Los supervivientes percibieron entonces esa majestad de esencia incomprensible, ese ser superior al alcance de la inteligencia humana y de la ciencia. Vieron reunidos miles de soles más resplandecientes unos que otros; miles de lunas y de estrellas igualmente bellas.
Hasta que un noble chambelán vino y les vio envejecidos, desplumados y abatidos, en un estado desastroso y los interpeló: “¡Pájaros! ¿Quienes sóis y qué queréis?”
Los pájaros respondieron casi en un suspiro: “Estamos aquí por nuestro rey. El amor que tenemos por él desconcertó nuestra razón. Perdimos el razonamiento y la razón. Éramos miles, y henos aquí sólo treinta. El rey no puede desdeñar nuestro esfuerzo y las penas que hemos vivido buscándole.”
“¡Habéis perdido la cabeza! Respondió el chambelán. Miles de mundos llenos de criaturas son como una hormiga en la puerta de este palacio. ¡Regresad de donde venís, porque no sois sino un vil puñado de tierra!”
Hubo entonces una evidente manifestación del favor celeste. El chambelán abrió por fin las puertas, separó cien cortinas, y un mundo nuevo se presentó ante los treinta pájaros, una viva luz iluminó la escena.
De repente, en el espejo de su propio rostro, los treinta pájaros contemplaron por fin las facciones del Simorgh espiritual, y entendieron que veían realmente a Simorgh. Estupefactos, no sabían si eran ellos mismos o se habían transformado en Simorgh. Comprendieron finalmente que ellos eran a la vez, verdaderamente, Simorgh, y que Simorgh eran los treinta pájaros. Miraban a Simorgh, veían a Simorgh, y se veían a sí mismos. Percibieron que ellos y Simorgh no formaban sino un solo y único ser.
Deseando comprender le pidieron una explicación. Simorgh respondió:
“El sol de mi majestad, es un espejo; quien viene se ve a sí mismo en el espejo, ve su cuerpo y su alma. Habida cuenta que vinisteis treinta pájaros hasta aquí, encontráis treinta pájaros en el espejo...”
Como has comprendido, lo que precede es un muy breve resumen de la poesía de Farid Al-Din Attar, despojado de la belleza de sus versos y de la inmensa profundidad de su mensaje. Sin embargo apostaría que, como todo lector de estas maravillas, intentas extraer del cuento algunas conclusiones.
Dominique de Villepin, ex ministro de RREE y ex primer ministro de Francia, expuso las suyas en una entrevista. Lo menciono porque en un entorno repleto de mediocridades políticas tan o más idiotas que los mencionados por John Mearsheimer, Dominique de Villepin hace gala de inteligencia, de chispa y de coraje.
La respuesta a los desafíos que enfrentamos –explicó– no la ofrece ningún rey, mandatario o dictador traído de afuera, y aun menos un perverso narcisista que resuelve todo con bombas que asesinan niñas indefensas. La respuesta somos nosotros, el pueblo. Nosotros somos el rey, el presidente, el mandatario, el dictador de nuestro propio destino.
O algo así, esto no es una transcripción, lo redacto de memoria y puede que en el fragor de mi entusiasmo haya cometido la indelicadeza de integrar mis propias conclusiones.
Tú.... debes sacar las tuyas. Para que en medio de un bullanguero debate, como el de la conferencia de los pájaros, decidamos un día iniciar el largo y duro camino que lleva a la libertad y a la justicia.
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